El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 110
—¿No puedes dormir?
Adrian abrió los ojos, con la voz aún cargada de sueño.
—Lo siento, ¿te desperté?
Sin embargo, sus ojos verde esmeralda estaban completamente despejados.
Carl, sintiéndose culpable, intentó retirar la mano, pero Adrian la atrapó y volvió a colocarla sobre su cabeza. Luego rodeó con más fuerza la cintura de Carl y lo atrajo hacia él.
—No. Estaba teniendo un sueño agradable. Era demasiado feliz para seguir durmiendo.
—¿Un sueño agradable? ¿En medio de todo este caos? Tienes los nervios de acero.
Carl soltó una risa y le tiró juguetonamente del cabello.
Adrian frotó la cabeza contra la piel desnuda de Carl. Su cabello le hacía cosquillas en el pecho, como si estuviera intentando impregnarlo con su aroma.
Carl Lindbergh se retorció ligeramente, y Adrian, riendo entre dientes, lo acercó aún más mientras sus dedos comenzaban a dibujar suaves círculos sobre su pecho.
Tras un breve forcejeo juguetón, Adrian consiguió inmovilizarlo entre sus brazos y los envolvió a ambos con la manta.
—«El dolor es temporal; el amor es eterno». ¿Has oído ese dicho alguna vez?
—¿No se explica por sí solo?
Sonaba como una de esas frases motivacionales pegadas en el baño de una estación de servicio.
—Los sacerdotes del templo de Nikita la usan muy a menudo.
Adrian acarició con delicadeza la mejilla de Carl.
Había recuperado algo de peso, pero parecía estar adelgazando otra vez. Ahora comprendía por qué Carl Lindbergh se había estado quejando con su asistente de haber perdido peso.
—Los seres humanos se rinden con facilidad cuando creen que su sufrimiento durará para siempre. Pero si saben que tendrá un final, que al otro lado les espera una recompensa… encuentran fuerzas para soportarlo. Siempre pensé que aquello era una mentira creada por la diosa. Una falsa promesa de esperanza.
Carl, en lugar de corresponder a la caricia, recorrió con las yemas de los dedos el brazo de Adrian.
Sabía cuán fuertes eran aquellos brazos.
Sabía lo fácil que le resultaba mantenerlo cautivo entre ellos.
Solo pensarlo hizo que se le secara la garganta.
Se humedeció discretamente los labios mientras su mente divagaba.
En cuanto regresaran a Heineken retomaría sus entrenamientos.
La diferencia de tamaño y fuerza entre ambos hacía que todo fuera mucho más difícil.
—Pero…
Adrian hizo una pausa.
Carl percibió el cambio en su tono y preguntó:
—¿Pero qué?
Adrian levantó suavemente su barbilla para obligarlo a mirarlo a los ojos.
—Últimamente he empezado a creer que es una verdad absoluta.
Rozó su nariz contra la frente de Carl.
Carl parpadeó, confundido.
Qué adorable.
Sabía que a Carl no le gustaba que lo llamaran adorable, así que se guardó el comentario.
Pero aquella expresión de ojos muy abiertos y pestañas largas revoloteando resultaba irresistiblemente tierna.
Tuvo ganas de mordisquearle los párpados, aunque logró contenerse.
—Todos estos años… todas las restricciones que he soportado como Alfa, todo el autocontrol… si era para protegerte y evitar que salieras lastimado… entonces fue un precio muy pequeño.
Adrian sonrió.
Carl, cuyos dientes castañeteaban ligeramente, no pudo evitar recordar al Adrian de la historia original, el que había roto el tobillo de Belfry.
—¿Y qué habrías hecho si no hubieras tenido todas esas restricciones?
—Bueno…
La mano de Adrian descendió hasta su hombro y ejerció una suave presión.
Su piel, impecable, se sentía como seda bajo la palma de Adrian.
—Si simplemente hubiera seguido mis deseos cada vez que compartíamos la cama…
La piel de Carl seguía cubierta de marcas, prueba de todas aquellas noches apasionadas.
Los lugares donde los labios de Adrian habían permanecido seguían hinchados y sensibles.
Los ojos de Adrian se oscurecieron mientras recorría aquellas marcas con las yemas de los dedos.
—No quedaría un solo rincón intacto en todo tu cuerpo.
—Por favor… sé un poco más delicado…
Carl cerró los ojos mientras su respiración se volvía irregular bajo las caricias de Adrian.
—No debería haberte despertado.
