Si no cultivo la tierra, me comerán - Capítulo 128

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Después del apocalipsis, cada día ocurrían tragedias imposibles de describir. Pero aquello no había logrado que Xia Chen se acostumbrara ni endureciera su corazón. Al volver a escuchar una historia así, sintió que el pecho se le oprimía y una profunda incomodidad lo invadía.

Feng Yanshan no relató con detalle lo que ocurrió después.

Casi todos los supervivientes de la capital de la prefectura terminaron convertidos en esclavos. Muchos murieron tras sufrir durante largo tiempo por la falta de ropa, alimento y medicinas.

La familia de Feng Yanshan había conseguido sobrevivir hasta entonces gracias a los alimentos y la sangre de fruta que ocultaron en secreto al principio, pero sus cuerpos ya estaban debilitados al extremo.

Nan-ge’er sacó en silencio la pequeña bolsa donde guardaba sus bocadillos y se la entregó a Lin-ge’er, el hijo menor de la familia Feng.

Feng Yanshan sonrió tanto que la piel de su rostro tembló y acarició la cabeza de su hijo.

—Come. No es nada fácil conseguir que Nan-ge’er comparta su comida.

Nan-ge’er torció la boca y estuvo a punto de replicar, pero, al ver que Feng Yanshan tenía que jadear durante largo rato después de cada frase, terminó tragándose las palabras.

Después de conversar durante un rato, las gachas ya estaban listas.

Las demás personas que habían acompañado a Xia Chen también habían terminado de ocuparse del resto de los asuntos. Algunos de los enemigos que opusieron una resistencia feroz habían sido ejecutados, mientras que los prisioneros restantes estaban atados.

Las gachas recién cocinadas fueron servidas en dos grandes barriles.

Los esclavos estuvieron a punto de comenzar una pelea para conseguirlas, haciendo que Xia Chen frunciera profundamente el ceño.

Al verlo, Feng Yanshan le explicó que los vigilantes encargados de alimentar a los esclavos disfrutaban observándolos pelear hasta sangrar por un pedazo de pan podrido. Siempre les daban muy poca comida, de modo que quien no luchaba por ella terminaba pasando hambre.

Sin embargo, el problema no era demasiado difícil de resolver.

El miembro de la guardia encargado de repartir las gachas golpeó el barril y gritó:

—¡Quien vuelva a empujar y no forme una fila, no comerá!

Todos se quedaron en silencio de inmediato.

Todavía confundidos, comenzaron a seguir las instrucciones y formaron una larga fila.

La primera persona que recibió su ración ni siquiera esperó a que las gachas recién salidas de la olla se enfriaran. Echó la cabeza hacia atrás y se las vertió directamente en la boca, temerosa de que al siguiente instante aquellas personas cambiaran de opinión y le arrebataran el cuenco, o de que alguien más intentara robarle la comida.

—Una ración por persona. No está permitido pelear ni robar.

Meng Mingjun también había venido.

Cuando Xia Chen se enteró de que allí había numerosos esclavos, lo llevó consigo para que realizara el registro de la población.

Al ver que un hombre intentaba arrebatarle las gachas a una mujer, se adelantó inmediatamente para detenerlo.

El hombre llevaba tanto tiempo hambriento que había perdido la razón. Además, ocupaba un lugar bastante retrasado en la fila y temía que la comida se acabara antes de que llegara su turno.

La mujer, después de recibir su ración, pretendía llevársela a su hijo, pero el hombre se la arrebató de un tirón.

Ella abrazó desesperadamente el cuenco y se negó a soltarlo, sin preocuparse por las gachas que se derramaban sobre sus manos y le quemaban la piel hasta enrojecerla.

Meng Mingjun se acercó.

Apenas pronunció una frase cuando el hombre lo empujó violentamente.

Luego tomó el medio cuenco de gachas que quedaba y se lo bebió con desesperación. Al terminar, sacó la lengua y lamió los restos pegados al recipiente.

