Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24
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Los tres fueron al hospital, se registraron para la consulta y tuvieron que hacer fila, pues había mucha gente esperando afuera.

La fiebre había dejado a Gu Lin sin fuerzas. Apoyó la frente sobre el hombro de Pei Sheng para mantenerse de pie.

Zhou Shaoran se regodeó desde un lado:

—Oigan, ustedes dos sí que son lentos. Uno con fiebre alta sin decir nada y el otro sin darse cuenta de absolutamente nada.

Pei Sheng rara vez se enfermaba y tampoco tenía experiencia cuidando personas. Si Laduo enfermara, seguramente se daría cuenta de inmediato.

Pero era completamente incapaz de distinguir qué tan grave podía ser una enfermedad en una persona.

Si Gu Lin no hubiera tenido el rostro tan rojo por la fiebre, quizá ni siquiera lo habría notado.

—Ni yo sabía que tenía fiebre.

Aunque Gu Lin lo hubiera sabido, tampoco le habría dado demasiada importancia. Solo era fiebre; bastaba con tomar un medicamento o dormir un rato.

Después de hablar, alzó hacia Pei Sheng sus ojos húmedos y empañados por la fiebre.

Pei Sheng miró sus labios intensamente rojos y le puso una mano sobre la cabeza.

—Si estás enfermo, quédate quieto y no le hagas caso a la gente aburrida.

—¿Ahora resulta que yo soy el aburrido? Vine especialmente a traerlos al hospital —protestó Zhou Shaoran, muy insatisfecho.

Gu Lin se apresuró a congraciarse con él:

—Lo juro, Zhou-ge, eres el mejor jefe del mundo.

Nada más terminar, Pei Sheng le dio un ligero tirón del cabello.

—¿Por qué te pones de parte de los demás?

Gu Lin rio entre dientes.

—Estoy ayudándote a quedar bien con tu jefe.

Solo entonces Pei Sheng le lanzó una mirada indiferente y no dijo nada más.

Zhou Shaoran observó que Gu Lin seguía creyendo que él era el jefe de Pei Sheng y pensó para sus adentros que realmente no sabía cómo Pei-ge había conseguido engañarlo de aquella manera.

Por suerte, la fila avanzaba rápido.

Después de esperar unos diez minutos, llegó su turno.

El médico le tomó la temperatura a Gu Lin.

Más de treinta y nueve grados, acercándose a los cuarenta.

Era evidente que, si seguía así un poco más, Gu Lin terminaría completamente fuera de combate.

—Con este clima tienes que mantenerte abrigado. Ponte más ropa —le indicó el médico mientras recetaba los medicamentos.

En aquella época de frío intenso había demasiadas personas enfermas. Hospitalizarlo no era una opción, así que solo podían ponerle suero intravenoso.

Pei Sheng llevó a Gu Lin hacia el área de infusiones mientras Zhou Shaoran iba a pagar.

A mitad de camino, Gu Lin se sintió tan mal que ya no pudo seguir caminando.

Se apoyó contra la pared y volvió a descansar la frente sobre el hombro de Pei Sheng.

—Descansemos un poco. Ya no puedo caminar.

La enfermedad había aparecido de manera tan rápida y violenta que parecía haberle drenado toda la energía.

No tenía fuerzas en ninguna parte del cuerpo.

Pei Sheng permaneció quieto y simplemente cerró mejor el abrigo que Gu Lin llevaba sobre los hombros.

—La próxima vez, si no hay agua caliente, no te bañes.

Gu Lin recordó la pésima excusa que había utilizado la noche anterior y sintió una inexplicable culpabilidad.

—Ya recuperé las fuerzas.

Reanudó inmediatamente la marcha, poniendo fin a aquella peligrosa conversación.

Sin embargo, no muy lejos detrás de ellos, una doctora contempló sus espaldas mientras se alejaban y apretó con fuerza el estetoscopio que llevaba en la mano.

Gu Lin tenía que recibir tres bolsas de suero, lo que tardaría aproximadamente dos horas.

Después de pagar, Zhou Shaoran se marchó a petición de Pei Sheng.

Pei Sheng se sentó junto a Gu Lin para acompañarlo.

Una enfermera se acercó para colocarle la vía. Le tomó la mano y sonrió.

—Tienes las manos muy frías. En un momento te traeré un calentador de manos para que lo sostengas y entres en calor.

—Gracias.

Los ojos de Gu Lin se curvaron ligeramente.

Cuando vio que la enfermera estaba a punto de introducir la aguja, apartó instintivamente la cabeza porque no se atrevía a mirar.

