El magnate gastronómico interestelar - Capítulo 27

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Xia Zheng había pensado que sobrarían muchos ingredientes.

Había subestimado la capacidad de los estómagos de aquellas personas.

Al final, solo quedaron algunos trozos de jabalí marinándose temporalmente. Todo lo demás fue devorado hasta no dejar absolutamente nada.

Incluso el tu huang you que Xia Zheng había pensado guardar para Xia Qin terminó completamente limpio.

Y cuando decía limpio, era literalmente limpio.

Aquel concentrado de la esencia más deliciosa del cangrejo resultaba evidentemente demasiado irresistible.

—La próxima vez deberías hornear un pan o unos mantou y utilizarlos como recipiente para el tu huang you —dijo Xuan Jing con expresión arrepentida.

La frente de Xia Zheng se llenó de líneas negras.

¿Acaso, si el recipiente pudiera comerse, también querrías devorar el recipiente donde estaba servido?

Xuan Jing lo pensó seriamente durante un buen rato y respondió con absoluta tranquilidad:

—Nunca se me ocurrió.

Sí, claro. Ni tú te lo crees.

Xia Zheng giró la cabeza y decidió ignorarlo.

Xuan Jing se tocó la nariz y lo siguió de muy buen humor.

Que Xia Zheng comenzara a enfadarse un poco con él…

¿no significaba que su relación se había vuelto bastante más cercana?

Incluso Xia Yu, que a veces era bastante ingenuo, percibió vagamente que algo parecía diferente.

Lo pensó un rato y golpeó el puño derecho contra la palma izquierda.

Ya entendía.

¿No era aquella forma de llevarse exactamente igual a la que Xia Qin y él tenían con Xia Zheng?

Así que el hermano Xuan realmente lo estaba tratando como a un hermano menor.

Xia Yu recordó que, antes de partir, Xia Qin le había encargado vigilar bien a Xia Zheng para que nadie se lo «robara».

Al principio, enfrentarse él solo a semejante grupo de bestias hambrientas le había causado bastante presión.

Pero ahora que Xuan Jing estaba de su lado, sentía que su carga disminuía considerablemente.

Xia Yu sonrió y asintió para sí mismo.

Todo estaba bajo control.

El resto del viaje resultó un poco más peligroso que antes.

Se internaron profundamente en el bosque, donde vivían numerosos depredadores difíciles de tratar.

Sin embargo, todos podían ser abatidos con armas comunes y ni siquiera figuraban entre las criaturas realmente peligrosas de aquel planeta.

Para el grupo no fue demasiado complicado enfrentarse a ellos.

Los depredadores que los atacaban, si eran comestibles, terminaban convertidos en ingredientes.

Y si no podían comerse, generalmente tenían alguna parte útil.

Los animales poseían una intuición bastante aguda.

Al darse cuenta de que aquel grupo no era fácil de provocar, cada vez aparecieron menos depredadores dispuestos a meterse con ellos.

Sin aquellos ingredientes que literalmente se entregaban solos, tuvieron que invertir bastante más tiempo en buscar comida.

Conforme continuaba el viaje, Xia Zheng finalmente empezó a conseguir almacenar algunos ingredientes.

Después de aquella primera comida, todos habían calculado aproximadamente cuánto podían comer y, cuando salían a cazar, procuraban traer más de lo necesario.

Algunos de aquellos soldados ya habían protegido anteriormente a otros chefs.

Aunque estos también cocinaban para recompensarlos, no lo hacían en cada comida.

Después de todo, iban a buscar ingredientes y, al mismo tiempo, a «liberar el alma» mediante sus propias experiencias culinarias.

Xia Zheng, en cambio, tenía muy buen carácter.

No solo cocinaba para todos en cada comida, sino que jamás se quejaba ni decía estar cansado.

Incluso cuando en aquella primera ocasión devoraron todos los ingredientes sin dejarle absolutamente nada, tampoco se enfadó.

Por eso, aquel grupo comenzó de manera espontánea a buscar formas de hacer más cosas por él.

