El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 111

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—Los dos sabemos muy poco sobre los Omegas. Por eso el príncipe heredero es tan despreocupado con las marcas. Y si, por accidente, el príncipe queda embarazado… será un desastre…

—¿Por qué sería un desastre? Sería una bendición.

El tono de Leia era completamente sereno, como si no le preocupara en lo más mínimo.

—¡Un embarazo masculino en un Omega es increíblemente peligroso y difícil! Además, el príncipe tiene las caderas estrechas, ¡así que el riesgo es aún mayor! Su vientre crecerá, la piel se desgarrará y… y… ahí abajo… podría…

—…

La voz de Belfry se fue apagando mientras su rostro se teñía de un rojo intenso.

Acababa de describir con todo lujo de detalles las posibles lesiones que sufriría el príncipe durante el parto… delante de la princesa.

—Por favor… olvide lo que acabo de decir. Solo… solo quise decir que es muy, muy peligroso.

—Tu padre, el duque Hendrick, lo logró tres veces.

Leia esbozó una ligera sonrisa, y la mandíbula de Belfry cayó.

—Y el príncipe también pasará por ello algún día.

Era evidente que Belfry seguía enamorado de Carl Lindbergh.

¿Desde cuándo le preocupaba tanto el príncipe?

Al principio lo había tratado con tanta hostilidad.

El corazón humano realmente era voluble.

Leia, sintiendo un leve atisbo de irritación, jugueteó con la empuñadura de su espada.

—En cualquier caso, eso ya no es asunto tuyo, Belfry.

Sus palabras, frías y tajantes, hicieron que el corazón de Belfry se hundiera.

—…Tiene razón.

—El bienestar del príncipe ahora es responsabilidad de su compañero. Concéntrate en cumplir con tu deber.

Tenía razón.

Pero aun así, aquellas palabras dolían.

Belfry infló las mejillas, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas, sin responder.

Leia suspiró.

—Belfry.

Él siguió en silencio, claramente herido.

Podía cortar la comunicación allí mismo, pero el esfuerzo que él hacía por contener sus emociones demostraba su lealtad.

El romance y el matrimonio…

Nunca habían sido prioridades para Leia Lindbergh.

Tenía un reino que reconstruir.

No podía permitirse distracciones de ese tipo.

Sin embargo, desde que Belfry Hendrick había despertado como Omega, no había podido evitar pensar en él de vez en cuando.

Aquella expresión vulnerable, con el corazón destrozado…

Era exactamente como se lo había imaginado.

Y también era una expresión que jamás quería volver a ver.

Desenvainó unos centímetros la espada; el acero rozó la vaina con un leve chirrido antes de hablar.

—Déjalo ir.

—¿Qué?

El corazón de Belfry, ya maltrecho, terminó de desplomarse.

Su rostro perdió todo el color.

Leia, por el contrario, encontró mucho más agradable aquella expresión de conmoción y vulnerabilidad que el gesto obstinado de hacía unos momentos.

—Sean cuales sean los sentimientos que albergas por Carl Lindbergh… déjalos ir. Nunca podrás estar con él.

Nunca.

—…¿Es… tan fácil decirlo?

Su voz estaba cargada de resentimiento.

—Da igual si es fácil o difícil. Él ya está unido a otra persona. ¿Qué piensas hacer? ¿Desafiar a tu señor para arrebatarle a su compañero?

—¡¿Cómo puede decir eso?! ¡¿Cree que yo quiero sentirme así?!

Al fin, Belfry estalló.

Sabía que estaba mal.

Sabía que era inapropiado.

Pero ya no podía seguir conteniéndose.

—¡¿Por qué tiene que hacerme sentir tan miserable?! ¡Yo ya estaba intentando olvidarlo! ¡Conozco mi lugar incluso sin que usted venga a recordármelo!

Ella era la princesa.

Él apenas era el tercer hijo de un duque, alguien con escasas posibilidades de heredar el título.

Por eso su padre lo había enviado al Palacio Imperial desde pequeño.

Para que creciera junto al príncipe heredero.

Para convertirse en su compañero, su confidente.

Con la esperanza de asegurarle un futuro.

