Una Segunda Vida para Amarte - Capítulo 26

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Cuando el abogado llegó por la tarde, Park Dong-sik se quedó atónito ante la enorme cantidad de documentos que colocó sobre la mesa.

Había tantos contratos que se preguntó si realmente podría leerlos todos ese mismo día.

Quiso llamar a Kim Yoon-ah para pedirle ayuda, pero el contenido de aquellos documentos era completamente confidencial. Solo lo conocían el presidente Kim, Kim Jun-han, el difunto padre de Lee Hee-soo y el propio Lee Hee-soo.

Mientras hojeaba las páginas, frunció el ceño y llamó al abogado.

—Aquí hay algo que está mal, ¿no?

El abogado se acomodó las gafas.

—¿A qué parte se refiere exactamente?

Park Dong-sik señaló con el dedo un párrafo en mitad del documento.

—Aquí.

Leyó en voz alta.

—«En caso de divorcio, Lee Hee-soo no tendrá derecho a reclamar ningún bien patrimonial».

Levantó la vista.

—Esta parte.

El abogado respondió con absoluta calma.

—Cuando se celebró el matrimonio, se entregó una suma considerable al congresista Lee Gi-cheol, su padre.

—Ese dinero se destinó a fondos electorales y no podía declararse públicamente.

—El señor Lee Hee-soo estaba al tanto de ello.

—Además, disponemos de grabaciones de voz que lo demuestran.

Park Dong-sik abrió mucho los ojos.

—Entonces…

Parpadeó varias veces.

—¿Me está diciendo que Kim Jun-han le dio dinero a mi familia?

—Para ser más precisos…

El abogado corrigió.

—Fue un acuerdo entre el presidente Kim y el congresista Lee Gi-cheol.

—En términos de beneficios, quien obtuvo más fue su padre.

—También contamos con pruebas suficientes que respaldan ese hecho.

—Ja…

Park Dong-sik soltó una risa vacía.

El abogado continuó.

—Además, la división de bienes suele calcularse según los activos registrados a nombre de cada cónyuge, la contribución al patrimonio familiar y la duración del matrimonio.

Hizo una pausa.

—Lamentablemente, el señor Lee Hee-soo no cumple con ninguno de esos requisitos.

—Y, al no haber hijos, tampoco procede pensión por manutención.

—¿Y una indemnización?

Preguntó Park Dong-sik.

—La indemnización corresponde a la parte responsable del divorcio.

El abogado lo miró directamente.

—En este caso, esa responsabilidad recae sobre el señor Lee Hee-soo debido a su infidelidad.

Añadió enseguida:

—Aunque disponemos de pruebas suficientes, el director Kim no desea iniciar acciones al respecto.

—Su intención es resolver todo discretamente.

Durante toda la explicación, el abogado mantuvo un tono respetuoso.

No lo acusaba.

Tampoco lo trataba con condescendencia.

Aun así…

Park Dong-sik lanzó el bolígrafo que tenía en la mano y se dejó caer contra el respaldo del sofá.

Murmuró una maldición entre dientes.

Había supuesto que, teniendo en cuenta la tarjeta ilimitada y el dinero que gastaban sin reparos, recibiría una buena compensación tras el divorcio.

Había sido un completo iluso.

No pudo evitar soltar una risa amarga.

—Estoy demasiado cansado para seguir con esto.

Se frotó el rostro.

—Hablemos otro día.

El abogado negó con la cabeza.

—El director desea cerrar este asunto cuanto antes.

—Creía que usted también estaba de acuerdo.

Park Dong-sik permaneció unos segundos en silencio.

Después preguntó:

—Entonces déjeme hacerle una pregunta.

El abogado asintió.

—Si quiero obtener dinero de este divorcio…

Lo miró fijamente.

—¿La única opción es demandarlos?

—Puede presentar una demanda.

Respondió con tranquilidad.

—Pero las probabilidades de ganar son muy bajas.

Guardó unos segundos de silencio antes de añadir:

—Y, si el asunto de la infidelidad sale a la luz…

—Será usted quien cargue con toda la condena social.

Aunque hablaba con educación…

La amenaza era evidente.

Si no se marchaba en silencio…

Harían público el adulterio.

—…

—¿Qué piensa hacer?

Tras pensarlo unos instantes…

Park Dong-sik se puso de pie.

—Lo siento.

—Vuelva otro día.

—Pero el director…

—Hablaré directamente con Kim Jun-han.

No permitió que el abogado terminara.