—Tu hermano menor realmente es un buen chico —comentó uno de los cinco soldados después de convivir varios días con Xia Yu—. Pero… ¿no tiene un carácter demasiado blando? Me preocupa que alguien pueda aprovecharse de él.

Xia Yu también se había preocupado antes por aquello.

En realidad, toda la familia Xia lo había hecho.

—El pequeño Zheng simplemente es demasiado obediente. Demasiado. Pero por suerte, desde niño casi siempre se ha encontrado con buenas personas. Incluso si algún desgraciado intenta molestarlo, siempre aparece alguien para ayudarlo, así que hasta ahora nunca ha tenido verdaderos problemas.

Suspiró.

—A veces pienso que sería bonito que siguiera siendo así de obediente e ingenuo para siempre. Pero va a crecer. Nosotros tampoco podemos protegerlo toda la vida, y él tampoco sería feliz si lo hiciéramos. Por eso ahora estamos intentando dejarlo salir y adquirir experiencia.

Los soldados comprendían perfectamente cómo se sentía.

Si ellos tuvieran un hermano menor tan obediente, sensato y además tan capaz, también querrían mimarlo hasta el cielo.

Criado bajo semejante protección de la familia Xia y aun así siendo extraordinario en todos los aspectos…

realmente no era fácil.

Además, habían comprobado que Xia Zheng no era inferior a ellos desplazándose por la naturaleza.

Cuando aparecían depredadores, normalmente no se apresuraba a adelantarse y dejaba que ellos los enfrentaran.

Pero si alguno lo atacaba directamente, su velocidad de reacción tampoco era inferior.

La coordinación entre las ocho personas mejoraba día tras día.

A veces, cuando cazaban ingredientes, los ocho colaboraban directamente en el combate y ya nadie excluía a Xia Zheng.

La fuerza que había mostrado era más que suficiente.

Xia Yu tampoco era débil.

Aunque normalmente pareciera despreocupado y ocupara aparentemente el último lugar de la familia Xia en términos de fuerza, aquello se debía principalmente a su falta de experiencia.

En cuanto a cualidades básicas, también estaba al nivel de una élite.

No era extraño que Xia Yuan y Feng Shu hubieran recibido el apodo de «los dos instructores demoníacos» cuando entrenaban reclutas.

Con mirar a sus tres hijos bastaba para entenderlo.

La última parada de Xia Zheng fue una pequeña aldea bastante rara en aquel planeta.

Najilaru era adecuado para vivir y, con el tiempo, había desarrollado también una industria turística.

Tanto para recibir turistas como para administrar y observar el planeta, se necesitaban residentes permanentes.

Las bases militares tenían como principal responsabilidad defender la frontera y había muchas tareas civiles en las que no resultaba apropiado que intervinieran.

Al principio, la Alianza simplemente enviaba trabajadores para permanecer allí.

Más tarde, algunas de aquellas personas se establecieron definitivamente y formaron pequeñas aldeas.

Aunque se las llamara aldeas, no carecían en absoluto de tecnología avanzada.

También recibían turistas.

Al ver que Xia Zheng iba acompañado por personas con uniforme militar, aunque algunos visitantes claramente querían acercarse a él, sabían guardar las distancias y no se precipitaron.

Xia Zheng había ido allí para buscar a un viejo artesano.

Él también sabía fabricar azúcar.

Pero aquel artesano utilizaba una pequeña flor exclusiva del planeta llamada acacia azucarera.

Como aquella planta era exclusiva de Najilaru, el azúcar producido con sus flores también se había convertido en una especialidad local.

Aunque la humanidad ya había abandonado hacía mucho su planeta natal, seguía teniendo la costumbre de nombrar las cosas nuevas comparándolas con elementos familiares de la antigua Tierra.

O quizá simplemente era natural clasificar lo desconocido utilizando conceptos conocidos.

Las hojas de la acacia azucarera se parecían a las del árbol de acacia.

Sus flores eran de un amarillo muy tierno y crecían en pequeños racimos, como diminutas campanillas.

Los pétalos eran gruesos y ricos en almidón y azúcares.

Podían comerse directamente o utilizarse para fabricar azúcar.

Preparar azúcar con aquellas flores era sencillo.

