Caballero en eterna Regresión - Capítulo 351
¡Kruoooh!
La manada de Inmyeongyeon gruñía, con sus grotescos rostros humanos retorcidos de hambre. Entre ellos, necrófagos y ahogados avanzaban tambaleándose.
¿Los ahogados acababan de nacer?
Era posible.
Las lluvias intensas de días atrás pudieron haber dejado cadáveres atrás… condiciones perfectas para que se transformaran.
Para los monstruos, que tuvieran una hora o una semana de existencia casi no importaba.
A veces los más viejos se volvían incluso más peligrosos. Pero recién formados o no, daba lo mismo.
Lo que importaba era su cantidad.
—Son un chingo… —murmuró el escolta.
No estaba equivocado.
La cantidad por sí sola ya era preocupante, pero aún peor era la variedad.
Además de las criaturas comunes, también había bestias entre ellos… mucho más peligrosas que los monstruos normales.
Por lo general, las bestias eran menos amenaza que los monstruos.
Pero siempre había excepciones.
Un ejemplo simple: los osos.
Un oso ya era peligroso en estado natural.
Si se convertía en bestia, sería exponencialmente peor.
Y dos de esas calamidades andantes estaban alzando la cabeza en medio de la horda.
Uno era claramente más grande que el otro.
Krrrhhhhh.
Baba le goteaba del hocico, y sus ojos inyectados de sangre se clavaron en ellos.
Rem habló primero.
—Ese se ve como si se llevara bien con el bastardo religioso.
—Sí. —respondió Ragna.
Si Audin hubiera estado ahí, seguramente habría mostrado su sonrisa suave de siempre y le habría preguntado si quería ponerse al lado de su dios.
Pero, a diferencia de Audin, ese oso no sonrió.
¡Kuheeeh-hng!
Golpeó su pecho y rugió.
Una onda de choque tembló en el aire… hecha para paralizar a la presa con miedo.
Casi parecía una señal.
—Ya vienen —advirtió Dunbakel.
Y se lanzaron hacia adelante como una marea.
Los Inmyeongyeon corrieron, con el vientre arrastrándose por el lodo.
Los ahogados agitaban los brazos mientras se tambaleaban más cerca.
Los necrófagos arañaban la tierra mientras corrían, con las uñas hundiéndose profundo en el suelo.
Más de cien.
El suelo temblaba con cada paso de los osos bestia que se acercaban.
Si esto hubiera sido un grupo de gente normal, la situación habría sido desesperanzadora.
De esas escenas que hacen que cualquiera se quede congelado del terror.
Pero los que estaban aquí no eran gente normal.
Si hubieran sido presa, el rugido del oso los habría dejado petrificados.
Pero aquí…
Nadie se congeló.
¡Whoosh—Thunk!
Un hacha arrojadiza se enterró en la frente de uno de los osos que cargaban.
Su rugido feroz se cortó en seco.
La cabeza se le fue hacia atrás; los músculos del cuello apenas alcanzaron a mantenerla unida.
Pero no bastó.
La fuerza se le fue del cuerpo y la enorme bestia cayó de frente.
Varios Inmyeongyeon quedaron aplastados bajo su peso.
¡Kkiieek!
Sus gritos duraron nada.
No había monstruo que sobreviviera con el cráneo partido.
Bueno… excepto una Hidra.
Pero esa cosa tenía varias cabezas.
Y Enkrid ni siquiera había visto una en persona.
El oso, con el cráneo abierto en dos, ya estaba muerto.
—¡Oye, ese era mío! —se quejó Dunbakel.
¡Kuuwooohhh!
Los necrófagos chillaron en respuesta.
Ragna y Jaxon los atravesaron con la misma indiferencia con la que uno arranca maleza.
Cortando cabezas. Rebanando extremidades.
Cada movimiento era preciso, mínimo y letal.
Sin desperdiciar nada.
Apenas daban un paso: solo cortaban lo que entraba en su rango.
Y entonces se movió Enkrid.
¿No decían que se necesitaban tres lanceros entrenados para lidiar con un necrófago?
Un soldado bien entrenado podía matar uno por sí solo.
¿Y si venían mil?
Enkrid igual sobreviviría.
‘Atacar y retroceder. Repetir las veces que haga falta.’
Si estuviera solo, eso sería suficiente.
Incluso protegiendo a Crang, podría pelear mientras lo cargaba.
Pero no estaba solo.
Tenía a toda su unidad con él.
No había necesidad de retroceder.
Los atravesó.
Los mató.
Los segó como si fueran hierba.
La sangre negra de los monstruos se mezcló con el suelo empapado.
—Lanzamiento de monstruos… —murmuró Jaxon cuando terminó la pelea.
Alguien los había guiado deliberadamente hacia ellos.
Era una táctica conocida: “arrojar monstruos”, “empujar monstruos” o, a veces, “lanzarlos” como si fueran proyectiles.
—Esto no se acabó.
Jaxon limpió su hoja y tiró el trapo al suelo.
Estaba seguro.
Este no era el tipo de gente que se rendía.
—A ver si se atreven.
Dunbakel se estiró, sacando el pecho.