Pero antes de que pudiera hacerlo por completo, una mano seca y cálida cubrió sus ojos.

Junto a su oído escuchó la voz de Pei Sheng:

—Por favor, hágalo con cuidado.

Gu Lin sintió como si aquellas palabras hubieran dado un suave golpecito en su corazón.

¿Cómo podía Pei Sheng ser tan bueno cuidando a alguien?

Solo cuando sintió un ligero pinchazo en el dorso de la mano, Pei Sheng retiró la suya.

Cuando volvió a ver con claridad, Gu Lin lo miró.

—¿Antes acompañaste a alguien mientras le ponían una inyección?

—A Laduo —respondió Pei Sheng con indiferencia—. Laduo es muy miedoso. Cuando era pequeño y le ponían las vacunas, siempre escondía la cara en la palma de mi mano.

Gu Lin pudo imaginar perfectamente al pequeño Laduo acurrucándose lastimosamente en los brazos de Pei Sheng mientras lo vacunaban.

—Seguro que era adorable cuando era pequeño.

Pei Sheng negó con la cabeza.

—Cuando lo encontré, tenía el pelo completamente endurecido por el cemento. Para salvarlo tuvieron que afeitarle todo el cuerpo, así que pasó varios meses sin nada de pelo.

Gu Lin no esperaba que Laduo hubiera tenido una infancia tan miserable.

Pero al pensar en lo arrogante e imponente que era ahora, sintió alivio.

—Por suerte te encontró a ti. Eso significa que Laduo tuvo mucha suerte.

Él también había tenido suerte.

Pei Sheng no estaba acostumbrado a escuchar comentarios tan sentimentales.

Su mirada se movió ligeramente hacia el rostro de Gu Lin.

Pero solo durante un instante.

Porque entonces vio una cara conocida.

La otra persona llevaba una bata blanca y estaba de pie a cierta distancia, mirándolo también.

Cuando se dio cuenta de que Pei Sheng la había visto, levantó el teléfono y envió un mensaje.

El teléfono de Pei Sheng vibró.

Miró la nueva notificación.

Wang Zhichu: Hablemos.

Pei Sheng escribió con una sola mano:

Pei Sheng: ¿De qué?

Wang Zhichu: De Gu Lin o de tu padre.

Pei Sheng no tenía ningún deseo de hablar sobre ninguno de esos temas.

Respondió simplemente:

Pei Sheng: No.

Después guardó el teléfono y vio que la enfermera le entregaba algo rosa a Gu Lin.

Gu Lin volvió a darle las gracias.

La enfermera miró a Pei Sheng con el rostro enrojecido, dijo que no era necesario agradecerle y se marchó.

Gu Lin comprendió de inmediato.

¡Ese calentador de manos se lo habían dado a él, pero las verdaderas intenciones de la enfermera estaban puestas en Pei Sheng!

Resopló.

—¿Por qué le gustas a todo el mundo?

Pei Sheng pareció escuchar un chiste.

—Solo miran mi cara.

Nadie lo quería realmente.

—Tienes razón.

Gu Lin no percibió la emoción que atravesó los ojos de Pei Sheng y asintió de acuerdo.

Como solo tenía una mano libre, no conseguía abrir el envoltorio del calentador. Abrió la boca y estaba a punto de romperlo con los dientes.

Pei Sheng vio su torpeza, se lo quitó de las manos y lo abrió por él.

Por el rabillo del ojo vio que Wang Zhichu se acercaba.

No se movió.

Sabía perfectamente lo que ella pretendía hacer.

Gu Lin no había notado que alguien se acercaba. Recibió el calentador que Pei Sheng acababa de abrir.

—¿Cuánto tarda esto en calentarse? De verdad tengo las manos heladas.

—Un rato.

Pei Sheng tampoco había utilizado uno antes, pero ese tipo de producto generaba calor mediante una reacción química, así que naturalmente necesitaba cierto tiempo para activarse.

—Xiao Sheng.

Wang Zhichu finalmente llegó hasta ellos.

Gu Lin miró sorprendido a la doctora de bata blanca que acababa de acercarse.

Sus ojos se posaron sobre la identificación que llevaba en el pecho.

Directora de Cirugía Cardiovascular, Wang Zhichu.

Wang Zhichu miró a Gu Lin y luego se sentó a su lado.

Con una sonrisa en los labios, extendió una mano hacia él.

—Hola. Soy la madre de Pei Sheng.

Gu Lin la miró atónito.

Se apresuró a estrecharle la mano.

