Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53
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Gu Lin miró el caramelo de menta en la palma de su mano y rozó el brazo de Pei Sheng con el codo, acercándose un poco más a él.

—¿Por qué estás tan contento? —preguntó Pei Sheng inclinándose hacia él.

Había bajado la voz, y escucharla tan cerca hacía que hasta sus oídos se calentaran.

Gu Lin desenvolvió el caramelo de menta y se lo metió en la boca. Luego le dijo misteriosamente:

—¿No lo sabes? Cuando una pareja va al cine a ver una película romántica, tiene que besarse.

Pei Sheng:

—¿?

¿Por qué había tantos lugares en los que supuestamente había que besarse?

Al ver la expectación de Gu Lin, Pei Sheng no quería arruinarle la ilusión, pero aun así señaló la pantalla.

—Pero estamos viendo una película animada.

Gu Lin volvió la cabeza y vio a los adorables personajes animados en la pantalla.

Gu Lin:

—¿???

¡¿Qué demonios?!

Retiró rápidamente el brazo que tenía pegado al de Pei Sheng y, avergonzado, bajó la cabeza para comer palomitas.

¡Maldito Pei Sheng!

¡¿Por qué había elegido una película animada?!

¡¿Qué pareja iba a una cita para ver una película animada?!

Cuanto más lo pensaba, más se enfadaba.

¿Acaso Pei Sheng nunca había tenido una relación?

Mientras refunfuñaba para sus adentros, escuchó la risa baja de Pei Sheng.

—¿Querías ver una película romántica?

—No quiero —resopló Gu Lin.

Ya no quería besarlo.

Pei Sheng tenía razón. No podía estar pensando en besarlo a cada momento.

De todos modos, seguro que en ese instante se estaba burlando de él por dentro.

—Ríete todo lo que quieras. Esta noche voy a morderte hasta matarte —amenazó Gu Lin apretando los dientes.

Pei Sheng le apretó suavemente la nuca con la palma, como si estuviera tranquilizando a un gatito erizado.

Y, con una pizca de expectación en la voz, respondió:

—Lo estaré esperando.

Gu Lin quería morderlo hasta matarlo allí mismo.

Por suerte, la película no estaba mal.

Al principio, Gu Lin había querido acabar con Pei Sheng, pero cuando la trama avanzó terminó con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué no salvaron a ese zorrito? —preguntó volviéndose hacia él.

Bajo la luz de la pantalla, sus ojos parecían especialmente grandes y brillantes.

Pei Sheng empujó con la lengua el caramelo de menta que tenía dentro de la boca y miró al zorrito que había muerto trágicamente en la pantalla.

Todos lamentaban la muerte de aquel pequeño zorro que, pese a haber sido abandonado por su familia, se había esforzado por seguir viviendo.

Sin embargo, la película terminó con la felicidad y las risas de los protagonistas.

Pei Sheng no respondió.

Simplemente extendió la mano y secó con las yemas de los dedos la humedad de los ojos de Gu Lin.

En el instante en que aparecieron los créditos, las luces de la sala se apagaron por completo.

Todo quedó sumido en la oscuridad.

Gu Lin sintió de pronto que el aroma del caramelo de menta se acercaba a su nariz.

Al instante siguiente, unos labios cálidos se posaron suavemente sobre los suyos.

—No estés triste. Solo se fue a un lugar que le gustaba —susurró Pei Sheng.

Las luces se encendieron de golpe.

Para entonces, Pei Sheng ya había levantado la cabeza.

Entre las personas que comenzaban a abandonar la sala, pareció saborear por un instante el gusto que había quedado en sus labios.

—Sabe a palomitas.

El corazón de Gu Lin latía con tanta fuerza que parecía a punto de salírsele del pecho.

Su rostro se puso completamente rojo.

—¡Y-yo voy al baño!

Después de decirlo, salió corriendo presa del pánico.

Pei Sheng se humedeció ligeramente los labios.

