Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 64

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  4. Capítulo 64
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Gu Lin no esperaba que Pei Sheng dijera de repente, y con tanta sinceridad, que lo extrañaba.

Feliz, se cubrió los labios con una mano, acercó el rostro al teléfono y respondió en voz baja:

—Yo también te extraño muchísimo, muchísimo, muchísimo.

—Ya lo sé, pequeño pegajoso —dijo Pei Sheng con una leve sonrisa.

Gu Lin ni siquiera lo negó y le lanzó un beso a la cámara.

Pei Sheng estaba sintiendo el frío.

—Ve a dormir. Mañana todavía tienes un examen.

—Mmm. Hermano~ Buenas noches.

Gu Lin alargó la voz de manera empalagosa.

Pei Sheng respondió:

—Buenas noches, hermanito.

—Qué insoportable eres.

Gu Lin resopló, pero colgó la llamada encantado y siguió durmiendo.

El viento frío había dejado helado a Pei Sheng. Su abrigo estaba cubriendo a Wang Yang, así que él solo llevaba una fina camisa blanca.

Regresó desde el pasillo hacia urgencias y vio a Zheng Wei fumando cerca de la entrada.

—Hermano Pei.

Zheng Wei le ofreció un cigarrillo.

Pei Sheng lo aceptó, pero no lo fumó. Simplemente lo sostuvo entre los dedos y lo acercó a la nariz para olerlo.

—Ya no fumo.

—Sé que lo dejaste.

Zheng Wei se apoyó contra la pared y exhaló un círculo de humo.

—¿Por qué decidiste dejarlo?

—Una vez percibí un olor diferente en un cigarrillo y ya no me atreví a seguir fumando.

Pei Sheng había vivido muchos años en el extranjero y siempre había sido extremadamente cauteloso con muchas cosas.

Antes fumaba muchísimo, pero siempre olía los cigarrillos antes de encenderlos.

—¿Tenías miedo de volverte adicto?

Zheng Wei había crecido rodeado de lujos y excesos, así que también sabía perfectamente qué cosas no debía tocar.

La diferencia era que él tenía una familia que lo protegía.

Pei Sheng no.

—¿Qué otra cosa iba a ser?

Pei Sheng le devolvió el cigarrillo.

—No puedo destruirme a mí mismo.

Zheng Wei suspiró.

—Pero los sentimientos también pueden convertirse en una adicción. La verdad, al principio yo solo quería divertirme con Wang Yang. Él se lo tomó demasiado en serio.

—Cuando decidiste provocarlo ya deberías haber sabido que es un terco. Cuando le gusta algo, no lo suelta.

Pei Sheng entendía lo que Zheng Wei quería decir.

—Si quieres terminar con él, aprovecha esta oportunidad y hazlo. Si no quieres terminar, yo los ayudaré a resolver el problema.

—¿Y cómo podrías resolverlo? —preguntó Zheng Wei.

—Entonces, ¿tu respuesta es que no quieres terminar?

La pregunta de Pei Sheng dejó a Zheng Wei sin palabras durante unos instantes.

—Esperaré a que Wang Yang despierte y hablaré con él.

Pei Sheng aplastó con la punta del zapato una colilla que había en el suelo.

—¿Te gusta Wang Yang?

Zheng Wei exhaló varios círculos de humo.

—Nunca me he puesto a pensar seriamente en eso.

Después lo miró con curiosidad.

—Hermano Pei, ahora que lo pienso, tengo bastante curiosidad. ¿Por qué te gusta Gu Lin?

—Él…

Pei Sheng apoyó un hombro contra la pared y levantó ligeramente la mirada hacia los insectos que revoloteaban alrededor de la lámpara.

Por un momento, no supo cómo describir aquella sensación.

—¿Cocina rico?

Zheng Wei se quedó sin palabras.

—…Entonces, ¿por qué no te enamoras de un chef de cinco estrellas?

—Nadie cocina mejor que él.

Lo que le gustaba a Pei Sheng no era realmente el sabor.

Era que la comida la preparaba Gu Lin.