La mujer comenzó a llorar con amargura.

Mientras sollozaba, levantó al niño, quien estaba tan delgado que su cabeza parecía desproporcionadamente grande, y acercó las manos quemadas a su boca para que succionara las pocas gotas de gachas y los granos de arroz que habían quedado adheridos a su piel.

—Señor Meng, ¿se encuentra bien?

Los miembros de la guardia que estaban cerca se apresuraron a sostener a Meng Mingjun.

Luego, uno de ellos le arrebató el cuenco al hombre y lo empujó con el dorso de la mano.

El hombre pareció recuperar la razón en ese momento.

Inmediatamente se arrodilló para suplicar perdón. Aseguró que solo había perdido el juicio por el hambre y rogó a Meng Mingjun que lo perdonara.

Su expresión era miserable y su aspecto digno de lástima.

Feng Miao, la hija mayor de la familia Feng, protestó indignada:

—¡Está fingiendo! Siempre maltrata a las personas más débiles que él y les roba la comida. ¡Puede que otros pierdan la razón por el hambre, pero él nunca pasa tanta hambre!

Entre los varios cientos de esclavos había personas de toda clase.

Algunos eran como los vigilantes: adulaban a quienes estaban por encima de ellos para conseguir una pequeña cuota de poder y utilizarla para oprimir a los demás esclavos. Eran los más despreciables.

Otros, como aquel hombre, no habían encontrado la manera de ganarse el favor de sus superiores, pero se aprovechaban de su juventud y fortaleza para abusar de quienes eran más débiles. También resultaban profundamente desagradables.

La mayoría, como la familia Feng, solo quería encontrar una forma de sobrevivir y luchaba cada día por conservar la vida.

También peleaban con otros por las raciones, pero nunca atacaban a nadie deliberadamente.

Xia Chen observó con curiosidad a Feng Miao.

Aunque el rostro de la muchacha había quedado desfigurado, sus ojos rebosaban vitalidad.

Preguntó con interés:

—Entonces, ¿qué crees que debería hacerse con él?

Feng Miao se quedó atónita.

Después de pensarlo, apretó sus pequeños puños.

—¡Darle una paliza!

Xia Chen soltó una risita.

—Sí, darle una paliza para desahogarse no está mal. Pero alguien como él debe recibir golpes con frecuencia. Probablemente ya esté acostumbrado.

Feng Miao asintió de acuerdo.

Quien se dedicaba a intimidar a los demás inevitablemente terminaba encontrándose con alguien más fuerte. Aquel hombre ya había recibido muchas palizas y se había vuelto resistente.

Al ver que Xia Chen era fácil de tratar, preguntó en voz baja:

—Entonces, ¿qué habría que hacer?

Xia Chen llamó con un gesto a Meng Mingjun.

—¿Cómo piensas resolverlo?

Meng Mingjun no comprendía por qué Xia Chen le preguntaba por un asunto tan pequeño, pero respondió con sinceridad:

—Como se bebió las gachas de esa mujer, naturalmente su ración debe entregársele a ella.

Xia Chen asintió y miró a Feng Miao.

La muchacha abrió mucho la boca y luego mostró una sonrisa de satisfacción.

Para personas que habían atravesado sufrimientos tan grandes como ellos, una paliza no era gran cosa. Lo verdaderamente aterrador era pasar hambre.

Cambiar una golpiza por un cuenco de gachas era un trato demasiado beneficioso.

Pero obligar a aquel hombre a entregar su propia ración seguramente le dolería mucho más que recibir golpes.

Como era de esperar, cuando Meng Mingjun ordenó que entregaran una nueva ración a la mujer y le informó al hombre que ya no necesitaba seguir en la fila, este se quedó paralizado.

Después reaccionó con desesperación y comenzó a protestar.

Intentó repetir el mismo truco y robar la comida de otra persona, pero varios guardias lo sujetaron.

Solo pudo observar impotente cómo todos los demás comían.

