Caballero en eterna Regresión - Capítulo 359

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—El mayor problema en la capital ahora mismo son las facciones. Los que antes solo jugaban a la política, ahora se están preparando para una guerra abierta.

Andrew habló dentro de los límites de lo que sabía. Mientras tanto, Enkrid añadió lo que había deducido por las observaciones de Rem.

—Nada bueno para comprar. Solo venden basura.

Eso fue lo que Rem dijo después de darse una vuelta por el mercado.

Mucha gente, mucha mercancía… pero en cuanto intentabas comprar algo:

“Lo siento, ese artículo ya lo apartó tal persona de tal familia noble.”

Estaban tratando armas y suministros como si fueran provisiones militares.

Lo cual solo significaba una cosa.

—Están acuartelando ejércitos privados cerca.

Si la cosa se ponía fea, solo tendrían que llamar a sus tropas hacia la capital.

¿Y el problema?

—La Reina no ha autorizado nada de esto.

—Incluso la Guardia Real está dividida en facciones ahora. Y ahí es donde la cosa se vuelve ridícula.

—¿Ridícula?

Enkrid tenía la costumbre de repetir las palabras, dándole al otro espacio para explicar.

Andrew no dudó.

—Sí. Ridícula. Asesinatos entre facciones, inquisidores declarando a gente “hereje” y llevándosela al azar. ¿Y últimamente? Se oyen gritos extraños de animales por la noche. Desaparece gente cada pocos días.

—Esto es la capital.

—Sí. La capital. Lo sé. Es una ciudad grande. La gente desaparece todo el tiempo. Pero esto es distinto. Esto es demasiado.

Andrew se inclinó sobre la mesa gastada, con el rostro levemente enrojecido.

—Y aun así, no hay nadie que investigue los asesinatos ni las desapariciones. Lo mejor que tenemos son los capitanes de puerta, pero están atados por la política. ¿Qué pueden hacer en realidad?

Enkrid cruzó los brazos.

—Y ahora aparece alguien de sangre real en medio de este caos.

—Como echarle aceite al fuego. Las facciones nobles que solo miraban desde la banca… ya están desenvainando. Y todos sabemos por qué. Vino a terminar las guerras de facciones. Ese es el objetivo oficial.

—¿Terminarlas? ¿Cómo?

Esa era la verdadera pregunta.

Andrew alzó las manos en un encogimiento de hombros.

—No sé.

Los planes de Crang eran problema de Crang.

Entonces… ¿cuál era su papel en todo esto?

¿Y qué era lo que más había esperado al venir a la capital?

—¿De verdad me voy a ir sin siquiera ver a un solo caballero?

Había venido por combate.

Por entrenamiento.

Por una oportunidad de ver más allá de sus límites actuales.

Y por lo que decía Andrew, los guerreros ocultos de las facciones nobles pronto harían su jugada.

Vendrían por sangre.

Pelearían por sus vidas.

Esa idea le encendió el pecho.

Así como entrenar a los aprendices le había dado revelaciones, el palacio real seguramente guardaba nuevas lecciones.

A veces, cuando la lógica no daba respuestas, lo mejor era seguir el instinto.

Enkrid decidió hacer eso.

Ponerse al lado de un compañero que le caía bien y volver a blandir la espada.

Ya le habían dado una advertencia.

Y él eligió ignorarla.

¿Fue una decisión impulsiva?

—¿En qué piensas tanto?

Rem, como siempre, no se preocupaba por la decisión… solo por que ocurriera.

—Pienso que quizá le corte la cabeza a la Reina y me una yo mismo a las facciones nobles.

Lo dijo como si nada.

—¿Ah, sí? ¿Quieres armar bronca? Suena bien. Suena excelente.

Eso fue lo único que Rem captó de sus palabras.

Claro.

Así era Rem.

—¿Qué acabas de decir…?

Andrew se veía horrorizado.

—Broma.

Enkrid lo tranquilizó.

Para cuando ya había trazado mentalmente los siguientes pasos, sintió un escalofrío.

Algo rozó su espalda.

Se volteó por instinto.

Jaxon.

Recargado en una columna en una esquina de la sala, medio cubierto por la sombra.

—Oye. Camina conmigo un rato.

Enkrid sostuvo su mirada.

Si dejaba solo a Jaxon, haría una tontería.

Ya había visto esa mirada antes.

Justo antes de que Jaxon estuviera a punto de desenvainar contra Rem.

Ahora mismo… estaba igual.

¿Por qué?

¿También lo habían atacado?

No.

Era otra cosa.

Su instinto se lo dijo.

—Es por el palacio.

Tenía que ser eso.

—Bien.

Jaxon respondió y se dirigió a la puerta.

Parecía contener algo por dentro.

—¿Y a este qué le pasa?

Rem murmuró.

—Ahorita vuelvo.

Enkrid siguió a Jaxon afuera.

Caminaron por el exterior sombreado de la residencia.

Una brisa fría le agitó el cabello.

Pronto, iban lado a lado.

Enkrid miró el reflejo de la luna, las antorchas lejanas, el brillo tenue de las estrellas.

Los dos avanzaron pegados al muro de la propiedad.

