Caballero en eterna Regresión - Capítulo 355
—No detengas las batallas reales.
Rem estaba convencido de que Enkrid se hacía más fuerte mediante el combate de verdad.
Cualquiera podía ver que el talento de Enkrid tenía un límite claro. Rem también lo veía.
Era natural que, llegado cierto punto, dejara de crecer.
¿Cuántas personas habían escalado hacia arriba solo para detenerse a mitad del camino? Caballeros o no, era lo mismo.
Los límites del talento se acercaban en silencio, se instalaban y empezaban a roer a una persona.
Entonces, ¿no había manera de romper esos límites?
Sí la había.
Para Rem, la mejor forma era jugarse la vida.
Los límites no eran más que conformismo disfrazado.
Una de las mejores maneras de evitar el estancamiento era poner la vida en juego por todo.
Y no significaba necesariamente blandir una espada.
Escribir poesía, cantar… si lo hacías apostando todo tu ser, crecerías. Esa era la filosofía de Rem.
—Juega tu vida y rueda por el campo de batalla.
Era el mejor consejo que Rem podía darle a un hombre que se negaba a dejar de avanzar.
Enkrid recordó esa conversación y la masticó por dentro.
Esto no era un campo de batalla.
Y aun así, los ojos de Enkrid encontraron a alguien que peleaba como si se le fuera la vida en ello.
Crang.
Parecía como si se estuviera arrojando al fuego, totalmente dispuesto a morir.
Y eso le dio a Enkrid algo parecido a una epifanía.
Más que nada, le dieron ganas de observar un poco más.
—Solo disfruta el tour por el palacio —dijo Marcus.
—Si yo pidiera algo aquí, probablemente parecería un ladrón de camino, ¿no?
Remató con ese comentario, pero Enkrid lo ignoró por completo.
En ese momento, estaba demasiado ocupado observando a Crang.
Esther entrecerró los ojos, examinando el interior del palacio.
Como maga, su instinto captó al instante la abundancia de artefactos mágicos y herramientas encantadas alineadas por los pasillos.
Una sensación extraña se le metió por la piel.
Era natural que un palacio real estuviera lleno de objetos hechizados y reliquias. Eso se daba por hecho.
Así que no era eso lo que la inquietaba.
Una maga no se sorprende por lo que está dentro de sus expectativas.
Entonces, ¿qué es?
Aquí había algo insidioso. Algo que se colocaba del lado opuesto del orden.
La magia, por naturaleza, no se ajustaba al orden. Sin embargo, ella podía sentir una malicia definida.
—Rrrrr…
Esther dejó escapar un gruñido bajo, vibrante.
Algo en la rareza de ese lugar le despertó interés.
En la superficie, el palacio parecía lleno de peligro, pero para una maga de su nivel, sus defensas eran ridículamente insuficientes.
No sabía cómo habían terminado así, pero las medidas de seguridad eran lamentables.
No… más bien parecía como si alguien hubiera dejado huecos a propósito.
—¿Vinieron a morir?
Quien habló era un guardia solitario, con un yelmo gris opaco. Estaba en el camino que conducía al palacio.
No habían tomado la ruta central por la capital. Se movían por un sendero lateral, apartado.
Con la forma en que iban las cosas, aquella frase sonaba más a amenaza.
La gente alrededor se fue dispersando.
Matthew respondió.
—¿Sabe con quién está hablando?
—Si fuera un necio montado en su linaje, se enojaría. Si no, lo aguantaría.
Directo, pensó Enkrid, evaluando al hombre sin decir nada. No sería fácil tratar con él.
En lugar de medirlos abiertamente, observó con sutileza a los supuestos Guardias Reales.
Eran veinte soldados en total.
Algunos tenían el aire de élite bien entrenada.
Se movían como si no dudarían en clavar sus lanzas sin importar la situación.
Pero otros eran completamente inútiles. Ni siquiera podían marchar al mismo ritmo.
La instrucción y la disciplina eran la base de cualquier ejército.
Quienes carecían de eso no podían llamarse élite.
¿De verdad este era el nivel de la Guardia Real, los supuestos Escudos de la Familia Real?
Y aun así, el hombre del yelmo gris opaco mantenía un equilibrio cuidadoso mientras los guiaba.
A Enkrid le gustó esa postura.
Sin importar el nivel, se portaba como si cargara con la responsabilidad de todos.
Sería bueno si atacara primero.
Pero por su postura, eso jamás pasaría.
Hay personas cuya naturaleza se lee solo por cómo caminan.