En efecto, aún conservaban el sabor dulce y cremoso de las palomitas.

Parecía que los cines sí eran lugares apropiados para besarse.

Se levantó sin ninguna prisa y salió.

En la entrada se encontró con Zhou Ruo.

Ella lo saludó con cierta incomodidad.

—Hola.

—Hola.

Pei Sheng siempre era frío con los desconocidos. Tanto su mirada como su expresión desprendían aquel aire frío y distante que advertía claramente que no quería que nadie se acercara.

Zhou Ruo probablemente sintió aquella presión y ya no se atrevió a entablar conversación. Estaba a punto de marcharse cuando escuchó a Pei Sheng decir:

—Gracias por regalarle a Gu Lin el pastel de fresa.

Zhou Ruo se sintió un poco halagada por la inesperada atención y respondió apresuradamente:

—No es nada, no es nada. Somos compañeros de clase.

Tras decirlo, tomó a su amiga del brazo y se marchó rápidamente.

Pei Sheng observó su figura huyendo y confirmó una vez más que Gu Lin era experto en atraer flores y mariposas sin encargarse después del problema.

Gu Lin: un auténtico cabrón.

Miró hacia el baño de hombres.

¿Por qué Gu Lin todavía no salía?

Caminó hasta allí y, sin apresurarse, se apoyó contra la pared para esperarlo.

Dentro del baño, Gu Lin se echaba agua fría en la cara para intentar bajar la temperatura.

Pero al mirarse en el espejo, no podía evitar recordar aquel ligero roce de labios de hacía unos momentos.

Su rostro y las raíces de sus orejas volvieron a arder.

Bajó la cabeza y volvió a lavarse la cara con agua.

Cuando la levantó, vio por casualidad que alguien lo estaba observando.

El hombre llevaba una gorra negra y tenía un aspecto extraño.

Gu Lin lo observó a través del espejo con el ceño fruncido.

Cuando vio que se acercaba, su primer impulso fue marcharse.

Sin embargo, el hombre extendió la mano y le sujetó con fuerza la muñeca.

Antes de que Gu Lin pudiera decir nada, el hombre le acercó un teléfono al oído.

Una voz familiar sonó al otro lado.

—Gu Lin, el respaldo que encontraste es bastante poderoso. Pero aunque pueda protegerte por un tiempo, ¿crees que podrá protegerte para siempre? Ahora que regresaste a la universidad, ¿va a seguirte hasta allí? Ja, ja, ja… Será mejor que no caigas en mis manos.

La voz de Li Chunhua era como una maldición venenosa.

En un instante, todo el calor del cuerpo de Gu Lin cayó hasta el punto de congelación.

—¿Qué demonios quieres hacer? —preguntó con voz tensa.

Al otro lado solo se escuchó una risa fría.

El hombre retiró inmediatamente el teléfono, se dio la vuelta y se marchó.

Gu Lin se apresuró a perseguirlo, intentando atraparlo.

Pero cuando salió, el hombre ya había desaparecido sin dejar rastro.

Gu Lin miró alrededor, desconcertado.

Sentía todo el cuerpo helado.

Li Chunhua había vuelto.

Era como un espíritu maligno aferrado a él.

Sus ojos estaban llenos de desconcierto.

¿Qué iba a hacerle?

Las piernas casi dejaron de sostenerlo. Apoyó una mano contra la pared y se recostó lentamente en ella, respirando con dificultad.

Una mano se posó de pronto sobre su cabeza.

Un aroma familiar lo envolvió.

Pei Sheng estaba allí.

Gu Lin abrió los labios.

Li Chunhua estaba loca.

Y Pei Sheng tampoco era precisamente una persona prudente.

Tenía miedo de que ocurriera algo.

La excusa que dio fue pésima.

Pei Sheng sacó el caramelo de menta de su boca, extendió los brazos y lo abrazó.

—Tranquilízate un poco.

Gu Lin mordió y rompió el caramelo que tenía en la boca.