Adrian dejó escapar una risa baja y divertida.
Sus dientes rozaron la sensible piel de la muñeca de Carl, dejando una nueva marca.
Luego contempló a Carl, que jadeaba sin aliento, con una sonrisa engañosamente inocente.
—En cualquier caso, eso es lo que he llegado a creer. El dolor es temporal; el amor es eterno. Esa es mi verdad.
—¡Ugh!
A Carl le dolió el corazón.
Quería apartarlo.
Pero no podía.
—El dolor es temporal; el placer es eterno. Eso es lo que quiero ser para ti.
¿El dolor es temporal y el placer es… qué?
—Qué tonterías.
Adrian levantó ligeramente su cintura y depositó un beso prolongado sobre su frente fruncida.
—Me vuelves completamente loco.
—Ese es un fetiche muy raro… ¡Ah!
La mente de Carl quedó completamente en blanco cuando la voz grave y ronca de Adrian vibró junto a su oído.
Todas sus preocupaciones.
Toda su ansiedad.
Todas sus dudas.
Desaparecieron.
Aquel hombre hermoso y ligeramente trastornado lo había devorado por completo.
Después de su confesión y de aquella primera noche verdadera juntos, Adrian había trasladado todas sus pertenencias a la habitación de Carl Lindbergh.
Carl, algo intranquilo por la amenaza constante de Parman, había recibido con gusto su compañía.
Cada noche llegaban a un punto en el que Carl, abrumado por el placer y el dolor, estaba convencido de que iba a morir.
Y luego despertaba entre los brazos de Adrian, con el cuerpo completamente satisfecho y la mente en paz.
Lulu quizá se burlaría de él diciendo que una vez que pruebas, ya no puedes parar, pero no podía evitarlo.
El placer era adictivo.
Carl Lindbergh había abandonado toda cautela.
Al menos cuando se trataba de Adrian.
Sus dulces susurros habían terminado por conquistar por completo su corazón.
El Adrian de día era amable y considerado.
El Adrian de noche era una fuerza de la naturaleza.
Lulu había dicho una vez que, cuando el hardware era bueno, el software podía ser cualquier cosa.
Al principio Carl creyó entenderlo.
Pero ahora…
Ya no estaba tan seguro.
Porque incluso con un hardware excepcional, el software podía quedarse atrás.
Adrian, como un empleado brillante recién contratado, aprendía y se adaptaba a una velocidad asombrosa.
Pero su falta de moderación hacía muy difícil que Carl pudiera seguirle el ritmo.
Incluso ahora…
—Se me… está cayendo el cabello…
jadeó Carl entre respiraciones agitadas, con lágrimas deslizándose por su rostro.
—Ah, perdón.
Adrian, que había estado besándolo mientras sujetaba con fuerza su cabeza entre los brazos, aflojó el abrazo y se apartó un poco.
—No pareces muy arrepentido.
—Lo siento, lo siento.
Pedir disculpas en medio de todo aquello se había convertido en una costumbre.
Era incapaz de ocultar el placer que brillaba en sus ojos.
Carl frunció el ceño y rodeó el cuello de Adrian con los brazos.
El contacto físico parecía ser lo único capaz de apaciguar el entusiasmo de Adrian.
—Me voy a quedar calvo.
—Te seguiré amando aunque te quedes completamente calvo.
—Puaj…
Carl Lindbergh hizo una arcada, sintiendo que iba a vomitar.
¿Adrian siquiera era consciente de las cosas que decía?
Con los ojos brillantes, Adrian volvió a lanzarse sobre él.
Ya me da igual, murmuró Carl para sus adentros.
Sus cuerpos, cubiertos de sudor, se rozaban una y otra vez, generando un calor sofocante.
Sabía perfectamente lo que los sirvientes, que cambiaban las sábanas todos los días, le susurraban a Marco.
Hasta Leia lo había reprendido, preocupada por un embarazo antes del matrimonio.
¿Un embarazo…?
¿Eso estaría bien?
No lo sabía.
No sabía absolutamente nada.
Contenía el aliento mientras las lágrimas acudían a sus ojos cada vez que el aroma de Adrian llenaba sus pulmones.
Sus miradas se encontraron.
Sus dedos permanecían entrelazados.
Sus cuerpos seguían estrechamente unidos.
Todo su cuerpo le dolía y, aun así, cada caricia le producía placer.
Se retorcía bajo Adrian, que dejaba escapar profundos gemidos cargados de una satisfacción casi instintiva.
