Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 96

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La mirada de Cha Hyuk, que se había perdido en el vacío sobre ellos, regresó lentamente a Yebon. Lo observó durante un momento antes de negar con la cabeza.

—No. Me gusta cómo están las cosas ahora. Aunque regresara, terminaría llegando hasta aquí otra vez.

Yebon había pensado que, si Cha Hyuk quería volver a sus días de preparatoria, sería comprensible. Sin embargo, la firmeza de su mirada dejó claro que aquello no era más que una idea equivocada del propio Yebon.

Decir que, pasara lo que pasara, volvería a terminar allí…

¿Podía una frase tan sencilla contener tanta ternura?

¿Tanto romanticismo silencioso y doloroso?

Algo dentro de Yebon creció hasta que ya no pudo contenerlo. Las palabras salieron de él sin filtros, desnudas y sinceras.

—De verdad te amo, hyung.

La confesión escapó instintivamente de sus labios, impulsada por la emoción.

Cha Hyuk respondió depositando un suave beso en la punta de su nariz.

—Yo también te amo, Yebon.

Pero el tiempo, tan cruel como siempre, continuó avanzando.

Aunque no fuera para siempre, se acercaba con rapidez una despedida que podía prolongarse más de lo que cualquiera de los dos deseaba.

Y justo antes de marcharse, frente a una larga separación, Cha Hyuk volvió a hablar de amor y prometió con absoluta certeza que regresaría.

Día 371.

Había pasado poco más de un año desde que Cha Hyuk se marchó.

—Oye, oye, no llores. Dicen que el tiempo pasa volando en el ejército.

Lee Seunggu, sentado junto a Yebon, volvió a llenar su vaso vacío.

Yebon, que se había rapado por completo para prepararse para el alistamiento, contempló el vaso recién servido con expresión ausente. Tenía las mejillas enrojecidas por todo lo que había bebido.

—…Lo dice el que ni siquiera ha hecho el servicio…

Yebon fulminó a Seunggu con la mirada antes de beberse el soju de un solo trago.

El alcohol era amargo.

Pero su vida lo era todavía más.

Sabía que era ridículo. Sin embargo, una parte de él había esperado que, quizás, solo quizás, Cha Hyuk regresara.

Por eso había pospuesto el servicio militar todo lo posible.

Pero ahora que estaba a punto de comenzar su cuarto año de universidad, se había quedado sin excusas. El ejército iba a llevárselo quisiera o no.

Un año y seis meses.

No había forma de que Cha Hyuk regresara durante ese tiempo.

Ansioso e inquieto, Yebon se bebió otro vaso de soju.

No tenía más opción que esperar.

Creer que Cha Hyuk volvería.

Al verlo beber vaso tras vaso con el estómago vacío, sus amigos intercambiaron miradas impotentes.

Así que por eso estaba tan deprimido por tener que alistarse.

Sintiendo un poco de lástima por él, Seunggu le dio unas palmadas en el hombro.

—¡Iré a visitarte, idiota! ¿De acuerdo? Así que anímate, ¿sí?

—Sí, Yebon. No te deprimas tanto.

Por supuesto, Yebon no estaba realmente triste por ir al ejército.

Pero se limitó a sorberse la nariz en respuesta.

—Yo… tengo que ir un momento al baño…

—Ah, sí. Ve.

Se levantó tambaleándose y salió del restaurante.

Lo del baño no era más que una excusa.

Lo que realmente necesitaba era estar solo durante un momento.

Al salir, Yebon sacó el teléfono y marcó el número de Cha Hyuk hyung.

La llamada sonó, pero, como siempre, terminó directamente en el buzón de voz.

Sorprendentemente, el número de Cha Hyuk nunca había sido desconectado, ni siquiera durante un solo día. Alguien debía de estar cargando su teléfono, porque nunca se apagaba.

Pero nadie contestaba.

[No es posible establecer la llamada. Será redirigido al buzón de voz. Después del tono, es posible que se le cobre por dejar un mensaje.]

