El exjefe de una banda criminal transmigra como ama de llaves en una novela +19 - Capítulo 7
—Vaya… Esto no es ninguna broma.
Si Jung Hwangseo era un lunático, un psicópata, entonces Jung Hwangyu era un perro rabioso.
Sí.
Eso era exactamente.
Lo había olvidado por un momento porque últimamente se la pasaba moviendo la cola delante de mí.
Jung Hwangyu era un perro rabioso.
Aunque estaba claramente en desventaja, verlo demostrarlo sin reservas y lanzarse contra ellos como si hubiera perdido la cabeza era una locura casi refrescante. Como si estuviera decidido a derribar al menos a uno más, utilizaba todo su cuerpo como arma.
Brazos, piernas, puños, pies, cabeza… hasta los dientes.
Sin duda lo superaban en número y, aun así, los gánsteres estaban siendo obligados a retroceder poco a poco.
Aquello no era cuestión de números.
Era una derrota de espíritu.
En una pelea, más que cualquier otra cosa, todo dependía del espíritu. Con suficiente determinación, incluso la peor situación podía revertirse.
Y, en ese momento, el espíritu de Jung Hwangyu estaba aplastando por completo al de aquellos gánsteres.
—¡¿Qué demonios están haciendo?! ¡Es solo un mocoso!
—¡¿Un mocoso?! ¡Es un maldito loco! ¡Aaaagh!
—¡Mierda, láncense todos sobre él de una vez!
Pero por mucho que Jung Hwangyu se descontrolara, siempre había un límite.
Al principio quizá podía mantener aquel ritmo, pero cuanto más tiempo pasaba, más se agotaba y, como era inevitable, su ímpetu comenzó a debilitarse.
Tal como esperaba, empezó a recibir golpes y poco a poco lo arrinconaron.
Miré a mi alrededor.
…Eso servirá.
Había varios pedazos sólidos de piedra esparcidos por el suelo.
Recogí unas cinco piedras, cada una aproximadamente del tamaño de mi puño.
Todos estaban demasiado ocupados peleando como para fijarse en si yo estaba allí o no.
Hice rodar las piedras entre mis manos.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que hacía algo así?
Por un momento me preocupó que este cuerpo no respondiera correctamente, pero, aunque era más pequeño, ya había confirmado que mi fuerza no solo se había conservado, sino que incluso había aumentado.
Confiando en eso, acorté la distancia.
Cuando estuve a la distancia adecuada, lancé las piedras contra las cabezas de los gánsteres que estaban golpeando a Jung Hwangyu.
—¡Kgh!
—¡Agh!
—¡Q-qué demonios…! ¡Urk!
—¡Oh, sí~! ¡En el blanco!
Apunté una piedra a cada gánster.
Todos los que recibieron el impacto de lleno en la cabeza cayeron inconscientes en el acto. A juzgar por la espuma que les salía de la boca, el efecto había sido contundente.
Jung Hwangyu miró frenéticamente a su alrededor, buscando de dónde habían salido las piedras.
En cuanto me vio, abrió los ojos de par en par, como si hubiera presenciado algo que jamás debería haber visto, y me señaló directamente.
—¡T-tú…!
Lo saludé alegremente con la mano.
Cinco derribados por Jung Hwangyu.
Cinco derribados por mí con las piedras.
Quedaban otros cinco.
Recogí un garrote de madera que estaba tirado cerca.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que sostuve uno de estos?
Siempre había dejado que mis subordinados se encargaran de estas cosas.
Hacía mucho tiempo que no intervenía personalmente de esta manera.
—¡¿Qué demonios?! ¡¿Quién es ese tipo?!
—¡Ese bastardo lanzó las piedras! ¡Ese mocoso con cara de gigoló! ¡Oigan, atrápenlo!
Dos gánsteres se abalanzaron sobre mí.
Los observé inexpresivamente mientras se acercaban.
Uno de ellos llegó hasta mí y lanzó un puñetazo directo a mi cara.
Lento.
Esquivé el golpe y le estampé el garrote en el estómago.
Con un golpe sordo, su cuerpo salió despedido hacia atrás.
Oh. De verdad me hice más fuerte, ¿eh?
Ya lo había sentido con Jung Hwangseo, pero ahora que utilizaba mi fuerza de verdad…
Esto no era ninguna broma.
—¿Q-qué demonios…?
Los gánsteres restantes alternaron la mirada entre su compañero caído y yo, con el miedo apoderándose de sus ojos.