Subió inmediatamente al segundo piso.

Se dejó caer en el sofá.

Y se sostuvo la cabeza entre las manos.

Maldición…

Estoy completamente jodido.

Nada estaba saliendo como esperaba.

Ahora comprendía lo ridículo que había sido emocionarse tanto.

Frustrado…

Salió al balcón para fumar.

Desde allí vio al abogado hablando con alguien mientras subía al coche.

El automóvil negro abandonó lentamente el jardín hasta desaparecer de su vista.

Entonces recordó las palabras que el presidente Kim le había dicho días atrás.

«Después de divorciarte de Jun-han acabarás sin un centavo.»

«Yo me aseguraré de que no te falte dinero para vivir.»

«No es un mal trato, ¿verdad?»

En aquel momento no había entendido por qué decía eso.

Ahora sí.

Por cierto…

Si el padre de Lee Hee-soo vendió a su propio hijo por dinero…

Al menos debió vivir cómodamente.

Entonces…

¿Por qué terminó implicado en un caso de corrupción y suicidándose?

Terminó el cigarrillo.

Entró nuevamente en la sala.

Un empleado de la residencia principal lo esperaba.

—El presidente desea verlo.

—¿A mí?

—¿Para qué?

—Dice que lo comprenderá cuando llegue.

Maldición.

Había disfrutado de unos días sin tener que verle la cara.

Después de pensarlo un momento…

Siguió al empleado hasta la residencia principal.

Mientras avanzaba por el pasillo volvió a fijarse en aquellos cuadros.

¿No valían cientos de millones de wones cada uno?

Ya que estamos…

¿Y si después del divorcio robo un par?

Perdido en semejantes pensamientos absurdos…

Llegó al segundo piso.

Pero no lo condujeron al despacho.

Sino al dormitorio.

Tras llamar a la puerta, entró.

El presidente Kim estaba sentado en una silla de ruedas.

Llevaba la pierna completamente enyesada.

Era la primera vez que se encontraban a solas desde aquel incidente.

Un empleado sirvió el té.

Park Dong-sik tomó asiento en el sofá.

Poco después…

El presidente acercó la silla de ruedas hasta colocarse frente a él.

—Tengo entendido que el abogado Seo vino a verlo.

—Sí…

Respondió con cierta incomodidad.

—Dice que no firmó los documentos.

—…

—¿Por qué?

Lo observó atentamente.

—¿Acaso has empezado a sentir algo por Jun-han?

Park Dong-sik permaneció callado.

No podía admitir que simplemente se había decepcionado al descubrir que no recibiría ni un solo centavo.

El presidente continuó.

—Ya te lo dije antes.

—Después del divorcio me ocuparé generosamente de ti.

Park Dong-sik siguió mirando fijamente la taza de porcelana con bordes dorados.

—Firma mañana.

No respondió.

Simplemente levantó la taza para beber.

Entonces el presidente habló de nuevo.

—¿Qué te parece venir conmigo cuando todo esto termine?

—¡Pff!

Park Dong-sik escupió todo el té.

Levantó la cabeza, sorprendido.

La expresión del presidente dejaba claro que hablaba completamente en serio.

Este viejo…

¿Todavía no aprende?

Cuanto más lo pensaba…

Más ridícula e irritante le parecía la situación.

Había intentado guardar silencio para evitar problemas.

Pero ya no podía soportarlo.

—Presi…

Se corrigió enseguida.

—Señor presidente.

Lo miró fijamente.

—Tengo mucha curiosidad.

—¿Dónde demonios vendió usted la conciencia?

El presidente respondió con absoluta tranquilidad.

—Si tú tuvieras conciencia…

—No te comportarías así.

—¿Así cómo?

—¿No escuchaste lo que dijo el abogado Seo?

—El dinero para la campaña de tu padre salió de mi bolsillo.

Continuó.

—Y cuando, tras la muerte de tu padre, tu familia estaba a punto de quedarse en la calle…

—¿Quién se ocupó de ustedes?

—¿Ya olvidaste de qué bolsillo salió el dinero para que tus hermanos estudiaran en el extranjero y pudieran mantenerse?

—¿Y qué?

Respondió Park Dong-sik.

—¿Eso significa que ahora tengo que acostarme con usted en lugar de con mi marido?

—Ya lo hiciste con Tae-han…

—¡Joder!

Estalló antes de que pudiera terminar.

—¡Por lo menos Kim Tae-han es joven y guapo!