Este era de los que insistían en pelear de frente.
En lugar de hablar en círculos, hablaba directo.
Incluso si tuviera la oportunidad de atacar por la espalda, esperaría a que el rival se diera la vuelta.
Su paso, su postura, su forma de hablar, su actitud… todo revelaba ese rasgo.
Un hombre que no pelearía sin una razón legítima.
Lo opuesto a Jaxon.
Ese pensamiento le cruzó justo cuando su mirada se fue hacia Jaxon.
Sus ojos se encontraron.
—Pareces estar pensando algo desagradable —comentó Jaxon.
—Para nada.
Enkrid lo despachó. Era una de sus especialidades.
Ni siquiera era mentira. Tampoco era traicionar sus principios.
Solo era consideración: tragarse palabras por el bien del otro.
—No lo creo.
—Yo también lo creo.
—Tus ojos se perdieron.
Jaxon ladeó un poco la cabeza, desechando la excusa de Enkrid. Luego Rem y Ragna añadieron lo suyo.
—Pero, al menos, ¿nos van a dar de comer?
Dunbakel metió otra preocupación distinta. Enkrid respondió de inmediato.
—Probablemente sí.
—¿En vez de emboscarnos de una vez?
—No lo harán.
¿Pasaría desapercibida su conversación para los soldados que los rodeaban?
Por supuesto que no. Cada palabra se escuchaba con claridad.
—Bastardos arrogantes.
Murmuró uno de los Guardias Reales más flojos. El que ni marchar bien podía.
Actuaba como si se estuviera conteniendo a propósito, pero eso solo demostraba lo poco que valía.
Eran forasteros. Extraños. En una situación así, mantener disciplina era crucial para sostener la dignidad del grupo.
Y él fallaba incluso en eso.
Eso lo volvía un idiota.
Un idiota que ahora estaba buscando pleito.
A Enkrid le preocupó cómo reaccionaría su gente.
¿Explotarían?
Pero antes de que cualquiera interviniera, alguien ya lo había hecho.
—¿Quieres hacerme quedar como un idiota con una sola frase?
Crang alzó la voz desde el frente.
—No era mi intención.
Respondió el hombre del yelmo gris.
—Entonces cállate.
Crang lo cortó antes de que terminara.
Directo y sin rodeos.
—Y tú, el que anda susurrando “arrogantes” allá atrás, más te vale cerrar la boca antes de que te corte la lengua.
El Guardia Real se estremeció. ¿Miedo?
No. Estaba furioso. Y lo mostró.
Eso lo hacía fácil de leer.
Más importante: nadie parecía tratar a Crang como realeza pese a su afirmación.
—Los supuestos guardianes del palacio tienen la lengua suelta y las manos aún más sueltas. Una vergüenza.
Crang siguió regañándolos.
—Aún no está en posición de darnos lecciones.
Habló el capitán.
Crang resopló.
—Hablo como un simple miembro de la realeza, no como rey.
—Entonces pruebe que es de la realeza.
—¡Eso no le incumbe a un simple espadachín! ¡Si le dieron órdenes, cúmplalas!
Crang rugió de golpe.
Y tenía razón. El capitán no tuvo réplica.
Masticó esas palabras un par de veces y luego apretó la boca.
Enkrid tuvo que voltear hacia otro lado.
—Bleh.
Rem le sacó la lengua al Guardia Real de antes, burlándose sin disimulo.
Ah, este lunático.
De algún modo, no se lo esperaba. Y Rem no fue el único.
Jaxon chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
En cuanto a Ragna—
—Hay que leer las estrellas para saber adónde vas. Uno debe saber dónde acostarse antes de estirar las piernas.
Les dejó un consejo.
Enkrid estaba demasiado atónito para hablar.
¿Dónde quedó aquel loco que una vez balbuceó tonterías de mirar al sur mientras encaraba al norte?
Claro, lo de Ragna no estaba mal.
Era un proverbio sobre conocer el propio lugar.
Pero salía sin peso viniendo de él.
Grrrkk.
Un Guardia Real rechinó los dientes. Se le puso la cara roja como brasa.
Si lo dejaban así, iba a madurar hasta volverse un jitomate.
Si una persona se convierte en fruta o verdura, ¿cómo se le llamaría?
No hombre bestia… ¿hombre fruta?
Enkrid divagó.
Y luego, con un tono bien controlado, lo susurró.
—Hombre jitomate.
Por supuesto, se aseguró de que solo el Guardia Real lo oyera.
