Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 66

  1. Home
  2. All novels
  3. Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota
  4. Capítulo 66
Prev
Next
Novel Info

Gu Lin bajó la cabeza y rozó suavemente los labios de Pei Sheng con los suyos, besándolo con ternura mientras las lágrimas seguían acumulándose en sus ojos.

Pei Sheng se dio cuenta tardíamente del sabor a cigarrillo que todavía tenía en la boca y cerró los labios, impidiéndole continuar.

Al notar que Pei Sheng ya no le permitía besarlo, Gu Lin levantó sus ojos húmedos.

—¿Por qué ya no me dejas besarte?

—¿No notaste el sabor a cigarrillo?

Pei Sheng rozó con la punta de la nariz su barbilla enrojecida.

—¿No te resulta desagradable?

—No me importa.

Gu Lin sonrió y le apretó los labios con los dedos.

—Abre la boca.

Era raro verlo actuar de manera tan dominante.

Pei Sheng sintió incluso una especie de satisfacción al ver que aquel pequeño sufrido finalmente se rebelaba.

Abrió los labios y dejó que Gu Lin volviera a besarlo.

La torpe técnica de Gu Lin había mejorado bastante. Al menos ya no se quedaba inmóvil con los labios pegados a los suyos sin saber qué hacer.

Lamió suavemente sus labios y pasó la punta de la lengua por uno de sus caninos, haciendo que Pei Sheng sintiera un cosquilleo que le recorrió hasta el cuero cabelludo.

—¿Por qué te gusta tanto lamerme los dientes? —preguntó Pei Sheng en voz baja.

Gu Lin no respondió.

Enredó la lengua con la suya y la succionó suavemente.

Era como si estuviera tranquilizando a una bestia herida, lamiendo poco a poco sus heridas y calmando sus nervios.

El beso hizo que Pei Sheng comenzara a sentir todavía más calor.

Su cuerpo ya ardía por la fiebre, y ahora aquella sensación se estaba volviendo aún más insoportable.

Tomó directamente el control.

A diferencia de la ternura de Gu Lin, Pei Sheng fue mucho más impaciente y feroz, como si quisiera tragarse tanto su lengua como su respiración.

La habitación se llenó de los húmedos sonidos de sus besos.

Cuando Gu Lin ya no podía recuperar el aliento, Pei Sheng lo abrazó y besó sus ojos, que se habían puesto rojos por contener las lágrimas.

—Llora. No voy a reírme de ti.

Con voz suave, intentó tranquilizar al hombre que llevaba todo ese tiempo reprimiendo sus emociones.

Gu Lin se acostó de lado junto a él, tomó la mano de Pei Sheng y la presionó contra su propio pecho.

—Duele —dijo entre sollozos.

Las lágrimas que ya no podía contener comenzaron a caer una tras otra, mojando los labios con los que Pei Sheng besaba sus ojos.

—Duele muchísimo.

Al escucharlo, Pei Sheng también sintió que se le calentaban los ojos.

Una fina capa de humedad incluso le nubló la vista.

Enterró el rostro entre el cabello de Gu Lin.

Sabía que Gu Lin estaba sufriendo por él.

Deslizó una mano bajo su suéter y apoyó la palma, ardiente por la fiebre, sobre su pecho, sintiendo el ritmo de sus latidos.

—Si lo acaricio, dejará de doler.

Pei Sheng intentó consolarlo acariciándole lentamente el pecho.

Su palma permanecía pegada a aquella piel cálida.

Pero eso no le pareció suficiente.

Besó los labios de Gu Lin.

Su barbilla.

Su nuez.

Bajó el cuello del suéter hasta dejarlo por debajo de los hombros y besó su pecho.

Sus labios calientes y su respiración abrasadora quemaban aquella zona.

—¿Todavía duele?

Gu Lin tenía las largas pestañas completamente empapadas.

No respondió.

Entonces Pei Sheng comenzó a dejar pequeños besos sobre el lugar donde podía sentir sus latidos, marcando uno tras otro rastros rojizos sobre su piel.

El pecho blanco quedó salpicado de manchas rojas, como si alguien lo hubiera maltratado.

Pero Gu Lin seguía sin decir que ya no dolía.

La angustia que sentía por Pei Sheng era completamente real.

No podía desaparecer con tanta facilidad.

Gu Lin se sintió incómodo y apoyó una mano sobre su cabeza para impedir que siguiera moviéndose.