Sabía perfectamente que aquel arrebato emocional podía arruinar todo por lo que había trabajado.

¿De qué servía pertenecer a una familia ducal si jamás podría estar por encima del príncipe heredero?

No necesitaba que ella se lo recordara.

—¡Lo odio! ¡No puedo desafiar a mi señor! ¡Y aunque lo hiciera… el príncipe jamás me elegiría! ¡Él… él declaró abiertamente que amaba a Adrian… delante de mí!

Belfry rompió a llorar.

Sus hombros temblaban sin control.

Odiaba a Leia.

Sus palabras habían abierto aún más una herida que ya estaba sangrando.

Odiaba aquella expresión indiferente.

Odiaba la calma con la que lo observaba llorar.

Se secó las lágrimas con brusquedad, con los ojos ardiendo.

—¿Ya te has calmado?

—…No. Voy a seguir llorando un poco más. Podemos continuar este informe después.

O quizá asignárselo a otra persona —añadió entre sollozos.

—Carl Lindbergh ama a otra persona.

Los ojos de Belfry se entrecerraron.

—¡Ya lo sé! ¡Aunque usted no me lo recordara, jamás interferiría en su relación!

—Entonces, Belfry…

La voz de Leia se volvió más suave.

—Deja de llorar y cumple con tu deber. ¿No es esta la oportunidad perfecta para olvidarlo? Estás ocupado. Tienes trabajo que hacer…

Tenía razón.

Pero aquello no sonaba precisamente reconfortante.

Belfry asintió a regañadientes.

—Regresaré tan pronto como pueda.

—No creo que me alegre de verla.

Murmuró aún resentido.

—Hace un momento preguntabas cuándo volvería.

—…En ese momento la extrañaba. Ahora ya no.

Su tono infantil hizo que Leia dejara escapar una pequeña risa.

Era tan adorable.

Belfry la maldijo para sus adentros.

Era demasiado cruel.

Demasiado insensible.

Y todavía se reía de él.

Todos los Alfas eran iguales.

Adrian Heineken.

Leia Lindbergh.

Todos.

—Sé valiente y espérame. Hasta que pueda regresar y… darte unas palmadas en la espalda.

—…Eso suena bastante violento. Eso de «dar palmadas» a alguien que está llorando…

No solo había llorado.

También le había gritado a la princesa.

Y todo porque no soportaba convertirse en un obstáculo para la felicidad del príncipe…

Ni para la de su señor.

Si Adrian llegaba a enterarse, probablemente mandaría azotarlo.

Con las lágrimas ya secas, Belfry murmuró una disculpa.

¡Clang!

Un sonido metálico resonó a través del dispositivo de comunicación.

Leia, que había permanecido observándolo llorar, terminó de envainar la espada que había desenfundado a medias.

—Dije «dar unas palmadas», no «golpearte», joven lord Belfry Hendrick.

—Me disculpo por haber perdido la compostura… pero usted también me hirió, Su Alteza.

Belfry enderezó la espalda.

Podía ser un Omega.

Pero no iba a permitir que una princesa lo intimidara.

—De verdad… no sé qué hacer contigo.

Leia se pasó una mano por el cabello, exasperada.

—Lo siento.

La disculpa de Belfry era tan poco sincera que Leia terminó soltando una risa clara y cristalina.

Él la miró confundido.

—Belfry Hendrick. Lo que intento hacer es consolarte. Te estoy diciendo que está bien llorar. Pero no lo hagas solo, escondido en un rincón oscuro donde nadie pueda verte. Llora delante de mí, como hoy. Yo estaré a tu lado.

La comprensión apareció poco a poco en el rostro de Belfry.

Sin poder decir una sola palabra, dejó caer los documentos que sostenía.

—Pon fin a este amor sin esperanza. Yo te ayudaré.

Leia le guiñó un ojo y, acto seguido, le ordenó que recogiera los papeles.

Preguntarle cómo pensaba ayudarlo sería completamente inútil.

«¿Qué demonios estás tramando, Leia Lindbergh?»

Con las manos temblorosas, Belfry comenzó a recoger las hojas esparcidas por el suelo.

