Me convertí en el malvado esposo de un juren - Capítulo 68
- Home
- All novels
- Me convertí en el malvado esposo de un juren
- Capítulo 68 - Construyendo la casa y cosechando azufaifas
Después de acordar los detalles con los albañiles, a Ye Li se le ocurrió una nueva idea.
Ya que iban a meterse de lleno en una obra y también construirían un cuarto de baño, podían aprovechar para levantar un almacén junto a las tres habitaciones principales, de modo que quedara simétrico con el cuarto de baño.
Actualmente, la casa no tenía ningún almacén, pues el antiguo cuarto de trastos se había convertido en el cuarto del molino.
Además, ahora que los ingresos de la familia se estaban estabilizando, Ye Li pensaba comenzar a cobrar en grano el alquiler de las tierras que Jiang Ji tenía arrendadas, en lugar de recibir plata.
Últimamente tenían que comprar cereales con bastante frecuencia. En vez de gastar dinero en ellos, naturalmente era mejor comer el grano cultivado por sus propios arrendatarios.
Por eso decidió añadir una habitación más, que podrían utilizar para almacenar grano u otros objetos.
Una vez tomada la decisión, Ye Li y Jiang Ji ni siquiera tuvieron tiempo de ir a comprar los ladrillos verdes y la madera cuando, al día siguiente, comenzó la cosecha de azufaifas en Yezapo.
Para los aldeanos, aquel era el acontecimiento más importante después de la cosecha de otoño y antes del Año Nuevo.
Jiang Fuzheng ya se había puesto en contacto con varios comerciantes locales de la cabecera del condado, algunos grandes y otros pequeños.
Todos los días, los comerciantes acudirían al mediodía y al atardecer para llevarse las azufaifas recolectadas. Pagarían en el acto, sin dejar ninguna deuda pendiente.
Por la noche, los aldeanos repartirían el dinero.
Los azufaifos de la ladera eran árboles viejos de muchos años.
Sin embargo, eran azufaifos comunes de la región y nadie se ocupaba de cuidarlos habitualmente, por lo que prácticamente podían considerarse árboles silvestres.
Por eso, cada árbol producía aproximadamente entre cincuenta y setenta jin de azufaifas frescas, muy lejos de los azufaifos de la vida anterior de Ye Li, capaces de producir doscientos o trescientos jin.
Aun así, seguían proporcionando unos ingresos considerables a los aldeanos.
En la ladera había un total de sesenta y tres azufaifos y la producción anual rondaba los cuatro mil jin.
Las azufaifas frescas se vendían entre seis y siete wen por jin.
Calculando seis wen por jin, el valor total superaba ligeramente los veintitrés taeles de plata.
Cada familia podía recibir algo más de un tael.
Si se calculaba a siete wen por jin, el total se acercaba a los treinta taeles y cada familia recibía todavía más.
Yezapo tenía a sus espaldas el condado de Beiyang y el poblado de Baxian.
Con una cantidad tan pequeña de azufaifas, no había que preocuparse en absoluto por venderlas.
Bastaba con bajarlas de los árboles para que alguien estuviera dispuesto a comprarlas.
Por eso, cada año por esas fechas, cada familia enviaba a dos personas para recolectarlas lo antes posible.
En años anteriores Jiang Ji no estaba en casa.
Este año sí estaba, pero ahora era un respetado xiucai.
¿Cómo iban a permitir que un xiucai realizara semejante trabajo pesado?
Jiang Fuzheng no le permitió participar.
Jiang Ji solo tenía que esperar tranquilamente a recibir su parte del dinero.
Además, él y Ye Li debían ir a la cabecera del condado para comprar ladrillos verdes y madera, así que tampoco fueron a participar en el bullicio.
Jiang Mai y Jiang Ya, en cambio, no estaban dispuestos a perderse un acontecimiento tan animado y corrieron expresamente a mirar.
Cuando regresaron, ambos le describieron entusiasmados a Ye Li lo que ocurría en la ladera.
Después de escucharlos, hasta Ye Li sintió ganas de ir a echar un vistazo.
Además de los azufaifos de la ladera, casi todas las familias tenían algunos plantados delante o detrás de sus casas.