Lo realmente difícil era conservar su fragancia particular.

Cada vez que se cocinaba una tanda, el tiempo necesario y la intensidad del fuego variaban.

Todo dependía del juicio personal del artesano.

Más adelante se logró trasplantar la acacia azucarera a otros planetas y el proceso de producción empezó a automatizarse por completo.

Las máquinas utilizaban complejas fórmulas para calcular el tiempo y la temperatura exactos de cocción.

El azúcar industrial resultante conseguía conservar básicamente una parte de la fragancia floral y el máximo valor nutritivo posible.

Debido al impacto de la mecanización, cada vez quedaban menos personas dedicadas a fabricar azúcar a mano.

Sin embargo, los gastrónomos coincidían en algo:

Por muy sofisticada que fuera una máquina, el azúcar de flores de acacia que producía seguía sin poder compararse con el elaborado artesanalmente en Najilaru por familias que habían transmitido la técnica durante generaciones.

Era igual que la cocina.

Por muy precisa que fuera una máquina, nunca conseguía producir exactamente el mismo sabor que un gran chef.

El problema era que aquella técnica exigía una habilidad extraordinaria.

No solo requería años y años de práctica repetida, sino también un talento considerable.

Al final, quienes lograban convertirse en verdaderos maestros de aquella técnica eran, sin excepción, chefs de nivel cinco o superior.

Xia Zheng había tenido la fortuna de probar una vez un trozo de azúcar preparado por aquel maestro.

Desde entonces jamás había podido olvidarlo.

Siempre había querido conocerlo personalmente y observar cómo elaboraba el azúcar, pero nunca había tenido la oportunidad.

Ahora que había llegado a Najilaru, naturalmente no podía dejarla pasar.

Aquel maestro tenía más de ciento cuarenta años.

Actualmente era un chef de nivel ocho y su especialidad eran los dulces.

Najilaru era su residencia habitual.

Siempre que se encontraba en el planeta, encendía el fogón todos los días para fabricar azúcar.

En todas las artes ocurría lo mismo:

si dejabas de practicar un solo día, las manos comenzaban a perder sensibilidad.

Incluso cuando viajaba a otros lugares, llevaba consigo flores de acacia azucarera y preparaba cada día una pequeña porción de caramelo para comer como tentempié.

Siempre que aquel maestro estaba en Najilaru, el número de turistas aumentaba considerablemente.

No podían molestarlo directamente, pero su taller estaba construido con materiales transparentes y los visitantes podían observar desde el exterior.

El maestro poseía una enorme capacidad de concentración.

Aunque cientos de personas lo contemplaran, podía actuar como si no existieran.

Tal vez incluso utilizaba aquello como una forma de entrenar su técnica.

Xia Zheng, que todavía consideraba que no tenía demasiada fama, no creía que el maestro fuera a recibirlo personalmente.

Su única intención era observar varias veces el proceso a través del cristal.

Aunque no pudiera escuchar los sonidos ni percibir los aromas, quizá solo con estudiar cada paso podría descubrir algunos de sus secretos.

Y tampoco le preocupaba que aquello fuera considerado «robar una técnica».

Si el maestro había construido expresamente su taller de forma transparente, era precisamente porque quería que otros observaran.

Aquella habilidad era extremadamente difícil de dominar.

Aunque hubiera aceptado muchos discípulos y descendientes de discípulos, nadie podía garantizar que la técnica se transmitiera.

Si aparecía alguien con suficiente talento para conservarla, aunque no fuera formalmente su aprendiz, el maestro probablemente estaría encantado.

De hecho, aquel maestro tampoco era originario de Najilaru.

Cuando llegó allí ya era un chef de postres bastante famoso.

Más tarde intercambió conocimientos con el maestro que dominaba por entonces la técnica del azúcar de acacia.

Al descubrir que tenía cierto talento para prepararlo, aquel anciano se la enseñó generosamente.

Y le dijo:

«Esta técnica no necesita pertenecer a una sola escuela. Puede transmitirse a cualquiera bajo el cielo».

Aquel maestro, que ya había fallecido hacía mucho, ejerció una enorme influencia sobre él.

