Me convertí en el malvado esposo de un juren - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - La escuela vuelve a dar vacaciones
Ye Li no esperaba que Jiang Ji soltara aquellas cuatro palabras.
Se quedó ligeramente sorprendido y luego lo miró fijamente durante un instante. Mientras sacaba unos palillos de la canasta, dijo:
—Entonces sigue así. Todavía te quedan veinte wen. Cuatro wen al día; cuando los gastes todos, podrás volver a casa.
—Y la próxima vez que regreses, te daré una recompensa.
¿Una recompensa?
Jiang Ji sintió curiosidad.
—¿Qué recompensa?
Ye Li sostuvo los palillos y respondió con absoluta seriedad:
—Practicar mucho con la boca.
Jiang Ji:
—…
Por su mente pasó el recuerdo de aquella noche desenfrenada.
En ese momento, aunque Ye Li había insistido en que ambos debían «progresar juntos», una noche de primavera valía más que mil piezas de oro y Jiang Ji tenía toda su atención puesta en unir sus cuerpos. Por eso apenas había dejado que Ye Li lo probara unas cuantas veces antes de apresurarse a ocuparse del asunto principal.
Como entonces no se había detenido a disfrutarlo con atención, lo que más recordaba era el calor.
No solo él estaba ardiendo.
La boca de Ye Li también estaba caliente.
Y todo su cuerpo se había teñido de rosa, con las mejillas completamente rojas…
Los profundos ojos de Jiang Ji recorrieron los labios de Ye Li.
Después bajó la cabeza y se acomodó el borde de la túnica.
También movió la pequeña vasija que sostenía hasta colocarla frente al bajo vientre.
Aquel gesto era prácticamente como anunciar que tenía algo que ocultar.
Ye Li se echó a reír de inmediato.
¿Quería provocarlo?
Je, je.
¡Ya verían quién terminaba sufriendo más!
Sin embargo, al contemplar el atractivo rostro del hombre frente a él, Ye Li se sintió lleno de alegría y satisfacción.
La última vez que se habían separado todo había sido demasiado apresurado. Apenas habían tenido tiempo de rozarse los labios.
Durante aquellos días Bao Beiyuan había estado llevando mensajes de uno a otro, pero ¿cómo podía compararse escuchar noticias transmitidas por otra persona con verlo en persona?
Por eso había venido ese día.
Y, viendo el aspecto de Jiang Ji, parecía que él también había pensado mucho en Ye Li durante esos días.
Ye Li estaba encantado y se disponía a provocarlo un poco más cuando Jiang Ji se adelantó y, sin cambiar de expresión, desvió el tema:
—Si viniste hasta aquí, ¿qué pasa con el tofu inflado?
Ye Li abandonó sus pensamientos juguetones.
—Dejé que mi segundo hermano lo friera solo. Al fin y al cabo, lo importante es preparar bien la leche de soja. Cualquiera puede freír el tofu inflado.
—Supongo que fui un poco tonto. Debería haber dejado que mi segundo hermano se encargara de freírlo desde hace tiempo.
Aquel trabajo realmente era como una cadena de perro que lo mantenía atado.
Por la mañana lo encadenaba a preparar tofu.
Por la tarde lo encadenaba a freír tofu inflado.
Cada vez que quería ir a la ciudad del condado tenía que hacerlo todo con prisas.
Pero aquellos últimos días había extrañado demasiado a su buen esposo, así que decidió hacer un viaje a la ciudad y dejó que Ye Liang friera el tofu inflado por su cuenta.
Cuando regresara por la tarde, si comprobaba que Ye Liang no había cometido ningún error, en adelante simplemente dejaría que él se encargara.
O incluso podría pedirle que fuera temprano por la mañana, se llevara el tofu a casa de los Ye y lo friera allí.
Así Ye Li no solo tendría menos trabajo.
Jiang Mai y Jiang Ya tampoco tendrían que salir todos los días a recoger leña.
Estaban en una edad en la que deberían estar jugando, pero aquellos dos pequeños trabajaban igual que él: cortaban hierba por la mañana y recogían leña por la tarde.
¡Eran más trabajadores que dos abejitas!
Sin embargo, si hacía aquello, sus ingresos diarios disminuirían.
Ye Liang y Liu Yi aportarían su propio trabajo, así que ya no sería apropiado venderles el tofu al precio actual.
Bueno.
Mejor esperaría hasta que el té con leche y los huevos centenarios estuvieran bien encaminados.
Cuando las ganancias de esos dos productos fueran suficientes para compensar lo que perdería con el tofu inflado, se quitaría de encima aquella maldita cadena.
