Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 95
Cuando comenzó a nevar y el viento frío empezó a morder la punta de la nariz, la gente de toda la ciudad se preparó para la Navidad. Jiwoon también estuvo ocupado con los preparativos aquel año.
Como había perdido a sus padres cuando era muy pequeño, no conservaba recuerdos de infancia decorando árboles ni saliendo de paseo en familia. Aun así, cada mañana de Navidad despertaba y encontraba un pequeño regalo junto a su cama.
Eran cosas sencillas —un cuaderno, un lápiz, útiles básicos—, pero para el pequeño Jiwoon eran auténticos tesoros. Más tarde, cuando vivió con sus abuelos, cada Navidad decoraba modestamente la casa con un pequeño árbol de plástico envuelto en una guirnalda de luces, y les regalaba ropa interior térmica o calcetines comprados con el dinero de sus trabajos de medio tiempo. Los regalos eran humildes, pero la alegría de sus abuelos era lo que más feliz lo hacía.
Sin embargo, después de perderlos también a ellos, Jiwoon comenzó a evitar deliberadamente la Navidad. Ver familias caminando de la mano por calles decoradas lo destrozaba. Durante años, solo en su pequeño apartamento de una habitación, se obligó a ignorar las luces y los villancicos de la ciudad.
De todos modos, pasaré todas las festividades solo, así que esto no tiene nada que ver conmigo.
Se convencía de eso.
Pero aquellos días sombríos ya pertenecían al pasado. Esa Navidad sería diferente, porque Mango —su bebé— y Taecheon estaban con él.
¿Cómo debía decorar su hogar? ¿Qué regalo debía preparar?
Solo pensarlo le provocaba dolor de cabeza.
—Ugh…
Llevaba días preocupándose, pero ninguna idea terminaba de convencerlo. Tumbado sobre el sofá, su mirada cayó sobre la inteligencia artificial Sookryeo-Doongyi, que estaba sentada encima de la mesa.
—Sookryeo-Doongyi.
[Sí. Dígame.]
La inteligencia artificial de la muñeca respondió de inmediato, como siempre que Jiwoon se ponía a hablarle.
—¿Qué podría ser un buen regalo de Navidad?
[Consulta: regalos. Buscando artículos populares.]
Después de una pausa, la voz metálica informó:
[Principales resultados. Uno: guantes. Dos: bufandas. Tres: certificados de regalo de grandes almacenes.]
—…Sí, gracias.
[¿Desea realizar otra consulta?]
—No, olvídalo.
Guantes, una bufanda… A menos que sean de diseñador, no impresionarán a Taecheon. ¿Y un certificado de regalo? Por favor.
Jiwoon dejó escapar un profundo suspiro.
En realidad, los guantes habían sido su primera opción. Sin embargo, los de buena calidad costaban una fortuna. Se decía que los salarios del Grupo Hotelero Sehwa eran elevados, pero eso solo era cierto para los gerentes y los puestos superiores. El sueldo de un asistente de tercer año no era precisamente para presumir.
—Un solo par de guantes cuesta la mitad de mi salario mensual.
Mientras revisaba distintas opciones en su teléfono, negó con la cabeza.
No era que le faltara dinero. Taecheon le había dado una tarjeta negra sin límite para que la «usara con total libertad».
Pero comprarle un regalo con la propia tarjeta de Taecheon le parecía absurdo. Jiwoon quería que aquel obsequio saliera realmente de él.
Aun así, las limitaciones de su presupuesto imponían una desagradable realidad. Además, no podía ser un regalo cualquiera. Era su primera Navidad juntos. Tenía que ser sincero, especial y único en el mundo.
Dio un sorbo a su infusión de hierbas y, de repente, se quedó inmóvil, contemplando la taza que sostenía entre las manos.
Eso es. Le haré una taza. Una taza hecha a mano de la marca Jiwoon. La usará todos los días en el trabajo, beberá café en ella y pensará en mí.
Su rostro se iluminó de emoción.
—¡Sookryeo-Doongyi! Busca talleres de cerámica.
