Soy un villano, pero terminé teniendo un hijo con el héroe - Capítulo 36
—…Sí, supongo que sí.
A Ha Uichan no le agradaban especialmente los héroes. El mundo estaba repleto de villanos disfrazados de héroes que se aprovechaban de su título para obtener beneficios. Durante la tragedia de la aldea Seolhyang, había presenciado cómo aquellos supuestos héroes se llenaban los bolsillos mientras daban la espalda al sufrimiento que tenían justo delante. Desde niño había aprendido por experiencia propia que en este mundo no existían los verdaderos héroes.
Sin embargo, cuando miraba a Noa, a veces sentía que aquella convicción comenzaba a desmoronarse silenciosamente. Al observarlo, Uichan empezaba a comprender que quizá, en algún lugar, realmente existían héroes que ayudaban a los demás sin condiciones, sin motivos ocultos y sin esperar nada a cambio.
—Vas a la oficina de Non-Hero, ¿verdad? ¿Te importa si te acompaño?
—Sí, pero…
—¿Pero?
—Preferiría que… fuéramos un poco más despacio.
En cuanto Uichan dio un paso, su cuerpo se inclinó hacia un lado. Noa, sobresaltado, extendió rápidamente la mano, pero Uichan consiguió sostenerse y dio otro paso para recuperar el equilibrio.
¡Tum! Un paso cojeante.
—……
Avanzó cojeando hasta detenerse justo frente a Noa. No tenía ningún hueso roto, pero cada vez que estiraba la pierna, la presión sobre la zona vendada le quitaba las fuerzas. No había nada que pudiera hacer al respecto.
Uichan se secó el sudor de la frente, levantó la cabeza y observó a Noa.
Sus ojos verdes, normalmente serenos, se habían abierto de par en par, con las pupilas tan dilatadas que parecían casi negras. Justo cuando Uichan percibió aquella extraña pesadez en su mirada, la expresión de Noa cambió repentinamente.
¡Crash!
Un grito desgarró la calle.
Uichan giró bruscamente la cabeza hacia el sonido. Los letreros de los establecimientos cercanos se estaban aplastando como latas vacías. La gente se cubrió la cabeza y comenzó a huir presa del pánico.
A pesar del caos, Noa permanecía inmóvil, con los ojos muy abiertos.
Al verlo así, Uichan extendió la mano y lo agarró del brazo.
—Noa.
¡Crac!
—¡Noa!
No daba señales de reaccionar. Uichan no tuvo más remedio que sujetarle el rostro entre las manos y acercarlo bruscamente hacia sí.
—¡Min Noa, reacciona!
Las pupilas de Noa, que se habían contraído, se dilataron de repente. Su rostro quedó inexpresivo.
En aquel instante, todo enmudeció.
El viento violento que había estado azotando la calle cesó de golpe, la presión que aplastaba los objetos desapareció e incluso el aire pareció contener la respiración.
Noa permaneció allí, desconcertado, incapaz de creer lo que había hecho.
Uichan echó un vistazo rápido a su alrededor y tiró de su brazo para alejarlo de allí.
Se escabulleron hacia un callejón estrecho cercano.
Los transeúntes de la calle se limitaron a mirar a su alrededor, confundidos. Nadie parecía relacionar aquel repentino disturbio con Noatis.
Al darse la vuelta, Uichan encontró a Noa agachado contra la pared, con la frente apoyada sobre las manos entrelazadas mientras recuperaba el aliento.
—…¿Quién…? ¿Quién te hizo eso?
La pregunta hizo que el estómago de Uichan se contrajera.
¿Acaso Noa pensaba que había perdido el control de su poder por culpa de las heridas de Uichan?
Como no respondió de inmediato, Noa pareció interpretarlo como una confirmación. Se levantó y se acercó a él.
—¿Es alguien de quien no puedes hablar? ¿Quién es? Yo me encargaré. Solo dime su nombre.