Le ardía la nariz y tenía ganas de llorar.

Solo entonces se dio cuenta de que aquel caramelo ya no sabía bien.

Pei Sheng notó que tenía mala cara y perdió las ganas de seguir divirtiéndose. Se lo llevó directamente a casa.

Al llegar, Gu Lin se tumbó boca abajo en el sofá y encendió la televisión, fingiendo que no ocurría nada.

Vio a Pei Sheng ponerle la correa a Lado y salir con él.

En cuanto escuchó cerrarse la puerta, Gu Lin volvió a inquietarse.

Se levantó rápidamente y salió detrás de ellos.

Tenía miedo de que la persona que lo había estado siguiendo lastimara a Pei Sheng.

Pero Pei Sheng se había marchado demasiado rápido.

Cuando Gu Lin bajó, ya no podía verlo por ninguna parte.

No tuvo más remedio que quedarse abajo esperando a que regresara.

Su cabeza estaba llena de lo ocurrido en el baño.

Quizá aquel hombre lo había estado siguiendo todo el tiempo.

Desde que habían ido a comer hot pot hasta que entraron al cine.

Había visto cada pequeño momento entre él y Pei Sheng.

Los había visto tomarse de la mano.

Los había visto besarse a escondidas en la oscuridad.

Entonces, ¿el «respaldo» del que hablaba Li Chunhua era Pei Sheng?

¿Irían a causarle problemas?

¿Usarían aquellas fotografías para extorsionarlo?

Cuanto más pensaba Gu Lin, más se hundía su corazón.

Se sentó en el borde de un macetero.

A su alrededor solo había un silencio y un frío interminables.

Encogió sus delgados hombros y enterró el rostro entre las rodillas.

Por el momento, no se le ocurría ninguna forma de solucionar aquello.

Gu Lin no supo cuánto tiempo permaneció sentado allí.

Solo sabía que todo su cuerpo estaba helado y que, por más vueltas que le daba, sus pensamientos seguían siendo un caos.

Finalmente comprendió que, si Pei Sheng lo veía así, se preocuparía.

Se levantó para regresar.

Pero al llegar a la puerta descubrió que no llevaba las llaves.

No.

En realidad, nunca había tenido una llave.

Nunca había ido a sacar una copia.

Cada vez que regresaba a casa, Pei Sheng estaba a su lado.

Pei Sheng siempre iba por él y lo llevaba de vuelta a casa.

Las lágrimas volvieron a caer sin control.

Gu Lin se frotó con fuerza los ojos con la manga.

Se los dejó completamente rojos y comenzó a enfadarse consigo mismo.

Sentía que era completamente inútil.

Una sola llamada de Li Chunhua había bastado para asustarlo de aquella manera.

Enojado, pateó la pared y se insultó a sí mismo:

—Idiota.

Sacó de una esquina el equipo que utilizaba antes para recoger basura y volvió a bajar con energía renovada.

Antes de que Li Chunhua consiguiera matarlo, primero tenía que comprarle a Pei Sheng su regalo de cumpleaños.

Tenía que esforzarse en ganar dinero.

Gu Lin reapareció junto a los contenedores de basura del complejo residencial.

Mientras rebuscaba entre los residuos reciclables que pudieran valer algo, murmuraba insultos:

—Si tanto les gusta seguirme, recogeré basura todos los días. ¡Que se mueran del asco!

Pensó en Cheng You y también en el hombre del baño.

Arrojó furiosamente una lata dentro de la bolsa de plástico y refunfuñó, agraviado y furioso:

—¡Si tienen valor, mátenme de una vez! ¡¿Qué clase de hombres son, apareciendo uno detrás de otro?!

Nada más terminar de hablar, escuchó pasos acercándose.

Del susto, dio un salto hacia atrás.

Al volverse, vio a Pei Sheng detenido detrás de él con Lado sujeto de la correa.

Pei Sheng miró lo que tenía en las manos y después la abultada bolsa de plástico.