Miles de pensamientos atravesaron la mente de Ye Li, pero no dijo nada de aquello.
Le entregó los palillos a Jiang Ji.
—Come. Cuando termines, iré a la tienda de cerámica a comprar las vasijas.
Jiang Ji asintió y tomó los palillos con sus largos dedos.
Como ya no quedaba nada más dentro de la canasta, Ye Li la colocó boca abajo en el suelo.
—¿Por qué no pones la vasija encima de la canasta?
—No hace falta.
Jiang Ji negó inmediatamente con la cabeza.
Su bajo vientre todavía estaba caliente.
Y en verano la ropa era fina.
Resultaba un poco evidente.
Ye Li volvió a sonreír, pero decidió no seguir provocando a su buen esposo de apenas dieciocho años.
—Come rápido.
Él había desayunado y después no había parado de trabajar. Había recorrido una distancia tan grande bajo aquel calor principalmente porque quería que Jiang Ji comiera algo bueno.
Un estudiante preparándose para unos exámenes tan importantes no podía obtener toda su nutrición diaria de apenas dos huevos.
Jiang Ji obedeció y abrió la vasija.
Tenía una boca ancha, pero estaba completamente cubierta por el cerdo estofado en salsa roja. Ni siquiera podía verse el arroz debajo.
No pudo evitar preguntar:
—¿Tú, Xiao Mai y Ya-ge’er ya comieron?
—No te preocupes. Podría privarme de cualquier cosa menos de buena comida. Xiao Mai y Ya-ge’er también comieron.
—Esta vez, cuando guisé la carne, añadí varios huevos, tofu y amaranto. Los dos se comieron un tazón enorme acompañándolo con pan.
La carne era demasiado cara, así que Ye Li había añadido otros ingredientes.
Y, a decir verdad, había quedado bastante sabroso.
—Pero los dos también querían venir a traerte el almuerzo. No los dejé.
Jiang Ji sonrió.
—Hiciste bien. Viniste a la ciudad por asuntos importantes y en casa no tenemos una carreta tirada por burro. Con esas piernecitas tan cortas, ellos no podrían caminar una distancia tan grande.
Mientras hablaba, tomó un trozo de carne con los palillos y se lo llevó a la boca.
La textura era igual que la última vez: ligeramente dulce, fragante y tierna, pero nada grasosa.
—Está delicioso.
Jiang Ji miró seriamente a Ye Li.
—Te esforzaste mucho por mí.
Aquellas palabras hicieron que Ye Li sonriera de oreja a oreja.
Señaló el espacio junto a él.
—Acércate un poco. No te quedes bajo el sol.
El sol era abrasador.
Por suerte, dentro de la escuela había un gran azufaifo junto al muro que proyectaba una amplia sombra.
Jiang Ji obedeció y se acercó a Ye Li.
Sosteniendo la vasija con una mano, continuó comiendo a grandes bocados mientras Ye Li le hablaba de sus planes.
Empujar la piedra del molino era un trabajo agotador.
Ye Li pensaba construir junto al pozo un cobertizo abierto por los cuatro lados.
Primero, serviría para cubrir el pozo, de modo que pudieran sacar agua incluso cuando lloviera o hiciera viento.
Segundo, trasladaría allí el molino de piedra.
Así, al menos, podrían trabajar un poco más frescos cuando tuvieran que empujarlo.
Jiang Ji respondió:
—Está bien. Pídele ayuda al segundo tío y al hermano Datong. Pueden ir a la montaña, cortar unos cuantos árboles y terminar el cobertizo en un día.
—Eso mismo pensaba.
Ye Li asintió.
Solo necesitarían algunos troncos y hojas. No era un asunto complicado.
—Además, pienso enseñarles a Xiao Liu y al hermano Datong a preparar huevos centenarios.
Jiang Ji dejó de masticar por un instante.
Luego levantó los ojos hacia Ye Li. Su apuesto rostro estaba lleno de sinceridad.
—Gracias.
—No tienes que agradecérmelo tú. Ellos serán quienes me den las gracias.
Ye Li no le dio demasiada importancia.
—Además, tampoco es un gran negocio. No van a hacerse ricos con esto.
Los huevos centenarios solo podían considerarse una actividad secundaria.
Por ejemplo, esta vez Ye Li planeaba preparar quinientos.
Por cada huevo pequeño que vendiera solo obtendría unos pocos li de ganancia.
Con los grandes podía ganar aproximadamente un wen por unidad.
Incluso suponiendo que los quinientos fueran grandes, apenas obtendría quinientos wen.
