Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 120

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En el momento del accidente, Seo Taecheon se dirigía a un viaje de negocios. Las carreteras estaban despejadas a última hora de la mañana e, incluso después de entrar en Gangbuk, el tráfico avanzaba con fluidez, por lo que el conductor Kim aumentó la velocidad.

Taecheon sacó el teléfono. Al releer los mensajes que acababa de intercambiar con Jiwoon, dejó escapar una pequeña risa. No contenían nada importante, pero le resultaban infinitamente adorables. Era sorprendente cómo una simple pregunta para saber si había comido podía hacerle cosquillas en el corazón. Por más que intentaba contenerse, las comisuras de sus labios seguían elevándose.

Guardó el teléfono y buscó la tableta para revisar los materiales de la reunión. Era una sesión rutinaria, pero sería mejor repasar los documentos una vez más. Miró a su alrededor en busca de la tableta y se inclinó hacia el bolso. En ese preciso instante, un impacto brutal sacudió el automóvil.

El vehículo se estremeció y todo en su interior vibró violentamente. Antes de que pudiera decir algo, un dolor abrasador le estalló en la cabeza y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, vio un camión de gran tamaño y el maletero destrozado del automóvil que estaba delante. Había sido una colisión múltiple de cuatro vehículos. El suyo era el último de la fila. Más tarde se enteraría de que tanto él como el conductor Kim habían tenido mucha suerte al ser rescatados sin heridas graves. Las bolsas de aire y los cinturones de seguridad los habían salvado; todos consideraban un milagro que hubieran resultado tan poco heridos.

Lo trasladaron de urgencia al hospital para recibir atención y realizarle varios estudios. Por fortuna, no presentaba lesiones graves. Se había golpeado la cabeza contra el marco del automóvil, tenía un moretón en el pómulo y sufría dolor de cabeza. El médico explicó que debían mantenerlo un poco más bajo observación por si aparecían síntomas de conmoción cerebral.

—Lo siento, director. Si tan solo hubiera tenido más cuidado…

—No fue culpa suya, conductor Kim. Era inevitable y, además, el responsable estaba ebrio.

—Aun así, si hubiera frenado una fracción de segundo antes, esto no habría ocurrido. Lo siento de verdad.

—Está bien. Conservamos los brazos y las piernas. No tiene por qué sentirse culpable.

Le dio unas palmadas en el hombro para consolarlo, pero el conductor Kim no pudo levantar la cabeza.

—El asistente Lee estará terriblemente preocupado… ¿Qué haremos si entra en pánico cuando reciba la noticia?

¿Asistente Lee? Yo soy quien tuvo el accidente. ¿Por qué menciona a alguien que no conozco?

Mientras se frotaba la mandíbula, intentó recordar a algún «Jiwoon», pero no le vino nadie a la mente. Ningún compañero, amigo, superior o subordinado con ese nombre.

—¿Quién es el asistente Lee?

—¿Quiere que lo llame yo o será mejor pedirle al secretario Park que le informe?

—No. Me refiero al nombre que acaba de mencionar.

—El asistente Lee Jiwoon.

—…¿Quién es?

—¿No lo recuerda?

—No. ¿Quién es?

El rostro del conductor Kim palideció como si hubiera visto un fantasma. Taecheon no lograba comprender su reacción.

El secretario Park llegó rápidamente en cuanto recibió la noticia. El alivio que sintió al saber que el director apenas estaba herido se desvaneció de inmediato.

—Secretario Park, ¿quién demonios es ese «asistente Lee»?

El conductor Kim parecía tan desconcertado como Taecheon. Al percibir que algo no estaba bien, Park acudió de inmediato al personal médico.

Cuando le dijeron que necesitaban realizarle estudios de imagen cerebral, Taecheon se mostró reacio. Su resistencia aumentó todavía más al explicarle que no buscaban una conmoción ni una hemorragia, sino una posible pérdida de memoria.

Le dijeron que aquel «Lee Jiwoon» era su esposo, un Omega masculino.

Imposible.

Él había sido un ferviente soltero durante toda su vida.

Sin embargo, el médico no dejaba de preguntarle:

—¿De verdad no lo recuerda?

Le realizaron una batería de pruebas. Recordaba la fecha de ese día, todos los datos de la empresa, a personas importantes como el conductor Kim y el secretario Park, su agenda e incluso detalles de los clientes. Todo estaba perfectamente intacto.

