Caballero en eterna Regresión - Capítulo 349
—Diligencia, incluso con este clima.
¡Crack!
Apenas Enkrid lo murmuró, un rayo partió el cielo.
—¿Viene algo? —preguntó Crang. Enkrid asintió.
El clima estaba fuera de control. Una tormenta había estallado de golpe.
Desde que partieron había llovido, pero ¿quién iba a esperar que el tiempo se pusiera así de errático?
Tan errático que hasta podría hacerse amigo de Ragna. La imprevisibilidad de la tormenta era tan mala como el pésimo sentido de orientación de ese lunático.
Ayer había sido un día de primavera brillante y despejado… y ahora, sin aviso, rugía un temporal.
—Hay siete adelante, diez a la izquierda, ocho a la derecha y seis detrás —reportó Jaxon.
Thududududu.
La lluvia no mostraba intención de parar.
Golpeaba el suelo como si quisiera despedazarlo.
Incluso con una capa encerada encima, el viento empujaba la lluvia de lado y le azotaba la cara. Le ardían las mejillas por el impacto.
El viento era implacable, aullaba con tanta fuerza que era difícil mantener los ojos abiertos.
Las gotas martillándole la ropa se sentían como flechas, como si quisieran arrancarle los sentidos.
¿Atacar con este clima?
Eso no era solo diligencia.
Su dedicación al “trabajo” era de otro nivel.
O tal vez no tenían opción.
—¿Les tienen a sus familias de rehenes, o qué?
Enkrid alzó la voz hacia el frente.
Mientras hablaba, dio un paso y su bota se hundió hasta la mitad en el barro del camino. Era uno de esos días en los que cada paso daba flojera.
¿Emboscar con este clima?
¿No se iban a resfriar?
El pensamiento rozaba lo inocente.
Eso era una carretera… técnicamente… solo porque habían puesto piedras grandes y planas para formar un sendero.
Crang había dicho que uno de sus ancestros, conocido como un rey sabio, ordenó construir ese camino.
Por eso lo llamaban el Camino de la Bendición Real.
Se extendía desde la frontera hasta la capital real: una ruta directa hacia el corazón del reino.
Todo Naurillia se había construido alrededor de esa vía, con ciudades alineadas a lo largo de su trayecto.
Y aun así, incluso en un camino así, Ragna se las arreglaba para perderse.
Como si el destino quisiera demostrarlo, el legendario maestro en desorientarse volteó.
Los enemigos que cerraban por detrás avanzaban paso a paso.
Los que bloqueaban al frente, igual.
Enkrid entrecerró los ojos y se obligó a captar todo lo que pudiera.
A pesar de la lluvia, veía con claridad.
Algunos llevaban armadura y espadas cortas. Otros dejaban los brazos sueltos a los lados.
Entre ellos, el que estaba al frente habló —más bien gritó—, con la voz cortando el aguacero:
—¿Mercenarios? ¿O ejército regular? No tienen por qué tirar sus vidas por esto. Solo venimos por una persona.
Puras tonterías.
Aparte de ese tipo, los demás ya se estaban moviendo.
Hablar mientras atacas… ¿no era una táctica típica de los mercenarios al estilo Valen?
El enemigo estaba haciendo lo mismo.
Enkrid pensó en seguirles los movimientos, pero lo dejó.
La lluvia era demasiado fuerte para confiar en el oído.
Aunque lo intentara, la tormenta ahogaba cualquier sonido.
—¿Quién?
Enkrid preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Mientras hablaba, se llevó la mano derecha a la oreja, dejando la izquierda suelta.
—Esa es…
El enemigo dudó. El truco clásico para que uno se quede colgando de sus palabras.
Ese instante de distracción era justo lo que buscaba.
Ruuuum.
Encima de ellos, la lluvia comenzó a juntarse en una formación extraña.
‘Oh.’
Enkrid sintió una punzada de admiración.
¿Trajeron un mago?
Esto no era un rival de segunda.
Pero Enkrid se limitó a admirar el espectáculo.
Con eso bastaba. No se molestó en esquivar ni en cortar el hechizo.
No hacía falta.
Porque de su lado tenían algo “como” un mago también.
—Hmph.