—Como era de esperarse de ti, hermano Pei.

Zheng Wei terminó su cigarrillo.

—Pero si mi hermano Gu alguna vez te hace esa pregunta, será mejor que no le respondas así. Te va a golpear.

Pei Sheng recordó cómo Gu Lin parecía un pequeño petardo cuando se enfadaba y asintió seriamente.

En ese momento se escuchó una voz desde urgencias:

—¿Familiares de Wang Yang?

Pei Sheng y Zheng Wei se acercaron juntos.

Las heridas de Wang Yang ya habían sido tratadas. Como solo podía permanecer boca abajo, lo trasladaron en esa posición mientras recibía glucosa por vía intravenosa.

Para cuando lo llevaron a una habitación, ya había despertado.

—Hermano…

Wang Yang abrió los ojos aturdido y vio a Pei Sheng inclinado sobre él.

—No se lo digas a Zheng Wei.

Zheng Wei le dio una patada a la cama del hospital.

—¿No quieres que me entere? Entonces, ¿me largo?

Se dio la vuelta como si realmente fuera a marcharse.

Wang Yang extendió rápidamente una mano y lo sujetó.

—No te vayas, esposa.

Pei Sheng finalmente comprendió lo empalagosas que podían llegar a ser las parejas.

Hasta «esposa» había salido.

Comparado con eso, el «bebé» de Gu Lin resultaba sorprendentemente fresco y refinado.[1]

—Hablen ustedes. Yo regreso a casa.

Pei Sheng no quería involucrarse en sus asuntos.

Sin embargo, antes de marcharse, le recordó algo a Zheng Wei:

—No permitas que Wang Zhichu lo encuentre.

Zheng Wei asintió.

Sabía qué hacer.

Apenas Pei Sheng salió del hospital, Wang Zhichu lo llamó.

No contestó y fue directamente al estacionamiento.

Al sentarse dentro del auto, la calefacción alivió un poco el frío que se había apoderado de su cuerpo.

Wang Zhichu volvió a llamar.

Esta vez Pei Sheng respondió.

—¿Adónde llevaste a Wang Yang? —preguntó Wang Zhichu ansiosamente.

Pei Sheng respondió directamente:

—No lo busques. Está muerto.

Colgó inmediatamente y bloqueó por completo a Wang Zhichu.

Si Wang Zhichu quería presionar a Wang Yang hasta quebrarlo, entonces él también la llevaría al borde de la locura.

Mientras Zheng Wei estuviera allí, por muchos contactos que tuviera Wang Zhichu, no podría averiguar dónde había recibido atención médica Wang Yang.

Antes había sido demasiado indulgente con ella.

Si hoy era capaz de hacerle algo así a Wang Yang, probablemente más adelante también intentaría atormentar a Gu Lin.

Pei Sheng regresó a casa y se dio una ducha rápida para quitarse el olor a sangre.

Cuando se acostó, sintió la cabeza algo pesada y volvió a quedarse dormido.

Cuando despertó, ya eran las ocho de la mañana.

Era evidente que realmente había estado agotado últimamente. Rara vez conseguía dormir tantas horas seguidas.

Incluso se levantó un poco aturdido.

Después de asearse rápidamente, Pei Sheng salió a correr con Lado.

Se acercaba Año Nuevo y tanto las calles como los alrededores estaban decorados con nuevas luces y faroles. Algunas pequeñas tiendas incluso habían colocado árboles de Navidad frente a sus entradas.

Al pasar frente a una floristería, Pei Sheng se fijó en las flores expuestas en la entrada. Una joven estaba preparando las flores recién llegadas.

Lado se acercó alegremente a ella, sacando la lengua con una expresión que parecía una sonrisa.

La joven estuvo a punto de derretirse de ternura.

Levantó la mirada siguiendo la correa hasta su dueño y se quedó un poco aturdida.

—Tu perro es muy lindo.

—Gracias.

Pei Sheng llamó a Lado para continuar su camino, pero después de pensarlo un momento se detuvo.

—¿Qué flores suele regalar la gente en Navidad?

Al escucharlo, la joven sintió que se le rompía el corazón.

