Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 93

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En cuanto vio el mensaje de Lee Seunggu, Yebon llamó de inmediato a Cha Hyuk. El tono sonó varias veces, pero, como era de esperarse, no contestó y la llamada terminó en el buzón de voz.

Yebon hizo una mueca de frustración, bajó las piernas de la cama, apretó el teléfono con irritación y le envió un mensaje.

[Kang Yebon: ¿De verdad vas a volver a hacer esto? Seunggu dijo que te vio en el hospital. ¿Dónde estás? Vuelve aquí ahora mismo.] (7:24 p. m.)

Esperó con ansiedad, sintiendo el corazón golpearle con fuerza.

Entonces, el teléfono vibró con un mensaje entrante.

Por fin, Cha Hyuk había respondido.

[Cha Hyuk hyung: …Solo pensé que sería mejor esperar hasta el día en que te dieran el alta… No pensaba evitarte para siempre.] (7:26 p. m.)

[Kang Yebon: Deja de poner excusas y ven. No me importa lo ocupado que estés. Si no apareces, te juro que…] (7:27 p. m.)

[Cha Hyuk hyung: …Ahora mismo estoy en la sala de descanso del octavo piso.] (7:28 p. m.)

—…¿Qué demonios?

¿Había estado todo ese tiempo tan cerca?

Una repentina oleada de agotamiento invadió a Yebon.

Al mismo tiempo, el resentimiento y la frustración que había estado acumulando comenzaron a desvanecerse. Saber que Cha Hyuk no había tenido la intención de cortar por completo el contacto con él, como la vez anterior, hacía una gran diferencia.

Por lo que Seunggu había dicho, parecía probable que Cha Hyuk hubiera hablado con su madre en algún momento.

Todavía tenía que preguntarle por qué había intentado ocultárselo, pero eso podía esperar.

Primero tenía que ver a Cha Hyuk.

Decidido, Yebon se puso de pie, tomó el soporte del suero y se preparó para salir de la habitación.

Justo cuando iba a abrir la puerta, su madre entró.

Al verlo de pie, parpadeó con sorpresa.

—¿Adónde vas? ¿Necesitas algo?

—Voy a ver a hyung.

—…¿A hyung?

Su madre frunció ligeramente el ceño, como si no tuviera idea de quién estaba hablando.

Yebon apretó la mandíbula y respondió con voz controlada.

—A Cha Hyuk hyung. A quien le dijiste a Seunggu que no me mencionara.

—…Tú… ¿cómo te enteraste…?

Ella aspiró bruscamente, sobresaltada.

Yebon quería exigirle explicaciones, preguntarle por qué se lo había ocultado, pero logró contenerse.

—Volveré pronto.

—Espera, Yebon. ¿Tienes que ir ahora mismo? ¿No puedes esperar hasta después de que te den el alta? ¿Quizás cuando sea de día?

—…¿A él le dijiste lo mismo? ¿Que esperara hasta que me dieran el alta para verme?

Eso explicaría por qué Cha Hyuk había estado rondando por allí sin entrar a visitarlo.

Su madre no respondió de inmediato, pero Yebon ya conocía la respuesta.

—¿Por qué…?

Esta vez, su voz sonó más baja.

—¿Al menos puedes decirme por qué? Fue hyung quien denunció todo aquella noche, ¿verdad? Entonces, ¿por qué… por qué le pediste que se mantuviera alejado?

—…

Ella vaciló, apretando con fuerza los labios, incapaz de darle una respuesta.

Aquel día, cuando llamaron del hospital para decirle que Yebon había resultado gravemente herido, su madre había corrido a urgencias presa del pánico.

Pero, por alguna razón, allí estaba aquel hombre aterrador al que Yebon había presentado alguna vez como «profesor».

El impacto de escuchar que su hijo había sido apuñalado y que iba a entrar a cirugía fue suficiente para dejarla completamente entumecida.

Sin embargo, lo que no podía comprender era por qué aquel hombre estaba allí, tan pálido y conmocionado como ella.

Después de que la policía le explicara lo sucedido, ella todavía estaba intentando asimilar la situación cuando el hombre dio un paso al frente.

Se inclinó tan profundamente que su frente estuvo a punto de tocar el suelo.

—Lo siento muchísimo, señora. Yebon resultó herido por mi culpa… Yo… no fui capaz de protegerlo… De verdad, lo siento.

Su voz era tan frágil que parecía a punto de quebrarse en cualquier momento.

Verlo así hizo que el corazón de la mujer temblara.

—…No entiendo lo que estás diciendo. ¿Por qué tendría que ser tu culpa que Yebon resultara herido? Y espera, ¿no se suponía que eras profesor? ¿Por qué estás aquí?

Ante sus preguntas, el hombre se enderezó, pero no dijo una sola palabra.

Solo mostraba una expresión tan atormentada como la de ella.

Una sensación terrible le recorrió la espalda.