Detrás de él, Esther —ya no en forma de leopardo— se puso de pie y movió la mano.
La lluvia, que se había reunido en una esfera, se dispersó de golpe, salpicando en todas direcciones.
Fue un espectáculo.
¡Boom!
El estallido de esa masa de agua retumbó en el campo de batalla.
Por un instante, el aguacero desapareció justo encima de sus cabezas.
Pero, a cambio, una ráfaga de viento mucho más fuerte explotó hacia afuera, chocando en el punto donde se encontraron los hechizos.
Enkrid se preparó, plantando los pies en el lodo.
¡Whoosh!
El viento casi lo tumbó, pero apretó el abdomen, bajó el centro de gravedad y lo resistió.
Naturalmente, los demás también aguantaron.
Hasta los asesinos se agacharon para que no los barriera.
—¡Un mago! —gritó uno de los enemigos.
Ellos también llevaban capas impermeabilizadas con aceite.
Pero con el ventarrón, a muchos se les cayó la capucha.
Entre ellos quedó visible el hombre que había gritado antes: un tipo de más de cincuenta años, de mediana edad tirando a viejo.
Su mirada estaba clavada en una sola cosa.
Estaba tan atónito que ni se acordó de subirse la capucha.
Sus ojos estaban en Esther.
Ella, erguida, dejando que le pegara la lluvia, seguía completamente imperturbable.
Su capa desviaba las gotas, y hasta el viento perdía fuerza al acercársele.
Una escena extraña.
A través de la lluvia refractada, Esther levantó un dedo.
Extendió índice y pulgar, cerrando los demás en un puño.
Luego susurró.
—Flecha de Drumuller.
Sus palabras se perdieron entre el ruido del aguacero. Nadie las oyó.
Una masa de viento comprimido tomó forma y salió disparada.
—¡Tsk!
El mago enemigo apenas tuvo tiempo de reaccionar.
¡Thud!
Le explotó la cabeza.
—Muere.
La voz de Esther sonó clara solo después de que el objetivo cayó.
Enkrid pensó que en momentos así decir “Muere” se sentía raro.
¿No debería ser “Ya está muerto” en su lugar?
—…¿Qué demonios…?
No fue el líder asesino quien lo dijo; fue uno de los escoltas, murmurando, en shock.
¿Sorprendido?
Sí, yo también.
Enkrid lo admitió para sí.
Sabía que Esther era maga, pero no esperaba que aplastara al enemigo con tanta facilidad.
—¿Por qué eres tan buena peleando? —le preguntó Rem con total naturalidad.
—Siempre he sido buena peleando.
Sorprendentemente, Esther y Rem se llevaban bien. Ella le respondió sin problema.
—Bien.
Rem solo asintió, aprobando.
—¡Mátenlos a todos!
El líder de los asesinos por fin salió de su estupor.
Las fuerzas enemigas cargaron desde todos los flancos.
¿Ya se les había olvidado su ataque mágico fallido? No: era disciplina.
Tener disciplina era hacer lo que había que hacer, justo cuando había que hacerlo.
Y eso era exactamente lo que estaban haciendo.
Manteniendo formación, lanzaron dagas envenenadas y virotes de ballesta.
No embistieron a lo loco.
—Aah.
Enkrid había escapado una vez de un campo de batalla infestado de soldados, chamanes y magos, todos cazándolo.
Comparado con eso, esto ni siquiera calificaba como emboscada.
Además, esta vez tenía a Rem, Jaxon, Ragna, Dunbakel y Esther.
Y el mago enemigo… ya estaba muerto desde el arranque.
‘Podemos romper esto a pura fuerza bruta.’
Apenas se le cruzó el pensamiento, Enkrid blandió la espada.
Cinco virotes dirigidos a Crang rebotaron contra su hoja plateada.
El escolta de Crang sacó un escudo y bloqueó las dagas que venían.
El escudo, largo y angosto, cumplía bien su función.
Mientras tanto, Rem se lanzó contra el enemigo como una bestia furiosa.
Los asesinos se dispersaron.
Pero no lo bastante rápido.
Antes de poder retirarse, sus extremidades salieron volando.
No eran lo suficientemente veloces para escapar antes de que Rem les llegara.