Un hombre tan guapo ya tenía pareja.

—Si son para tu novia, puedes regalarle rosas.

—Pero son para mi novio.

Pei Sheng entró en la floristería y observó las flores.

Finalmente, su mirada se detuvo sobre un grupo de flores rosadas y blancas.

—¿Qué flores son estas?

—Son gerberas. También se las conoce como margaritas africanas.

Pei Sheng no sabía demasiado de flores, pero pensó que a Gu Lin probablemente le gustaría aquel color.

—Prepárame un ramo de estas, gracias.

La joven comenzó rápidamente a combinar las flores y envolverlas mientras conversaba con él.

—¿Vives cerca? Creo que la otra vez te vi con tu pareja. ¿Es el chico que tiene el cabello hasta los hombros y una sonrisa muy bonita?

—Mmm. Es muy guapo.

Pei Sheng respondió con sencillez.

Al ver que a Lado parecía gustarle un girasol, tomó uno y lo colocó entre los espacios de su correa, dejando la llamativa flor sobre su cabeza.

Lado movió la cola felizmente y fue a sentarse junto a la entrada.

Parecía el perro de bienvenida más hermoso del mundo.

Los transeúntes no podían evitar tomarle fotografías. Algunos incluso se acercaban para acariciarle la cabeza.

Lado se limitaba a sacar la lengua con una expresión alegre, dócil y adorable.

Pei Sheng salió de la tienda sosteniendo un enorme ramo de gerberas de vivos colores.

Los transeúntes que rodeaban a Lado no pudieron evitar mirarlo impresionados.

Pei Sheng no prestó demasiada atención a las miradas ajenas. Extendió una pierna y le dio un suave empujón en el trasero a aquel perro tan sociable.

—Vamos.

—¡Guau!

Lado lo siguió alegremente.

Bajo la luz del sol, tanto el girasol sobre la cabeza del perro como las flores que Pei Sheng llevaba entre los brazos parecían especialmente brillantes.

Pei Sheng revisó la fecha.

Mañana era Navidad.

Si no iba a ver a Gu Lin aquella noche, al día siguiente el pequeño llorón probablemente lo miraría con los ojos llenos de lágrimas y diría que ya no lo quería.

Con las flores en brazos, Pei Sheng comenzó a planear llevar a Gu Lin a comer carne asada por la noche.

Sin embargo, cuando llegó a casa, encontró a una visitante inesperada frente a la puerta.

Pei Sheng no se sorprendió de que Wang Zhichu hubiera conseguido encontrarlo allí.

Wang Zhichu, en cambio, sí pareció sorprendida al verlo.

—Así que de verdad vives aquí.

Pei Sheng no respondió.

Simplemente se acercó.

Lado, muy sensible a la presencia de extraños, ladró inmediatamente hacia Wang Zhichu.

A ella no le gustaban los animales peludos y retrocedió un paso al verlo.

—¿Dónde está Wang Yang? —preguntó directamente.

Pei Sheng curvó fríamente los labios.

Desbloqueó la puerta y entró con Lado.

No cerró, permitiendo que Wang Zhichu lo siguiera.

Primero llevó las flores a la habitación de Gu Lin.

Después, con toda tranquilidad, limpió las cuatro patas de Lado, le dio un poco de carne seca y lo dejó encerrado en la habitación.

En poco tiempo, solo quedaron Wang Zhichu y él en la sala.

—¿Te parece extraño que viva aquí?

Pei Sheng fue hasta la cocina y dejó allí el desayuno que había comprado.

—Sé que todavía me odias por haberte enviado con Pei Dongyuan —dijo Wang Zhichu.

Al contemplar aquel entorno familiar, su expresión se suavizó de una manera poco habitual.

—Podías haberme enviado adonde quisieras. Lo único que siempre me ha dado curiosidad es por qué, cuando se incendió este lugar, la puerta estaba cerrada con llave desde fuera.

Las palabras de Pei Sheng dejaron muda a Wang Zhichu.

Al ver su expresión, Pei Sheng rio.

