Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 91

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  4. Capítulo 91
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Por un momento, todos en la habitación del hospital guardaron silencio. Al ver la situación, Zhou Shaoran se apresuró a intentar suavizar el ambiente con una risa incómoda.

—Gu Lin, no le des tantas vueltas. Solo es algo entre nosotros…

—Hermano Zhou, ¿quieres decir que solo es una broma entre ustedes? —replicó Gu Lin.

Zhou Shaoran sonrió con incomodidad, sin saber qué responder.

Pei Sheng sabía que Gu Lin estaba realmente enojado. Lanzó una mirada a Zhou Shaoran y Zheng Wei.

Zheng Wei, captando de inmediato la indirecta, dijo:

—Ustedes hablen. Nosotros iremos a preguntarle al médico qué probabilidades tiene el hermano Pei de sobrevivir.

Mientras hablaba, ambos salieron de la habitación empujándose mutuamente y hasta tuvieron la cortesía de cerrarles la puerta.

Pei Sheng estaba medio recostado contra la cabecera de la cama. Tenía el rostro muy pálido, aunque sus labios aún conservaban algo de color rojizo debido a la sangre de Gu Lin que se había manchado en ellos cuando lo tocó antes.

Gu Lin estaba sentado a un lado, intentando tranquilizarse todo lo posible, pero sus ojos claros nunca habían sido capaces de ocultar sus emociones.

Pei Sheng sabía que estaba inquieto, repasando todo lo ocurrido en el pasado e incluso pensando en cómo interrogarlo.

Quería explicarse, pero por un momento ni siquiera supo por dónde comenzar.

—Pregunta lo que quieras.

Gu Lin frunció con fuerza el ceño y lo miró fijamente.

—¿De quién son las empresas Lingyun y Wuji? ¿De dónde salen los quinientos veinte mil que transfieres a Li Chunhua cada pocos días?

Continuó:

—¿La casa de Jiangshuiwan realmente es cara o no? O mejor dicho… ¿por qué has estado fingiendo delante de mí todo este tiempo? Aunque quizá debería llamarlo engañarme, Pei Sheng.

La decepción y el dolor eran evidentes en sus ojos. Pei Sheng comprendió que, en ese momento, Gu Lin estaba verdaderamente decepcionado de él.

—Gu Lin, lo siento, pero esto no puede resumirse simplemente como un engaño —intentó explicarle Pei Sheng—. Ya había planeado contártelo todo dentro de unos días.

Sin embargo, los acontecimientos siempre se precipitaban unos detrás de otros. Nada había ocurrido como esperaba. Pei Sheng ni siquiera había imaginado que todo quedaría al descubierto precisamente cuando estaba herido.

—¿Lo habías planeado? ¡Entonces tú mismo sabías que me estabas engañando! ¡Tú, Zhou Shaoran y Zheng Wei me encerraron juntos en un mundo creado por ustedes! ¡¿Acaso soy un maldito idiota?!

Los ojos de Gu Lin se enrojecieron de inmediato y las lágrimas comenzaron a acumularse en ellos.

—Pei Sheng, yo siempre creí cada palabra que me decías.

—A todos les decía que confiaba plenamente en ti.

Gu Lin se secó los ojos con la manga, frotándolos hasta que las comisuras quedaron enrojecidas.

—¡Pero al final resulta que todos sabían que me estabas engañando!

—No es así, Gu Lin.

Gu Lin sacó de su mochila aquella tarjeta bancaria plateada y siguió preguntándole:

—¿Ocho mil yuanes es lo que ganas al mes?

Pei Sheng negó con la cabeza.

Gu Lin le arrojó la tarjeta al pecho.

—¡Entonces qué significaban esos ocho mil que me dabas!

Luego miró la pulsera que llevaba en la muñeca, se la quitó y la sostuvo frente a él.

Con la voz quebrada, preguntó:

—¿La pulsera cuesta seiscientos yuanes?

—No. Seis millones.

