Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 92
Gu Lin nunca había visto a Pei Sheng de aquella manera, como si se hubiera despojado de todo su orgullo y le estuviera suplicando que no se marchara.
Estaba enojado y frustrado a la vez, así que le dio una fuerte palmada en la espalda.
—¡Deja de hacerte el pobrecito!
—¡Vamos a que te curen! —Gu Lin intentó ayudarlo a subir.
Pero Pei Sheng no cooperó. Como si estuviera haciendo un berrinche, se limitó a rodearlo con el brazo y aferrarse a él.
—No te vayas, esposa.
—¡Si no vas a que te curen, entonces sí que me voy!
Gu Lin estaba a punto de explotar de rabia. La herida del hombro de Pei Sheng realmente se había abierto.
En realidad, Pei Sheng ya comenzaba a perder la conciencia. La voz de Gu Lin le llegaba desde muy lejos, incluso borrosa.
La poca lucidez que le quedaba solo le permitía aferrarse obstinadamente a él, negándose a soltarlo.
—No te vayas…
Gu Lin sintió que el peso que se apoyaba sobre su cuerpo aumentaba. Bajó la mirada y vio que debajo del brazo caído de Pei Sheng ya se había formado un pequeño charco de sangre.
La sangre escarlata goteaba desde las puntas de sus dedos.
Gu Lin gritó presa del pánico:
—¡Pei Sheng! ¡Médico!
Wang Yang llegó con el médico justo cuando escucharon el grito de Gu Lin. Entre varios se apresuraron a llevar de regreso a la habitación al hombre que había perdido el conocimiento.
Sin embargo, la mano de Pei Sheng continuaba aferrada con tanta fuerza a la de Gu Lin que nadie consiguió separarlas.
Pei Sheng realmente tenía miedo de que desapareciera.
El médico volvió a tratar y suturar la herida de Pei Sheng. Con expresión severa, reprendió a Gu Lin:
—¿No acabo de advertirte que el paciente no puede hacer fuerza después de que le hayan suturado una herida?
Gu Lin bajó la cabeza como un niño que había hecho algo malo y no dijo nada. Solo miró la mano con la que Pei Sheng continuaba sujetándolo.
Wang Yang, que estaba a un lado, intervino:
—Fue mi hermano quien se lo buscó.
El médico se quedó sin palabras.
Se limitó a suturar nuevamente la herida con cuidado, aplicarle el medicamento y vendarla.
—Esta vez no puede volver a forzar la herida. Si vuelve a abrirse, afectará su recuperación posterior.
Cuando llevaron nuevamente a Pei Sheng a la habitación, su rostro seguía pálido.
Gu Lin sabía con cuánta fuerza había forcejeado en la escalera y también con cuánta fuerza lo había abrazado Pei Sheng.
Wang Yang se sentó frente a la cama. Miró al inconsciente Pei Sheng y luego a Gu Lin, que permanecía con la cabeza gacha, sin dejar ver qué expresión tenía.
Comprendía perfectamente cómo se sentía Gu Lin en ese momento.
Estaba enojado y furioso, pero al mismo tiempo era incapaz de abandonar a Pei Sheng. Encima, ahora también se sentía culpable porque la herida se le había vuelto a abrir.
—Gu Lin —lo llamó Wang Yang.
Gu Lin no levantó la cabeza y solo respondió con un murmullo.
—Lo siento —se disculpó Wang Yang en voz baja—. Te pido perdón en nombre de mi hermano, y también de Zheng Wei, Zhou Shaoran y de todos nosotros.
Gu Lin levantó la cabeza para mirarlo.
Ahora que sus emociones se habían calmado un poco, preguntó:
—¿Por qué me engañaron?
Wang Yang finalmente comprendía por qué Pei Sheng no sabía cómo explicarle aquellas cosas a Gu Lin.
Porque, en realidad, había muchos asuntos cuyos motivos eran difíciles de explicar con claridad.
—Gu Lin, mi hermano te dará sus propias explicaciones. Yo solo puedo hablarte de nosotros.