—Cuando tenía nueve años intentaste ponerte en contacto con Pei Dongyuan para que me llevara de vuelta con la familia Pei. Él te rechazó, así que organizaste tú misma un supuesto accidente provocado por negligencia. Querías utilizar la presión de la opinión pública para obligarlo a aceptarme.[2]

Wang Zhichu intentó defenderse.

—No fue así.

—¿No?

Pei Sheng se levantó y fue a la cocina.

Colocó una olla a presión vacía sobre la estufa y encendió el fuego.

—Si dejamos esto calentándose así, ¿crees que este lugar volverá a incendiarse?

La miró con una sonrisa inquietante.

—¿O quizá deberíamos morir aquí juntos?

—¡¿Estás loco?!

Wang Zhichu sabía perfectamente cuáles podían ser las consecuencias de hacer algo así.

Porque aquello era exactamente lo que ella había hecho en el pasado.

Extendió la mano para intentar retirar la olla, pero Pei Sheng aumentó todavía más la intensidad del fuego.

Las llamas ardían violentamente.

Al ver la locura en los ojos de Pei Sheng, Wang Zhichu quiso marcharse.

Pero Pei Sheng cerró la puerta de una patada.

—¿Tú también sabes tener miedo? Creía que no temías a nada. Después de todo, fuiste capaz de dejar que tu primer hijo esperara la muerte en medio de un incendio y también eres capaz de golpear hasta matar a tu segundo hijo. Ah, claro. Todavía tienes un tercer hijo.

Pei Sheng avanzó hacia ella paso a paso, con una voz cada vez más opresiva.

—Eres madre de tres hijos. ¿Qué importa si pierdes a dos? ¿Verdad?

Los ojos de Wang Zhichu estaban llenos de miedo.

—¡Yo tampoco tenía elección! ¡Tú eres el hijo que Pei Dongyuan me obligó a tener! ¡Me das asco! ¡Cada vez que te veo siento asco!

—¡Entonces debiste matarme antes de que naciera!

Los ojos de Pei Sheng se volvieron completamente helados.

—¡No fingir que me amabas durante años para después abandonarme! ¡¿Soy un perro?!

Pareció darse cuenta de algo y soltó una sonrisa burlona.

—Aunque, a los ojos de ustedes, probablemente no soy más que una bestia inmunda.

Wang Zhichu ya no quería seguir hablando con él.

—¡Déjame salir!

Pei Sheng simplemente la contempló en silencio, sin mostrar el menor temor ante el peligro.

—Entonces, ¿admites que el incendio de hace quince años fue provocado deliberadamente por ti?

La olla a presión comenzó a emitir un sonido agudo.

Las pupilas de Wang Zhichu se contrajeron.

—¡¿También quieres volverme loca?! ¡Tu padre me volvió loca y ahora tú también quieres hacerlo!

—¿Sí o no?

Pei Sheng permanecía frente a la puerta.

El aire de la pequeña cocina parecía expandirse, como si pudiera estallar en cualquier momento.

—¡Sí!

La razón de Wang Zhichu terminó por quebrarse y volvió a gritar:

—¡Sí, fui yo! ¡No te quería! ¡Pei Dongyuan tampoco te quería! ¡Todo el mundo puede abandonarte, pero él no tenía derecho a hacerlo!

Aquellas palabras llevaban más de diez años encerradas dentro de Wang Zhichu.

Ahora que finalmente las había pronunciado, incluso sintió cierto alivio.

—¡Pei Sheng, a quien más deberías odiar es a Pei Dongyuan! ¡Si quieres morir, ve a morir con él![1]

Le lanzó las palabras más crueles que había guardado durante toda su vida.

Pei Sheng, sin embargo, sonrió.

Sacó el teléfono.

En la pantalla aparecía una grabación de más de diez minutos.

Cada palabra pronunciada desde que habían entrado estaba registrada allí.

Wang Zhichu sintió que caía de golpe en un abismo helado.

Se abalanzó para arrebatarle el teléfono.

Pei Sheng la empujó.

Wang Zhichu cayó directamente al suelo.