Precisamente por eso decidió establecerse en Najilaru.

Lamentablemente, ahora había terminado enfrentándose exactamente al mismo problema.

Sí existían chefs mayores que él capaces de practicar aquella técnica.

Pero entre las generaciones más jóvenes…

ninguno.

Solo quería encontrar a alguien más joven a quien transmitirla.

Sin embargo, sus discípulos y descendientes eran demasiado poco competitivos.

¡Ni siquiera había un chef de nivel cinco entre ellos!

Si aquellos discípulos escucharan sus quejas internas probablemente se sentirían agraviadísimos.

¡Un chef de nivel ocho de ciento cuarenta años seguía siendo muy joven!

¡No todo el mundo podía ser un genio!

Después de llegar, Xia Zheng no esperaba recibir orientación directa del maestro.

Aun así, envió formalmente una tarjeta de visita y presentó sus respetos.

En esencia, le comunicó educadamente:

«He venido a robarle la técnica».

Cuando el maestro leyó aquello, se echó a reír.

Naturalmente, veteranos como ellos siempre seguían cada edición del Concurso Juvenil de Gastronomía.

Él mismo había sido campeón de la región de la Alianza Occidental en su juventud.

Y luego había perdido en la final contra cierto monstruo de la Alianza Oriental.

En aquella época, el mundo gastronómico de la Alianza Occidental había sido aplastado durante años por la Oriental.

Pero todo cambiaba con el tiempo.

Durante los últimos años había sido la Alianza Oriental la que sufría bajo la presión de la Occidental.

Y ahora…

¿había aparecido otro monstruo?

El maestro sintió que quizá finalmente había surgido una esperanza para su legado.

Pero todavía quería poner a prueba un poco a aquel muchacho.

Todo el mundo sabía que los genios tendían a ser orgullosos.

No siempre era sencillo conseguir que pidieran consejo humildemente.

Además, fabricar azúcar no era únicamente una cuestión de técnica.

También exigía paciencia.

El talento de Xia Zheng era evidentemente extraordinario.

Quizá incluso aquel monstruo que había derrotado al propio maestro en su juventud no fuera superior a él.

Pero…

¿cuánta paciencia tenía aquel joven?

¿Cuánta humildad?

Eso todavía estaba por verse.

¿Acaso faltaban genios destruidos por la fama y los elogios?

Por eso, el maestro no accedió inmediatamente a recibir a Xia Zheng.

Sin embargo, sí le transmitió buena voluntad y le dijo que estudiara con atención.

Xia Zheng no esperaba recibir siquiera una respuesta.

De inmediato se llenó de entusiasmo.

Casi quería acampar directamente al lado del taller para conseguir siempre el mejor lugar.

Por suerte, no era necesario pasar la noche allí.

En una atracción turística tan famosa, el horario de las filas y el tiempo que cada visitante podía permanecer observando estaban estrictamente regulados.

Además, los chefs que se presentaban previamente ante el maestro y recibían permiso especial disponían de una zona reservada para observar.

Así que Xia Zheng solo tenía que acudir puntualmente.

Había bastantes chefs interesados en aprender la técnica del azúcar de acacia.

Pero pocos podían viajar hasta aquel planeta.

Y todavía menos estaban dispuestos a permanecer allí seriamente para estudiarla.

Esta vez Xia Zheng no encontró a ningún colega observando junto a él.

Como el lugar era muy seguro y Xia Zheng podía quedarse varios días, Xuan Jing mandó al resto a recolectar ingredientes para él.

Aquellas bestias comían demasiado y, como resultado, la cantidad de ingredientes que Xia Zheng había conseguido almacenar hasta ese momento era mucho menor de lo esperado.

Además, los ingredientes de Najilaru no se limitaban a los animales que Xia Zheng podía cazar personalmente.

Había también especies demasiado peligrosas para que se le permitiera acercarse.

Para recompensar al pequeño Xia Zheng por alimentarlos todos los días sin una sola queja, aquel grupo de glotones decidió que, mientras él no necesitara protección, actuarían por separado y cazarían ingredientes de alto riesgo para regalárselos.