Gu Lin recordó cómo, al ver su pulsera, Chu Gege le había preguntado si costaba seiscientos o seis millones. En ese momento se sintió terriblemente estúpido.

Enojado, quiso arrojarle también la pulsera, pero al recordar que costaba seis millones, terminó dejándola con cuidado.

En cuanto la soltó, sus emociones se desbordaron por completo y las lágrimas volvieron a caer sin que pudiera contenerlas.

—¡Idiota! ¡Todos ustedes son unos malditos mentirosos!

Las cálidas lágrimas cayeron sobre el dorso de la mano de Pei Sheng. El calor de aquellas gotas hizo que su corazón pareciera detenerse por un instante.

Sabía que Gu Lin estaba llorando. Extendió la mano, intentando atraerlo hacia sus brazos para explicárselo todo con calma.

—Gu Lin, lo siento.

Su mano rozó la de Gu Lin.

Pero Gu Lin se apartó.

Se secó las lágrimas del rostro. Sus ojos seguían húmedos y, con la barbilla tensa, lo miró con obstinación.

—Pei Sheng, tú sabes perfectamente que yo no soy él. No quiero tu dinero. Tampoco quiero tu casa, tus empresas ni tus autos. Yo simplemente te quiero a ti.

Cuanto más hablaba, más dolor sentía. Sus largas pestañas temblaron ligeramente y las lágrimas volvieron borroso todo cuanto tenía delante. Incluso su voz comenzó a quebrarse.

—Tú sabes cuánto dependo de ti y cuánto confío en ti.

—Sabes cuánto me gustas.

Gu Lin contempló su rostro pálido mientras una dolorosa lucha se libraba en su interior. Sentía que sus emociones lo habían desbordado por completo. Estaba lleno de rabia y de la sensación de haber sido engañado, incapaz de pensar con calma.

En su cabeza no dejaban de resonar todas y cada una de las cosas que Pei Sheng le había dicho.

La empresa era mentira.

El trabajo era mentira.

Cambiar de empleo era mentira.

Que había ganado dinero invirtiendo en acciones también era mentira.

Que la casa era muy barata también era mentira.

—¡Pero ahora sé que, para ti, solo soy un idiota al que puedes engañar con cualquier cosa que se te ocurra!

Tras gritar aquellas palabras con furia, Gu Lin solo quiso escapar de todo aquello. Se dio la vuelta para marcharse.

Pei Sheng extendió la mano y lo agarró con fuerza. El hombro del brazo con el que lo sujetaba aún estaba vendado, y el dolor de la herida hizo que inhalara bruscamente por instinto. Su fuerza disminuyó y no consiguió retenerlo.

Gu Lin salió corriendo.

Pei Sheng contempló la puerta cerrada y dejó escapar un largo suspiro.

Sabía que este día terminaría llegando.

La espada que llevaba tanto tiempo suspendida sobre su cabeza finalmente había caído.

Solo que ahora estaba herido y no podía encerrar a Gu Lin entre sus brazos para obligarlo a escuchar su explicación.

Ni siquiera podía bajar de la cama para perseguirlo.

Zheng Wei y Zhou Shaoran entraron nuevamente. Al ver el mal aspecto de Pei Sheng, comprendieron que habían causado un desastre.

—Wang Yang fue tras él —dijo Zheng Wei en voz baja—. No pasará nada. Probablemente Gu Lin solo está demasiado enojado en este momento.

—Lo sentimos, hermano Pei. Fue culpa nuestra…

Pei Sheng no se arrepentía.

Cuantas más mentiras se acumulaban, mayores eran los problemas que terminaban apareciendo después.

Solo que, en un momento como aquel, realmente quería encontrar a Gu Lin y hablar con él como era debido.

—Zheng Wei, vigila a Gu Lin. Zhou Shaoran, averigua quién fue el que avisó a Li Chunhua.

Distribuyó las tareas con calma y luego se sostuvo para ponerse de pie.

Zheng Wei se apresuró a empujarlo nuevamente contra la cama.

—¿Qué estás haciendo?