Mientras sonaba el mensaje automático, Yebon volvió a sorberse la nariz. Vaciló un poco antes de hablar.

—Hyung… pronto voy a entrar al ejército… No puedes volver mientras no estoy y marcharte otra vez solo porque no me encuentres, ¿de acuerdo?

No sabía si Cha Hyuk llegaría a escucharlo alguna vez.

Aun así, Yebon dejó aquel breve mensaje.

Su centésimo mensaje de voz.

Día 1323.

Faltaba poco para que se cumplieran cuatro años.

Era una sofocante tarde de verano, una de esas en las que el calor se negaba a desaparecer incluso después de la puesta de sol.

Yebon contemplaba el exterior por la ventana cuando el repentino zumbido de su teléfono lo sacó de sus pensamientos.

[Park Sujeong: Kang Yebon, ¿quieres tener una cita a ciegas? Una amiga vio tus publicaciones y quiere conocerte.] (8:11 p. m.)

Yebon apenas leyó el mensaje antes de escribir una respuesta breve.

[Yebon: No, no me interesa.]

Después de enviarla, se levantó y entró en la sala.

—Mamá, voy a salir un rato.

—¿Adónde?

—Solo a conducir un poco. Necesito despejarme. ¿Puedo llevarme el coche?

Mientras hablaba, Yebon tomó las llaves del cajón junto a la entrada.

Su madre, demasiado concentrada en su drama, se limitó a hacerle un gesto con la mano.

—Conduce con cuidado.

Yebon bajó al estacionamiento subterráneo y subió al sedán blanco.

Poco después, el coche salió suavemente del estacionamiento y se incorporó a la carretera.

Ya había terminado el servicio militar, pero todavía tenía suspendidos sus estudios universitarios y, técnicamente, seguía estancado en el cuarto año.

Aquella era su última prórroga.

El año siguiente tendría que regresar.

El coche avanzó sin vacilar.

Con el paso de los minutos, el tráfico disminuyó y las carreteras quedaron cada vez más vacías.

Después de aproximadamente una hora, Yebon se detuvo y miró al frente.

Una casa independiente de dos pisos, completamente a oscuras.

La puerta de madera le daba un aire acogedor y hogareño.

Era la casa de Cha Hyuk.

Ahora era una casa vacía en la que no vivía nadie.

Extrañamente, después de que Cha Hyuk se marchara, nadie se había mudado allí. La propiedad ni siquiera había sido anunciada por ninguna inmobiliaria.

Lo más probable era que se debiera al tipo de personas con las que Cha Hyuk había estado involucrado.

A Yebon le gustaba que nadie más se hubiera mudado.

Pero, al mismo tiempo, aquello lo hacía sentirse vacío.

Porque convertía en algo dolorosamente real que, sin importar cuántas veces fuera, Cha Hyuk no estaría esperándolo dentro.

Aferrarse únicamente a recuerdos que se desvanecían era agotador.

Yebon dejó escapar un profundo suspiro, apoyó los brazos sobre el volante y escondió el rostro entre ellos.

—…¿Cuándo vas a volver, en serio?

Miró fijamente la casa vacía, como si esta pudiera darle una respuesta, y jugueteó con el teléfono.

Después de unos instantes, abrió sus contactos y pulsó un número guardado con el nombre «Bastardo».

Era el número de Cha Hyuk.

Un mes atrás, después de ver a Lee Seunggu presumir de su nueva relación delante de él, Yebon se había sentido tan amargado y frustrado que había cambiado el nombre del contacto como una pequeña venganza.

Cuando abrió la conversación, una interminable sucesión de mensajes unilaterales llenó la pantalla.

[Kang Yebon: Hyung, estoy de permiso.] (11:45 a. m.)

[Fecha: XX/XX/20XX]

[Kang Yebon: (Foto)] (8:21 p. m.)

[Kang Yebon: Estoy en la fiesta de cumpleaños de Seunggu.] (8:21 p. m.)

[Fecha: XX/XX/20XX]

[Kang Yebon: Se parece a ti.] (8:21 p. m.)

[Kang Yebon: (Foto)] (8:21 p. m.)