Pero en realidad ni siquiera llegaría a esa cifra, porque los huevos que compraba a los aldeanos eran de distintos tamaños.
Por eso, si quería ganar mucho dinero con aquello, tendría que vender enormes cantidades.
Miles.
Decenas de miles.
Pero dadas las condiciones de aquella época, incluso teniendo cerca la ciudad del condado de Beiyang, conseguir más de diez mil huevos no era tarea fácil.
Además, últimamente estaba realmente demasiado ocupado.
Cada mañana tenía que preparar el té con leche para Bao Beiyuan.
La carne estofada de aquel día la había comprado Ye Liang por encargo el día anterior.
Esa mañana, nada más terminar de preparar el tofu, Ye Li no había descansado ni un instante y se había puesto inmediatamente a preparar el té con leche.
En cuanto terminó las bebidas, puso la carne a guisar y el arroz a cocinar.
Solo así había conseguido llevarle el cerdo estofado a Jiang Ji antes del mediodía.
Durante aquellos días realmente no tenía tiempo para producir grandes cantidades.
Cuando pasaran unos días y Bao Beiyuan encontrara un patio adecuado, se mudara de la escuela y aprendiera a preparar él mismo el té con leche, Ye Li podría relajarse un poco.
Entonces podría comprar más huevos y preparar más huevos centenarios.
Por suerte, hacerlos no requería demasiado esfuerzo.
Quinientos parecían muchos, pero en realidad podía preparar todo el lote en una sola tarde.
Ye Li hablaba de aquello como si fuera insignificante, pero Jiang Ji no pensaba que quinientos wen fueran poca cosa.
¿Quinientos wen eran poco dinero?
En el pasado, aunque trabajara hasta el agotamiento durante dos meses, ni siquiera conseguía ganar esa cantidad.
Jiang Liu, por ejemplo, empujaba diligentemente el molino todos los días y apenas ganaba unos cientos de wen al mes.
Y aun así, un trabajo semejante era prácticamente único en la aldea.
Ahora podían ganar casi quinientos wen con relativa facilidad.
Aquello era algo bueno.
Algo extraordinariamente bueno.
Jiang Ji continuó comiendo, pero su mirada permaneció fija en Ye Li.
La persona que tenía delante y el Ye Li de antes eran prácticamente dos extremos opuestos.
Era tan bueno con él que a veces Jiang Ji sentía que estaba soñando.
—¿Por qué me miras? —preguntó Ye Li desconcertado, devolviéndole la mirada con sus claros ojos negros y blancos.
—Tengo una duda.
—¿Qué duda?
Jiang Ji señaló el sol abrasador sobre sus cabezas.
—¿Por qué ahora no es de noche?
—¿?
Ye Li ladeó la cabeza.
—Habla como una persona normal.
—Porque entonces podría escaparme contigo de regreso a la aldea esta misma noche y te ahorraría tener que practicar con la boca. No necesitas practicar. Ya eres suficientemente bueno.
Jiang Ji lo dijo con absoluta sinceridad.
—…Ya quisieras. Tú dedícate a estudiar y deja de pensar todo el día en esas cosas.
Las palabras de Ye Li sonaron feroces.
Pero por dentro estaba completamente endulzado.
Su buen esposo definitivamente debía quererlo muchísimo.
Jiang Ji se dio cuenta enseguida de que sus palabras no coincidían con lo que realmente sentía.
Y aquello hizo que la espera se volviera todavía más insoportable.
Para evitar que su cuerpo volviera a reaccionar, tuvo que concentrarse por completo en la comida.
Su boca quedó satisfecha.
Pero su mente no.
En ese momento solo tenía un deseo:
besar a Ye Li hasta que este no pudiera hacer otra cosa que aferrarse a su cuello y gemir suavemente.
Por desgracia…
No era el momento.
Y tampoco era el lugar.
La vasija de arroz cubierta de cerdo estofado desapareció rápidamente mientras Jiang Ji se lamentaba en silencio.
Había llegado la hora de que Ye Li se marchara.
Jiang Ji guardó la pequeña vasija dentro de la canasta y luego la levantó para ayudar a Ye Li a colocársela en la espalda.
Los dos quedaron de pie bajo la sombra.
Sus miradas se encontraron.
El silencio se extendió entre ellos.
Bajo aquel silencio se ocultaba la renuencia a separarse.
Pero estaban frente a la escuela.
Y el portero se encontraba sentado no muy lejos.
Así que Ye Li sonrió.
—Si ocurre algo, dile a Bao Beiyuan que me lleve el mensaje.
—Tú también.