—…Estaba a punto de irme a preparar la cena, así que ¿podrían darse prisa y venir contra mí de una vez?
Mientras hablaba, haciendo girar libremente el garrote en mi mano, los rostros de los gánsteres restantes perdieron todo el color.
—Si ustedes no vienen, ¿voy yo?
Dicho eso, me lancé directamente contra ellos.
Ni siquiera pudieron esquivarme.
Uno tras otro, fueron cayendo bajo el garrote que empuñaba.
Con cada satisfactorio golpe seco de la madera contra la carne, las comisuras de mis labios se elevaban por sí solas.
Qué divertido.
Demasiado divertido.
Había olvidado esta sensación.
Era tan divertido que podía volverme loco.
Controlé deliberadamente mi fuerza.
Dejarlos inconscientes de un solo golpe habría sido aburrido.
Ver a aquellos gánsteres ensangrentados, desesperados por sobrevivir, intentando huir hizo revivir una emoción que llevaba mucho tiempo olvidada.
—M-monstruo…
El último gánster que seguía consciente temblaba en el suelo mientras me gritaba.
Monstruo.
Así era como todos me llamaban en aquel entonces.
Cuando tenía veinte años.
Solo entonces volvió a mi mente aquel apodo que había olvidado.
Levanté el garrote.
Todavía no había terminado.
Más.
Más…
¡Más…!
—¡Park Gyumin!
…Ah, mierda.
Alguien gritó mi nombre a pleno pulmón y, al mismo tiempo, me arrancaron el garrote de la mano y lo arrojaron lejos.
El frenesí que ardía dentro de mí se enfrió al instante, como si me hubieran vaciado un cubo de agua helada sobre la cabeza.
—…Ah… ¿por qué?
Frente a mí estaba Jung Hwangyu, que de alguna manera ya había llegado hasta allí.
¿Desde cuándo estaba aquí?
Me había emocionado demasiado después de tanto tiempo sin pelear.
Ahora que lo pensaba, la razón por la que había dejado de intervenir personalmente después de convertirme en Jefe no había sido por mí.
Había sido por mis subordinados.
Me habían suplicado una y otra vez que no interviniera, diciendo que cambiaba cada vez que veía sangre.
Jung Hwangyu permanecía allí, rígido de una manera que no era propia de él.
…¿Me habré pasado?
Mientras me preocupaba pensando que quizá acabaría perdiendo mi trabajo como ama de llaves, Jung Hwangyu finalmente abrió la boca, que había mantenido firmemente cerrada.
—…Mi estómago…
—¿Tu estómago?
¿Qué pasa con tu estómago?
¿Quieres que te lo apuñale?
¿O que te golpee?
—…Tengo hambre… así que paremos y vámonos. Hip.
En cuanto terminó de hablar, Jung Hwangyu empezó a tener hipo, como si hasta él mismo se hubiera sorprendido de lo que acababa de decir.
…¿Qué acaba de decir?
¿Que tiene hambre?
Me quedé mirando inexpresivamente su rostro mientras seguía con hipo y, al cabo de un momento, ya no pude contenerme y solté una breve carcajada.
¿Qué demonios? ¿Jung Hwangyu también tenía un lado así de adorable?
Jung Hwangyu no consiguió dejar de tener hipo durante bastante tiempo.
—E-esto solo es porque… ¡se me quedó algo atorado en la garganta…! No es porque te tenga miedo ni nada parecido… hip, hip.
Qué adorable.
Al menos no parecía tener intención de echarme de mi trabajo.
Incluso mientras el hipo no le daba tregua, Jung Hwangyu se esforzaba por inventar excusas para demostrar que no me tenía miedo.
—Está bien, está bien. Vámonos. Te curaré las heridas y después comeremos. Yo también tengo hambre, ahora que lo mencionas.
Eché un vistazo a Jung Hwangyu, que estaba cubierto de heridas, y comencé a caminar.
Jung Hwangyu me siguió, vacilando con cierta incomodidad.
Escuchando aquel hipo que se negaba a desaparecer, regresamos a casa.
—¡Ay, ay, ay! ¡Con cuidado, con cuidado! ¡Te dije que lo hicieras con cuidado! ¡No seas tan brusco con el medicamento!
—Lo estoy haciendo con cuidado. Un hombre hecho y derecho quejándose así…
—¡M-menos fuerza! ¡¿Tienes idea de lo absurdamente fuerte que eres?!
—Ay, por Dios. ¡No vas a morirte! ¡No vas a morirte!
—¡Aaaagh!