No sabía cuánto tiempo llevaba recogiendo cosas.

Preguntó, desconcertado:

—¿Volviste a tu antiguo oficio?

—Mmm. ¿No puedo? —Gu Lin apartó instintivamente el rostro al verlo—. ¿Ya terminaste de pasear a Lado?

Nada más decirlo, sintió que una prenda cargada con el calor corporal de Pei Sheng caía sobre su cabeza.

—¿Saliste sin abrigo?

Pei Sheng se colocó frente a él y miró la bolsa llena de botellas de plástico.

—¿Estás haciendo una transmisión?

—N-no.

Gu Lin no se atrevió a levantar la cabeza.

Respondió con voz apagada:

—No podía dormir, así que salí a caminar.

—Regresa tú. Voy a mirar por allí y vuelvo enseguida.

Gu Lin quiso marcharse, pero Pei Sheng le sujetó directamente los hombros y lo obligó a quedar frente a él.

—Levanta la cabeza.

Su voz era algo fría, pero sus manos lo obligaron firmemente a ponerse el abrigo.

Ni siquiera mostró disgusto por las manos con las que Gu Lin había estado recogiendo basura.

Le metió los brazos en las mangas, le subió la cremallera y, al verlo con la cabeza gacha, le puso también la capucha.

—¿Por qué eres tan feroz? —murmuró Gu Lin, intimidado por su tono.

Bajó la cabeza y apoyó la frente contra su pecho.

—Levántala.

La voz de Pei Sheng se volvió todavía más autoritaria.

Gu Lin apretó los labios.

No tuvo más remedio que levantar la cabeza y mirarlo.

Tenía los ojos completamente rojos de tanto llorar, pero aun así intentó sonreír para engañarlo.

Al verlo con aquella expresión de pobre víctima, Pei Sheng se enfureció todavía más.

—¿Todavía sonríes? ¿Otra vez te molestaron mientras recogías basura?

—Mmm.

Gu Lin asintió y luego negó con la cabeza.

Lo miró.

Recordó las palabras de Li Chunhua y las fotografías que le había enviado.

Sabía que Li Chunhua se había aferrado a él.

Moriría de una forma horrible.

El Gu Lin del libro había muerto después de ser torturado cruelmente por Li Chunhua.

Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos sin control.

Hundió tristemente el rostro contra el hombro de Pei Sheng y finalmente no pudo contenerse.

—Pei Sheng, no tengo llave. Salí y ahora ya no puedo entrar.

Era igual que cuando abandonara este mundo.

Entonces también perdería a Pei Sheng.

Pei Sheng sintió que la tristeza de Gu Lin era demasiado intensa.

Como si estuviera a punto de desbordarse y ahogarlo a él también.

Pei Sheng entendió el significado literal de sus palabras.

Pero no comprendió lo que realmente había detrás de ellas.

Gu Lin tenía miedo.

Estaba intranquilo.

Incluso temía perderlo.

No había una sola parte cálida en su cuerpo.

Sus mejillas, que normalmente eran cálidas y suaves, estaban heladas contra el hueco de su cuello.

Solo las lágrimas que resbalaban sobre él conservaban algo de calor.

¿Cuánto tiempo había permanecido afuera?

Pei Sheng dejó de preguntarle.

Lo apartó suavemente, le secó las lágrimas con la manga y habló con un tono un poco más amable:

—Si sigues llorando, vas a inundar la Tierra, grifo.

—Pues que se inunde.

Por él, que explotara el planeta entero.

—Llora en casa.

Pei Sheng lo rodeó con un brazo y se lo llevó de regreso.

Lado caminaba delante de ellos llevando en el hocico la bolsa con los reciclables que Gu Lin había recogido.

Las farolas alargaron sus sombras.

Se superpusieron unas con otras hasta desaparecer finalmente dentro del edificio.

Lado ladró.

El sensor de sonido activó la luz de la escalera. Se oyó el zumbido de la corriente eléctrica, la luz se encendió un instante y después todo volvió a quedar completamente oscuro.