Los oscuros ojos de Jiang Ji permanecieron fijos en el rostro de Ye Li sin siquiera parpadear.
Su voz era suave.
Pero el sentimiento que contenía era profundo.
Aquella mirada tan directa hizo que las mejillas de Ye Li comenzaran a calentarse.
—Regresa ya. Comiste bastante, así que duerme un rato. Yo me voy.
—Ten cuidado en el camino. Y no vayas demasiado rápido —le recordó Jiang Ji instintivamente.
Ye Li levantó un puño y lo agitó frente a él.
—No te preocupes. Si aparece algún idiota buscando problemas, ¡puedo derribar a diez de un solo puñetazo!
Al ver que Jiang Ji soltaba una risita, Ye Li tosió y adoptó una expresión seria.
—Además, dentro de un rato pediré a los empleados de la tienda de cerámica que lleven las vasijas hasta casa. Tendré compañía durante el camino.
—Bien.
La sonrisa del atractivo rostro de Jiang Ji no disminuyó.
—Entonces me voy.
Un poco avergonzado por aquella sonrisa, Ye Li se dio la vuelta sin esperar respuesta.
Caminó rápidamente y ni siquiera volvió la cabeza.
La escuela estaba justo junto a una esquina del callejón, así que después de apenas unas cuantas respiraciones dobló hacia otra calle y desapareció.
Jiang Ji apartó la mirada con evidente desgana.
Permaneció un rato bajo el árbol, perdido en sus pensamientos, y solo entonces regresó a la escuela.
En otoño tenía que aprobar el examen de la academia en el primer intento.
De lo contrario, tendría que seguir encerrado allí estudiando.
Aquellos días viviendo como el Vaquero y la Tejedora, separados el uno del otro, eran demasiado difíciles de soportar.
Por su parte, después de preguntar por el camino, Ye Li encontró la tienda de cerámica.
Bao Beiyuan se la había recomendado porque tenía precios justos.
Compró diez vasijas grandes y pagó veinte wen adicionales por el transporte, haciendo que uno de los empleados enganchara una carreta tirada por burro para llevarlas hasta la aldea.
Cuando llegó a casa, Ye Liang estaba a punto de cargar el tofu inflado y las brochetas grandes para regresar.
Ye Li revisó ambos productos.
Al comprobar que prácticamente no había diferencia entre lo que había preparado Ye Liang y lo que preparaba él mismo, le pidió que al día siguiente llegara más temprano para aprender a hacer huevos centenarios.
Ye Liang aceptó repetidamente.
Su padre ya había comprado los huevos y solo estaban esperando que Ye Li hiciera una demostración en persona.
Aunque sería su primera vez preparándolos, con Ye Li enseñándole no temía fracasar.
Había decidido que su primer lote también sería de quinientos huevos centenarios.
Si ni siquiera Ye Liang temía equivocarse, mucho menos Jiang Liu y Jiang Tong, que recibirían instrucciones personalmente de Ye Li.
Sin embargo, Ye Li dejó algo muy claro:
para evitar que la receta se filtrara, ambos tendrían que llevar los ingredientes a su casa y preparar allí los huevos.
En el caso de Jiang Tong no había problema.
Era el hijo mayor y ahora también estaba intentando desarrollar un pequeño negocio para ganar dinero.
Jiang Dachuan le había dado un par de taeles de plata y le había dicho que comprara lo que necesitara y se dedicara al proyecto sin preocupaciones.
El problema era que Yezapo solo tenía veintidós hogares.
Ye Li prácticamente ya había comprado todos los huevos que tenían los aldeanos.
Si Jiang Tong quería comprar más, tendría que ir a la ciudad del condado.
Jiang Liu, en cambio, era la hija mayor y no recibía de Jiang Dahe el mismo trato que Jiang Tong recibía de su padre.
Por eso, aquella mañana, cuando Jiang Dahe llevó a Jiang Liu a trabajar, Ye Li tomó la iniciativa de hablarle sobre el dinero necesario para comprar los ingredientes.
Después de escuchar la explicación, Jiang Dahe hizo un amplio gesto con la mano.
—Dime qué hace falta. Yo iré a comprarlo.
Anteriormente Ye Li le había regalado algunos huevos centenarios.
¡Realmente estaban deliciosos!
Ye Li sonrió.
—Segundo tío, puedes ir tú a comprarlo. Pero el dinero que gastes contará como un préstamo de Xiao Liu. Cuando venda los huevos centenarios, ella te lo devolverá.
—¿Un préstamo?
Jiang Dahe se quedó perplejo.
No comprendía qué quería decir.