—Me equivoqué.
Remató, fingiendo inocencia.
El rechinar de dientes se duplicó, y el rostro del guardia se puso todavía más rojo.
Matthew, que prácticamente iba caminando sobre una cuerda floja, se horrorizó con el absurdo que ocurría detrás.
Estos lunáticos… ¿qué demonios están haciendo?
Crang aguantó la risa, mientras Marcus se veía tan confundido como Matthew.
Incluso rodeados por la Guardia Real en la capital, se comportaban así.
Había un dicho: una jarra agujereada goteará donde la pongas.
Los locos de la Guardia Fronteriza seguían igual de desquiciados fuera de ella.
—Ustedes…
El capitán de la Guardia Real se giró para decir algo, pero mejor cerró la boca.
Finalmente llegaron a las afueras de la ciudad y subieron al carruaje.
Con más precisión, Crang, Matthew y Marcus subieron.
La escolta de Marcus intentó seguirlos, pero él les hizo un gesto para que no.
—Viajo con el héroe que sacudió tanto a la Guardia Real como a la Guardia Fronteriza. ¿Qué peligro podría aparecer… especialmente en el corazón del palacio?
Había un filo sutil en sus palabras, pero a Enkrid no le importó.
El resto montó de nuevo.
Si hubieran ido a pie, habrían llegado cerca del atardecer.
Por eso, el carruaje y los jinetes avanzaron a un ritmo constante.
El camino al palacio seguía el perímetro exterior de la ciudad.
Cada cierto tramo había pequeños puestos, atendidos por unos pocos soldados, con puertas y barreras capaces de bloquear el acceso al palacio si era necesario.
Naturalmente, por ahora estaban abiertas de par en par.
Desde el caballo, Enkrid veía a la izquierda un enorme muro de piedra absorbiendo la luz, y a la derecha un tramo de la ciudad.
No era el distrito del mercado. Allí había mansiones imponentes.
—La capital sí que es grande. ¿Ya habías venido? —preguntó Rem.
Enkrid asintió.
La última vez que había venido a la capital, había sido poco más que un mendigo.
Le habían pasado muchas cosas.
Algunos lo ignoraron.
Otros intentaron matarlo.
Si lo contara todo, podría hablar medio día. Si lo escribiera, llenaría medio libro.
Así que lo resumió.
—La última vez que vine estaba demasiado ocupado recibiendo golpes como para andar de turista.
—Eso te queda perfecto, capitán —Rem se rió, asintiendo con diversión.
Ragna inspeccionó el entorno en silencio.
Era su primera vez en la capital.
Las ciudades grandes eran fáciles para perderse si uno no tenía cuidado.
Los callejones se retorcían como un laberinto.
Incluso ir del palacio a las puertas debía ser complicado.
En realidad era un camino recto, pero para Ragna la maraña de callejones ya parecía un caos.
Ya estaba pensando cómo moverse por allí.
Jaxon avanzó en silencio. Ya había estado en la capital. Incluso había entrado al palacio.
Abnaier.
El nombre del estratega de Azpen le vino a la mente.
No había engaño en sus palabras.
Lo que significaba que el trabajo que Jaxon debía hacer estaba en algún lugar dentro de ese palacio.
Su mirada se fue hacia las torres que se alzaban a lo lejos.
Tres grandes torres, representando las tres espadas del reino.
Tres caballeros que defendieron al rey fundador y forjaron la leyenda del reino.
Más tarde, durante una crisis nacional, la bestia divina conocida como el Guardián del Sol descendió para proteger la tierra.
Un mito de la fundación del reino. Una leyenda, y parte de la historia real.
Mientras tanto, Dunbakel empezaba a tener hambre.
Enkrid se preguntó si conocería a algún caballero dentro del palacio.
Y, si lo hacía, ¿qué les preguntaría?
—Hemos llegado.
Anunció el comandante de la Guardia Real.
Y en efecto, habían llegado a la entrada del palacio.
Había guardias en las puertas del castillo interior.
Llevaban uniformes idénticos.
Todos los soldados encargados de custodiar el castillo interior eran llamados Guardia Real.
Había cuatro soldados en la entrada, y los cuatro saludaron al oficial al mando.
Luego cruzaron miradas breves con los Guardias Reales que habían escoltado al grupo.
Enkrid notó algo raro.
Una división.
Algunos parecían llevarse bien.
Pero entre otros había una distancia clara.
Parecía que las disputas de facciones en la capital también se habían extendido a la Guardia Real.