—Uuuh…

Lado miró a su dueño.

Pei Sheng soltó a Gu Lin, encendió la linterna del teléfono y acarició la cabeza de Lado.

—Siempre tienes que jugar con eso.

Lado gimoteó dos veces y salió disparado escaleras arriba.

Gu Lin observó a Pei Sheng sosteniendo la linterna.

Era como la primera vez que había regresado allí con él.

—Pei Sheng, ¿Lado sabe encontrar solo el camino a casa? —preguntó con curiosidad.

—Mmm.

Pei Sheng tiró suavemente de él.

—Mira los escalones.

Gu Lin caminó a su lado y preguntó en voz baja:

—Pei Sheng, ¿recordarás al zorrito?

—No.

Los dos subían las escaleras, uno delante del otro.

Gu Lin se detuvo de repente.

—¿Por qué? Fue la primera película que vimos juntos.

Pei Sheng volvió la cabeza.

Vio la punta de su nariz enrojecida por el llanto.

Vio sus ojos todavía húmedos.

La oscuridad siempre facilitaba que las personas revelaran lo que guardaban en el corazón.

Y en aquel momento, Pei Sheng no pudo ocultar la emoción más pura que había en el fondo de sus ojos.

—Porque cierto cachorrito amarillo dramático lloró demasiado.

Al escucharlo, Gu Lin se sintió todavía peor.

¡Había decidido que esa noche odiaría a Pei Sheng!

*

Cuando regresaron a casa, Pei Sheng estaba cambiándose los zapatos.

—Estás acabado.

Gu Lin le picó el hombro con un dedo.

—Esta noche de verdad voy a morderte hasta matarte.

—Ve a lavarte las manos.

Pei Sheng lo empujó sin piedad hacia el baño.

—Tres veces.

—Pei Sheng, otra vez te estás quejando de que estoy sucio.

Gu Lin quiso soltarse, pero Pei Sheng lo llevó hasta el lavabo, le sujetó las manos y se las lavó tres veces con jabón.

Gu Lin sonrió a escondidas.

Je, je.

Así que no le daba asco.

—Pei Sheng, ¿tienes de ese jabón para manos? —preguntó Gu Lin levantando la cabeza—. Del que, cuando lo presionas, sale una florecita. Es muy bonito.

—No.

Pei Sheng, sin ninguna floritura, presionó otra vez el dispensador común.

—Súbete las mangas.

El abrigo de Pei Sheng le quedaba algo grande a Gu Lin.

Se remangó y dejó al descubierto las muñecas.

Pei Sheng vio inmediatamente una marca roja muy pronunciada alrededor de su muñeca derecha.

Así que realmente había ocurrido algo en el baño.

Gu Lin también se dio cuenta.

—Esto fue porque la última vez que me lavé la cara, Fangfang vio que tenía el cabello demasiado largo y me regaló una liga para recogérmelo. Después de lavarme me la puse en la muñeca. Estaba un poco apretada y me dejó la marca.

Lo explicó con evidente culpabilidad.

Probablemente temiendo que no le creyera, añadió rápidamente:

—La liga todavía está en mi habitación.

Pei Sheng no le creyó.

Pero viendo que Gu Lin no quería que se enterara, podía fingir que sí.

Extendió la mano y le tocó el cabello.

Realmente estaba algo largo.

—¿Por qué no vas a cortártelo?

—Me gusta tenerlo un poco largo. Se ve bonito.

A Gu Lin le encantaba cuando Pei Sheng le tocaba el cabello.

Sobre todo cuando estaba acostado a su lado, enredaba entre los dedos las puntas de su cabello y bajaba la mirada para observarlo.

Pei Sheng pareció comprender.

Tiró suavemente de un mechón rebelde sobre su cabeza.

El largo actual le quedaba mejor. No lo hacía parecer femenino y, en cambio, acentuaba su aspecto dócil y tranquilo.