—Ho… hola. Soy Gu Lin, amigo de Pei Sheng.

Pei Sheng ni siquiera miró a Wang Zhichu.

Mantenía la cabeza baja, concentrado en el teléfono, como si la mujer que tenía delante fuera una completa desconocida.

Gu Lin le tocó ligeramente el brazo.

—¿Por qué no hablas con tu mamá? —preguntó en voz baja.

—No la conozco.

Pei Sheng dirigió hacia ella una mirada indiferente.

Y realmente no había en sus ojos ni el menor indicio de estar contemplando a su propia madre.

Wang Zhichu probablemente tampoco esperaba que Pei Sheng dijera algo así.

—¿De verdad nos conocemos? —preguntó nuevamente Pei Sheng.

Wang Zhichu sostuvo aquella mirada fría y afilada sin cambiar de expresión.

Conocía el carácter distante y difícil de Pei Sheng.

Era evidente que en ese momento ya estaba molesto.

Las conversaciones entre ellos siempre eran así.

Breves, cortantes y frías.

—Olvídalo.

Wang Zhichu dejó aquellas palabras y se marchó sin volver la cabeza.

Aquella pequeña «guerra» había atraído las miradas de todos a su alrededor.

Pei Sheng pareció no darse cuenta.

Simplemente preguntó:

—¿Ya está caliente?

—¿Ah?

Gu Lin tardó un momento en reaccionar.

Cuando vio que Pei Sheng miraba el calentador que tenía en la mano, asintió rápidamente.

—Ya está un poco caliente.

Pero aquel poco calor todavía no era suficiente para hacerlo entrar en calor.

—Qué lento.

Mientras hablaba, Pei Sheng pasó al otro lado de Gu Lin y tomó su mano entre las suyas.

Gu Lin contempló sus manos entrelazadas.

Estaba sorprendido.

Pero también sintió una inexplicable alegría secreta.

Además, la mano de Pei Sheng era mucho más cálida que el calentador.

Recostándose contra el frío asiento, Gu Lin volvió a pensar:

«Cuando Laduo se enferma… ¿Pei Sheng también le sostiene la pata?».

*

Cuando terminó la infusión, Pei Sheng llevó a Gu Lin de regreso a casa y salió nuevamente para comprar algo con lo que medirle la temperatura.

Gu Lin tomó el medicamento, se envolvió en una manta y se quedó dormido en el sofá.

Cuando Pei Sheng regresó, se inclinó sobre él y utilizó el termómetro auricular que acababa de comprar.

La fiebre todavía no había bajado.

Parecía que el medicamento aún no hacía efecto.

Dejó el termómetro sobre la mesa de centro y miró los mensajes que Wang Zhichu había enviado a su teléfono.

Wang Zhichu: Pei Sheng, te estás preocupando demasiado por un hombre. ¿No te parece que cada vez te comportas de una manera más extraña?

Wang Zhichu: ¿Tu padre no se ocupa de ti?

Wang Zhichu: De verdad aprendiste malas costumbres en el extranjero.

Wang Zhichu: ¿Wang Yang también está contigo? ¡Dile que vuelva a casa!

Pei Sheng eliminó los mensajes uno por uno.

Laduo percibió el estado de ánimo de su dueño y se abalanzó sobre él.

Sus ojos claros y brillantes miraron a Pei Sheng con evidente preocupación.

Pei Sheng le dio unas palmaditas en la cabeza y volvió a entrar con él en aquel estudio que siempre permanecía cerrado.

Abrió la puerta.

Dentro seguía acumulándose una gruesa capa de polvo.

Caminó hasta la ventana y abrió directamente las cortinas.

En el cristal todavía había pegada una hilera de pequeñas flores rojas.

Eran las estrellitas que recibía cada semana en el jardín de infancia.

Wang Zhichu siempre las pegaba cuidadosamente en la ventana por él.

Todavía recordaba cómo, en aquella época, ella le decía que era el niño más bueno e inteligente de todos.

Pei Sheng abrió la ventana.

El aire frío hizo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo.

Por internet compró una cama, un armario, un escritorio, una computadora y una lámpara.

El sofá era demasiado estrecho para que Gu Lin siguiera durmiendo allí.

Sacó del escritorio una fotografía familiar y la arrojó directamente al bote de basura.

Después regresó a su habitación y, de paso, tiró también todas las grullas de papel que guardaba en el frasco transparente.

Gu Lin no sabía cuánto tiempo había dormido.

Lo despertó el sonido del timbre.