—No, no es lo que piensas. Simplemente… resbalé un poco en las escaleras.
—…Eso no parece una simple caída.
La mirada de Noa se dirigió directamente al muslo de Uichan. Cuando este retrocedió para ocultarlo, los ojos de Noa se desplazaron hacia su mano enguantada.
Uichan también la escondió detrás de la espalda.
Una sirena resonó en algún lugar cercano. Parecía que la Asociación o la policía habían llegado.
Un niño, cargado en brazos de uno de sus padres, estaba siendo alejado apresuradamente del lugar. Al pasar junto al callejón, al pequeño se le cayó algo: una paleta helada aterrizó justo frente a los pies de Uichan.
El aroma dulce hizo que su estómago se contrajera de hambre.
Antes de que su vientre pudiera gruñir, se apresuró a hablar.
—Creo que… se está haciendo tarde. Debería ir a la oficina.
Noa frunció el ceño, formando profundas arrugas en su frente. Incluso con aquella expresión, no parecía aterrador, quizá porque sus ojos verdes habían perdido su brillo y se veían apagados.
Cerró los ojos con fuerza y se presionó la frente con la palma de la mano, respirando profundamente para serenarse.
Después de exhalar lentamente varias veces, extendió una mano hacia Uichan.
Uichan se estremeció, pensando que iba a agarrarlo del brazo para examinar su herida, pero el contacto que recibió fue suave.
—…Vamos. Te dije que también tengo asuntos que atender allí. Parece que tienes hambre, así que comamos algo juntos.
Su gran mano envolvió delicadamente la mano de Uichan que no llevaba guante.
No había fuerza en su agarre, solo calidez.
Señaló con la cabeza hacia el final del callejón. Uichan alternó la mirada entre sus manos unidas y el rostro de Noa antes de responder finalmente.
—¿Podríamos… comer otra cosa?
—¿Otra cosa? Claro. ¿Qué quieres?
Después de vacilar brevemente, Uichan asintió con firmeza, como si estuviera reuniendo valor.
Los bebés debían de tener antojo de dulces otra vez. Se llevó discretamente la palma de la mano al vientre revuelto.
Aquel aroma azucarado todavía flotaba tenuemente en el aire.
Les compraré helado, así que quédense tranquilos ahí dentro.
Antes de abandonar la zona, Noa se acercó al personal de la Asociación de Héroes que había acudido tras recibir el aviso y confesó que el incidente había sido culpa suya.
Prometió hacerse cargo de los daños y les entregó su tarjeta de la oficina antes de inclinarse profundamente para disculparse.
Luego tomó rápidamente la mano de Uichan y lo condujo hacia Non-Hero.
Uichan pensó que subirían a la oficina, pero Noa lo llevó hasta una banca del parque que estaba al otro lado de la calle.
—Espérame aquí un momento, por favor. Vuelvo enseguida.
—Todavía ni siquiera te he dicho qué quiero comer…
Antes de que pudiera terminar, Noa ya había salido corriendo.
Uichan parpadeó mientras observaba cómo la figura del joven desaparecía en la distancia.
Momentos después, Noa regresó corriendo, sin aliento, con un portavasos en una mano y una bolsa de plástico blanca de una tienda de conveniencia en la otra.
Dentro de la bolsa había toda clase de helados.
—Lo vi antes. Parecía que se te habían antojado estos.
¿Cómo era posible?
Uichan parpadeó incrédulo, entreabriendo ligeramente los labios.
A menos que Noa pudiera leer la mente, no había manera de que supiera lo que Uichan… No, lo que los pequeños habían estado deseando comer.
Al notar su expresión atónita, Noa sonrió y colocó cuidadosamente las bebidas y los helados a su lado.
—Estos son buenos. Prueba primero este.
—…¿Eh? Ah, sí.
Le ofreció una bebida que ya tenía un popote colocado.
