Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 57
Por primera vez en su vida, había usado la violencia contra otra persona.
Sin embargo, en vez de culpa, lo único que sintió fue una emoción retorcida, una euforia imposible de describir que le provocaba ganas de reír.
Mientras miraba al niño que yacía bajo él, con el rostro hinchado y cubierto de golpes, llorando sin control, Dolbak se inclinó y le susurró:
—La próxima vez te arrancaré los dientes.
Unas gotas blancas de leche cayeron sobre el rostro del niño.
Al final, el pequeño perdió el control y se orinó encima allí mismo.
Dolbak se levantó y caminó hasta el grifo, donde comenzó a restregarse para quitarse la suciedad adherida al cuerpo.
Tenía las manos hechas un desastre. Por mucho que se las lavara, seguían apestando a leche agria.
Y aquella sensación…
La descarga que había sentido al lanzar un puñetazo.
Igual que su padre.
Incluso siendo niño, Dolbak comprendía que Cha Jungsoo era la peor clase de ser humano.
Aquel hombre lo lastimaba, lo atormentaba y lo llenaba de una rabia insoportable.
Después de ese día, Dolbak juró que nunca volvería a recurrir a la violencia.
Porque, en el instante en que sintió aquel placer embriagador, llegó a odiarse más de lo que cualquier otra persona podría odiarlo.
Cuanto más lo golpeaban, más resistente se volvía.
A pesar de que no se alimentaba bien, Dolbak creció grande y alto.
Su ropa siempre estaba raída, pero al menos ya no andaba tan sucio como cuando era más pequeño.
El rostro «feo» que Cha Jungsoo tanto había despreciado maduró hasta convertirse en uno fuerte y atractivo.
Para cuando entró en la preparatoria, era discretamente popular.
También ayudaba que hubiera solicitado ingresar a una escuela lejos de casa, muy lejos de cualquiera que conociera su pasado.
A pesar de sus miserables circunstancias, Dolbak era un buen estudiante.
Siempre se mantenía entre los primeros puestos de su clase y, aunque no tenía amigos cercanos, sí había personas a las que podía considerar conocidas.
Era noviembre, cerca del final del segundo semestre.
Sentado en el salón, pasó distraídamente las páginas del libro de texto antes de volver la mirada hacia la ventana.
Las luces de la calle iluminaban los árboles del exterior, revelando débilmente sus siluetas en la oscuridad.
Apenas unas semanas atrás, las hojas rojas y doradas cubrían los terrenos de la escuela.
Ahora, la mayoría había caído y se acumulaba sobre el suelo.
Las pocas que aún se aferraban a las ramas temblaban bajo el viento frío antes de desprenderse inevitablemente.
Mientras las observaba, Dolbak solo pudo pensar en una cosa.
—¿Qué tan brutal será este invierno?
Cuando estaba en la secundaria, casi había muerto por intoxicación con monóxido de carbono.
Se había quedado dormido con la calefacción de carbón encendida, convencido de que era seguro.
El día anterior había revisado el tubo de escape y no había encontrado ninguna fuga.
Sin embargo, durante la noche, la unión entre los conductos se aflojó y permitió que el gas tóxico se filtrara dentro de la habitación.
Era una noche helada, así que había cerrado con firmeza todas las ventanas y puertas para mantener el frío afuera.
Aquella decisión estuvo a punto de enviarlo directamente a la tumba.
Tenía sus sospechas sobre la razón por la que el tubo se había soltado repentinamente, pero no poseía ninguna prueba.
Al final, tuvo que gastar todos sus ahorros en comprar una caldera de gas barata.
Incluso entonces, apenas podía pagar las facturas.
Desde ese momento, cada invierno se volvió más frío.
Más cruel.
—Las malditas hojas caen con demasiada facilidad, ¿no?
Murmuró una maldición y volvió a concentrarse en el libro.
Después del estudio nocturno, memorizaría vocabulario en inglés durante el trayecto de regreso en autobús.