—Hay algo que tengo que hacer.

Jaxon habló primero.

—Está bien.

Enkrid asintió.

Fuera lo que fuera, Jaxon lo resolvería.

—Pero para hacerlo, primero tengo que encargarme de alguien. Y estoy decidiendo si vale la pena el esfuerzo.

—¿Decidiendo?

Esa palabra no le quedaba a Jaxon.

Enkrid lo pensó.

Lo siguió porque había sentido algo.

Pero… ¿realmente podía hacer algo al respecto?

—Se trata de matar a alguien.

Por fin lo dijo Jaxon.

Sí.

Eso tenía sentido.

Con esa mirada, solo podía ser eso.

Entonces, ¿qué se suponía que debía decir Enkrid?

Tras pensarlo un momento, dio su respuesta.

—Haz lo mejor que puedas.

Porque era lo único que había que decir.

Jaxon no era el tipo que pidiera ayuda.

Y tampoco era el tipo que dejara cosas a medias.

Así que Enkrid le dio un par de palmadas en el hombro y se giró para volver adentro.

Al menos, ahora la mirada de Jaxon parecía un poco más tranquila.

Con eso bastaba.

Jaxon se detuvo.

Observó la espalda de su capitán.

Una silueta recortada contra la luz de las estrellas y la luna.

—Siempre supe que no era normal.

Pero aun así…

¿Animarlo a eso?

—¿Me tiene tanta confianza?

¿Confianza?

¿Fe?

¿Era eso?

La duda volvió a parpadear en los ojos de Jaxon.

Enkrid, por su parte, seguía pensando.

Si Rem o Ragna armaban un escándalo, sería un incidente internacional.

Pero Jaxon…

Jaxon no haría ruido.

Por algo le decían gato callejero escurridizo.

Haría lo que tuviera que hacer.

En silencio.

Esa era la expectativa de Enkrid.

Y entonces—

—Es venganza.

La voz de Jaxon llegó a los oídos de Enkrid.

—¿Qué?

Enkrid se detuvo.

Esta traducción es propiedad intelectual de Novelight.

Él era el tipo de persona que escuchaba cuando los demás hablaban.

Esta vez no fue diferente.

Se dio la vuelta por completo, de frente a Jaxon.

¿De verdad vas a decir algo?

Jaxon solo lo miró fijamente.

Enkrid, sin molestarse, caminó hasta un montón de piedras, se sentó y sacó una tira de carne seca.

Luego, del cinturón, sacó una petaca.

¿Previsión?

¿O suerte?

En cuanto destapó la petaca, el aroma de alcohol fuerte llenó el aire.

No era sidra dulce.

Ni cerveza suave.

Brandy.

Jaxon tomó la petaca y dio un trago largo.

El ardor le bajó por la garganta hasta el estómago.

Era fuerte.

Pero, por supuesto, no se emborracharía.

Había desarrollado resistencia desde niño… mascando hierbas venenosas para fortalecer el cuerpo.

Al fin y al cabo…

Había visto la muerte.

Y había hecho de la muerte su arma.

Esa era la vida que llevó.

Enkrid recuperó la petaca, dio un sorbo y habló.

—¿Quién es tu enemigo?

—La Orden del Lirio Negro.

La voz de Jaxon fue calmada.

Una frase simple.

Sin tristeza.

Sin vacilación.

Solo el inicio de una historia.

Un padre cruel. Una madre despiadada.

—Si es necesario, apuñala a tu amigo por la espalda.

Esas fueron las palabras de su padre. Y al final, se convirtieron en sus últimas palabras.

Desde entonces, Jaxon vivió con ese credo. Si era necesario, apuñalaba a cualquiera por la espalda.

—Qué tipo tan frío, ¿no?

Entonces conoció a su mentor.

Pasó por muchas pruebas, y antes de darse cuenta, su lugar en el mundo cambió.

Su vida había sido mascar hierbas venenosas y cubrir el cuerpo de cicatrices.

El camino que caminó estaba empapado de sangre.

No, él lo pavimentó con sangre.

Y luego siguió caminando.

Jaxon Vensino.

Ese era su nombre.

La familia Vensino había sido una casa noble poderosa.

Habían construido su fortuna con el comercio, creciendo con rapidez en influencia.

Pero su padre quería más.

¿Ese fue su error?

Jaxon nunca se molestó en decidirlo.

Solo se fijó una meta clara, única.

Venganza.

Matar a todos los involucrados.

—Vas a morir joven a este paso.

Su mentor lo criticó por eso.

Pero Jaxon no escuchó.

Igual caminó ese sendero.

—¿Ese algún día se volverá humano?

—¿Eso lo dice un maestro de gremio de asesinos?

Su mentor se rió ante la respuesta.

—Bien. Enójate. Te queda.

Fue una conversación sin importancia.

Su objetivo estaba claro.

Reunió información.

Investigó.

La familia Vensino había sido destruida.

¿Mala suerte?

Ni de broma.

Fue obra de alguien.

Jaxon decidió hacerlos pagar.

Así encontró el nombre.

Lirio Negro.

Una camarilla.