Solo existía un fragmento en blanco: todo lo relacionado con su esposo, Lee Jiwoon. Como si Jiwoon jamás hubiera existido en aquel mundo, como si nunca se hubieran conocido, no podía recuperar ningún recuerdo suyo.

Le pidió a Park alguna prueba. El secretario, que había asistido a la boda, le mostró una fotografía.

No había sido precisamente una ceremonia discreta. Era una boda al aire libre, rodeada de numerosos invitados, y hasta sus padres aparecían aplaudiendo. Junto a un Seo Taecheon que sonreía radiante se encontraba un desconocido: un Omega acurrucado entre sus brazos, con una sonrisa luminosa y una belleza objetivamente innegable, pero desconocido al fin y al cabo.

Cabello castaño, ojos marrones y las comisuras externas ligeramente caídas, lo que le daba una impresión pura y apacible. En la fotografía, Taecheon tenía una expresión tan feliz que parecía a punto de estallar, como si aquel Jiwoon le resultara insoportablemente querido.

Hasta donde alcanzaban sus recuerdos, jamás había puesto una expresión semejante en treinta años.

Lee Jiwoon.

Pronunció aquel nombre desconocido e hizo un esfuerzo por evocar algo. Sin embargo, era como mirar una hoja de papel completamente negra. No había nada. Cuanto más escuchaba ese nombre, más le dolía la cabeza.

Incluso cuando, más tarde ese mismo día, aquel «Lee Jiwoon» abrió de golpe la puerta de la habitación, nada cambió.

No conozco a esa persona.

Y ahora decía que había un hijo. Sin pruebas, ¿cómo podía creerle? La figura delgada que había huido parecía frágil, pero no había nada que pudiera hacer.

Después de pedirle al secretario Park y al conductor Kim que se marcharan, permaneció solo, sentado en la cama, dando vueltas a sus pensamientos. La espalda de Jiwoon al alejarse se le había quedado clavada en la mente como una astilla bajo la uña.

No tenía apetito y dejó intacta la cena del hospital. Después de recibir una sencilla curación para el moretón del rostro, aceptó realizarse otra resonancia magnética a la mañana siguiente y se acostó temprano. Sin embargo, el rostro que aparecía una y otra vez en su mente no le permitía dormir.

Había construido su vida tomando la lógica como medida absoluta. Si las personas de su círculo cercano no se habían confabulado para engañarlo, entonces Jiwoon era realmente su Omega. Aun así, no lograba asimilarlo. Por encima de todo, había jurado permanecer soltero toda la vida y, sin embargo, se había casado. Solo eso ya resultaba imposible de creer.

Inquieto, se levantó para caminar por el pasillo, pero en ese momento llamaron suavemente a la puerta. Creyendo que se trataba de una enfermera, respondió:

—Sí, adelante.

Sin embargo, quien entró fue Jiwoon.

Se había marchado, pero ahora estaba de vuelta. Llevaba el cabello revuelto y los párpados enrojecidos.

—…¿Qué sucede?

Fue una pregunta fría. Jiwoon permaneció inmóvil durante un instante y luego entró en silencio.

—Taecheon, vine para hablar contigo.

No había seguridad en su voz. Sonaba ronca y sus ojos estaban hinchados de tanto llorar.

—Muy bien. Ven a sentarte aquí.

No lo recordaba, pero si estaban legalmente casados, necesitaba escucharlo. Encendió las luces de la habitación y señaló el sofá. Jiwoon caminó con cuidado y se sentó. Guardó silencio durante unos instantes, como si reuniera valor.

Finalmente, Jiwoon habló primero. Inspiró profundamente, exhaló y luego susurró:

—El médico me explicó… que no recuerdas absolutamente nada de mí.

—Sí. Es cierto. No recuerdo haberme casado contigo.

Lo interrumpió, y Jiwoon se mordió el labio.

—No. Permíteme ser más preciso. No te conozco.

Al escucharlo, Jiwoon levantó la cabeza y lo enfrentó. Sus ojos, aunque hinchados, se afilaron.

—¿Cómo puede ser eso? Tú y yo tenemos una historia juntos.

Su voz se quebró y tembló.

—¿Esto es una mentira? ¿Una estafa?

—¿Me estás llamando estafador?

Ya era bastante doloroso que no lo recordara. Nunca imaginó que además lo trataría como un impostor.

—Es verdad. Estamos casados de verdad.

Taecheon guardó silencio. Necesitaba detalles concretos.

—Supongamos que es cierto por ahora. ¿Cuándo comenzamos a salir?

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