Con la voz todavía nasal, dijo:

—No te muevas tanto. La sangre puede regresar por el tubo del suero.

Pei Sheng enterró el rostro contra su pecho y aspiró el tenue aroma de su cuerpo.

Cada vez sentía más calor.

Por un momento, ni siquiera supo si era por la fiebre o por otra cosa.

La erección comenzaba a resultarle incómoda.

Levantó la cabeza y miró a Gu Lin.

Sus ojos todavía estaban húmedos.

Gu Lin lo observó desconcertado.

—¿Te sientes mal?

—Mmm. El gran Pei Sheng se siente incómodo.

El rostro de Gu Lin se puso rojo.

Abrió la boca y terminó insultándolo:

—…Pervertido.

Pei Sheng permaneció acostado con una sonrisa en los labios.

—¿Solo se permite que el pequeño Gu Lin se sienta incómodo? ¿El gran Pei Sheng no puede sentirse incómodo?

Gu Lin deseó poder esconder la cara debajo de la cama.

—¡Esto es una habitación de hospital! ¿Tú también te volviste pervertido?

Le tiró suavemente de una oreja.

—Gran pervertido.

Pei Sheng deslizó una mano desde su cintura hacia abajo y murmuró junto a su oído:

—El pequeño Gu Lin también se siente incómodo.

Gu Lin se puso rojo de vergüenza.

—¿Yo no estoy siempre así?

Lo dijo con tanta seguridad que Pei Sheng casi se echó a reír.

—Así que el magistrado puede incendiar pueblos todos los días, ¿pero el ciudadano común no puede encender ni una sola fogata?

—Ya no voy a preocuparme por ti.

Gu Lin se envolvió en su abrigo e intentó bajar de la cama.

Pero Pei Sheng volvió a sujetarlo entre sus brazos.

—No te vayas. No voy a hacer nada.

Solo entonces Gu Lin volvió a acostarse tranquilamente.

Miró los delgados y pálidos labios de Pei Sheng, ahora teñidos de un rojo intenso por sus besos.

—Pei Sheng, quería regalarte noventa y nueve rosas —dijo Gu Lin con pesar—. Pero salí corriendo con tanta prisa que no conseguí encargarlas.

Apoyó la frente contra el hombro de Pei Sheng.

—No soy un novio Santa Claus competente.

Pei Sheng pensó en las gerberas que tampoco había conseguido entregarle.

—Entonces regálame otra cosa.

Gu Lin levantó la cabeza.

—¿Qué quieres?

—¿Puedes contarme una historia?

Era lo único que se le ocurría.

Pero Gu Lin se mostró incómodo.

—Las historias que leo son todas novelitas eróticas. ¿Qué clase quieres escuchar?

Pei Sheng:

—…Una un poco más inocente.

Gu Lin lo pensó un momento.

—Entonces te contaré una de amor forzado que terminé de leer la última vez.

Pei Sheng arqueó una ceja y se rio.

—¿Qué clase de cosas lees?

—Esa es la más inocente que tengo.

Gu Lin también intentó buscar entre todas las historias que conocía alguna que pudiera considerarse pura.

Por desgracia, realmente no tenía ninguna.

Gu Lin lo miró expectante.

—¿No quieres escucharla?

—Mmm…

Gu Lin pensó que tampoco tenía demasiado que contar sobre sí mismo.

Además, su propia historia era completamente diferente a la del Gu Lin original.

Después de pensarlo, preguntó:

—¿Quieres que te cuente una historia que conocía desde antes?

Pei Sheng lo miró, esperando que continuara.

—Había una persona a la que abandonaron cuando era muy pequeña, pero tuvo mucha suerte y fue adoptada por un matrimonio. Su papá y su mamá lo querían muchísimo, y durante un tiempo tuvo una vida muy feliz.

Gu Lin continuó lentamente:

—Pero aquella felicidad terminó abruptamente cuando tenía trece años y su padre murió por una enfermedad. Su madre trabajó muy duro para pagar las deudas y también para que él pudiera seguir estudiando. Trabajó tanto que terminó enfermando de agotamiento.

—Entonces él tuvo que asumir esa responsabilidad. Salió a trabajar y se esforzó muchísimo cargando ladrillos, esperando poder curar a su mamá. Pero al final, la persona más cercana que le quedaba también murió.

La voz de Gu Lin se hizo más baja.

—Incluso ya había pensado que, si conseguía ahorrar unos años más, podría comprar una pequeña casa.