Su hacha —recién modificada en la herrería— brilló bajo la lluvia.
—Haz el mango más largo.
Ahora el hacha de Rem tenía un mango mucho más largo.
Trazaba arcos silenciosos en el aire, cercenando brazos, piernas y cabezas.
Su alcance era mucho mayor de lo que parecía.
—¿Lo esquivó?
Mientras lo decía, Rem giró.
El hombre apenas alcanzó a esquivar el hachazo que venía con intención de matar.
Con un clima así, llevar gambesón o armadura completa era más estorbo que utilidad.
El enemigo había elegido lo mismo.
Él llevaba cuero ligero reforzado con remaches y empuñaba dos espadas cortas.
Se sacudió la capa, empapada a medias, y gritó:
—¡Maldito loco!
No se veía como asesino… más bien como un mercenario confiado en sus habilidades.
—¿Tú siquiera sabes quién soy? —bramó.
Rem respondió con hechos.
Su arsenal no se limitaba al hacha que sostenía.
Dos hachas arrojadizas colgaban de su cinturón, y una lanza corta plegable iba sujeta en su espalda.
Por todo el cuerpo llevaba dagas cortas, cada una colocada para alcanzarla sin pensar.
Una de esas armas cortó la lluvia y el viento.
En el instante en que su mano izquierda se movió, el hacha arrojadiza giró en el aire como un disco vertical y se incrustó hasta el fondo en el cráneo del mercenario.
El impacto le lanzó las piernas hacia atrás. Sus brazos se cruzaron por reflejo frente al pecho, apretando todavía las espadas.
Fue un movimiento instintivo: la última orden del cuerpo antes de morir.
Las dos hojas chocaron entre sí sin sentido y cayeron al suelo. Sus brazos se aflojaron, el cuerpo perdió fuerza y se desplomó boca arriba.
El hacha quedó enterrada en su cabeza, firme como un tocón clavado en la tierra.
La lluvia intensa lavó la sangre en segundos.
Al verlo, Enkrid entendió algo.
Esto no era solo fuerza abrumadora… era algo más allá.
‘No saben.’
Con eso bastaba para concluir algo crucial.
Esos asesinos iban por la cabeza de Crang, pero no tenían idea de quiénes se habían unido para protegerlo.
Tomaron la decisión a la carrera. Se movieron de inmediato, acelerando para interceptar.
Seguramente les importaba más bloquear el camino que analizar el objetivo.
Ese era el punto.
Por eso Kraiss había aconsejado usar el camino principal y apostar por la velocidad.
Enkrid no esperaba que cayeran en la trampa tan perfecto, pero ahí estaban.
—¡Guh!
—¡Urk!
Un coro de gritos de muerte estalló detrás.
Ragna se estaba soltando.
Con cada movimiento de su espada gruesa y pesada, la sangre brotaba de la garganta de un enemigo.
¿Espadazos llamativos de gran espada? No.
Su técnica era precisa: cada estocada ejecutada con perfección, cobrando una vida por golpe.
Rem arrasaba al frente mientras Ragna sostenía la retaguardia.
Y entre todos, había una figura que se estaba divirtiendo como niña.
—¡Por aquí! ¡Aquí! ¡Justo aquí!
Dunbakel cargó, su cimitarra cortando el aire.
Sus muslos se tensaron al impulsarse y se volvió una estela.
Tres asesinos la apuntaron con hondas.
Girarón las cuerdas por encima y arrojaron proyectiles hechos a mano: piedras lisas y redondeadas.
En cuanto Dunbakel las vio, los ojos se le encendieron de furia.
—¡Malditos!
El resentimiento de incontables golpizas pasadas estalló en ese instante.
Claro, esto ni de cerca tenía la potencia o la velocidad de los lanzamientos de Rem.
Dunbakel desenvainó la cimitarra y giró la muñeca.
Con un timing perfecto, interceptó los proyectiles usando la parte ancha de la hoja.
No sonó ningún golpe.
¿La tormenta lo ahogó?
No.
Absorbió la fuerza y la redirigió.
¡Clang! ¡Cling!
Las piedras se desviaron sin peligro, rebotando hacia distintas direcciones.
Una demostración magistral de control.