Wang Yang miró al hombre que yacía tranquilamente en la cama.
—En realidad, todos nosotros trabajamos para mi hermano. Él fue quien nos llevó a emprender juntos. El verdadero dueño detrás de Yinyin, Lingyun y Wuji es él. Nosotros nos encargamos de administrarlas, mientras que él aporta la tecnología principal y el capital. Al principio, cuando te vimos siguiéndolo, todos estábamos confundidos. Él ya sabía desde hacía mucho tiempo que lo habías traicionado, así que no entendíamos por qué seguía llevándote consigo. Desde el principio nos explicó que tú ya no eras el Gu Lin de antes.
—Por eso estuvieron dispuestos a hacerse amigos míos y a pasar tiempo conmigo.
Gu Lin lo miró mientras recordaba la primera vez que conoció a Zheng Wei y Zhou Shaoran. Los dos habían sido muy hostiles con él; incluso podía decirse que lo detestaban.
Pero después nunca volvieron a tratarlo de esa manera.
—Sí. Nosotros tampoco seríamos amigos de alguien que traicionó a mi hermano.
—¿Quieres decir que todos me tratan tan bien por Pei Sheng? —preguntó Gu Lin.
—Si realmente fuera así, cuando mi hermano tuvo que volver a recibir puntos hace un momento, yo ya te habría matado a golpes.
Las palabras de Wang Yang siempre iban directamente al punto.
—Fue gracias a Pei Sheng que volvimos a conocerte desde cero, pero nos hicimos amigos tuyos simplemente porque tú eres Gu Lin. Aunque no estuvieras con Pei Sheng, seguirías siendo nuestro amigo.
Gu Lin sintió una mezcla de emociones difíciles de describir.
—Entonces, ¿por qué me ocultaron todo eso?
—Tampoco es que lo ocultáramos deliberadamente. Simplemente nunca encontramos el momento apropiado para decírtelo. No podíamos acercarnos de la nada y decirte: «Las empresas no son nuestras, sino de Pei Sheng. Ah, y todos nosotros somos muy ricos».
Gu Lin se quedó momentáneamente sin palabras.
Dicho de esa manera, realmente habría sido bastante extraño.
—Es verdad que ustedes nunca lo ocultaron. Los autos que conducen son muy caros.
Poco a poco, Gu Lin comenzó a comprender algunos detalles.
Zheng Wei y Zhou Shaoran nunca habían escondido que tenían dinero. Incluso el auto de Wang Yang era bastante costoso.
—Mi hermano tampoco encontró el momento adecuado para contártelo, pero jamás habría seguido ocultándotelo para siempre. Quizá, como Cheng Zhiqing te ha estado siguiendo durante este tiempo, temía que saber demasiado te asustara.
—¿Cheng Zhiqing también me ha estado siguiendo?
Gu Lin no sabía nada de aquello.
—Desde que comenzó la licitación de la zona residencial de Nancheng, Cheng Zhiqing ha estado buscando una oportunidad para llevarte con él. Probablemente quería repetir su antigua estrategia para seguir utilizándote.
Wang Yang consideró que sería mejor que Pei Sheng le explicara personalmente el resto.
—Gu Lin, espero que puedas hablar tranquilamente con mi hermano. Hablen de todo y después toma una decisión.
Gu Lin sabía que necesitaban hablar.
—Lo sé.
—Bien. Tú también deberías descansar. Tu mano está herida. Haré que Zheng Wei venga a cuidar de ustedes.
Gu Lin asintió.
Ahora tampoco se atrevía a marcharse. Temía que, si lo hacía, Pei Sheng volviera a ignorar por completo sus heridas para salir a buscarlo.
Después de que Wang Yang se marchara, Zheng Wei llegó poco tiempo después.
En cuanto entró, hizo que Gu Lin también se acostara en la cama.
—Acuéstate. Tú también estás herido. No puede ser que el hermano Pei esté acostado mientras tú permaneces sentado.
Zheng Wei prácticamente lo empujó sobre la cama de Pei Sheng, pues este continuaba aferrándose a su mano y nadie había conseguido separarlos.