Las historias tristes siempre parecían especialmente adecuadas para la noche.

Pei Sheng comprendió que aquella era la historia del propio Gu Lin.

—Mejor no sigas —dijo en voz baja.

—¿No te gusta?

Gu Lin nunca había hablado con nadie sobre su propia vida.

Esta vez tampoco había podido evitarlo y había utilizado una historia como excusa para ocultar que estaba hablando de sí mismo.

—No es eso.

Pei Sheng contempló la luz del techo.

—Solo pienso que ese chico seguramente tendrá su propio hogar en el futuro. Quizá también conozca a alguien a quien quiera y tenga una pequeña mascota adorable.

—Eso sería demasiado bonito.

Gu Lin no pudo evitar imaginarlo.

—Yo quiero tener un gatito. Uno blanco que sea muy cariñoso conmigo.

Pei Sheng lo escuchó.

Pero Gu Lin enseguida negó con la cabeza.

—No. Seguro que a Lado no le gustan los gatos. No podemos hacer que Lado se ponga triste.

Pei Sheng no esperaba que incluso hubiera pensado en Lado.

—¿Y no te preocupa que a mí no me gusten los gatos? —preguntó mirándolo de reojo.

—Entonces, ¿te gustan?

Gu Lin también sentía curiosidad.

Aquello hizo reír a Pei Sheng.

—Adivina.

—¡Pei Sheng!

Gu Lin se puso ansioso y hasta pasó una pierna sobre su cuerpo para acercarse más.

—¿Te gustan o no?

Pei Sheng no respondió.

Bajó ligeramente la mirada y preguntó burlonamente:

—¿No se siente incómodo el pequeño Gu Lin estando así encima de mí?

—Puedo soportarlo.

Gu Lin sentía que ahora tenía mucho más autocontrol que antes.

Debajo de la manta, Pei Sheng levantó una rodilla y la rozó contra la parte baja del abdomen de Gu Lin.

Gu Lin dejó escapar inmediatamente un jadeo e intentó apartarse.

Pero Pei Sheng simplemente jugueteó con su cabello mientras lo miraba con una sonrisa apenas perceptible, como si no estuviera haciendo absolutamente nada indecente.

Sin embargo, su rodilla seguía atormentando al pequeño Gu Lin.

Los labios rojos de Gu Lin se entreabrieron.

—Tú… eres un desgraciado.

—¿No dijiste que podías soportarlo?

Pei Sheng continuó provocándolo deliberadamente.

Gu Lin forcejeó para escapar, pero Pei Sheng lo mantuvo sujeto.

Terminó tan atormentado que casi se puso a llorar y, jadeando, mordió el hombro de Pei Sheng.

—¡Deja de hacerlo! ¡No traje ropa interior de repuesto!

De verdad temía ensuciar los pantalones.

Entonces tendría que andar sin ropa interior.

La conciencia de Pei Sheng solo aparecía ocasionalmente.

Su respiración rozó el oído de Gu Lin.

—Entonces no te la pongas.

Gu Lin estiró el cuello, incapaz de soportarlo.

Pei Sheng besó el pequeño lunar que tenía en un lado del cuello.

—Tu temperatura está más alta que la de un enfermo con fiebre.

La respiración de Pei Sheng tensaba cada uno de sus nervios.

Gu Lin quería escapar, pero también temía lastimarlo.

Solo podía convertirse en una pobre víctima completamente a merced de Pei Sheng.

Se llevó una mano a los labios para contener los gemidos que amenazaban con escapar de su garganta.

—La… la puerta no está cerrada con llave.

Fuera de la ventana se escuchaban los maullidos agudos de un gato callejero en celo.

Pei Sheng siguió buscando con sus besos los pequeños lunares del cuerpo de Gu Lin.

Cada vez que encontraba uno, lo besaba.

La estimulación hizo que toda la piel de Gu Lin se tiñera de rojo.

Realmente sentía que su temperatura era incluso más alta que la de Pei Sheng.

Pei Sheng mordisqueó suavemente su nuez.

Su voz era profunda y ligeramente ronca.

—Viene la enfermera.

Gu Lin también escuchó los pasos acercándose desde fuera.

Los nervios que llevaba todo aquel tiempo tensando finalmente no pudieron resistir más.

Sintió un intenso cosquilleo en la cintura y la mente se le quedó completamente en blanco durante unos instantes.

Cuando finalmente comprendió lo que acababa de ocurrir, salió de la cama a toda prisa y corrió al baño.