[Sí. Buscando.]
—Quiero hacer una taza.
[Resultado: hay un taller cerca de su domicilio. Detalles disponibles.]
—Sí, dímelos.
[Clase de regalos personalizados disponible. Curso «Haz tu propia taza», apto para principiantes.]
—Resérvalo. Llámalos.
[Conectando…]
—Hola, habla el taller.
—Hola. Me gustaría inscribirme en la clase de tazas para regalos de Navidad. ¿Queda algún lugar disponible?
—Sí, queda un cupo para mañana. ¿Desea reservarlo?
—¡Sí, por favor!
El momento era perfecto. Al día siguiente, Taecheon estaría fuera durante todo el día por un viaje de negocios a otra región.
¡La coartada perfecta! No sospechará que desaparecí para hacerle su regalo.
Jiwoon rio con picardía.
A la mañana siguiente, Taecheon se preparó para irse mientras Jiwoon lo despedía en la entrada.
—Lamento tener que estar fuera todo el día. Intentaré regresar pronto.
—No. Tú eres quien tendrá una jornada larga. Ten cuidado y vuelve a casa sano y salvo.
—Quédate abrigado dentro de casa.
Taecheon le dio un beso en la frente y Jiwoon respondió besándolo en los labios.
—Es extraño. Aunque volveré a verte esta noche, detesto tener que dejarte ahora.
—A mí también me pasa. Ojalá pudiera acompañarte, pero estoy de licencia…
—Es la única ocasión en la que detesto que estés de licencia. Cuando regreses al trabajo, debería nombrarte mi secretario.
—Deja de tentarme para que vuelva a trabajar desde ahora.
Después de varios minutos aferrados el uno al otro junto a la puerta, Taecheon finalmente salió. Jiwoon lo vio desaparecer y luego alzó los puños con entusiasmo.
¡Por fin! ¡Hoy haré su regalo! ¡Qué emoción!
Tarareando, se puso el abrigo nuevo, los guantes y la bufanda que Taecheon le había regalado hacía poco. En cuanto salió por la reja, el viento helado lo golpeó con tanta fuerza que se apresuró a subir a un taxi con destino al taller del centro.
En la intersección principal, un árbol de Navidad gigantesco brillaba con deslumbrantes luces. Los villancicos resonaban a todo volumen, la gente se detenía a observar, las parejas celebraban y los niños cantaban.
Jiwoon, que antes se había sentido amargado ante aquellas escenas, ahora tarareó alegremente, contagiado por el ambiente festivo.
El taller se encontraba en una calle lateral junto a los grandes almacenes. En el interior ya había unos diez alumnos sentados. La instructora lo recibió con calidez.
—Bienvenido.
—Hola. Soy Lee Jiwoon. Hice una reservación.
—Ah, sí, para la taza. Siéntese aquí.
Frente a su asiento había arcilla blanda, herramientas de modelado y una hoja impresa titulada Cómo hacer tu propia taza.
La confianza de Jiwoon se disparó.
Esto será facilísimo. Haré algo digno de un artesano italiano y dejaré a Taecheon con la boca abierta.
Con los ojos ardiendo de determinación, se lanzó sobre la arcilla.
Treinta minutos después, cayó en la desesperación.
Su arcilla no dejaba de desplomarse, agrietarse y quedar aplastada, mientras que los recipientes de los demás adquirían formas elegantes. El suyo parecía una obra de arte abstracto que había salido terriblemente mal.
—No, no, esto no está bien…
—Mantenga la calma, alumno —lo tranquilizó la instructora, permaneciendo cerca de él.
Sin embargo, la forma apenas mejoró.
No solo soy malo pintando… Soy malo en todo lo que se hace con las manos. Cocinar, lavar la ropa… todo termina en desastre. De verdad tengo las manos malditas.
—Profesora, ¿qué le parece este?
Después de innumerables intentos, le mostró su resultado final.
—Bueno… sí. Mmm. Ya veo.
La instructora se contuvo para no decir lo que realmente pensaba. Con un agujero enorme en el fondo, era imposible elogiarlo.