Por ejemplo, la casa de Ye Li tenía dos frente a la entrada y uno en el patio trasero.
Aquellos tres árboles podían producir como mínimo unos cien jin de azufaifas.
Si quisieran venderlas, obtendrían entre seiscientos y setecientos wen adicionales.
En años anteriores, todas las familias optaban por vender las azufaifas de sus propios árboles.
Si un solo árbol podía cambiarse por trescientos o cuatrocientos wen, ¿quién estaría dispuesto a guardarlas para comérselas?
Pero aquel año, la mayoría de los aldeanos decidió conservar las suyas.
Varias decenas de jin por árbol parecían muchas, pero las azufaifas eran demasiado deliciosas.
Tenían la piel fina, la pulpa crujiente, mucho jugo y eran dulces.
Si una familia numerosa se ponía a comerlas sin restricciones, podía acabar con decenas de jin en una sola semana.
Y si además regalaban algunas a sus familiares, desaparecerían todavía más rápido.
Ye Li era un buen ejemplo.
De vez en cuando hacía que Ye Liang llevara algunas a casa.
También había regalado dos cestas a los mensajeros que anunciaron el resultado del examen y una al maestro Han.
Además, todos los días las comían como fruta después de las comidas.
A esas alturas, ya habían consumido más de la mitad.
Naturalmente, las que quedaban también serían para consumo propio.
Los aldeanos trabajaron durante dos días y vendieron todas las azufaifas de la ladera.
Durante ese tiempo, Ye Li y Jiang Ji fueron en la carreta de mulas a comprar los ladrillos verdes, las vigas y el resto de la madera.
Como compraron bastante y la distancia era corta, el almacén de materiales ofrecía entrega a domicilio.
En dos días ya tenían todo preparado.
De una sola vez se fueron diez taeles de plata.
Ahora sí podían comenzar la construcción.
Lo primero era buscar trabajadores.
Además de los tres albañiles, Ye Li pensaba contratar a veinte peones.
Cada albañil cobraría treinta wen diarios y cada peón común, veinte.
Sumándolo todo, los jornales diarios ascenderían a quinientos wen.
Si además añadían a los tres hombres de la familia Ye, junto con Jiang Dahe y Liang Erxiang, tendrían mucha gente trabajando.
Con tantas manos, en cuatro o cinco días podrían levantar la estructura principal de la casa.
Tampoco pensaba construir algo demasiado alto.
Solo sería de una planta y las pequeñas habitaciones laterales tampoco eran grandes.
Con suficiente gente, el trabajo avanzaría rápidamente.
Después podrían encargarse poco a poco entre ellos de las tareas menores, como nivelar el suelo.
Sin embargo, cuando Ye Liang y Jiang Dahe escucharon su plan, negaron inmediatamente con la cabeza.
¡Gastando de aquella manera, solo los jornales acabarían costando tres o cuatro taeles!
¡Era tirar el dinero!
Cuando una familia común construía una casa, hacía por sí misma todo lo que pudiera hacer.
Y si era imprescindible contratar trabajadores, ¡cuantos menos, mejor!
Cuando Jiang Tong había construido su casa, aparte de los albañiles solo había contratado a cinco aldeanos.
No había gastado demasiado en jornales.
Ahora, solo con sus propios familiares ya podían reunir bastantes manos. Además, Jiang Dachuan y otros ya habían avisado de que vendrían a ayudar.
¿Para qué contratar entonces a tantos extraños?
¡No era como si les sobrara el dinero!
Después de recibir una buena reprimenda de Ye Liang y Jiang Dahe, Ye Li cambió de idea.
Está bien.
Su principal objetivo era terminar la casa cuanto antes.
El invierno estaba cada vez más cerca.
Además, estaba Jiang Tong.
Aunque Jiang Tong ya había dicho que vendría a ayudar, a Ye Li le daba un poco de vergüenza pedirle que trabajara para él.
Pero ahora Jiang Dahe había mencionado específicamente el asunto e incluso había ido a buscar a Jiang Tong.
Ye Li no tuvo más remedio que aceptar.
Contando a Jiang Ji, podían reunir diez personas entre familiares y conocidos.