Una red de élites intrigantes que solo buscaban poder y riqueza.

Algunos terminaron como señores bandidos bajo gobernantes crueles.

Otros se volvieron nobles en otras naciones.

Otros simplemente desaparecieron como humo.

¿El primero al que rastreó Jaxon?

Un aristócrata caído, arruinado y pudriéndose en la mugre.

—¿Por qué lo hiciste?

Jaxon quería saber.

Se habían devorado su casa.

Se habían tragado varias compañías de comercio enteras.

Muchos habían muerto por culpa de Lirio Negro.

Tenía que haber un motivo.

—¿Motivo? ¿Motivo de mierda?

El miserable soltó una carcajada.

—¿Tienes idea de cuánto valían los bienes de los Vensino? Maldito idiota. Todos joden a alguien para subir.

Ese hombre ya había renunciado a la vida.

Darle la muerte casi habría sido un acto de misericordia.

Mandarlo al infierno quizá habría sido hacerle un favor.

Cortarle el cuello de un tajo habría sido un regalo.

Jaxon se negó a concedérselo.

En su lugar, le cortó los tendones de brazos y piernas… y lo arrojó al pozo de los mendigos.

Cuatro días después, lo despedazaron y se lo comieron vivo.

Ese año, la sequía volvió hasta un puñado de trigo un tesoro.

Un hombre así…

No tenía ninguna posibilidad en el pozo de los mendigos.

Sus últimas palabras se quedaron grabadas en la mente de Jaxon.

“Todos joden a alguien para subir.”

Ese hombre había sido amigo de su padre.

O más bien… lo había sido.

—Sigue avanzando. Nunca mires atrás.

Las palabras de su madre también se le quedaron en el corazón.

Si todo se justificaba en nombre de un objetivo… entonces que así fuera.

Pasó años cazando a los cabecillas de Lirio Negro.

Para cuando encontró al quinto, se dio cuenta de algo—

Uno de los conspiradores principales había apuntado personalmente a los Vensino.

Su verdadero enemigo.

Pero no sabía su nombre.

No conocía su rostro.

Solo tenía fragmentos de pruebas.

La última pista que consiguió fue Abnaier.

Y Abnaier le dijo:

—Ve al palacio de Naurillia.

Y así… llegó.

Mientras Enkrid lidiaba con asesinos, y mientras Rem, Dunbakel y Ragna se quejaban de la basura del mercado—

Jaxon entró en una vieja mansión en el distrito residencial.

Telarañas cubrían las paredes.

Había pocas señales de vida.

Y ahí, entre sombras, se encontró con el que lo había citado.

Un hombre de cabello blanco, con monóculo.

Delgado, pero llevaba un bastón-espada.

Tenía los ojos pequeños… estrechos e inescrutables.

Con una sola mirada bastó.

Era del mismo tipo.

Un colega.

Un asesino.

—Eras de Geor Dagger, ¿verdad?

El hombre acertó su origen.

Por supuesto.

Jaxon había filtrado esa información a propósito para llegar hasta allí.

Geor Dagger era el mayor gremio de asesinos del continente.

Y aun así… el hombre no mostró miedo.

Porque creía tener la ventaja.

—Sé lo que estás buscando.

Dijo el asesino de cabello blanco.

—¿Ah, sí? ¿Qué es entonces?

Preguntó Jaxon.

Sus ojos café rojizo, brillando tenue en la oscuridad, parecían tragarse la luz.

—Eres el último heredero de la familia Vensino, ¿no?

Bueno, por lo menos había llegado a ese punto.

—Puedo darte todo. Cada pedazo de información que quieras.

Jaxon esperó la trampa.

—A cambio… mátalo.

No hacía falta preguntar a quién.

Un hombre de cabello negro y ojos azules.

Su propio comandante.

—Mata a Enkrid.

Al que llamaba “Capitán”.

El precio eran las respuestas que había buscado toda su vida.

Sentado bajo la luna, Enkrid miró el cielo en silencio.

La petaca en su mano se inclinó, y el líquido dentro chapoteó suavemente.

Jaxon habló de su venganza y de su enemigo.

De que uno de ellos estaba dentro del palacio.

De que tendría que entrar y encontrarlo.

Omitió al asesino de cabello blanco.

Y Enkrid… simplemente escuchó.

Y por fin—

—Bien. Vamos a encontrarlos.

No hubo risa.

Ni tono de broma.

Hablaba en serio.

Cada palabra.

Lo ayudaría.

Y si Enkrid se decidía a ayudar—

Lo haría con todo.

Jaxon lo sabía.

Porque así era Enkrid.

Pero…

¿Bastaría el esfuerzo para hallar a alguien que se le había escurrido durante años?

El camino más fácil estaba frente a él.

Las palabras de su padre.

Las palabras de su madre.

Las palabras de su primer enemigo.

“Si es necesario, apuñala a tu amigo por la espalda.”

“Sigue avanzando. Nunca mires atrás.”

“Todos joden a alguien para subir.”

Ese era el camino que siempre había recorrido.

Un sendero pavimentado con sangre, hojas y veneno.

Y si volvía a caminarlo—

Encontraría a su enemigo.

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