Él la contempló desde arriba, sin tristeza ni alegría.

—Vivo aquí precisamente porque estaba esperando este día.

Después apagó el fuego y apartó la olla a presión.

Se agachó frente a Wang Zhichu, cuyo rostro había quedado completamente pálido.

—¿No habrás pensado que sigo viviendo aquí porque extraño los días que pasamos juntos?

Pei Sheng se echó a reír.

—Te equivocas. Desde que conseguí salir de aquel incendio supe que habías sido tú. Pero ¿quién iba a creerle a un niño?

Su sonrisa se volvió todavía más fría.

—¿Sabes por qué todos los años dono dinero a tus actividades de ayuda en África? Porque si morías allí, ¿cómo iba a poder enviarte personalmente a prisión?

Pei Sheng dejó al descubierto el odio más puro y oscuro de su interior.

Nunca había deseado afecto familiar.

Lo único que quería era enviar personalmente a prisión a todos aquellos que lo habían lastimado.

A Wang Zhichu.

Y también a Pei Dongyuan.

Wang Zhichu temblaba de pies a cabeza mientras escuchaba cada una de sus palabras.

—Eres aterrador… Eres demasiado aterrador.

—¿Sabes por qué? —preguntó Pei Sheng.

Wang Zhichu retrocedió al encontrarse con sus ojos.

Pei Sheng se levantó y buscó sobre el refrigerador.

Encontró un paquete de cigarrillos que nadie sabía desde cuándo estaba allí y también un encendedor.[1]

Sacó un cigarrillo, lo sostuvo entre los labios y lo encendió.

El extremo se iluminó de rojo.

Pei Sheng dio una calada y exhaló lentamente el humo.

—Desde la primera vez que dejé a alguien inválido en un ring clandestino, cuando lo golpeé hasta dejarlo apenas respirando, dejé de ser una buena persona.

En los ojos de Wang Zhichu no había compasión.

Solo miedo.

Miraba a Pei Sheng como si estuviera contemplando a un asesino.

De repente tomó el encendedor que Pei Sheng había dejado sobre la mesa.

Lo sostuvo como si hubiera encontrado un amuleto capaz de protegerla.

—Borra esa grabación o quemaré todo este lugar.

Pei Sheng permaneció apoyado contra el refrigerador.

La miraba como si estuviera contemplando a una idiota.

Wang Zhichu sabía que aquella grabación podía utilizarse para condenarla.

Al ver que Pei Sheng no reaccionaba, sus últimas defensas psicológicas terminaron por derrumbarse.

—¡Tú me estás obligando! ¡Eres tan repugnante como Pei Dongyuan![1]

Pei Sheng sacudió la ceniza del cigarrillo con un dedo y entrecerró los ojos al contemplar su mano temblorosa.

—No te atreves.

Wang Zhichu ya había perdido completamente la razón.

Solo quería destruir todo lo que tenía delante.

Abrió por completo la válvula del gas.

Y encendió el fuego.

El piso, que hasta entonces había permanecido tranquilo, fue sacudido por una explosión.

Las llamas comenzaron a extenderse.

En aquel instante, Pei Sheng comprendió que él y Wang Zhichu compartían la misma esencia.

Ambos eran igual de dementes y enfermizos.

En medio del incendio, Pei Sheng sacó a Wang Zhichu, que lloraba desesperadamente, y la arrojó fuera de la vivienda.

Después volvió a entrar y sacó a Lado junto con su ramo de flores.

Con una calma extraordinaria, abrió el gabinete contra incendios y utilizó la manguera para extinguir las llamas.

Cuando llegó la policía, tanto las personas como la vivienda presentaban un aspecto miserable y estaban empapadas.

Todo estaba cubierto de agua sucia y desprendía un olor desagradable.

Las únicas cosas que habían escapado de aquel estado lamentable eran el enorme golden retriever y el brillante ramo de gerberas.

Cuando se llevaron a Wang Zhichu, Pei Sheng solo le dijo una cosa:

—Wang Zhichu, ya te lo advertí. Haré que pierdas tu reputación y lo pierdas todo.

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