Mientras cerraba la puerta, todavía tuvo tiempo de insultarlo:

—¡Pei Sheng, desgraciado! ¡Idiota!

Pei Sheng se echó a reír.

Parecía que hasta el aire enfermizo que lo rodeaba había desaparecido con aquellos insultos.

Sus ojos incluso recuperaron algo de brillo.

La enfermera no llegó hasta diez minutos después.

Gu Lin también permaneció encerrado en el baño durante más de diez minutos.

Cuando la enfermera terminó de cambiar la bolsa del suero, Pei Sheng llamó hacia el baño:

—Compañero Gu Lin, ¿podrías hacerme el favor de acompañar al enfermo al baño?

Gu Lin salió lentamente.

Los ojos de Pei Sheng descendieron inmediatamente hacia la parte inferior de su cuerpo.

—¡Todavía estás mirando!

Gu Lin infló las mejillas, convertido otra vez en un pequeño petardo.

Pei Sheng se incorporó con dificultad.

Gu Lin se apresuró a sostenerlo y llevó consigo la bolsa del suero mientras caminaban hasta el baño.

Apenas entró, Pei Sheng vio la ropa interior mojada que Gu Lin había lavado.

—¿No llevas puesta?

Preguntó deliberadamente.

—Si vuelves a preguntar, te quitaré la tuya y me la pondré.

Gu Lin sentía que, si se peleaba con un enfermo en aquel momento, probablemente podría ganarle.

—Sal. Voy al baño.

Pei Sheng quiso tomar la bolsa del suero.

Gu Lin no se la permitió.

—Yo la sostengo. Tú haz lo tuyo.

—Tsk.

Pei Sheng sintió que Gu Lin estaba vengándose.

—Me da vergüenza.

—No tienes permitido sentir vergüenza.

Gu Lin lo fulminó con la mirada.

—¿Por qué no te da vergüenza cuando me haces cosas a mí?

Las comisuras de los labios de Pei Sheng se curvaron.

No dijo nada más y se desabrochó los pantalones.

—Entonces date la vuelta. No puedes mirar a escondidas.

Gu Lin solo pudo darse la vuelta mientras murmuraba:

—No solo lo he visto. También lo he tocado.

Cuando escuchó el sonido del agua, no pudo evitar girar furtivamente la cabeza.

Lo que vio hizo que su rostro se pusiera todavía más rojo.

El gran Pei Sheng era realmente muy impresionante.

—¿No dijiste que no ibas a mirar?

Pei Sheng tiró de la cadena y, al voltear, atrapó a Gu Lin en pleno acto.

Gu Lin tomó sus manos y comenzó a lavárselas.

—No estaba mirando a escondidas. Además, ¿qué tiene de interesante?

Pei Sheng observó a la persona que le lavaba las manos.

—Mmm. El pequeño Gu Lin sí es bonito.

Aquella frase hizo que Gu Lin se pusiera rojo hasta las orejas.

—¡Lávate tú mismo!

Después de decirlo, no olvidó salpicarle agua en la cara.

Pei Sheng, con gotas de agua todavía sobre el rostro, parecía bastante contento.

Comenzó a lavarse lentamente.

Hacerlo con una sola mano siempre era un poco incómodo.

Ninguno de los dos tenía prisa.

Cuando Pei Sheng tomó una toalla de papel para secarse, Gu Lin terminó interviniendo de todos modos.

Le secó cuidadosamente las manos y después lo acompañó con mucha atención hasta la cama.

Pei Sheng volvió a acostarse.

Al ver que ya no había lágrimas en los ojos de Gu Lin, supo que había dejado de estar triste.

Ahora solo le quedaba la vergüenza y el enfado.

Sus párpados comenzaron a pesarle.

Se hizo a un lado, dejando libre la mitad de la cama.

—Sube. Duerme conmigo un rato.

—No. Todavía te quedan varias bolsas de suero.

Gu Lin temía quedarse dormido y no darse cuenta cuando terminaran.

Pei Sheng no insistió.

Simplemente extendió una mano.

Gu Lin se sentó a un lado y la sostuvo.

—Duerme. Mañana te prepararé gachas de arroz.

—Quiero gachas de arroz con huevo centenario y carne magra, acompañadas de ternera marinada en salsa —dijo Pei Sheng muy seriamente.

Gu Lin se inclinó sobre él y le cubrió los ojos y la boca con una mano.