El ama de llaves había cambiado.
Mirando hacia la sala de estar a través de una puerta apenas entreabierta, Jung Hwangyeong no pudo ocultar su sorpresa mientras observaba a Jung Hwangyu y al ama de llaves discutir con total naturalidad.
Cerró la puerta silenciosamente y volvió a meterse debajo de las mantas.
Cambió. De verdad cambió.
El ama de llaves de antes había sido tímido y siempre se encogía de miedo.
Sobre todo delante de sus hermanos mayores, se mostraba todavía más retraído.
¿Desde cuándo se había vuelto tan cercano a uno de ellos?
Jung Hwangyeong se removió bajo las mantas.
Una absurda sensación de aislamiento comenzó a apoderarse de él.
Había pensado que eran compañeros.
Después de todo, ambos eran los únicos solitarios de aquella casa.
Y, sin embargo, de la noche a la mañana, había cambiado…
¿Acaso lo habían secuestrado unos extraterrestres y le habían remodelado el cerebro o algo así?
De otro modo, no había manera de que una persona pudiera cambiar tan repentinamente.
…Ya ni siquiera me presta atención.
El mayor cambio estaba precisamente en la atención que antes dirigía hacia él.
Antes, aunque no comiera, el ama de llaves siempre se aseguraba de prepararle el desayuno o la cena.
Pero, en algún momento, incluso eso había desaparecido.
Cuando la única persona que alguna vez se había preocupado por él dejó de hacerlo, Jung Hwangyeong se sintió todavía más solo.
Ahora sí parecía que estaba completamente solo en aquella casa.
Y, encima, verlo volverse tan cercano a su hermano…
Mis hermanos ni siquiera se preocupan por alguien como yo…
Aunque hiciera berrinches, lo ignoraban.
Aunque cerrara la boca y se negara a hablar, nadie le prestaba atención.
Aunque protestara negándose a comer, aunque nunca saliera de su habitación, a nadie parecía importarle lo más mínimo.
Empezaba a sentir envidia del ama de llaves, que podía pasar tiempo con su tercer hermano.
—No. No estoy celoso.
Jung Hwangyeong negó con la cabeza.
Aquel pensamiento había surgido inconscientemente, pero hería su orgullo.
Solo se sentía así porque todavía era pequeño.
Cuando creciera, viviría perfectamente bien por su cuenta, comería bien y tendría una buena vida sin preocuparse por hermanos como ellos.
En los cuentos de hadas, Cenicienta y Blancanieves…
¿Acaso no habían crecido en circunstancias miserables cuando eran niñas?
Pero al final todas vivían felices para siempre.
Él sería igual.
Tenía que serlo…
Grrr…
Su estómago gruñó.
Los bocadillos que había comido en el jardín de niños no habían sido ni remotamente suficientes para llenarlo.
Aun así, no quería tragarse su orgullo y pedirle comida al ama de llaves.
A esa hora del día siempre era cuando más hambre tenía.
Antes, al menos podía deleitarse con la vista de la comida que preparaba el ama de llaves.
Ahora ni siquiera podía hacer eso.
Aunque me muera de hambre así, mis hermanos ni siquiera se darán cuenta… A nadie le importa alguien como yo…
Los ojos de Jung Hwangyeong se llenaron de lágrimas.
De repente recordó cuando era todavía más pequeño, cuando sus hermanos, a diferencia de ahora, sí cuidaban de él.
Las gachas de calabaza que le habían preparado ellos mismos en aquel entonces habían estado deliciosas.
Gachas de calabaza.
Quiero comerlas.
Contemplar el bullicio que había afuera solo hizo que su soledad se intensificara y que el hambre empeorara.
Jung Hwangyeong se dejó caer débilmente sobre la cama.
No había manera de que unas gachas de calabaza aparecieran de repente, como por arte de magia…
Toc, toc, toc.
En ese momento, llamaron a la puerta.
Jung Hwangyeong se cubrió la cabeza con las mantas y contuvo la respiración.
Un instante después, la puerta se abrió y el ama de llaves entró.
—Preparé gachas de calabaza. Pruébelas, joven amo.
…¿Gachas de calabaza?
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Jung Hwangyeong salió de debajo de las mantas y se acercó a la bandeja que habían dejado sobre la mesa.
¡No puede ser!
Allí estaban.
Un tazón lleno hasta el borde.
Las amarillas gachas de calabaza que tanto había deseado.
Aquellas que tanto había extrañado.
Como si el ama de llaves le hubiera leído la mente.