—Mmm. Cuando crezca un poco más, deberías cortarlo. Si no, vas a parecer una jovencita.

—¿No te gusta que parezca así? —preguntó Gu Lin con curiosidad.

—¿Así cómo? ¿Como una jovencita?

Pei Sheng no entendía.

Gu Lin asintió.

Pei Sheng le apretó las mejillas hasta hacerle poner boca de pez.

—Si me gustaran las jovencitas, ¿crees que podría masturbarte? ¿Las jovencitas tienen eso que se te pone duro cada dos por tres cuando estás conmigo, amigo?

Le sacudió la cabeza, como si el llanto lo hubiera vuelto tonto.

La mirada de Gu Lin bajó instintivamente hacia su mano.

—Solo estaba preguntando.

—No preguntes. Me duele la cabeza.

Pei Sheng lo soltó y salió.

—¡Eh! ¿Ya no vas a ayudarme a lavarme las manos? —preguntó Gu Lin estirando el cuello.

Pei Sheng ya había ido a la cocina.

Abrió el refrigerador, sacó una botella de agua y bebió varios tragos.

—Lávatelas tú.

Gu Lin no era tan meticuloso como Pei Sheng.

Se las lavó rápidamente y corrió a su lado.

—Ay, no te enojes. Fue culpa mía. Soy demasiado superficial. Ya no volveré a decir tonterías.

Pei Sheng le lanzó una mirada y caminó hacia Lado.

Gu Lin lo siguió.

—Pei Sheng, Shengsheng, Feifei, gege~

Pei Sheng escuchó cómo incluso alargaba coquetamente la última palabra y suspiró.

—Si vuelves a hablar poniendo esa voz, haré que Lado te muerda.

Se inclinó y llenó de alimento el dispensador automático.

Al girarse, vio a Gu Lin agachado en fila junto a Lado.

Los dos tenían unos ojos igual de claros y llenos de estupidez.

Dos perros tontos.

El dispensador automático soltó la comida.

Pei Sheng extendió la mano y apartó a Gu Lin de allí.

—Ve a bañarte.

Le tocó la mejilla.

Seguía fría.

—Usa agua caliente. Cuando termines, toma un sobre de medicina para el resfriado.

—¡Mmm, mmm!

Gu Lin sentía que en ese momento no podía ser más obediente.

Se metió en el baño, se quitó directamente la ropa, abrió el agua caliente y comenzó a ducharse.

Pei Sheng escuchó el sonido del agua desde fuera y chasqueó la lengua.

—Otra vez no llevó el pijama ni los calzoncillos.

Fue hacia la habitación de Gu Lin.

Al pasar por la sala vio su teléfono y lo tomó.

Ahora Gu Lin había puesto una contraseña en la pantalla.

Pei Sheng probó con su propia fecha de nacimiento.

Se desbloqueó.

Como esperaba.

Abrió el registro de llamadas y los mensajes.

No había llamadas ni mensajes de desconocidos.

Entonces, ¿qué había ocurrido?

Dejó el teléfono donde estaba y abrió el historial de navegación.

En el auto, durante el camino de regreso, Gu Lin había estado buscando cosas todo el tiempo.

Al abrirlo, encontró una larga lista de búsquedas:

¿Qué hacer si alguien te amenaza?

Si alguien te extorsiona con fotos desnudo, pero no puedes encontrar a esa persona, ¿sirve de algo denunciarlo a la policía?

…

Pei Sheng revisó rápidamente alrededor de una decena de búsquedas.

Todas preguntaban qué hacer si alguien te seguía, te extorsionaba o te amenazaba.

Incluso había búsquedas sobre qué hacer si alguien intentaba matarte.

Dejó nuevamente el teléfono en su sitio.

Más o menos comprendía lo ocurrido.

Li Chunhua había vuelto a buscar a Gu Lin.

Parecía que la amenaza anterior no había servido de nada.

O quizá Li Chunhua todavía tenía alguna otra forma de chantajear a Gu Lin.