—…Tú y Yebon, ustedes no…

Se interrumpió y sacudió la cabeza.

No. Eso no era importante en aquel momento.

—Mira, ahora mismo no tengo fuerzas para esto. Por favor, vete a casa.

El hombre abrió la boca como si fuera a decir algo, pero las palabras no salieron.

Aun así, vaciló y permaneció inmóvil, como si sus pies se negaran a moverse.

Llevándose una mano a la frente, ella suspiró, con el cansancio oprimiéndole la voz.

—Soy su madre. Yo cuidaré de Yebon. Así que, por favor, vete.

Solo entonces, el hombre susurró unas cuantas disculpas más, miró una última vez las puertas del quirófano y finalmente se marchó.

La expresión que había tenido aquel día, aquella mirada en sus ojos, no había abandonado la mente de la mujer desde entonces.

Ahora observaba a Yebon, quien la miraba con una expresión cuidadosamente contenida.

—Mamá, acordamos que seríamos más sinceros el uno con el otro, ¿verdad? Puedes decírmelo. Sé que debes de haber tenido tus razones. Así que, por favor, solo dímelo.

Ser más sinceros.

Ella se había repetido que tal vez los dos solo eran amigos cercanos.

Pero no.

No era lo bastante ingenua como para creérselo de verdad.

Sabía demasiado bien cómo se veía el amor en los ojos de una persona.

Por más que intentara negarlo, no podía olvidar aquel instante.

Justo antes de marcharse, ese hombre había mirado hacia el quirófano, hacia donde estaba Yebon, con una mirada rebosante de un afecto crudo y abrumador.

Y ahora, viendo la reacción de Yebon…

Era una prueba innegable de que su relación no era normal.

—…¿Qué es exactamente… lo que hay entre ustedes dos?

Sus ojos estaban llenos de incredulidad, inquietud y miedo.

Una mezcla abrumadora de emociones que claramente no quería sentir.

Yebon lo supo en ese instante.

Había llegado el momento.

Tenía que decírselo.

La reacción de su madre le daba miedo.

¿Qué pasaría si lo rechazaba?

¿Qué pasaría si nunca volvía a mirarlo de la misma manera?

Pero, aun así…

Aun así…

—Mamá, diga lo que diga, seguiré siendo tu hijo. Y tú seguirás queriéndome, ¿verdad?

Yebon decidió confiar en ella.

Y si… si no podía aceptarlo, entonces tendría que ser así.

Sin embargo, seguía creyendo que, tratándose de ellos, de él y de su madre, acabarían encontrando algún punto medio.

Una vez que tomó la decisión, Yebon respiró hondo y habló.

—Hyung es la persona que amo.

—……

Los labios de su madre se entreabrieron ligeramente.

No parecía exactamente sorprendida.

Era más bien como si acabara de confirmarse algo que había intentado negar desesperadamente, algo que se había negado a reconocer hasta ese momento.

Y aquella certeza la dejó completamente abatida.

Yebon sabía que aquello sería un golpe enorme para ella.

Comprendía lo difícil que sería aceptar que su único hijo era gay.

Por eso, su reacción no le dolió.

—Y sobre lo que me pasó… no fue culpa de hyung. Ni un poco. El bastardo que me secuestró e intentó matarme es el único culpable. Solo porque hyung estuviera involucrado de alguna manera no significa que sea su responsabilidad. Culparlo solo lo está lastimando sin motivo.

Cha Hyuk no tenía ninguna responsabilidad por lo que Kim Hyunwoo había hecho.

Ninguna.

—Mamá… si termino con él ahora, cada día de mi vida a partir de este momento será insoportable.

Su madre dejó escapar una respiración temblorosa.

Ella siempre había sabido reconocer la mirada de alguien enamorado.

Sabía que el amor no era algo que pudiera borrarse a voluntad.

Que llegaba de repente, sin previo aviso, y que, una vez instalado en el corazón de una persona, se negaba a soltarla.

Durante un largo momento, se limitó a mirar a Yebon a los ojos.

Después, como si todo aquello pesara demasiado, se apoyó contra la pared y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—…Está bien. Ve.

Dejó escapar un suave suspiro.

—Yo… no estaba pensando con claridad.

El alivio invadió a Yebon como una ola.

—Gracias. Volveré pronto.

Sin perder ni un segundo más, dio media vuelta y salió apresuradamente de la habitación, dirigiéndose directamente a la sala de descanso del octavo piso.

El corazón le latía con fuerza.

¿Era por la emoción?

¿Por toda la frustración acumulada?

¿Por todo lo que acababa de suceder?

No lo sabía.

Lo único que sabía era que todo su ser parecía vibrar con un ruido ensordecedor.

Cha Hyuk estaba sentado solo en una silla apartada, en una esquina de la sala de descanso.

A diferencia de su apariencia habitual, siempre impecable, aquel día solo llevaba una sencilla camiseta negra de manga corta.

—…Hyung.

Yebon lo llamó en voz baja.

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