Uichan la aceptó por reflejo y dio un sorbo.
De entre todas las cosas posibles, era la favorita de los bebés: leche chocolatada dulce.
¿Era esto real?
El intenso sabor del chocolate danzó sobre su lengua y, antes de darse cuenta, estaba moviendo los dedos de los pies de puro gusto.
Noa lo notó y soltó una risita.
Después de unos cuantos sorbos más, Uichan reconoció el logotipo. Era una de aquellas grandes cadenas de cafeterías que había sobre la avenida principal.
Quizá debería empezar a pasar por allí.
Mientras pensaba en eso, Noa abrió un helado y preguntó de repente:
—¿De verdad no vas a decírmelo?
—¿Decirte qué?
Con una paleta de frijol rojo entre los dientes, Noa arrancó un buen trozo de un mordisco.
—Lo de tu herida. Quién te hizo eso. Podría averiguarlo por mi cuenta, pero preferiría escucharlo de ti.
—Ya te dije que simplemente me caí.
—Antes dijiste que te torciste el pie en las escaleras.
—……
Sí, definitivamente era meticuloso, persistente y curioso por naturaleza.
Uichan tosió ligeramente y tomó otro sorbo de su bebida antes de murmurar:
—Tropecé en las escaleras, intenté agarrarme de la barandilla y me torcí el pie. Eso es todo.
—…Ja. De verdad no vas a ceder, ¿eh? Entonces déjame preguntarte algo: ¿puedo investigarlo por mi cuenta?
—¿Cómo vas a hacerlo si no hay ningún sospechoso?
—Bueno… Si busco, encontraré uno. Creo que ya tengo una idea.
Para cuando dijo aquello, Noa ya se había terminado un helado y había abierto otro, esta vez de sabor matcha.
Quizá se debía a que había crecido como hijo único de padres mayores, pero sus gustos parecían extrañamente maduros para su edad.
Mientras Uichan terminaba su bebida, Noa se comió un total de seis paletas.
También le ofreció una de sabor a leche, pero Uichan la rechazó, pensando que aquello solo haría que los bebés se volvieran quisquillosos con la comida más adelante.
¿Los jóvenes de verdad comen tanto?
A sus veinte años, Noa era joven incluso entre los héroes.
La mayoría obtenía su certificación después de graduarse de la universidad, alrededor de los veinticinco años, y luego comenzaba a trabajar como ayudante en las principales agencias.
Noa era una excepción: había empezado antes de cumplir los dieciocho.
Debía de haber presenciado toda clase de atrocidades en aquel ámbito.
Y, sin embargo… ¿cómo podía seguir siendo tan radiante, tan puro?
A Uichan le agradaban los héroes justos. Probablemente a todo el mundo le ocurría lo mismo.
La imagen de Noa entregándole un globo a un niño apareció en su mente. Había sido un momento tan perfecto que parecía una pintura.
Por un instante, la imagen de aquel niño sonriente pareció superponerse con la de sus propios bebés, que aún no habían nacido.
Sin pensarlo, preguntó:
—Te vi antes… Se te dan bien los niños.
—¿Antes? Ah, ¿te refieres a lo del globo?
Después de terminarse incluso la paleta de leche que Uichan había rechazado, Noa suspiró mientras rebuscaba en la bolsa, ahora vacía.
Al no encontrar nada más, la dejó a un lado y se volvió hacia Uichan.
—¿Por qué preguntas por los niños?
—¿Te… gustan?
—Sí. Son adorables y están llenos de luz. Quizá porque crecí siendo hijo único, siempre deseé tener hermanos. Así que sí, me gustan los niños. Son nuestro futuro. ¿Cómo podría alguien odiarlos?
La sonrisa amable de su rostro dejaba claro que hablaba con absoluta sinceridad.
De pronto, Uichan sintió las palmas de las manos húmedas.
—…Entonces, ¿si algún día tuvieras un hijo propio?