No estaba intimidada ni tantito.
Hasta Ojo Único había pisoteado con calma la cabeza de un Inmyeongyeon, reventándole el cráneo.
Más de cinco habían muerto alrededor de ese caballo de guerra, sin que nadie se lo pidiera.
Hrrng.
Ojo Único sacudió la cabeza y resopló.
Como diciendo: “Esto no es nada.”
—Esto se va a poner feo.
El tono de Jaxon se mantuvo firme.
No estaba adivinando: lo estaba afirmando.
Ya lo habían visto demasiadas veces.
Claro, no desde el punto de vista del defensor.
Sino del atacante.
‘Así que se juntaron.’
No era un solo gremio moviéndose.
Era demasiado grande para eso.
En Naurillia también existían asesinos, por supuesto.
¿Se habían unido todos en un solo gremio?
Era una suposición.
Pero cuadraba.
Por la escala.
Por el descaro de apuntar a un heredero real.
Esto no era algo que un solo gremio pudiera lograr.
‘¿Por qué se juntarían?’
Jaxon consideró varias posibilidades hasta quedarse con la más probable.
El cliente quería un perro de caza.
Y el perro elegido no quería cazar solo.
En lugar de cargar con todo el riesgo, decidieron repartir el banquete.
La deducción de Jaxon era casi perfecta.
Y en realidad, así fue exactamente como pasó.
En otro lugar…
En Azpen, casi todo el mundo del asesinato estaba controlado por el gremio Pantano de Monter.
Pero en Naurillia era distinto.
Los gremios competían y coexistían.
Y había muchos.
Con la nación metida en guerra y caos político, algunos nobles incluso habían empezado a formar sus propios gremios de asesinato.
Otros trabajaban entre la plebe, aceptando contratos como matones independientes.
Tras años sobreviviendo en ese ecosistema, quedaron doce gremios principales.
Y ahora, por primera vez, se habían unido.
Formaron una coalición:
Las Doce Dagas.
—Contratamos docenas de mercenarios, enviamos a los nuestros y todos fallaron.
—Porque enfrente estaba ese Pelotón Loco.
Los asesinos, por naturaleza, dependían de la información.
Entendieron al instante lo que había pasado.
Estaban reunidos en una mansión fuertemente fortificada, no muy lejos de la capital.
La seguridad era estricta.
—¿Lo vamos a dejar así?
—Todos saben lo que significa fallar.
Entre las Doce Dagas, una mujer tenía la mayor influencia.
Antes de que se unieran, ella dirigía el gremio más grande.
—Tenemos que hacer todo lo que se pueda.
Fallar significaba muerte.
Su cliente estaba dentro del palacio real.
Fracasar o rendirse llevaba al mismo final.
Solo había dos opciones.
Abandonarlo todo y huir.
‘O triunfar.’
Cada líder de gremio allí entendía la recompensa que los esperaba.
¿Abandonar sus bases y correr?
Ni de broma.
Mejor forzar la victoria.
El gobernante de la nación estaba a punto de cambiar.
Y querían asegurarse de recibir su pago por ello.
Ya habían tirado su orgullo para unirse.
Ahora solo tenían un objetivo.
La mujer, en el centro del grupo, habló:
—Nuestros enemigos son guerreros famosos. Enfrentarlos de frente es suicidio.
Sonrió.
—Así que peleamos en nuestros términos, en nuestra arena.
—De acuerdo.
El hombre que se había vuelto su amante fue el primero en responder.
—Por supuesto.
Hasta los líderes que la envidiaban asintieron.
Y entonces actuaron… en sus propios términos.
El objetivo no podía anticipar cada truco de cada asesino.
Un solo error bastaba.
Algunos tenían experiencia cazando recompensas, pero nadie podía predecir cada trampa que un asesino meticuloso preparaba.
Esos no eran guerreros cualquiera.
Habían peleado y sobrevivido en campos de batalla.
Su conclusión era inevitable.
—¡Ayúdenme!
La voz resonó a lo largo del camino.
Un joven estaba tirado en el suelo, con la pierna atrapada en lo que parecía una trampa.
La sangre se acumulaba debajo de él mientras gritaba desesperado hacia el grupo de Enkrid.
—¡Por favor, sálvenme! ¡Mi padre es un terrateniente con muchos aparceros! ¡Les recompensará… les pagará!
Lágrimas y mocos le corrían por la cara.
—¿Qué pasó?
Antes de que Enkrid hablara, Jaxon preguntó primero.
Su tono era distinto a lo habitual… inquietantemente parecido al de Kraiss.
Lo estaba imitando.
Con una voz empapada en amabilidad falsa, preguntó:
—Yo iba a vender trigo… y cuando desperté, estaba aquí…
El joven parecía igual de confundido que ellos.
—¿Lo vamos a ayudar? —preguntó el escolta.
Algo olía mal. Quería seguir de largo.
Enkrid estudió al hombre atrapado.
Se veía sincero.
—Por favor, por favor, deba—
Lágrimas, mocos y desesperación le llenaban la voz.
Esa última palabra… se mordió la lengua a mitad de frase.