…

…

[Kang Yebon: Que te jodan, maldito bastardo que me ignora.] (1:36 a. m.)

El último mensaje era una queja escrita estando borracho una semana atrás.

¿Aquella espera terminaría algún día?

El pensamiento le oprimió el pecho, y Yebon presionó los dedos contra las comisuras de los ojos, como si así pudiera contener el ardor.

Después de una breve vacilación, envió un mensaje más.

[Kang Yebon: Te extraño.] (9:26 p. m.)

Yebon contempló sin expresión a la multitud bulliciosa.

Los obturadores de las cámaras sonaban por todo el campus y, a pesar de estar en pleno invierno, había flores de colores vivos por todas partes.

—¡Oye, Kang Yebon! ¡Tu mamá ya llegó!

Lee Seunggu, que había estado ocupado tomándose fotografías con los demás, corrió hacia él.

Era realmente impresionante que Lee Seunggu, a pesar de haberse graduado años atrás, todavía tuviera tantos amigos cercanos entre los graduados de aquel año.

Ese día era la ceremonia de graduación universitaria de Yebon.

Como había suspendido sus estudios y también había cumplido el servicio militar, se graduaba mucho más tarde que sus compañeros originales.

Por eso, realmente no tenía amigos cercanos entre los graduados de aquel año.

—Voy un momento al baño.

—Ah, sí, sí. Date prisa. Hace un frío de mierda. Déjame el ramo.

Yebon le entregó el montón de flores que llevaba en los brazos.

Pensó en quitarse el birrete, pero decidió no hacerlo. Le daba demasiada pereza volver a ponérselo después.

Así que lo dejó puesto y comenzó a caminar.

Sacó el teléfono del bolsillo y jugueteó distraídamente con él antes de abrir sus contactos.

Pulsó el nombre que aparecía inmediatamente entre sus favoritos.

«Bastardo».

Era el número de Cha Hyuk.

Unos días atrás, Yebon había estado furioso mientras pensaba en él y había cambiado impulsivamente el nombre del contacto.

No se había molestado en volver a cambiarlo.

Marcó el número y esperó mientras escuchaba el conocido tono de llamada.

Cuando comenzó el mensaje del buzón de voz, por fin habló.

—Oye, bastardo. Por fin me estoy graduando. Sufrí durante cinco malditos años y, aun así, ¿de verdad no vas a venir? En serio… de verdad… Incluso te envié un mensaje avisándote que era hoy, pero no apareciste…

En el fondo, Yebon siempre había creído que, si Cha Hyuk regresaba algún día, el lugar más fácil para encontrarlo sería la universidad.

Por eso había retrasado la graduación y había solicitado suspensiones innecesarias solo para permanecer allí más tiempo.

Aunque sabía que no tenía sentido…

Yebon no podía obligarse a marcharse.

Si se iba, sentiría que todo había terminado de verdad.

Pero tampoco podía aplazar la graduación para siempre.

Sinceramente, en ese momento Yebon solo quería desplomarse y llorar.

Se mordió con fuerza el labio y, cuando llegó al pasillo casi vacío cerca del baño, gritó de repente:

—¡Maldito hijo de puta!

¿Cha Hyuk tenía siquiera pensado regresar?

¿Se suponía que debía hacerlo?

Yebon no sabía nada.

Solo seguía esperando.

Furioso, terminó la llamada de manera abrupta.

En cuanto lo hizo, su visión se volvió borrosa y un ardor le recorrió la punta de la nariz.

Su primera relación había terminado porque lo dejaron por otra persona.

La segunda había terminado porque desaparecieron sin dar explicaciones.

Toda su vida amorosa era un maldito desastre.

Mientras seguía murmurando quejas para sí mismo, el teléfono que apretaba con fuerza comenzó a sonar de repente.

Supuso que sería Lee Seunggu, llamándolo para apresurarlo.

Yebon se secó el rabillo de los ojos y contestó.

—Ah, lo siento. Ya voy para allá…

—Yebon.

Yebon se quedó completamente inmóvil.

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