Entonces contrataría otros diez peones.
En total serían más de veinte personas.
No era poca gente.
Buscarían a los peones entre los propios aldeanos.
Ahora estaban en temporada de poca actividad agrícola. Preparar huevos centenarios era un trabajo ligero que no requería mucha mano de obra ni demasiado tiempo, y la corvea no comenzaría hasta el mes siguiente.
Por eso todos estaban disponibles.
Los aldeanos que no consiguieran uno de aquellos puestos solo podrían ir a la cabecera del condado a buscar trabajos ocasionales.
Aunque ese año habían ganado algo de plata, sus familias tenían pocos ahorros.
¡No se atrevían a quedarse ociosos!
¡En cuanto dejaban de trabajar, comenzaban a sentirse intranquilos!
Antes de que llegara el invierno todavía había muchos comerciantes y viajeros de otras regiones, así que querían aprovechar para ganar todo el dinero posible.
Al pensar en aquello, Ye Li decidió que, cuando pasaran aquellos días tan ocupados, iría a hablar con Jiang Fuzheng sobre el taller de tofu inflado.
La razón por la que había retrasado el asunto unos días más era que quería seguir observando.
Hasta entonces, los aldeanos habían estado ocupadísimos.
O trabajaban en el campo o preparaban huevos centenarios.
Además, Jiang Fuzheng los vigilaba de cerca.
Por eso nadie había revelado el método para preparar los huevos centenarios.
Ahora que había llegado la temporada de poca actividad agrícola, los aldeanos ya no estaban atados a sus tierras.
Algunos iban a la cabecera del condado a trabajar por días y otros visitaban a familiares y amigos.
Tenían mucho más contacto con gente de fuera.
Si alguno se entusiasmaba demasiado y se le escapaba algo en un momento de descuido, la posibilidad de que la receta se filtrara aumentaría considerablemente.
Por eso Ye Li quería observarlos un poco más.
Si después de una semana nadie revelaba el secreto, iría a buscar a Jiang Fuzheng.
Ahora acababa de gastar una gran suma de dinero.
Haciendo cuentas, unos quince taeles.
Si no encontraba pronto una nueva fuente de ingresos, él también comenzaría a sentirse intranquilo.
Actualmente, la mayor parte de sus ingresos procedía de los huevos centenarios.
Con el clima enfriándose, las ventas de huevos centenarios aliñados habían disminuido respecto al verano.
Pero todavía no era invierno, así que el descenso no resultaba demasiado evidente.
Ye Li había tenido grandes expectativas con el negocio de las bebidas.
Sin embargo, dependiendo únicamente de Bao Beiyuan, los ingresos mensuales eran limitados.
Hablando de huevos centenarios…
Shi Yi, quien había ido con Jiang Ji a la ciudad prefectural para presentar los exámenes, había llegado dos días atrás acompañado de su padre en una carreta de bueyes.
Compraron mil huevos centenarios.
Su familia vivía en otro poblado, lejos tanto del canal de Nantong como de la cabecera del condado.
El nivel de consumo allí no podía compararse con el de Baxian.
Por eso no se atrevieron a comprar demasiados.
Primero se llevarían mil para probar el mercado.
Shi Yi no había aprobado el examen de ingreso a la academia.
La siguiente convocatoria sería dentro de dos años.
Otros dos años de estudios significaban que solo en matrícula tendría que gastar doce taeles de plata.
Considerando que Shi Yi había sido compañero de estudios y de viaje de Jiang Ji, Ye Li les ofreció a padre e hijo un precio especial.
Partiendo de los precios iniciales —dos wen por los pequeños y tres wen por los grandes— les hizo un descuento adicional de cien wen sobre el total.
Después de todo, en aquella zona había pocas familias adineradas.
Si les cobraba el mismo precio que a Gong Yousheng, probablemente tardarían tanto en recuperar la inversión que terminarían desesperándose.
En cuanto al dueño de la tienda de fideos con quien Jiang Ji había negociado, todavía no había aparecido.
La cantidad que quería era considerable.
Además, el consumo diario de huevos centenarios en la cabecera del condado no había disminuido demasiado con la llegada del frío.