Por suerte, la cama era grande y ambos podían acostarse sin estar demasiado apretados.
Gu Lin contempló el techo. Sus ojos seguían enrojecidos después de haber llorado durante tanto tiempo.
Sentado a un lado, Zheng Wei le dijo:
—Hermano Gu, no le des tantas vueltas. Si estás enojado, aprovecha que está inconsciente y dale unas cuantas bofetadas para desahogarte. Te prometo que no diré nada. Y si también estás enojado conmigo, puedes golpearme a mí.
Gu Lin, sin embargo, se sentía extrañamente tranquilo.
—Hermano, tengo un poco de sueño.
—Entonces duerme.
Zheng Wei tomó la manta de la cama contigua y se la colocó encima.
—Hermano… ¿de verdad me consideras tu amigo? —Gu Lin giró la cabeza para mirarlo.
—Gu Xiaolin.
Zheng Wei le dio un golpecito en la frente.
—¿Qué pasa? ¿Ya no quieres ser mi hermanito?
Gu Lin negó con la cabeza.
—Tú y el hermano Zhou son mis hermanos.
Zheng Wei sonrió y, algo poco habitual en él, adoptó una expresión más seria.
—Gu Lin, lamento que te hayamos ocultado algunas cosas. Pero el cariño y la preocupación que sentimos por ti son reales. Igual que el hermano Pei. El amor que siente por ti también es real.
—¿Y cómo sabes que no está fingiendo?
—Por sus ojos.
Zheng Wei parpadeó.
—Los ojos no mienten.
Las largas pestañas de Gu Lin temblaron ligeramente.
Al cerrar los ojos, pudo recordar la mirada de Pei Sheng cuando lo observaba.
Permaneció en silencio y, vencido por el cansancio acumulado, terminó quedándose dormido sin darse cuenta.
Soñó con el momento en que acababa de llegar a este mundo.
Estaba sentado en una banca afuera de la comisaría, esperando a que Pei Sheng fuera a recoger el reloj de bolsillo.
Habían sido varias horas interminables.
Él había esperado tranquilamente, deseando que alguien apareciera para llevárselo.
Porque necesitaba un apoyo.
O quizá simplemente necesitaba a alguien que le diera una razón para seguir viviendo.
No importaba si era una buena persona o una mala.
Estaba cansado de estar solo.
Finalmente, Pei Sheng apareció apresuradamente.
Cuando lo miró, sus ojos estaban llenos de una fría indiferencia y una profunda distancia.
Las escenas de los sueños cambiaban constantemente.
Después soñó con aquella noche en que habían ido a Wenshan a ver la nieve.
Se habían besado bajo el estrecho borde de una capucha.
Pei Sheng lo miraba.
Sus ojos eran brillantes, cálidos y estaban llenos de alegría.
Los ojos realmente no… mentían.
Gu Lin no supo cuánto tiempo había dormido.
Cuando despertó, sus largas pestañas temblaron y abrió los ojos a medias. Entonces vio a Pei Sheng recostado contra la cabecera, observándolo.
Se quedó aturdido por un instante.
Enseguida quiso darse la vuelta, pero olvidó la herida de su brazo izquierdo. Apenas sintió dolor, Pei Sheng tiró de él para hacerlo regresar a su posición.
—No presiones el brazo.
Gu Lin intentó retirar la mano, pero Pei Sheng tampoco lo soltó.
Temiendo que volviera a abrirse la herida, Gu Lin dejó de forcejear.
Sin embargo, todavía tenía toda aquella rabia contenida, así que levantó el pie y le dio una patada en la pierna.
Pei Sheng se dejó patear.
Pero en cuanto Gu Lin lanzó una pierna hacia él, Pei Sheng puso la suya encima para inmovilizarla.
Cuando Gu Lin intentó patearlo también con la otra, ambas piernas terminaron firmemente atrapadas.
—¡Tú…!
Gu Lin levantó la cabeza y lo fulminó con la mirada.