—Es una trampa. Cavaron fosas y pusieron veneno en la zona.
Jaxon lo dijo con calma.
Sus ojos afilados escanearon el terreno.
Había hundimientos leves donde la tierra había sido removida. El aire traía un rastro sutil pero inconfundible de veneno.
—Si lo dejamos, ¿se muere?
—Sí. Ese es el punto de la trampa.
Podían ignorarlo y seguir, pero eso era justo lo que el enemigo quería.
—Si no lo ayudamos, van a decir que nosotros lo matamos.
—Entonces es una trampa doble, ¿eh? —preguntó Enkrid.
Jaxon resumió, breve y eficiente, lo que pasaría después.
Era una jugada calculada.
Si ignoraban al muchacho, al llegar a la ciudad los acusarían de asesinato.
‘¡Ese hombre mató a mi hijo!’
Ya fuera por soborno, chantaje o coerción, harían que el terrateniente dijera esas palabras.
‘Nos enredarían dentro de la ciudad.’
Si dudaban, se acababa.
Un instante de retraso, y una daga encontraría su objetivo.
Sin duda había un equipo de asesinato esperando.
‘Patético.’
Pensó Jaxon.
Enkrid decidió.
—Dunbakel.
—¿Hm?
—Ve por él. Agárralo.
Dunbakel era rápida.
Lo bastante como para tomar al joven sin activar la trampa.
—Entendido.
No preguntó por qué.
Si Enkrid le decía algo, lo hacía.
Así funcionaba su cabeza.
La trampa estaba diseñada para que, al acercarte a ayudar, se dispararan mecanismos ocultos.
Pero…
Dunbakel saltó.
¡Boom!
El suelo explotó cuando cayó.
La tierra bajo ella se agrietó por la fuerza.
Se pasó la trampa por encima.
¡Thud!
Cayó al lado del muchacho.
Las fauces metálicas que le apretaban el tobillo se hicieron pedazos cuando ella las reventó con fuerza bruta.
El chico —sollozando, empapado de lágrimas y mocos— se le lanzó a los brazos.
Ella lo alzó como princesa, lo aseguró bien y dio otro salto corriendo…
Y brincó toda la trampa completa.
Fue una muestra de la fuerza pura de piernas de un bestial.
—¡Waaahhh!
El grito aterrado del joven se fue perdiendo con el viento.
Y así, el hijo del terrateniente se volvió parte del grupo.
Enkrid examinó la herida, espolvoreó un polvo para detener la sangre y la vendó.
—G-Gracias…
Un civil.
Un civil de verdad.
Su intuición se lo decía.
Jaxon llegó a la misma conclusión.
Si lo hubieran dejado, los habrían marcado como asesinos.
Si lo salvaban, esperaban que cayeran en una emboscada.
Pero ambas trampas quedaron aplastadas.
Por la fuerza de Dunbakel y la experiencia de Jaxon.
Pero los intentos no pararon.
—¡Ayúdennos!
El siguiente incidente involucró una caravana de comerciantes.
Venían corriendo… heridos, sangrando, gritando por ayuda.
Decían que los perseguían monstruos.
Enkrid frunció el ceño.
¿De verdad eran comerciantes?
Ocultar intención, disimular hostilidad… esas eran bases de un asesino.
Y estos tipos eran buenos en eso.
Era difícil estar seguro.
Detrás de ellos, cuatro necrófagos los seguían a distancia: una prueba de que tal vez su historia era cierta.
Y aun así, algo no cuadraba.
Su instinto le advirtió.
¿Qué era?
Sus pensamientos se aceleraron.
La esgrima entrenada afila la mente.
‘Sus heridas.’
Ni uno solo tenía herida en la pierna.
Su respiración —pese a “correr por su vida”— era demasiado estable.
Todo encajó.
—Son enemigos.
Su veredicto fue definitivo.
Jaxon asintió, confirmándolo.
Pero Enkrid no se quedó ahí.
Había aprendido de Jaxon.
Ajustó el agarre…
Y lanzó una daga.
La hoja bajó de golpe a media trayectoria…
Y habría quedado clavada en el muslo del “comerciante” barrigón que lideraba el grupo.
Si hubiera sido un comerciante, se habría quedado con una bonita “decoración” de daga.
Pero la esquivó.
No tropezó.
No dudó.
La esquivó.
Con precisión entrenada.
Para alguien de ese tamaño moverse así…
Claramente tenía entrenamiento.
—Desalmado de mierda —escupió el asesino gordo, burlón.
¿Eso era algo que un asesino debería estar diciendo?
Enkrid giró con calma la siguiente daga en los dedos y soltó:
—¿Estás embarazado o qué?
Al asesino le tembló la cara.
Se había pasado años dominando el control de emociones.
Pero ese comentario…
Le pegó.
Por un instante, sus movimientos se hicieron más lentos.
Eso fue todo lo que hizo falta.
Thwip—
El cuchillo silencioso voló.
Cuando sintió su presencia, ya era tarde.
Schlk.
Se le hundió en el cuello.
Su mano se disparó a la herida…
La sangre se le escapó entre los dedos.