Por eso Ye Li había tenido que preguntar familia por familia para conseguir reunir los treinta mil huevos que necesitaba.
Los aldeanos también se alegraron mucho al enterarse de que un comerciante de la ciudad prefectural se había interesado en sus huevos centenarios.
¡Un canal de venta adicional significaba otra fuente de ingresos!
Las nuevas habitaciones se estaban construyendo en el lado oeste del patio, así que las obras no interferían con la vida cotidiana de Ye Li y Jiang Ji.
La estructura principal de la antigua casa permanecía intacta.
Seguían preparando tofu y friendo tofu inflado todas las mañanas.
Cuando los tres hombres de la familia Ye regresaban a casa, aprovechaban para llevarse también el tofu inflado.
Ahora que tenían una carreta de bueyes, los tres podían ir y volver todos los días.
Antes, cuando venían a trabajar, se quedaban a dormir en casa de los Jiang.
Si hubieran tenido que recorrer diariamente aquella distancia únicamente con sus piernas, sus cuerpos no lo habrían soportado.
Ye Li también cumplió con la petición que Ye Liang le había hecho anteriormente.
Todos los días servía tortas con tofu.
Con tres trabajadores fuertes adicionales, la cantidad de comida que debía preparar por la mañana y al mediodía prácticamente se duplicó.
Ye Daji apenas tenía cuarenta años y todavía podía considerarse un hombre en plena fuerza.
Duplicar las porciones convirtió cocinar en una tarea agotadora.
Aunque Jiang Mai y Jiang Ya ayudaban, Ye Li solo les permitía seleccionar las verduras y atender el fuego.
La mayor parte del trabajo seguía recayendo sobre él.
Para ahorrarse problemas, Ye Li preparaba tofu estofado todos los días.
Primero freía el tofu con un poco de aceite hasta dorarlo por ambos lados.
Después añadía agua, papas, rábanos y col.
A continuación colocaba una rejilla dentro de la gran olla de hierro y, sobre ella, cocía al vapor tortas de maíz con residuos de frijol.
Cada persona recibía además un huevo al vapor.
Y con eso la comida estaba lista.
Para los tres hombres de la familia Ye, aquello ya era una comida excelente.
Los Ye estaban acostumbrados a ahorrar.
Aunque llevaban más de medio año haciendo negocios, tenían pocos ahorros.
Además, durante ese tiempo Ye Wen se había casado y la familia también había comprado una carreta de bueyes.
Por eso seguían siendo extremadamente frugales con la comida.
Comparado con antes, el mayor cambio en la cocina de Ye A-die era que ahora utilizaba un poco más de aceite y podían comer huevos todos los días.
En cuanto a la carne, salvo durante las temporadas de intenso trabajo agrícola, jamás la compraban.
Ahora, en casa de Ye Li, podían comer todas las tortas que quisieran.
¡Aquello era comida que realmente llenaba el estómago!
El guiso también llevaba suficiente aceite, hasta el punto de que una evidente capa de grasa flotaba sobre el caldo.
Y, además, cada persona recibía un huevo en cada comida.
En el pasado, semejante abundancia solo se veía durante las festividades.
Por eso los tres hombres de la familia Ye comían completamente satisfechos.
Pero quienes realmente estaban «sufriendo» eran Jiang Mai y Jiang Ya.
Especialmente el pequeño glotón Jiang Ya.
Desde que había llegado la noticia de que Jiang Ji había aprobado el examen de ingreso a la academia, en casa prácticamente no había faltado carne.
Ahora que comenzaron las obras, la calidad de las comidas cayó en picada.
Le costaba muchísimo acostumbrarse.
Hasta pensó en utilizar su propio dinero para comprar carne.
La última vez, en la cabecera del condado, solo había gastado algo más de trescientos wen.
Todavía le quedaban setecientos wen de sus salarios.
¡Podía comprar muchísima carne!
Pero cada día, cuando sus dos hermanos de la familia Ye venían a trabajar, le repetían a Li-ge que no comprara carne.
Ay…
Qué problema.
Quería comer carne.
Ye Li también quería.