Después de aquello, nadie volvió a atreverse a codiciar la comida ajena. Todos bebieron obedientemente su propia ración.

Tras ingerir un cuenco de gachas calientes, aquellas personas recuperaron un poco de energía.

Comenzaron a mirar furtivamente a Xia Chen y a los demás líderes, sin saber qué harían con ellos.

También había personas que, al ver el trato que recibía la familia Feng, lamentaban profundamente no haber intentado acercarse a Feng Yanshan.

La familia Feng no tenía que formar fila para recibir gachas. Después de terminar, incluso podían pedir más, y además habían bebido agua azucarada.

Xia Chen realmente estaba preocupado por cómo ocuparse de aquellos esclavos.

Al principio había pensado en reunirlos y llevarlos consigo. Después de todo, la aldea siempre necesitaba más mano de obra.

Cuando llegara la cosecha de verano, la mayoría de los proyectos tendrían que detenerse para dar prioridad a los cultivos.

Además, después de aquella batalla, la tierra frente a las murallas había quedado destrozada por los Truenos Ensordecedores. Necesitaban personas que la nivelaran y compactaran de nuevo.

El foso era demasiado estrecho y poco profundo, así que Xia Chen también quería ampliarlo.

Había numerosos trabajos dispersos y realmente no tenían suficientes manos.

Sin embargo, al llegar allí descubrió que la calidad de aquellos esclavos era muy desigual.

Había entre quinientas y seiscientas personas, casi el equivalente a dos tercios de la población total de la aldea Qinghe.

Si los dejaba entrar a todos de una sola vez y se producía un conflicto, la situación que tanto esfuerzo le había costado construir podría quedar destruida.

Pero tampoco quería ignorarlos.

Dejar marchar sin más a tantas personas justo cuando necesitaba mano de obra le resultaba insoportable.

Tenía que encontrar una solución cuanto antes.

Antes de partir, había dicho muchas cosas agradables para convencer a Zijian de que se quedara protegiendo la aldea.

Si no lograba regresar aquella noche, realmente temía que el hombre fuera directamente a buscarlo.

Después de reflexionar durante largo rato, finalmente tuvo una idea.

Reunió a sus subordinados, avanzó hasta situarse delante de los esclavos y comenzó con una breve presentación.

Naturalmente, no podía limitarse a decir que era el joven señor de la familia Xia de la aldea Qinghe. Nadie sabría de quién hablaba.

Así que se presentó como el líder del lugar que sus antiguos jefes habían intentado atacar aquel día.

Luego explicó brevemente la situación.

Luo y los demás estaban muertos.

Ya no quedaba nadie que pudiera mantenerlos encadenados.

Quienes quisieran marcharse podían hacerlo libremente. Ellos no se lo impedirían.

La presentación tenía como objetivo demostrar su gran poder.

Con las cabezas del oficial Luo y Wan Xiong como prueba, aquellos esclavos comprenderían que, si incluso combatientes tan poderosos como los dos jefes habían sido derrotados, Xia Chen y sus hombres debían de poseer una fuerza aterradora.

Después, Xia Chen les habló de su ciudad.

Las murallas ya estaban construidas y, aunque todavía no podía considerarse una ciudad completa, no faltaba demasiado.

Se encontraban realizando toda clase de obras de infraestructura y necesitaban una gran cantidad de trabajadores.

Con ello expresó claramente su intención de reclutar personas.

Antes de que los esclavos pudieran responder, Xia Chen añadió que ellos también tenían requisitos para aceptar trabajadores.

No aceptarían a cualquiera.

Pero todo aquel que fuera seleccionado recibiría diversos beneficios.

Explicó algunos de ellos de manera sencilla, sin exagerar.

Por ejemplo, cuántos alimentos podía conseguir diariamente un trabajador común de la cantera con las monedas blancas que ganaba, y qué clase de trato recibían actualmente los refugiados.