Pei Sheng, en cambio, permaneció tranquilo mientras le inmovilizaba las piernas. Su mirada cayó sobre la mano derecha que Gu Lin había levantado.
En ella todavía estaban las marcas que él mismo le había dejado al sujetarlo con tanta fuerza.
Pei Sheng bajó la cabeza.
Gu Lin creyó sentir los labios de Pei Sheng rozando su mano, aunque al mismo tiempo no estaba seguro de que realmente lo hubieran tocado.
Era como una caricia apenas perceptible, ambigua y persistente, que parecía enredarse alrededor de su corazón.
Todas las emociones turbulentas de Gu Lin comenzaron a calmarse.
Frustrado, enterró el rostro entre las mantas, como si poco a poco estuviera retrayendo todas las espinas que había levantado para protegerse.
Pei Sheng lo observó escondido allí.
Durante un momento, ninguno de los dos habló.
Extendió la mano y acarició suavemente su cabeza. El cabello negro de Gu Lin era suave y algo largo; algunos mechones se enroscaron alrededor de sus dedos.
—Gu Lin, cada palabra que voy a decirte a partir de ahora es verdad.
—La casa de Jiangshuiwan costó veintiséis millones ciento veinte mil yuanes. La escritura está a tu nombre. Era aquel documento que te hice firmar en el auto.
La primera frase bastó para dejar a Gu Lin completamente atónito.
Lo miró con incredulidad.
Recordaba aquel momento.
Había sido la primera vez que habían jugueteado en el auto. Después, Pei Sheng le había sujetado la mano para hacer que firmara aquel documento.
Pei Sheng continuó:
—Tengo tres empresas: Yinyin, Lingyun y Wuji. Se dedican principalmente al entretenimiento, hogares inteligentes y videojuegos. Yo soy el accionista principal y recibo el sesenta por ciento de los dividendos. Sin embargo, durante este último año no he utilizado dinero de las empresas. El dinero para comprar la casa, los autos y la pulsera lo gané invirtiendo en acciones.
—Los únicos ocho mil yuanes mensuales son los que le pedí a Zhou Shaoran que depositara en mi cuenta de nómina. Me preocupaba que no tuvieras suficiente dinero mientras estudiabas, por eso te daba ocho mil al mes. Quería darte ochenta mil, pero probablemente no los habrías aceptado.
—La pulsera cuesta seis millones. Te dije que costaba seiscientos porque también temía que no quisieras aceptarla.
—La casa junto al río en la que vivíamos antes también es mía, aunque esa la compré cuando regresé al país.
—No te conté estas cosas porque Li Chunhua y Cheng Zhiqing te estaban siguiendo. Pensé que probablemente tendrías miedo si te enterabas, así que decidí ocultártelo.
Pei Sheng lo miró.
—Sé que no quieres mi dinero.
—Lo único que quieres soy yo.
Le contó todo, asunto por asunto, sin omitir ningún detalle.
Gu Lin siguió escuchándolo hasta que, finalmente, le dio un puñetazo en el abdomen.
—¡Entonces sí lo sabías, maldito!
El golpe no fue fuerte.
Pei Sheng recibió el puñetazo y se echó a reír.
—Lo sé. Siempre lo he sabido.
Contempló los ojos de Gu Lin, nuevamente enrojecidos por el enojo, y bajó la cabeza con intención de besarlo.
Gu Lin se apartó.
—Ahora mismo no tienes derecho a besarme.
Pei Sheng se detuvo.
Se quedó allí, mirándolo a los ojos.
Todavía había enojo en ellos.
Pero la decepción había desaparecido.
Solo quedaba la rabia.
—¿Hay alguna otra cosa que todavía no hayas confesado? —preguntó Gu Lin con frialdad.
Pei Sheng respondió con un suave:
—Sí.
—¡Habla!
Gu Lin lo miró ferozmente.
—Gu Lin…
Pei Sheng bajó la cabeza y, en lugar de utilizar sus labios, rozó los labios de Gu Lin con la yema de un dedo.
—Yo también te amo mucho.