Al llegar a casa, tendría que ponerse al día con la clase en línea que se había perdido el día anterior.
Conseguir un empleo de medio tiempo durante la secundaria había sido casi imposible, pero ahora que estaba en la preparatoria era más sencillo.
Con el dinero que logró ahorrar, había comprado una computadora portátil de segunda mano.
No era la mejor, pero funcionaba.
Si Cha Jungsoo llegaba a encontrarla, solo había dos posibilidades: la rompería o se la quedaría.
Por eso, Dolbak la escondía debajo del fregadero de la cocina.
Aunque estuviera tan agotado que quisiera morir, el tiempo seguía avanzando.
Soportaba cada instante creyendo que, si resistía un poco más, por fin sería libre.
Hubo ocasiones en que deseó matar a Cha Jungsoo.
Pero se contuvo porque se negaba a convertirse en alguien como él.
Incluso cuando los puños le ardían por golpearlo, se tragaba la rabia y resistía.
—Nunca me convertiré en alguien como él.
Esa convicción guiaba cada momento de su vida.
La creencia inquebrantable de que, sin importar de quién fuera la sangre que corría por sus venas, demostraría que no era como aquel bastardo.
Viviría una vida normal.
Como todos los demás.
A los diecisiete años, comenzó el primer invierno de su vida en la preparatoria.
Solo faltaban unos dos años para que se convirtiera en adulto.
En sus oscuros ojos apareció el más tenue rastro de esperanza, como si pudiera distinguir una luz al final del camino.
Rompería por completo sus lazos con Cha Jungsoo.
Borraría su existencia de su vida.
En ese momento, la punta del portaminas se rompió con un leve chasquido.
Sonó el timbre de la escuela.
Era hora de abandonar el único lugar donde se sentía mínimamente cómodo.
Guardó sus cosas dentro de la vieja mochila negra y se puso la chaqueta acolchada, desgastada y rota.
No servía de mucho, pero, por alguna razón, llevarla puesta lo hacía sentirse un poco más abrigado.
—¡Cha Hyuk, nos vemos luego!
Mientras salía, una chica de su clase lo llamó con alegría.
En algún momento, los otros estudiantes habían empezado a llamarlo Cha Hyuk en lugar de Cha Dolbak.
Tal vez se debía a que solía fulminarlos con la mirada cada vez que alguien pronunciaba su verdadero nombre.
Unos cuantos comenzaron a llamarlo Cha Hyuk y, poco después, toda la clase los imitó.
No le molestaba.
De hecho, le gustaba un poco.
Había oído que era el nombre de un actor al que se parecía.
No fue hasta que entró en la preparatoria que por fin obtuvo un nombre que realmente sonaba como uno.
Por primera vez, había logrado escapar de que lo llamaran Cha Dolbak, Dolbak, oye, tú, bastardo, hijo de puta mugroso, pedazo de basura inútil.
—Dicen que las desgracias llegan todas juntas… Tal vez todo lo malo de mi vida ya ocurrió durante la secundaria.
Desde que entró en la preparatoria, su vida había sido… mejor.
En lugar de burlarse de él, sus compañeros le habían dado un nombre nuevo.
El dueño del restaurante donde trabajaba le permitía tomarse días libres durante los exámenes y le decía que se concentrara en los estudios.
Después de todo lo que había sufrido, pensó que merecía al menos un poco de paz.
Cuando bajó de uno de los últimos autobuses de la noche, el paisaje cambió por completo.
A diferencia de la zona que rodeaba la escuela, aquel lugar estaba lleno de pendientes pronunciadas y casas amontonadas unas sobre otras.
Cha Hyuk contempló el pueblo sombrío y sin vida.
Sus pasos se volvieron pesados mientras subía las escaleras, aunque todavía tenía muchas cosas que hacer al llegar a casa.
¿Estaría Cha Jungsoo allí?
Ojalá que no.
¿Volverían a estar esos gánsteres?