El simple hecho de poder trabajar a cambio de comida bastó para tentar profundamente a los esclavos.

Sus hogares ya habían sido destruidos y ahora se encontraban en una región desconocida.

El camino de regreso estaba lleno de peligros.

Incluso aquellos que todavía tenían familiares o amigos a quienes acudir no sabían si esas personas seguían vivas en un mundo tan caótico.

En cuanto a si Xia Chen los engañaría y los obligaría a seguir siendo esclavos, en realidad no les preocupaba demasiado.

Ellos también tenían ojos.

Si el hombre que había robado las gachas hubiera ofendido a aquellos criminales de antes, incluso a uno de los simples vigilantes, el asunto no se habría resuelto con una golpiza relativamente ligera.

Además, con la fuerza que Xia Chen y los demás habían mostrado, no necesitaban engañarlos.

El hecho de que estuviera dispuesto a repartirles tanta cantidad de gachas blancas demostraba que tampoco le faltaba comida.

Eso era suficiente.

Mientras pudieran comer, incluso si tenían que continuar siendo esclavos, a muchos no les importaría.

Durante el viaje habían visto morir de hambre a demasiadas personas.

Y no solo entre ellos.

En algunos de los lugares por los que pasaron, incluso habían visto familias intercambiar a sus hijos para comérselos.

Además, por el tono de Xia Chen, parecía que reclutaría personas si encontraba candidatos adecuados, pero que tampoco le importaba demasiado si nadie aceptaba.

En el peor de los casos, sus obras avanzarían más despacio.

Su actitud era bastante distante.

Por eso aquellas personas se sintieron aún más atraídas.

Los hombres comenzaron a expresar su deseo de trabajar.

Las mujeres, en cambio, mostraron preocupación, temiendo que Xia Chen las rechazara por ser mujeres.

Quienes tenían hijos también estaban inquietos, pues pensaban que los niños podrían ser considerados una carga.

Xia Chen respondió que todos los que estuvieran dispuestos podían acompañarlos.

Ya había tomado una decisión.

No pensaba dejarlos entrar directamente a la aldea.

Primero los instalaría en campamentos fuera del muro de árboles de hierro. Luego escogerían a quienes podrían entrar según su desempeño.

En el futuro, todos los recién llegados serían tratados de la misma manera.

En la práctica, aquello equivaldría a construir una ciudad exterior.

En cuanto a la seguridad, bastaría con plantar otra hilera de árboles de hierro.

Durante aquel tiempo había acumulado una nueva cantidad.

Si seguían la misma disposición que la primera hilera, los zombis no podrían atravesarla y también serviría para defenderse de la mayoría de los peligros comunes.

De ese modo, el arduo proceso de seleccionar y evaluar a cada persona podría aplazarse.

El tiempo se encargaría de ponerlos a prueba.

Con la primera muralla de árboles y la muralla de la ciudad, no tenía que temer que las personas con malas intenciones causaran daños en el interior.

Después de tomar la decisión y ver que ya era tarde, Xia Chen invocó varios carruajes de calabaza de gran tamaño.

Cuando todos los vieron aparecer, se escuchó una nueva oleada de exclamaciones.

Cada carruaje quedó completamente abarrotado.

Las personas se apretaban en los asientos, los niños iban sentados sobre las piernas de los adultos y tanto los pasillos como la zona de descanso de la parte trasera quedaron ocupados.

Por fortuna, antes de venir, Xia Chen ya había considerado la posibilidad de encontrar a muchas personas, así que llevó consigo todos los caballos de la aldea.

Eran los mismos caballos que habían conseguido tiempo atrás y que desde entonces habían quedado al cuidado de su padre.

Una caravana de siete u ocho carruajes de calabaza salió del condado en dirección a las puertas de la ciudad.

Sin embargo, antes de llegar, una gran cantidad de personas apareció de pronto en medio del camino.

Salieron corriendo de las casas situadas a ambos lados de la calle y bloquearon al unísono el avance de los carruajes.

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