De hecho, si hablaban de antojo, probablemente él tenía todavía más ganas de comer carne que Jiang Ya.
Cuando acababa de transmigrar, como no tenía dinero, solo podía comer carne una vez a la semana.
Después, cuando comenzó a ganar dinero, aunque algún día no comiera carne, siempre preparaba alguna otra cosa.
En cualquier caso, sus comidas jamás eran tan vegetarianas.
Ahora, después de tres días consecutivos comiendo guisos de verduras, ni él mismo podía soportarlo.
La mañana del cuarto día de obras, arrastró a Jiang Ji con él y se dispuso a ir a la cabecera del condado a comprar carne.
¡Y no era que quisiera comprarla especialmente para agasajar a los tres hombres de la familia Ye!
¡Su familia siempre comía así!
¿Acaso porque los Ye estuvieran vigilándolo tenía que privarse deliberadamente de lo que quería comer?
Además, las paredes de la nueva casa ya superaban su altura.
¡Era precisamente el momento de comer algo bueno para celebrarlo!
Después de escuchar toda aquella argumentación tan convincente, los tres hombres de la familia Ye ya no se atrevieron a seguir sermoneándolo.
Antes tampoco habían sido capaces de controlar a Ye Li y siempre habían intentado evitar que sufriera.
Ahora que quería comer carne, pues que comiera.
No podían obligar a Ye Li, que ya se había casado y salido de la familia, a seguir siendo tan ahorrativo como ellos.
Aquella era la casa de los Jiang.
Quien tomaba las decisiones allí era Ye Li.
Así que Jiang Ji fue a casa de Jiang Dahe para traer la carreta de mulas y prepararse para ir con Ye Li a la cabecera del condado.
Naturalmente, él apoyaba a Ye Li.
Además, durante aquellos días habían estado tan ocupados con la construcción que, aunque Jiang Ji estaba en casa, durante el día se ponía a trabajar en cuanto terminaba de comer.
Prácticamente no tenía ninguna oportunidad de estar a solas con Ye Li.
Solo podían tener algo de intimidad por las noches.
Así que aprovecharía el viaje a la cabecera del condado para pasar más tiempo con él.
Su plan era perfecto.
Sin embargo, apenas salió de casa, vio a tía Lü acercándose acompañada por el dueño de aquella tienda de fideos de la ciudad prefectural.
El dueño se apellidaba Yue.
Había venido con su cuñado mayor y tres trabajadores, conduciendo cinco carretas de bueyes.
Su cuñado era encargado de una empresa de transportes de la ciudad prefectural.
Anteriormente había ido a Baxian a entregar mercancías y allí había visto a Ye Liang vendiendo huevos centenarios, así que había comprado algunos.
En aquel momento Ye Liang no tenía demasiadas existencias.
Por eso, después de conseguirlos, el dueño Yue había comenzado a venderlos en cantidades limitadas para que el negocio durara más tiempo.
Hasta entonces, solo sabía que los huevos centenarios se vendían bien.
No sabía cuánto ganaba Gong Yousheng.
Además, el invierno estaba a punto de llegar.
Una vez entrado el invierno, ¿quién querría comer platos fríos?
¿No caerían drásticamente las ventas de los huevos centenarios?
Por eso nunca había pensado en viajar expresamente hasta el condado de Beiyang para comprarlos.
¡Hacer semejante viaje era demasiado problemático!
¡Solo el trayecto de ida y vuelta requería seis días!
Además, en el propio condado de Beiyang ni siquiera tenían suficientes huevos centenarios para satisfacer la demanda local.
Pero, inesperadamente, Jiang Ji había entrado precisamente en su establecimiento a comer fideos.
Aquello le había dado al dueño Yue una enorme sorpresa.
¿Una pequeña tienda de fideos de almidón podía ganar diez taeles al mes únicamente gracias a un plato de huevos centenarios aliñados?
¡Increíble!
¿Y los huevos centenarios también podían utilizarse para preparar gachas?
¿Y su sabor no era en absoluto inferior al de los huevos centenarios aliñados?
Las palabras de Jiang Ji hicieron que el corazón del dueño Yue latiera de emoción, aunque todavía tenía sus dudas.