Habían aparecido apenas unos días atrás, así que, lógicamente, no regresarían tan pronto.
Pero, incluso sabiendo eso, no lograba librarse de la sensación inquietante que se instalaba en su pecho.
A medida que se acercaba a casa, un leve gemido resonó desde un callejón estrecho.
En un lugar como aquel, seguir ruidos extraños nunca era una buena idea.
Así que, al principio, Cha Hyuk lo ignoró y continuó caminando.
Gimoteo. Quejido… Gimoteo.
Pero, a medida que los lamentos se volvían más lastimeros, terminó deteniéndose.
Con un suspiro, se adentró en el oscuro callejón.
El hedor lo golpeó de inmediato.
Habían pasado varios días desde la última lluvia, pero todavía había charcos de agua estancada por todas partes, llenando el aire con olor a podredumbre.
En medio de la oscuridad absoluta, avanzó a tientas hasta que su pie chocó contra algo.
Una lata rodó por el callejón con un fuerte estrépito.
Los gemidos se detuvieron de inmediato.
El silencio se apoderó del lugar.
Durante un instante, Cha Hyuk permaneció inmóvil.
Luego sacó el teléfono.
La débil luz de su viejo celular plegable iluminó la escena frente a él.
Allí había un perro delgado y sucio que le mostraba los dientes.
El pelaje estaba tan cubierto de mugre que resultaba imposible distinguir cuál había sido su color original.
El animal era frágil y se mantenía encogido en aquel callejón asqueroso, dispuesto a atacar a pesar de que Hyuk lo superaba varias veces en tamaño.
Sin embargo, en cuanto dio un paso hacia él, el gruñido se detuvo.
En su lugar, el perro soltó un chillido agudo y desesperado.
Temblaba violentamente, como si se preparara para que lo mataran.
Cha Hyuk se quedó observándolo.
Su propia vida ya era una lucha constante.
Apenas podía cuidar de sí mismo.
Criar a un perro callejero era un lujo imposible.
No tenía dinero para alimentarlo apropiadamente ni para llevarlo al veterinario si enfermaba.
Sabía todo eso.
Y, aun así, antes de darse cuenta, ya estaba extendiendo la mano.
Acarició con cuidado el lomo del perro.
El pelaje estaba rígido por la suciedad y húmedo por algún líquido desconocido.
Solo tocarlo hizo que se le erizara la piel.
El perro se estremeció con violencia ante el contacto y lanzó un chillido agudo y aterrorizado.
Pero Cha Hyuk no se detuvo.
Volvió a deslizar la mano por su lomo, esta vez con mayor suavidad.
Poco a poco, los chillidos desesperados fueron apagándose.
El perro levantó la vista hacia él.
Sus grandes ojos oscuros estaban llenos de miedo e incertidumbre.
Entonces, Cha Hyuk le dio unas palmadas cautelosas en la cabeza.
Y el perro…
Se orinó encima.
Después comenzó a arrastrarse hacia él, moviendo la cola con timidez.
Cha Hyuk no sabía si se había orinado por miedo o por emoción.
Lo que sí sabía era aquello:
No debía encariñarse.
Pero la forma en que aquella criatura pequeña y aterrorizada ansiaba desesperadamente recibir afecto, a pesar de estar muerta de miedo…
Tocó algo muy profundo en su interior.
Y, en ese instante, lo supo.
No podía ignorarlo.
Si el perro lograba sobrevivir al duro invierno…
Solo entonces se lo llevaría a casa.
Parecía enfermo y exhausto, como si llevara mucho tiempo luchando por sobrevivir en las calles.
Así que, en realidad…
No habría sido extraño que muriera pronto.
Pero, en contra de sus expectativas, el perro no murió.
Con nada más que una caja de cartón destrozada y unas cuantas mantas delgadas, consiguió superar el invierno.
Y, cuando finalmente llegó la primavera, Cha Hyuk ya cursaba el segundo año de preparatoria.