Además, esta vez había aprendido la lección.

No había dejado ninguna pista que pudiera rastrearse.

Si Gu Lin no hubiera perdido el control de sus emociones, probablemente Pei Sheng ni siquiera habría sabido que había ocurrido algo.

Era evidente que Li Chunhua realmente era una experta escondiéndose de sus acreedores.

—¡Pei Sheng! ¡Auxilio! —gritó Gu Lin desde el baño—. ¡Otra vez olvidé traer el pijama!

Pei Sheng respondió con indiferencia:

—Entonces sal desnudo.

Gu Lin asomó únicamente la cabeza y lo miró con ojos lastimeros.

—Luego volverás a decir que soy un pervertido.

Pei Sheng arqueó una ceja.

—Que seas un pervertido no se demuestra con una sola cosa. Una más no importa.

—Si no me traes la ropa, ¿saldré envuelto en tu abrigo? —lo amenazó Gu Lin.

—Mmm.

Gu Lin frunció los labios y suplicó:

—Pei Sheng, tengo frío en el trasero. Date prisa.

—No hagas berrinches.

Aun así, Pei Sheng fue a su habitación por el pijama.

Cuando llegó frente a la puerta todavía escuchaba el agua correr.

Llamó.

Gu Lin abrió apenas la puerta y sacó una mano mojada.

Después del baño, su piel estaba blanca y suave, teñida ligeramente de rosa.

—Gracias.

Sin embargo, Pei Sheng sujetó el pijama sin entregárselo.

Su mirada se había detenido en la mitad del pecho que se veía por la rendija.

Seguía rojo e hinchado.

Pero aun así era bonito.

Su nuez se movió ligeramente.

Gu Lin vio cómo lo miraba y soltó una risita.

—¿Quieres bañarte conmigo?

Antes de que Pei Sheng pudiera responder, Gu Lin cerró la puerta.

Incluso aprovechó para ponerle el seguro.

Su voz llegó desde el otro lado:

—¡Yo no tengo la costumbre de bañarme con otras personas!

Pei Sheng:

—¿?

Así que también había aprendido eso.

Pei Sheng descubrió que Gu Lin era realmente de esas personas que, si les dabas un poco, inmediatamente querían más.

Fue a la cocina, preparó un sobre de medicina para el resfriado y después regresó a su habitación.

Se sentó frente a la computadora y miró la carpeta de respaldo que anteriormente había extraído de la computadora de Li Chunhua.

Nunca la había abierto.

Y tampoco tenía intención de hacerlo.

Se recostó en la silla, pensando en cómo solucionar definitivamente el problema de Li Chunhua.

Esa mujer era como una rata escondida en las alcantarillas, empeñada en no dejar vivir tranquilo a Gu Lin.

Pero Gu Lin, cada vez que se encontraba con algo así, se convertía en una calabaza de boca sellada y se negaba a hablar.

A veces Pei Sheng ni siquiera sabía cómo debía darle una lección.

Encendió la computadora y comenzó a buscar el paradero actual de Li Chunhua.

Ya sabía que Li Chunhua debía enormes cantidades de dinero a prestamistas.

En realidad, los cinco millones de la tarjeta de Gu Lin eran apenas una gota en el océano frente a aquellas deudas.

Lo que Li Chunhua quería era convertir a Gu Lin en una herramienta para conseguir dinero.

Pei Sheng ya había ido antes a la comisaría para preguntar por el asunto, pero la policía le había dicho que actualmente todavía había casos relacionados con Li Chunhua.

Aquella mujer era astuta e inteligente.

Era una fugitiva desesperada.

Y ese viejo Wu era su perro más leal.

Parecía que solo había una manera.

Obligar a Li Chunhua a aparecer por voluntad propia.

Y lo único capaz de hacerla salir era el dinero.

Pei Sheng ya tenía un plan.

Cuando Gu Lin terminó de bañarse, salió secándose el cabello.