La cara del presidente se deformó de rabia.

Aquello le produjo una enorme satisfacción.

Park Dong-sik respiró profundamente.

Tranquilo.

Ahora no es momento de enfadarse.

Tengo que pensar en lo que viene después.

Asintió lentamente.

Y bajó el tono de voz.

—Muy bien.

—Supongamos que acepto convertirme en su amante después del divorcio.

Lo miró directamente.

—¿Y qué pasa con su esposa?

—Está desesperada por deshacerse de mí.

—¿Cree que se quedará cruzada de brazos?

Sonrió con ironía.

—La próxima vez, en lugar de contratar a una chamana, contratará a un sicario.

Negó con la cabeza.

—Así que no, gracias.

—No pienso jugarme la vida.

El presidente sonrió.

—También pienso poner fin a todo esto.

—Le dejaré la empresa a Jun-han.

Miró por la ventana.

—Y pasaré el resto de mis días tranquilamente en un país cálido.

Volvió a mirarlo.

—Contigo.

Park Dong-sik lo observó sin poder creerlo.

La silla eléctrica avanzó lentamente.

La gruesa mano arrugada cubrió el dorso de la suya.

En aquellos ojos apagados aún ardía un deseo enfermizo.

—Te daré todo lo que quieras.

Acarició lentamente su mano.

—¿Aun así vas a rechazarme?

Ahora hasta intenta seducirme…

Mierda.

Justo cuando iba a apartar aquella mano y levantarse…

Un escalofrío recorrió toda su espalda.

Las piernas dejaron de responderle.

Se desplomó al suelo.

Sintió un extraño cosquilleo en el estómago.

Respirar comenzó a resultar cada vez más difícil.

¿Qué me pasa…?

La mano arrugada del presidente acarició su mejilla.

Luego…

Introdujo el pulgar dentro de su boca.

Lo movió lentamente.

Explorando su lengua.

Park Dong-sik jadeaba.

La saliva resbalaba por la comisura de sus labios.

Intentó apartarse.

Pero no tenía fuerzas.

El presidente respiraba cada vez más deprisa.

—Debí haber hecho esto desde el principio.

Soltó una risa entrecortada.

—Tu lengua es tan suave…

La acarició con el dedo.

—No puedo imaginar lo mucho más suave que será tu culo.

Sacó su pene con la otra mano.

—Si no tuviera esta maldita pierna rota…

—Te estaría follando aquí mismo.

La saliva seguía cayendo.

Y, para su horror…

Sintió cómo su cuerpo reaccionaba.

Su entrada comenzaba a humedecerse por sí sola.

En ese instante…

Park Dong-sik clavó los dientes con todas sus fuerzas sobre el pulgar del presidente.

—¡¡Aaagh!!

El anciano soltó un grito.

La silla retrocedió bruscamente.

Park Dong-sik aprovechó para escapar.

Gateó desesperadamente hacia la puerta.

—¡Maldito mocoso!

—¡Vuelve aquí!

Incluso después de abrir la puerta y escapar…

Su cuerpo seguía temblando.

No recuperaba las fuerzas.

Se arrastró por el pasillo, alejándose del dormitorio del presidente.

Poco a poco…

La respiración comenzó a normalizarse.

Se dejó caer a mitad del corredor.

Jadeando.

Mordiéndose el labio con fuerza.

Así que las feromonas no siempre eran una bendición.

Si el cuerpo reaccionaba sin importar tu voluntad…

Podías acabar metido en situaciones verdaderamente espantosas.

Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban…

Se apoyó contra la pared y consiguió ponerse de pie.

Sujetándose de la barandilla comenzó a bajar las escaleras.

Abajo lo esperaba el mayordomo Yoon.

Ver aquella expresión impasible le revolvió el estómago.

—El presidente dice que, si no quiere arrepentirse…

Lo miró fijamente.

—Será mejor que vuelva arriba inmediatamente.

—Ja.

Park Dong-sik soltó una risa burlona.

Le levantó el dedo medio al mayordomo.

—Toma.

—Chúpate esta.

Después salió tambaleándose de la residencia principal.

Apenas había recorrido el pasillo…

Vomito violentamente.

Todo lo que había comido terminó esparcido justo debajo de uno de aquellos carísimos cuadros.

Cuando por fin logró llegar hasta la residencia de invitados…

Se desplomó en el suelo.

El desagradable olor de las feromonas del presidente seguía aferrado a su cuerpo, como si jamás fuera a desaparecer.

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