❖ ❖ ❖

—Cien mil soldados de élite se han movilizado hacia Parman. Cuarenta mil jinetes de caballería, veinte mil artilleros y veinte mil soldados de infantería equipados con diversas armas.

El conde Bourbon presentó su informe mientras Glenn golpeaba lentamente la mesa con los dedos.

—¿Y los veinte mil restantes?

—Caballeros sagrados del Templo.

—Ah…

Glenn se sostuvo la frente con una mano mientras un dolor de cabeza comenzaba a instalarse.

—Así que mi maestro realmente…

El conde soltó una sonrisa amarga.

Solo habían pasado dos días desde que Glenn había aconsejado mantener al Templo al margen.

—El Sumo Sacerdote está decidido a erradicar la magia oscura desde la raíz. Y los caballeros sagrados, que llevaban demasiado tiempo con las espadas envainadas, están ansiosos por entrar en combate.

Transmitió las noticias sobre el inusual entusiasmo del Sumo Sacerdote, cuya habitual serenidad había sido reemplazada por un fervor casi obsesivo, mientras disfrutaba de la expresión desconcertada de Glenn Heineken.

Además de la emperatriz Theresa, la única persona capaz de poner realmente en aprietos al imperturbable emperador Glenn era el Sumo Sacerdote.

—No es algo malo, Majestad. Parman está completamente infestada de magia oscura, y los caballeros sagrados, imbuidos de poder divino, son quienes mejor pueden enfrentarla.

—Lo sé. Pero…

Los dedos de Glenn golpeaban la mesa con impaciencia.

—Mi maestro siempre ha insistido en la moderación y en evitar el derramamiento innecesario de sangre entre los diferenciados. Sin embargo, creo que liberar al ejército del Templo también implica enormes riesgos.

El poder divino y la magia eran como dos ramas nacidas del mismo árbol.

La misma fuente.

Pero creciendo en direcciones distintas.

—La magia puede mejorar nuestras vidas, aunque también puede corromper dependiendo de quién la utilice. El poder divino, en cambio, es diferente.

—¿Quiere decir que depende únicamente de la voluntad de la diosa?

—Exactamente.

El poder divino era inútil sin una obediencia absoluta a las leyes de la diosa, tal como estaban escritas en las sagradas escrituras.

Nikita representaba la fe, la honestidad… y la destrucción.

¿Cuántos seres humanos eran realmente honestos y fieles?

Los caballeros sagrados, investidos con el juicio divino, podían justificar cualquier acción.

Incluso la violencia.

¿Y veinte mil de ellos?

Era una fuerza suficiente para exterminar por completo a toda la población de Parman.

—Comprendes por qué siempre he mantenido separados a los caballeros sagrados del ejército imperial, ¿verdad?

—Por supuesto, Majestad. Sus espadas no conocen la misericordia.

Glenn asintió.

El Sumo Sacerdote, los sacerdotes y los caballeros sagrados, entrenados por separado dentro del Templo…

Solo obedecían las leyes de la diosa.

Y si esas leyes se aplicaban estrictamente sobre la humanidad, no habría una sola persona inocente.

Todos merecerían la muerte.

La función de la familia imperial era mantener el equilibrio.

Recordarle al Templo que este mundo pertenecía a los humanos, no únicamente a los dioses.

Por fortuna, tanto el Sumo Sacerdote como los demás miembros del Templo eran personas razonables.

Conocían las leyes humanas y convivían en relativa armonía con la familia imperial.

Pero los caballeros sagrados…

—Jamás diría esto delante de mi maestro, pero… esos caballeros sagrados son fanáticos. Una vez que se les da rienda suelta, ya no hay forma de detenerlos.

Eran inflexibles.

Carecían de compasión.

Lo que el emperador temía era una cruzada sagrada.

Una masacre justificada en nombre de la diosa.

El conde Bourbon, que había permanecido en silencio frente al emperador, dio un paso al frente.

—Pero, Majestad… ¿y si todos los habitantes de Parman ya han sido corrompidos por la magia oscura?

Glenn cerró los ojos y dejó escapar un profundo gemido de frustración.

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