Al ver que no había nadie en la sala, supo que Pei Sheng había regresado a su habitación.

Se sentó y bebió la medicina para el resfriado que estaba sobre la mesa.

Seguía siendo muy amarga.

Cerró los ojos y se la terminó en varios tragos.

Pei Sheng salió justo cuando el vaso quedaba vacío.

Asintió satisfecho.

—Ve a dormir.

Después se dirigió a la cocina.

Gu Lin se levantó y lo siguió.

—¿Otra vez vas a comer fideos instantáneos?

Pei Sheng sacó una botella de leche del refrigerador, la abrió y bebió varios tragos.

—¿Soy un barril sin fondo?

Gu Lin miró la leche fresca que tenía en la mano.

Parecía deliciosa.

No apartó los ojos de ella.

—Comes fideos instantáneos todos los días.

—Ayer… anteayer no comí.

Anteayer había pedido comida a domicilio.

Pei Sheng vio cómo Gu Lin miraba con ansias la leche que sostenía.

Se la terminó de un solo trago.

—Hay más en el refrigerador.

Con la botella vacía en la mano, caminó hacia la entrada, abrió la puerta y la arrojó dentro de la bolsa donde Gu Lin había guardado las botellas de plástico.

Cuando se volvió, Gu Lin ya se había acercado.

Lo arrinconó contra el mueble de los zapatos.

—¿Qué pasa? ¿No puedo beber de la leche que tú ya bebiste?

—No.

Pei Sheng le puso una mano sobre la cabeza y respondió sin piedad:

—No comparto leche con un cabrón.

—¿Cómo que soy un cabrón?

Gu Lin se sintió agraviado.

Se metió entre sus brazos y levantó la cabeza para mirarlo fijamente.

—Siempre vas por ahí atrayendo flores y mariposas y luego ni siquiera resuelves el problema.

Pei Sheng estaba medio sentado sobre el mueble de los zapatos, dejando que Gu Lin se acomodara entre sus piernas.

La luz de la entrada los envolvía a ambos mientras sus ojos permanecían fijos en el rostro blanco como porcelana de Gu Lin.

—¡Yo no voy por ahí atrayendo flores y mariposas! —Gu Lin no entendía nada—. ¡Llevo todo el tiempo esperando regresar a casa y pensando en cómo voy a devolverte todos los mordiscos esta noche! ¡Soy completamente inocente!

Tras decirlo, levantó la cabeza y mordió suavemente la barbilla de Pei Sheng.

—Créeme.

Pei Sheng no se apartó.

Gu Lin acababa de lavarse el cabello y el aroma a manzana que desprendía resultaba tentador, como si hubiera vuelto un poco más dulce incluso el aire.

Gu Lin observó su expresión.

Recordó lo que Pei Sheng acababa de decir y finalmente captó el verdadero significado.

Le tocó la mano y se alegró en secreto.

Pei Sheng estaba celoso, ¿verdad?

Je, je.

Que estuviera celoso era maravilloso.

Perfecto.

—Pareces muy contento —dijo Pei Sheng.

Sujetó la mano que Gu Lin había llevado hasta su cintura y, con un movimiento, lo presionó contra la puerta.

—¡Eh! ¿No se supone que yo iba a morderte?

Gu Lin sintió que aquella posición tampoco era la correcta.

—Ya no voy a dejar que me muerdas.

Pei Sheng le sujetó la cintura y el abdomen. Su mirada era penetrante.

—Retiro la recompensa.

—¡Ah! ¡Estás haciendo trampa!

Gu Lin intentó forcejear, pero Pei Sheng lo inmovilizó firmemente.

Su respiración rozó la oreja ligeramente enrojecida de Gu Lin.

Su voz descendió.

—Ahora responde mi pregunta.

—¿Qué pregunta?

El corazón de Gu Lin se tensó.

—¿Por qué lloraste esta noche? —preguntó Pei Sheng—. Si no puedes responderme, voy a acabar contigo…

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