Le pidió a Jiang Ji que esperara y corrió inmediatamente a la cocina para experimentar con unas gachas de huevo centenario.
Aunque no era especialmente bueno preparando gachas, después de cocinar el huevo centenario comprobó que su sabor era diferente al de la preparación fría, pero igualmente delicioso.
Así fue como él y Jiang Ji llegaron a un acuerdo verbal.
Jiang Ji incluso le dibujó un mapa detallado de la ruta.
Si realmente viajaba hasta el condado de Beiyang, podría encontrar Yezapo sin ninguna dificultad.
Después de que Jiang Ji y Shi Yi se marcharan, la mente acalorada y el corazón inquieto del dueño Yue no consiguieron calmarse.
Pero su familia no estaba de acuerdo.
¡Invertir cien taeles de plata de una sola vez era demasiado arriesgado!
Aunque su familia llevaba muchos años administrando aquella tienda de fideos, ¡todo el dinero que ganaban provenía de su duro trabajo!
Si los cien taeles desaparecían como agua arrojada al río, ¡ni siquiera tendrían dónde ir a llorar!
El dueño Yue no tuvo más remedio que buscar a su cuñado para preguntarle cómo estaban las cosas en el condado de Beiyang.
Quería saber si Jiang Ji había dicho la verdad.
Su cuñado solo había pasado una noche en Baxian.
Había oído decir a Ye Liang que los huevos centenarios se vendían muy bien y también había visto con sus propios ojos lo animado que estaba su puesto.
Por eso había comprado un lote para llevárselo.
Pero si le pedían más pruebas de la enorme popularidad de los huevos centenarios…
No tenía ninguna.
Ni una sola.
La familia del dueño Yue se opuso todavía con más firmeza.
Sin embargo, el panorama descrito por Jiang Ji resultaba demasiado tentador.
Y el sabor de los huevos centenarios era indiscutiblemente bueno.
Al final, el dueño Yue se impuso a todas las objeciones.
Junto con su cuñado, alquiló varias carretas a la empresa de transportes y viajó hasta allí.
En realidad, habían llegado al condado de Beiyang anteayer.
Habían dedicado dos días enteros a investigar cómo se vendían los huevos centenarios en la zona.
Solo después de confirmar que Jiang Ji no había exagerado ni mentido, condujeron las carretas hasta Yezapo aquel día.
¡Iban a invertir cien taeles de una sola vez!
¡Naturalmente tenían que actuar con prudencia!
Por supuesto, no era necesario contarle a Jiang Ji todo lo que habían hecho a sus espaldas.
El dueño Yue sonreía con gran cordialidad.
Incluso había comprado dos paquetes de dulces y una pierna trasera de cerdo.
Entre palabra y palabra no dejaba de elogiar a Ye Li y a Jiang Ji.
Y sus halagos eran sinceros.
¡Que un fulang de una aldea hubiera conseguido desarrollar el negocio de los huevos centenarios hasta semejante escala era extraordinario!
Ye Li todavía vivía en el campo, pero, si todo seguía así, para el próximo año el patrimonio de su familia superaría al de los Yue.
¡Había comenzado desde cero!
¿Cómo podía el dueño Yue no admirarlo?
Por si fuera poco, el esposo de Ye Li ya era un xiucai a pesar de su corta edad.
¡Tenía un futuro prometedor!
Gracias a un golpe de suerte, él había conseguido establecer contacto con Ye Li y Jiang Ji antes que otros comerciantes.
El próximo año, su suministro de huevos centenarios dependería precisamente de aquella pareja.
Como el dueño Yue lo halagaba deliberadamente, Ye Li naturalmente no iba a mostrarse arrogante.
Además, el hombre había llevado dulces y carne.
Gracias a eso, él y Jiang Ji ya ni siquiera necesitaban ir a la cabecera del condado.
Ye Li ordenó inmediatamente a Jiang Mai que sacara el pequeño hornillo y calentara agua para preparar té y atender al dueño Yue y a sus acompañantes.
También pidió a Jiang Ji que avisara a las familias con las que habían hablado previamente para que llevaran hasta allí sus huevos centenarios.