Al abrir los ojos, vio la espalda de Pei Sheng caminando hacia la puerta.

Después vio entrar a varias personas cargando objetos bastante grandes.

Se incorporó todavía aturdido.

—¿Qué compraste?

Pei Sheng se había cambiado y llevaba ropa negra de casa.

Al verlo sentarse, le tocó la frente por costumbre.

Ya no estaba caliente.

Después señaló el termómetro auricular que estaba sobre la mesa.

—Tómate la temperatura.

—Oh.

Gu Lin tomó el aparato, pero no sabía muy bien cómo utilizarlo.

Solo pudo sostenerlo mientras observaba a aquellas personas llevar una gran cantidad de cosas hacia la nueva habitación.

Estiró el cuello para mirar.

Alcanzó a distinguir una cama.

También una lámpara.

De repente sintió cierta inquietud.

¿Acaso otra persona iba a mudarse a casa de Pei Sheng?

Él llevaba allí tantos días y solo podía dormir en el sofá.

No sabía quién vendría a vivir con ellos, pero Pei Sheng incluso había comprado tantas cosas para esa persona.

Se sintió intranquilo.

Sin embargo, tampoco se atrevía a preguntar.

Solo permaneció sentado junto al sofá, incómodo, observando a las personas entrar y salir.

Cuando vio que seguían llevando cada vez más cosas, Gu Lin finalmente no pudo soportarlo.

Como una pequeña tortuga escondiéndose en su caparazón, se refugió en la cocina.

Pensaba prepararse un poco de gachas de arroz.

De todas formas, Pei Sheng no sabía cocinar.

Seguramente él terminaría comiendo fideos instantáneos.

Pero al entrar en la cocina, vio que la arrocera tenía encendida la luz de «mantener caliente».

El pequeño espacio estaba impregnado por el aroma de las gachas.

Abrió la tapa.

Dentro había unas gachas de arroz dulce, cocidas hasta quedar suaves y espesas.

¿Las había preparado Pei Sheng?

¿O las había pedido a domicilio?

Gu Lin las examinó con curiosidad.

Unas gachas tan simples y sin condimentos probablemente no eran algo que vendieran mucho a domicilio.

¡Entonces Pei Sheng definitivamente las había preparado!

Todavía no había terminado de alegrarse cuando bajó la mirada.

En el bote de basura había recipientes de comida para llevar.

Gu Lin:

—…

¡Nunca debió esperar que alguien que solo sabía comer fideos instantáneos pudiera cocinar algo!

Enojado, le dio una patada al bote de basura.

Después se quedó frente al fregadero murmurando con resentimiento:

—Preparas una habitación tan bonita para que viva otra persona, pero yo llevo aquí tanto tiempo durmiendo en el sofá y ni siquiera piensas en mí. Estoy enfermo y ni siquiera sabes prepararme unas gachas. Solo sabes pedir comida…

—Fracasé tres veces antes de pedirlas a domicilio.

La voz de Pei Sheng sonó repentinamente detrás de él.

Gu Lin dio un respingo.

—¡Tú… tú…! ¡Yo no estaba hablando de ti!

Gu Lin se negó obstinadamente a admitirlo.

Pei Sheng respondió con un «mm», sin discutir.

—Ven.

—¿Para qué?

Ahora que se sentía mejor, el mal humor de Gu Lin también había regresado.

Incluso él mismo sentía que comenzaba a comportarse un poco como alguien consentido precisamente porque sabía que lo consentían.

Pei Sheng lo llevó hasta la entrada de la habitación recién preparada.

—¿Te gusta?

Como no era para él, Gu Lin hizo una mueca y respondió sin pensar:

—No.

Pei Sheng no esperaba que tuviera gustos tan exigentes.

—Aunque no te guste, tendrás que conformarte con esto. Ya no tengo dinero para cambiarlo.

Dicho eso, se dio la vuelta dispuesto a marcharse.

Gu Lin se quedó paralizado.

De repente comprendió lo que Pei Sheng acababa de decir.

¿Le había dicho a él que tendría que conformarse y vivir allí?

Corrió hasta ponerse frente a Pei Sheng.

—¿Dijiste que es para mí?

Pei Sheng contempló aquella expresión que prácticamente gritaba «¿no estarás engañándome?».

Lo sujetó directamente y lo arrojó sobre la cama nueva.

El suave colchón hizo que Gu Lin sintiera que estaba soñando.

Lo único que parecía real era Pei Sheng, de pie frente a él.

Pei Sheng lo miró y dijo con absoluta seriedad:

—Todo esto es tuyo.

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