Xuan Jing pasó bastante tiempo debatiéndose entre:

«quedarme junto a mi futuro esposito»

y

«ir a buscarle un regalo a mi futuro esposito».

Finalmente recordó que tenía muchas oportunidades para cazar, pero pocas para pasar tiempo con Xia Zheng.

Así que decidió quedarse acompañándolo mientras observaba la elaboración del azúcar.

Al ver que Xuan Jing se quedaba, Xia Yu, que precisamente sentía mucha curiosidad por los ingredientes de zonas peligrosas, se marchó con los otros cinco para «aprender».

Con los cinco soldados protegiéndolo, su seguridad estaba garantizada.

Además, durante aquel viaje Xia Yu también había recibido permiso especial para utilizar su mecha.

Mientras no hiciera tonterías, protegerse no sería ningún problema.

—Te encargo la seguridad del pequeño Zheng, hermano Xuan.

Xia Yu palmeó el hombro de Xuan Jing.

Buen hermano. Si tú me ayudas a vigilar al pequeño Zheng, puedo irme tranquilo.

—Mm.

Xuan Jing observó cómo se alejaban, llenos de entusiasmo y preparándose para la acción.

Por suerte, quien había venido esta vez era Xia Yu.

Si hubiera sido Xia Qin, seguramente habría echado a Xuan Jing y se habría quedado él.

Cuando Xia Zheng escuchó que todos iban a prepararle «regalos», se sintió bastante sorprendido y feliz.

Para él, que aquellos hombres lo protegieran y él cocinara para recompensarlos era algo completamente natural.

Tenía buena condición física y preparar tanta comida no le resultaba agotador.

Además, durante aquellos días había mejorado mucho su técnica y aprendido numerosas cosas sobre caza.

—Aunque no fuera por recompensarte por cocinar estos días, eres el hermano menor de Xia Qin y mío. Es completamente normal que quieran prepararte regalos.

Aprovechando que Xia Yu no estaba, Xuan Jing le revolvió el cabello.

—Mi cuerpo todavía no se ha recuperado por completo. Cuando esté bien, yo también te daré un gran regalo. Será mi felicitación anticipada por convertirte en mi compañero menor de academia.

Después de pasar aquellos días juntos, Xia Zheng se había familiarizado bastante más con Xuan Jing.

Aunque todavía no lo consideraba realmente un hermano mayor, sí lo veía como un amigo normal.

Así que tampoco fingió excesiva cortesía.

—No vuelvas a lastimarte. Si no, la tía Yun volverá a llorar.

—Tranquilo, tranquilo. Sé cuidarme.

Al escuchar la preocupación de Xia Zheng, Xuan Jing sonrió con tanta alegría que parecía irradiar luz.

Pero en ese momento el maestro ya había entrado en el taller.

Toda la atención de Xia Zheng se dirigió inmediatamente hacia allí.

Ni siquiera reparó en aquella sonrisa de Xuan Jing que estaba haciendo sonrojar y acelerar el corazón de varios hombres y mujeres cercanos.

El maestro había comenzado a preparar el azúcar.

Primero lavó y seleccionó cuidadosamente las flores amarillas y tiernas de acacia azucarera.

Luego las colocó dentro de un recipiente transparente completamente sellado y puso este al baño María dentro de una vaporera.

Utilizaba fuego muy bajo.

En cuanto el agua comenzaba a hervir, apagaba inmediatamente el fuego.

Cuando la superficie volvía a quedar tranquila, lo encendía otra vez.

Como se trataba únicamente de demostrar la técnica y no de producir grandes cantidades para vender, el maestro utilizaba muy poca materia prima.

La cantidad final probablemente apenas llenaría un gran cuenco.

Aunque el proceso de cocción al vapor era laborioso, tampoco requería demasiado tiempo.

El maestro observó las flores a través de la tapa transparente.

Cuando juzgó que estaban casi cocidas, apagó el fuego y utilizó únicamente el vapor residual para terminar de cocerlas lentamente.

Después retiró el recipiente sellado y lo introdujo en agua fría.

Esperó hasta que el recipiente estuvo completamente frío antes de sacar las flores.