El dueño Yue acababa de llegar por primera vez.
No conocía a nadie ni estaba familiarizado con el lugar y, además, llevaba consigo una gran suma de dinero.
No podía ir de casa en casa comprando huevos centenarios como hacía Gong Yousheng.
Era mejor que los propios aldeanos los llevaran hasta allí.
Pero, por encima de todo, había algo todavía más importante.
Tenía que enseñarle al dueño Yue a preparar gachas de arroz con huevo centenario y carne magra.
Si querían que los huevos centenarios siguieran vendiéndose en grandes cantidades durante el invierno, ¡tendrían que confiar en aquellas gachas!
Tía Lü seguía allí, así que Ye Li también le pidió que entrara a aprender.
El dueño Yue era un hombre ajeno a la familia y no resultaba apropiado que Ye Li se quedara a solas con él en la cocina.
Tía Lü aceptó encantada.
¡Llevaba mucho tiempo sintiendo curiosidad por aquellas gachas de arroz con huevo centenario y carne magra!
En realidad, su preparación era muy sencilla.
Durante todo el proceso no había que saltear nada.
Solo era necesario hervir los ingredientes.
De esa forma, aunque se añadiera un poco de aceite, las gachas no resultaban grasosas en absoluto.
Al contrario, cuanto más se comían, más apetecían.
Como había mucha gente, Ye Li preparó media olla para que el dueño Yue y sus acompañantes pudieran probarlas.
Para cuando Jiang Ji terminó de recorrer la aldea avisando a todos y regresó, las gachas estaban prácticamente listas.
Y cuando terminaron de cocinarse, algunos aldeanos ya habían comenzado a llevar sus huevos centenarios.
El dueño Yue no tenía tiempo para prestarles atención.
Toda su concentración estaba puesta en las gachas de arroz con huevo centenario y carne magra.
Ye Li le sirvió un cuenco.
Después de darle las gracias, el dueño Yue se sentó inmediatamente ante la pequeña mesa, dispuesto a probarlas con atención.
Durante aquellos días él también había experimentado varias veces con los huevos centenarios.
Pero Jiang Ji solo le había hablado de gachas con huevo centenario, sin mencionar la carne magra.
Por eso las gachas saladas que había preparado tenían un sabor mediocre.
Si no hubiera sido por los huevos centenarios, habrían sido completamente ordinarias.
Incluso podría decirse que sabían mal.
Pero el cuenco que tenía delante era completamente diferente.
Las rosadas lonchas de carne se mezclaban con los hermosos trozos de huevo centenario, mientras unas hojas verdes salpicaban las gachas de color.
Solo con ver su aspecto ya se abría el apetito.
En cuanto al sabor…
El dueño Yue tomó la cuchara y probó un bocado con impaciencia.
Las gachas estaban un poco calientes.
Pero el calor dejó de importarle en cuanto percibió aquel sabor fresco, sabroso y ligeramente salado.
¡Era exquisito!
El dueño Yue ya ni siquiera se preocupó por quemarse.
Solo le quedó un pensamiento en la cabeza:
¡Había hecho bien en venir!
¡Solo con aquellas gachas, no tendría que preocuparse por vender los huevos centenarios!
Y además…
¿Cuántos clientes podrían atraer aquellas gachas a su tienda de fideos?
Aunque su establecimiento era un negocio antiguo, sus sabores tampoco eran insustituibles.
Por eso, durante tantos años, el negocio siempre se había mantenido en un nivel mediocre.
Solo después de comenzar a vender huevos centenarios había empezado a llenarse de clientes a la hora de comer, hasta el punto de que la gente tenía que esperar para conseguir una mesa.
¡Pero esta vez…!
No pudo evitar recordar lo que había visto el día anterior en la tienda de fideos de almidón.
Je, je…
Cuando regresara a su establecimiento, imitaría a aquella tienda y vendería las gachas por separado.
Y si a eso añadía los ingresos habituales de los fideos…
Tsk, tsk.
¡Ni siquiera se atrevía a imaginarlo!
¡De verdad no se atrevía!
Porque en cuanto lo imaginaba, ¡le entraban ganas de echarse a reír!