—Voy a ver dónde está Gu Lin.

Pei Sheng no podía quedarse tranquilo. Temía que Gu Lin, cegado por el enojo, saliera corriendo sin mirar y terminara atropellado.

—Wang Yang ya lo alcanzó.

Zheng Wei lo ayudó a recostarse otra vez.

—Ay, desde el principio te dije que tarde o temprano esto te explotaría en la cara.

—Pero al principio no esperaba terminar enamorándome de él.

Las mentiras habían comenzado desde el principio.

Zhou Shaoran y Zheng Wei también conocían el plan de Pei Sheng: acumular fuerzas en secreto hasta estar preparado para actuar.

Después de que Pei Sheng anunciara la bancarrota del Grupo Pei, desapareció de la vista de todos y se concentró en administrar discretamente las tres empresas que tenía en sus manos.

Su intención era utilizar esas tres compañías para devorar poco a poco, desde las sombras, el imperio empresarial de Cheng Zhiqing.

Y ahora estaban avanzando paso a paso.

La existencia de Gu Lin había sido un accidente que ninguno de los cuatro había previsto.

Pero aquel juego no podía detenerse por una sola persona. Desde el principio, era un juego entre ellos cuatro y Cheng Zhiqing.

Gu Lin no era ni espectador ni participante. No comprendía las intrigas y los complejos intereses que había detrás de todo aquello y, además, durante ese tiempo Cheng Zhiqing incluso había mandado seguirlo.

Cuanto más supiera, mayor sería el peligro para él.

Por eso Pei Sheng nunca le había contado nada.

Pero, con el paso del tiempo, incluso cuando quiso explicárselo, ya no sabía por dónde empezar.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Zhou Shaoran preocupado.

Zheng Wei los miró a ambos y finalmente buscó «tabla de lavar» en su teléfono.

—Jefe, ya te pedí una.

Pei Sheng guardó silencio unos segundos.

—…Lárgate.

Esta vez Zheng Wei y Zhou Shaoran no se atrevieron a decir ninguna tontería más y se largaron rápidamente.

Pei Sheng tomó el teléfono y llamó a Gu Lin.

La llamada fue rechazada.

No tuvo más remedio que preguntarle a Wang Yang.

Wang Yang estaba siguiendo a Gu Lin. En realidad, Gu Lin no había ido muy lejos; simplemente se había escondido en la escalera del hospital para llorar.

Wang Yang no se acercó. Se limitó a observarlo por la estrecha abertura de la puerta.

Gu Lin estaba sentado allí completamente solo y se veía lamentablemente desolado.

Wang Yang miró su teléfono.

Era un mensaje de Pei Sheng.

Fei L: ¿Cómo está Gu Lin?

Xiao Wang: Está en la escalera.

Aunque Wang Yang no lo dijera, Pei Sheng sabía que Gu Lin seguramente se había ido a llorar.

Su pequeño llorón tenía las lágrimas demasiado fáciles.

Apoyándose con un solo brazo, Pei Sheng se levantó de la cama con dificultad y salió. Siguiendo las indicaciones de Wang Yang, llegó hasta la escalera del piso correspondiente.

Cuando encontró a Wang Yang, este estaba de pie junto a la puerta de la escalera de emergencia y señaló hacia dentro.

Pei Sheng entró.

Al escuchar los pasos, Gu Lin levantó la mirada por instinto.

Su rostro, enrojecido por el llanto, se volvió frío en cuanto vio a Pei Sheng.

Se levantó dispuesto a marcharse.

Esta vez Pei Sheng ignoró por completo su herida. Avanzó a grandes pasos, lo alcanzó y, usando un solo brazo, encerró directamente a Gu Lin contra su pecho.

—No corras. Me prometiste que no huirías.

—¡Yo no te prometí nada!

Gu Lin forcejeó, pero Pei Sheng seguía teniendo mucha fuerza incluso con un solo brazo.

Los dos se enzarzaron en una especie de tira y afloja, forcejeando el uno contra el otro.