—Ya verás —gruñó entre dientes el guardia al que habían molestado antes.
—Este es el que se burló de ti —Enkrid señaló a Rem.
—¡Guau, qué injusto! Dile, ¿fui el único?
Rem le dio la vuelta, obligando al guardia a luchar con los últimos restos de paciencia.
Aun así, debía tener suficiente autocontrol para haber sido elegido Guardia Real, porque al final se contuvo.
—Basta.
El capitán tomó a su subordinado del hombro.
—Déjalo.
Le advirtió.
Sin embargo, Enkrid seguía señalando a Rem, como insistiendo en que él era el único culpable.
—Soy inocente, lo juro.
El capitán ni esperó respuesta y simplemente se dio la vuelta.
Se acercaba otra figura.
—Su Majestad los convoca a la sala de audiencias.
Un hombre que no habían visto antes.
Barrió con la mirada a Crang y a los demás antes de presentarse.
—Soy el vizconde Bentra.
Ah.
Enkrid conocía ese nombre.
Un noble bajo el Conde Molsen.
El que había enviado a la Guardia Fronteriza sus supuestos refuerzos.
Tenía el cabello rubio peinado con pulcritud, un cuerpo ancho y hombros musculosos.
—Marcus Baisar.
—Ha pasado tiempo.
Oficialmente, Marcus ostentaba el rango de barón.
Un título otorgado por decisión del marquesado Baisar.
Uno de los privilegios de un marqués, permitido por la familia real.
Eso no significaba que pudieran dar títulos a cualquiera.
Marcus se lo había ganado.
Él y el vizconde Bentra se conocían.
Para ser precisos, se habían cruzado antes en asuntos del palacio.
Bentra, sin embargo, ignoró por completo al resto del grupo de Enkrid y simplemente los condujo.
Apenas le dio una mirada a alguien que no fueran Marcus y Enkrid.
Mientras caminaban, Crang volvió a hablar como ventrílocuo.
—No debes burlarte de la reina.
Este bastardo… No, este bastardo real, ¿por quién tomaba a Enkrid?
Burlarse de la reina era un crimen de lesa majestad.
No es que Enkrid no lo supiera.
Además, ya había supuesto que lo dejarían esperando fuera de la sala de audiencias.
—Tú entrarás. El resto esperará aquí.
Eso era lo que pensaba, hasta que el vizconde Bentra lo señaló.
—Su Majestad desea ver al héroe que salvó a la Guardia Fronteriza.
Enkrid esperaba recibir instrucciones de etiqueta antes de entrar.
Tal vez incluso cambiarse de ropa.
Pero la situación era la que era.
Un bastardo real había aparecido de la nada.
Los grandes nobles seguramente ya lo sabían, pero debían fingir que no.
El que envió asesinos no iba a presentarse a confesarlo.
Así que estaban apurando una reunión para fingir sorpresa.
Y, al mismo tiempo, decidieron echarle un vistazo al supuesto héroe de la Guardia Fronteriza.
—Temo comportarme de manera inapropiada.
—No se preocupe. Yo lo guiaré personalmente.
El vizconde Bentra lo tranquilizó.
Lo cual hizo que Enkrid se sintiera aún más inquieto.
No había emoción en su voz.
Eso significaba que no se detectaba malicia.
Pero aun así se sentía raro.
No tenía bases para negarse.
Aunque… ¿el vizconde Bentra no se bañaba? ¿O tenía gusto por comer carne cruda?
Había un olor tenue.
Dunbakel se tapó la nariz detrás de él, así que también lo percibió.
Para alguien común quizá era un olor ligero.
Para alguien con el olfato entrenado —o un hombre bestia— era lo bastante fuerte como para ponerlos en alerta.
Enkrid apenas arrugó un poco la nariz antes de responder.
—Agradezco su consideración.
No tardaron en llegar a la sala de audiencias.
Desde atrás, Rem le hizo una seña con la mano.
Un modismo del sur. Algo como: “Suerte con este desastre”.
Los demás se quedaron quietos, esperando.
Enkrid dio un paso al interior.
Las pesadas puertas, grabadas con patrones intrincados, se abrieron hacia ambos lados.
Los guardias de la entrada lo revisaron con la mirada.
Ya lo habían desarmado.
Cuando entró, las puertas gimieron al cerrarse detrás de él.
La reina aún no había llegado.
Dentro de la sala de audiencias había seis nobles.
Era una reunión improvisada.
Solo aquellos con capacidad de reaccionar rápido habían alcanzado a llegar a tiempo.