Para entonces, la presión interior ya había regresado a la normalidad y podía abrirse sin problemas.

Durante todo aquel proceso, varias tandas de turistas ya habían pasado por allí.

A la mayoría no les interesaba demasiado aquel procedimiento monótono.

Solo querían tomarse una fotografía con el maestro al otro lado de la pared transparente.

Xia Zheng, por el contrario, casi tenía la cara pegada al cristal.

Su respiración empañaba constantemente la superficie.

Así que tenía que limpiarla una y otra vez mientras seguía mirando.

Xuan Jing observó aquello durante un momento.

Luego habló con el policía asignado expresamente para proteger a Xia Zheng.

El agente se comunicó con alguien y se marchó.

Cuando regresó, entregó a Xuan Jing una pequeña bolsa.

Xuan Jing la abrió.

Dentro había una mascarilla.

Él había pedido específicamente que, de ser posible, tuviera dibujados conejitos.

Y si no había conejos, al menos algún animal adorable.

—Gracias.

Miró aquella mascarilla cubierta con dibujos de todo un zoológico y le pagó al policía.

El agente quiso rechazar el dinero.

Pero Xuan Jing dijo que los asuntos públicos y privados debían mantenerse separados y que no sería apropiado que los demás lo vieran aceptar algo gratis.

Así que el policía terminó aceptándolo.

Muchos años después, cuando Xuan Jing se convirtió en general, aquel policía se arrepentiría profundamente de haberse gastado ese dinero.

Debería haberlo enmarcado.

Xuan Jing agarró a Xia Zheng, que estaba completamente concentrado en el proceso, y le puso la mascarilla.

Durante todo el proceso, los ojos de Xia Zheng ni siquiera se apartaron del taller.

Sin embargo, cuando descubrió que con la mascarilla ya no empañaba el cristal al respirar…

volvió a pegar directamente la cara contra la pared.

Xuan Jing:

«…»

El maestro, que casualmente miró en aquella dirección:

«…»

Al ver aquella cara que había pasado de tridimensional a completamente aplastada contra el vidrio, el maestro estuvo a punto de echarse a reír en mitad del trabajo.

Aquel niño era bastante divertido.

Como todavía tenía que esperar a que el recipiente se enfriara, podía permitirse un pequeño descanso.

Llamó a su asistente.

—Trae aquí a ese mocoso que tiene la cara pegada a la pared. Si quiere mirar, que entre. ¿Acaso soy una persona tan poco razonable?

Las comisuras de los labios del asistente se crisparon.

¿No había sido él mismo quien había dicho que quería ponerlo a prueba?

Bueno.

El maestro siempre tenía razón.

Cuando Xia Zheng se enteró de que podía entrar, se alegró enormemente.

Xuan Jing señaló su propia nariz.

—¿Yo también puedo?

—El maestro dijo que ambos pueden entrar —respondió el asistente.

Xuan Jing suspiró aliviado.

Había pensado que tendría que quedarse afuera esperando.

Había conseguido con dificultad una oportunidad para estar a solas con Xia Zheng.

Aunque no hablaran, simplemente permanecer juntos le resultaba agradable.

Xia Zheng y Xuan Jing se pusieron trajes esterilizados y mascarillas, se lavaron las manos con desinfectante y finalmente pasaron por un proceso de esterilización con luz ultravioleta antes de entrar al taller.

—Ya que has venido, empezaré de nuevo desde el principio.

El maestro asintió hacia Xia Zheng.

Luego sacó otra porción de flores de acacia azucarera.

Xia Zheng lo siguió inmediatamente con pasos rápidos, mostrando una diligencia casi exagerada.

Al ver aquel cambio de personalidad prácticamente instantáneo, Xuan Jing estuvo a punto de quedarse boquiabierto.

Pero…

parecía todavía más adorable así.

Ojalá algún día también me trate a mí con semejante entusiasmo.

Xuan Jing se acarició la barbilla.

Naturalmente, los turistas del exterior también vieron a Xia Zheng entrar en el taller.

Todos comenzaron a emocionarse.

Quienes visitaban aquel lugar habían escuchado de sus guías la legendaria historia sobre la transmisión de la técnica del azúcar de acacia.