—Si sigues hablando, te convertiré a ti en ternera marinada. Cierra los ojos y duerme.

Pei Sheng sintió que Gu Lin mostraba cada vez más señales de convertirse en un enorme petardo.

Pero su cuerpo realmente estaba agotado.

Respirando el aroma de la palma de Gu Lin y todavía enfermo, no tardó demasiado en quedarse dormido.

Gu Lin apoyó la barbilla sobre una mano y lo contempló tranquilamente.

Su corazón finalmente se calmó.

Pei Sheng estaría bien.

La fiebre de Pei Sheng duró toda la noche y no bajó hasta la mañana.

Había pasado horas sumido en un estado febril y confuso. Solo al despertar sintió la cabeza algo más despejada.

Abrió los ojos.

Gu Lin estaba acostado a su lado, abrazándolo.

Pei Sheng miró a su alrededor.

Afuera ya era completamente de día y el suero había terminado.

Gu Lin dormía profundamente, acurrucado a su lado y cubierto con el abrigo de Pei Sheng.

Solo se veía la mitad de su rostro, sonrojado por el sueño.

Pei Sheng no se movió.

Simplemente lo observó.

La noche anterior había tenido muchos sueños extraños y caóticos.

Pero Gu Lin siempre aparecía de repente.

Después le metía un montón de comida deliciosa en las manos y le decía que comiera más, que no pasara hambre.

Como respondiendo al recuerdo, su estómago gruñó.

Pei Sheng realmente tenía hambre.

Llevaba un día y una noche sin comer.

Quería levantarse, darse una ducha y después buscar algo para comer.

Quizá sus movimientos despertaron a Gu Lin.

Este abrió los ojos adormilado.

Lo miró durante unos instantes y después extendió los brazos para abrazarlo otra vez, consolándolo:

—No tengas miedo.

Probablemente había repetido aquel gesto muchas veces durante la noche.

Lo hizo con una naturalidad sorprendente.

Incluso pasó una pierna sobre el cuerpo de Pei Sheng con absoluta fluidez.

Pei Sheng soltó un gemido ahogado cuando sintió el peso de su pierna.

Le dio unas suaves palmadas en el trasero.

—¿Quieres aplastarme hasta matarme?

—Mmm…

Gu Lin respondió aturdido sin siquiera abrir los ojos.

Lo abrazó todavía más fuerte, prácticamente pegando todo su cuerpo contra él.

Su pierna también se acomodó aún más encima.

—No vas a morir… No tengas miedo. Estoy aquí.

Por las mañanas el cuerpo ya era especialmente propenso a reaccionar.

Con Gu Lin frotándose contra él de aquella manera, toda la frustración que Pei Sheng había acumulado desde la noche anterior alcanzó inmediatamente su límite.

Lo besó directamente hasta despertarlo.

Gu Lin abrió los ojos confundido.

Sus brillantes ojos negros todavía estaban nublados por el sueño.

Pei Sheng ya se había levantado de la cama para cerrar la puerta con seguro.

Regresó, volvió a inmovilizarlo sobre la cama y besó el arco de sus cejas mientras sujetaba las manos de Gu Lin.

—Pei Sheng, no muevas la mano.

Gu Lin sabía que tenía quemaduras.

A mitad de la noche anterior había notado que la mano de Pei Sheng estaba anormalmente roja y había llamado al médico para que la atendiera.

Todavía la tenía envuelta en vendas.

Pei Sheng realmente se sentía demasiado incómodo.

Sobre todo porque desde la noche anterior había quedado a medias.

Rozó el rostro de Gu Lin con el suyo. Su respiración estaba caliente mientras reprimía el impulso que sentía.

—Frotándote contra mí desde primera hora de la mañana…

Gu Lin, todavía medio dormido, ni siquiera sabía contra qué se había estado frotando.

Pero al ver que Pei Sheng estaba conteniéndose con tanta dificultad, apoyó una mano en su hombro para apartarlo suavemente.

Después se metió debajo de la manta.

—Déjamelo a mí.

Prev
Next
Novel Info

MANGA DISCUSSION

© 2024 Ares Scanlation Inc. All rights reserved

Sign in

Lost your password?

← Back to Ares Scanlation

Sign Up

Register For This Site.

Log in | Lost your password?

← Back to Ares Scanlation

Lost your password?

Please enter your username or email address. You will receive a link to create a new password via email.

← Back to Ares Scanlation

Premium Chapter

You are required to login first