La herida de Pei Sheng ya había comenzado a sangrar de nuevo y el olor metálico de la sangre llenó el aire alrededor de Gu Lin.

Al ver las vendas de Pei Sheng empapadas de rojo, Gu Lin le dio un fuerte puñetazo en el otro hombro.

—¡Idiota! ¡Eres un maldito idiota!

Sin importar lo que dijera, Pei Sheng no lo soltó.

El dolor de la herida era agudo y penetrante, pero ni siquiera se comparaba con el miedo que sentía ante la posibilidad de que Gu Lin estuviera verdaderamente decepcionado de él.

Para cuando Gu Lin consiguió calmarse un poco, la frente de Pei Sheng estaba cubierta de sudor frío y sus labios habían perdido por completo el color.

Gu Lin lo miró con los labios temblorosos.

—¿Estás loco?

Pei Sheng continuó abrazándolo con obstinación, dejando incluso que su sangre manchara la ropa y las manos de Gu Lin.

Tenía demasiadas cosas que quería explicarle, pero en ese instante no sabía por dónde comenzar.

Solo pudo mirar aquellos ojos enrojecidos por el llanto. Sus propios ojos comenzaron a arder.

—Gu Lin, no todo era mentira. Que me gustas es verdad.

Su corazón latía con violencia, como si aquellos latidos fueran la prueba de que sus sentimientos por él eran sinceros.

—¡Pei Sheng, tu herida se abrió! ¡Suéltame primero y vamos a que te la curen!

Gu Lin vio que la herida se había abierto por completo y lo empujó ligeramente.

Pei Sheng ya estaba debilitado por el dolor y la pérdida de sangre. Con aquel empujón perdió las fuerzas y cayó hacia atrás, chocando contra la pared. Se apoyó en ella, tambaleándose como si pudiera desplomarse en cualquier momento.

Al escuchar el golpe, Wang Yang bajó corriendo.

Cuando vio la gran mancha de sangre que cubría la ropa de Pei Sheng y lo débil que parecía, gritó angustiado:

—¡Hermano!

Gu Lin también gritó presa del pánico:

—¡Ayúdalo a volver a la habitación! ¡Yo iré por el médico!

Wang Yang bajó corriendo para ayudar a Pei Sheng a regresar, pero Pei Sheng seguía aferrando con fuerza la mano de Gu Lin.

Murmuró débilmente:

—Gu Lin, no te vayas.

—Voy a llamar al médico.

Wang Yang salió corriendo a buscarlo.

Pei Sheng seguía sujetando con fuerza la mano de Gu Lin, aterrorizado ante la posibilidad de que realmente se marchara, de que su enojo lo llevara a abandonarlo.

Gu Lin contempló su lamentable estado y sintió un dolor punzante en la garganta.

—No voy a sentir lástima por ti, idiota. Ojalá te duela hasta morir. Los mentirosos merecen morirse de dolor.

Pei Sheng extendió una mano para secarle la comisura del ojo.

Su voz sonó extremadamente débil.

—Puedes enojarte conmigo, pero no puedes irte.

Gu Lin estaba dolido y furioso al mismo tiempo.

Pero, viendo sus heridas, tampoco se atrevía a abandonarlo.

Lo fulminó con la mirada a través de las lágrimas.

En la visión cada vez más borrosa de Pei Sheng solo quedaban aquellos hermosos ojos.

Volvió a extender el brazo y lo abrazó.

En aquel momento, entre ellos ya no estaba el dulce aroma del jugo de uva.

Tampoco la fragancia azucarada de las palomitas.

Ni siquiera quedaba el aroma de las manzanas.

Solo persistía en el aire el intenso olor metálico de la sangre.

Pei Sheng inclinó su orgullosa cabeza y la apoyó contra el cuello de Gu Lin, frotándose contra él como un enorme perro, miserable e indefenso.

En aquel instante deseaba decirle todas las palabras de amor que conocía con tal de conseguir que Gu Lin se quedara.

Pero, al final, solo le quedó una frase.

—No me abandones, esposa…

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