Una técnica que mezclaba precisión y audacia.
‘Dunbakel también…’
¿Era un genio?
Tal vez.
Si no, Rem no la habría tomado bajo su ala.
Tras desviar sin esfuerzo la lluvia de proyectiles, se lanzó hacia adelante.
Si Rem parecía una bestia enfurecida, Dunbakel era una bestia de verdad.
Porque lo era.
Su pelaje empapado no la frenaba.
Se movía rápida: su cimitarra obligaba a retroceder, mientras sus garras destrozaban cascos y cráneos por igual.
Los que confiaban en cuero terminaban con la cabeza abierta como si fuera papel.
—¡¿De dónde salieron estos monstruos?! —gritó uno de los asesinos.
Mientras tanto, Enkrid desviaba virotes y dagas dirigidos a Crang.
Con el pie levantó una hoja caída, la atrapó en el aire y la lanzó.
La daga se clavó justo en la frente del hombre que había gritado.
—Ah, perdón. ¿Todavía estabas hablando?
No hubo respuesta.
El asesino quedó tirado, con las extremidades convulsionando violentamente.
La lluvia siguió cayendo sin piedad.
Shhhhhhhhhh.
¡Boom!
Otro destello de rayo partió el cielo, seguido de un trueno rodante.
Enkrid comentó como si nada:
—¿Siempre has sido tan popular?
La pregunta iba para Crang.
—Últimamente se puso peor —respondió Crang con calma.
—Vas a poner en aprietos al mejor bardo del continente.
—Solo es un pico temporal de fama.
El chiste de Enkrid recibió una respuesta igual de ligera.
Crang había disfrutado la poesía y la escritura desde niño: el intercambio de palabras le nacía natural.
El escolta a su lado quería decirles que no era momento de bromas.
Pero se quedó callado.
Era entendible.
La pelea ya estaba terminando tan rápido como había empezado.
Esther permanecía en silencio junto a Enkrid; el mago enemigo ya había sido eliminado.
Rem había destrozado la primera línea, lanzando sus hachas arrojadizas a los rezagados que huían.
El líder, supuestamente el más hábil, ya había muerto en la primera carga: cráneo partido.
¿Y Ragna?
Los seis que lo rodearon creyeron que bastaba un golpe limpio para matarlo.
Ragna solo hizo que se viera así.
Si hubieran tenido ojos para medir verdadera pericia, lo habrían entendido de inmediato.
Cuando se dieron cuenta de la diferencia, ya estaban muertos.
Jaxon se movía como sombra, apuñalando el corazón de los que intentaban rodearlos y volviendo a su sitio sin ser visto.
Dunbakel remataba lo que quedaba.
—¡Eh, ¿a dónde creen que van?! —les gritó a los asesinos que huían, con auténtica decepción.
—Están corriendo —dijo Enkrid, sin emoción.
—Oh…
Dunbakel soltó un suspiro nostálgico.
‘Está loca.’
El escolta por fin captó la verdad sobre ella.
Pero dejando la locura de lado, era obvio: estaba muy por encima de su nivel.
Era de esperarse.
No había desperdiciado su tiempo.
La guerrera bestial que antes había sufrido contra Enkrid ya no era la misma.
Pero, más que nada, lo que en verdad lo sacudió fue el hombre frente a él.
Enkrid.
El hombre que hacía bromas estaba desviando dagas, virotes y proyectiles en medio de una tormenta.
Eso rozaba lo milagroso.
Y aun así actuaba como si nada.
Una hazaña increíble.
Incluso Enkrid notó que sus reflejos e instintos se habían afilado muchísimo.
‘¿Será por aquella vez, atrapado muy detrás de las líneas enemigas?’
Nunca había tenido la intuición tan afilada.
Hasta los ataques que no veía resultaban fáciles de contrarrestar.
—De verdad eres un monstruo —murmuró Crang, maravillado.
El campo se había convertido en una masacre.
Si esos cadáveres se alzarían como necrófagos o se transformarían en ahogados nacidos del río y la lluvia… quién sabía.
Pero ese no era su problema.
—Por ahora, seguimos.
Enkrid tomó la delantera.
La pelea terminó. Era hora de avanzar.