También sabían que el maestro actual había aprendido aquella técnica cuando tenía unos cincuenta años.

Y durante el siglo siguiente no había encontrado a nadie más joven que él que fuera adecuado para heredarla.

Numerosos chefs habían acudido a pedirle orientación.

Pero a muchos ni siquiera los había recibido personalmente.

Ahora, después de cien años, un joven chef venido de fuera finalmente había conseguido entrar en su taller.

¿Significaba eso que el maestro tenía intención de transmitirle la técnica?

¿Y que consideraba que Xia Zheng realmente podía aprenderla?

Naturalmente, todos conocían el nivel culinario de Xia Zheng.

El Concurso Juvenil de Gastronomía era uno de los grandes acontecimientos de toda la Alianza.

Incluso quienes no podían seguir las transmisiones en directo veían las grabaciones.

Y, como mínimo, todos sabían quién había ganado.

El único problema era que Xia Zheng no había mostrado demasiada habilidad con los postres durante la competencia.

Aunque la mayoría de los chefs dominaban numerosos tipos de cocina, siempre tenían áreas más fuertes que otras.

Nadie sabía qué tan bueno era Xia Zheng preparando dulces.

Pero si el propio maestro había permitido que entrara al taller…

aunque Xia Zheng no fuera capaz de heredar aquella técnica, al menos significaba que reconocía su potencial, ¿verdad?

Los turistas que todavía permanecían allí se entusiasmaron muchísimo.

Quienes ya habían tomado fotografías y se habían marchado comenzaron a arrepentirse.

Una vez abandonada la fila no estaba permitido volver a entrar.

¡Habían perdido la oportunidad de presenciar lo que quizá se convertiría en un momento histórico!

Dentro del taller, Xia Zheng siguió atentamente al maestro.

Mientras este reiniciaba todo el proceso de fabricación, iba explicándole detalladamente cada punto importante.

Cómo seleccionar las flores.

Qué observar durante la cocción al vapor.

Cómo controlar el enfriamiento.

Cómo triturarlas.

Cómo cocer el jugo.

Cómo filtrarlo.

Cómo determinar el momento exacto de retirar el azúcar.

En cada etapa, el artesano debía utilizar sus propios ojos para observar, su nariz para oler, su lengua para probar y sus manos para tocar.

Todo dependía de la intuición y de la experiencia.

¿Cuántos nutrientes quedaban conservados?

¿Cuánta fragancia floral permanecía?

¿El sabor final era fuerte o delicado?

Cada trozo de azúcar de acacia terminaba teniendo un sabor ligeramente distinto.

Mientras removía el jarabe dentro de la olla, el maestro sumergió rápidamente los dedos en agua fría.

Después los introdujo en el jarabe hirviendo.

Acto seguido volvió a meterlos en agua fría y, finalmente, se llevó los dedos a la boca para probar una pequeña cantidad con la lengua.

—Para dominar esta técnica tienes que desarrollar un par de dedos capaces de atrapar azúcar hirviendo —explicó—. Al principio yo también me quemaba.

Cuando el jarabe estuvo listo, Xia Zheng observó cómo aquel líquido de color marrón dorado se volvía gradualmente amarillo claro a medida que el maestro lo estiraba una y otra vez.

Después de cortarlo sobre una losa de jade, el azúcar de acacia adquirió un tono amarillo pálido y translúcido.

Parecía ámbar.

—Probé muchas clases de piedra. Esta es la que mejor combina con el azúcar de acacia.

El maestro le tendió un trozo.

—¿Quieres probarlo?

Xia Zheng miró aquel caramelo semejante a ámbar, rodeado por el resplandor de pequeñas flores amarillas que parecían emitir una luz suave.

Lo llevó a la boca y mordió delicadamente.

En ese instante…

fue como si hubiera aparecido dentro de un enorme bosque de acacias completamente cubierto de flores.

La dulce fragancia floral se extendió desde la punta de su lengua y recorrió inmediatamente todo su cuerpo.

Por un momento, incluso Xia Zheng sintió como si él mismo se hubiera transformado en un pequeño racimo de flores de acacia.

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