—Mi amado Carl Lindbergh.
Mientras la voz de Adrian se desvanecía, un pensamiento cruzó la mente de Carl.
¿Acaso Adrian también había soportado toda una vida de sufrimiento solo para encontrarse con él?
Quizá incluso desde su vida anterior.
Aquella idea hizo que su corazón se estremeciera.
Literalmente.
El rostro de Adrian permanecía enterrado contra su pecho.
Su esponjoso y adorable…
—Adrian.
Al escuchar aquel susurro ronco, Adrian levantó ligeramente la cabeza y volvió a frotarse contra su piel.
—Puede que… no te quiera si te quedas completamente calvo.
—¿Qué?
Carl sonrió débilmente, recordándole que cuidara bien de su cabello.
Después se quedó profundamente dormido.
—…¿Hablas en serio?
Completamente desconcertado, Adrian se llevó distraídamente una mano al cabello.
❖ ❖ ❖
Leia tenía el rostro demacrado.
Tras semanas ocupándose de la purga de la nobleza y de la inminente guerra, el cansancio era evidente.
Al verla a través del dispositivo de comunicación, Belfry frunció el ceño.
—¿Cuándo regresarás?
La respuesta de Leia fue vaga.
—Pronto.
Belfry distinguió manchas oscuras en las mangas de su ropa.
Sangre.
Contrastaban con la oscura madera de la silla sobre la que descansaba, la misma silla que en otro tiempo había ocupado otra persona.
—El castillo está en ruinas. El edificio principal ya no se puede habitar. Aunque lo reconstruyan, nunca volverá a ser el mismo. Por favor… regresa.
—Todavía hay demasiada gente que se niega a cooperar. No puedo marcharme así sin más. Lo entiendes, Belfry.
El tono suave y conciliador de Leia hizo que Belfry inflara las mejillas con disgusto.
Sabía que ella no estaba buscando compasión.
Solo reconocía lo difícil que era la situación.
Los cambios políticos habían acercado cada vez más al príncipe y al príncipe heredero.
Su vínculo se fortalecía.
Mientras tanto, Belfry se sentía cada vez más solo, con el corazón dolorido.
Sus sentimientos no correspondidos y la parte racional de su mente, que no dejaba de reprenderlo por sentirlos, lo atormentaban sin descanso.
Leia, siempre perspicaz, percibió inmediatamente su malestar.
Aquellas palabras abruptas, casi incoherentes, sin principio ni final, hablaban por sí solas de su estado emocional.
Mientras jugueteaba con la empuñadura de su espada, dijo:
—Felicidades, joven señor.
Él sabía perfectamente a qué se refería.
No hacía falta preguntarlo.
Frunció aún más el ceño.
—No me felicites.
—Mereces que te feliciten.
—No tiene nada de agradable. Todo el tiempo siento miradas indeseadas sobre mí, mis sentidos están demasiado agudizados y me irrito por cualquier cosa.
Comenzó a desahogar todas sus frustraciones.
Se quejó de los olores.
De las miradas persistentes de los caballeros.
Había evitado a Leia mientras ambos permanecieron en el castillo, pero ahora hablaba sin parar como un niño, y Leia lo escuchaba con paciencia.
Solo arqueó ligeramente una ceja cuando Belfry mencionó el inapropiado coqueteo de la marquesa Macallan.
—¿La marquesa no está vinculada?
—Sí lo está, pero siempre ha sido bastante atrevida.
—¿Atrevida? ¿Coquetea con otras personas aunque tenga pareja?
Leia quiso saber más.
Belfry, maldiciéndose por haber sacado el tema, respondió obedientemente.
—No, no es exactamente eso. Adora a su pareja, pero… digamos que tiene un temperamento bastante peculiar.
—Ya veo.
Leia, que hasta entonces había permanecido inclinada hacia el dispositivo de comunicación, volvió a acomodarse en la silla.
—El castillo está hecho un desastre y ahora me obligan a asistir a clases para Omegas. El príncipe también debería asistir, pero el príncipe heredero insiste en que no hace falta.
La voz de Belfry fue elevándose, cada vez más indignada.
—Ni el príncipe ni yo sabemos absolutamente nada sobre los Omegas. Control de feromonas, anticonceptivos, cómo evitar un vínculo o una marca accidentales, el nudo… necesitamos saber lo doloroso y difícil que puede ser todo eso, y…
Fue enumerando los puntos con los dedos mientras su tono se volvía cada vez más exaltado.