Ye Li explicó pacientemente:
—Segundo tío, es así. Pienso enseñarle a Xiao Liu a preparar huevos centenarios. Y el dinero que gane vendiéndolos también lo administrará ella.
—¡Eso no puede ser!
Jiang Dahe negó repetidamente con la cabeza.
—Li-ge’er, Xiao Liu se casará en el futuro. ¿No temes que aprenda la receta y luego se la enseñe a la familia de su esposo?
—¡Qué insensatez!
Ye Li ya conocía perfectamente su carácter, así que no se enfadó.
Continuó sonriendo.
—Segundo tío, aunque se la enseñara, tampoco pasaría nada. Si realmente comparte la receta, la familia de su esposo seguramente la respetará y la tratará bien.
—Si una pequeña receta puede garantizar que Xiao Liu viva tranquilamente después de casarse, entonces habrá valido muchísimo la pena.
—Después de todo, es una hija que nuestra familia crió con esmero. ¿No sería bueno que pasara toda su vida sin sufrir abusos de la familia de su esposo?
—Además, si les enseña la receta, tu yerno seguramente también te tratará como a su propio padre. Segundo tío, ¿no has querido siempre tener un hijo? Un yerno es medio hijo.
Jiang Dahe:
—…
¿Por qué aquellas palabras sonaban un poco extrañas?
Movió los labios varias veces, intentando refutarlo, pero no supo qué decir.
Visto de aquella manera…
¿Resultaba incluso mejor que enseñara la receta a la familia de su esposo?
Jiang Dahe se rascó la cabeza, confundido.
Sin embargo, Jiang Liu apretó con fuerza la trenza que colgaba frente a su pecho.
Poco a poco, sus ojos se enrojecieron.
Dijo en voz baja:
—Li-ge, jamás se la enseñaré a nadie. Aunque me case, tampoco la compartiré.
—Es imposible conocer realmente el corazón de las personas. Solo mientras la receta permanezca en mis manos, la familia de mi esposo tendrá una razón para respetarme y tratarme bien siempre.
Ye Li no esperaba que Jiang Liu tuviera una comprensión tan clara de su situación.
Casi quiso aplaudirla.
—¡Muy bien dicho!
Qué muchacha tan lúcida.
—Xiao Liu, recuerda esto: solo aquello que tengas firmemente en tus propias manos puede convertirse en algo de lo que realmente puedas depender.
—En fin. Si el segundo tío no quiere prestarte el dinero, te lo prestaré yo. Cuando termines de empujar el molino, toma la plata y ve a la ciudad del condado a comprar huevos, cal viva y aserrín.
Al escuchar aquello, Jiang Dahe sintió que se le calentaba el rostro de vergüenza.
Se apresuró a decir:
—Li-ge’er, ¿qué estás diciendo? Mientras su propio padre esté aquí, ¿cómo voy a dejar que te pida dinero prestado? Yo se lo daré. Dime qué hay que comprar y dentro de un rato iré.
—Segundo tío, no tienes que obligarte. Tampoco es tanto dinero. Xiao Liu podrá devolvérmelo muy pronto.
Ye Li sonrió y negó con la cabeza.
—No, no. Lo pagaré yo. De todos modos… de todos modos, la receta es tuya. Si estás dispuesto a enseñársela, entonces enséñasela.
Jiang Dahe suspiró.
Olvídalo.
La receta no era suya.
Y, como padre, naturalmente también deseaba que su hija no sufriera abusos cuando se casara.
Al ver que realmente estaba dispuesto a prestarle el dinero, Ye Li explicó un poco más:
—Segundo tío, veo que la vida de Xiao Liu tampoco es fácil. Es una muchacha y viene todos los días a hacer trabajo pesado para mí.
—Además, tú siempre dices que es una hija que solo te hará perder dinero y que, cuando se case, bastará con darle cualquier dote y enviarla fuera.
—Por eso pensé en enseñarle a preparar huevos centenarios para que pueda ahorrar algo de plata.
—Esta receta tampoco la hará rica, así que no tienes que preocuparte demasiado.
—Está bien, está bien. Lo que tú digas. Te haré caso.
Jiang Dahe aceptó una y otra vez.
Aquella actitud dejó satisfecho a Ye Li.
Le indicó que llevara la carretilla hasta la ciudad del condado para comprar huevos, cal viva y aserrín.
Si no tenían suficientes vasijas en casa, también tendría que comprar algunas más.
Después debía llevarlo todo directamente hasta allí.
Jiang Dahe memorizó cada cosa.
Regresó a casa, desayunó, tomó la plata y empujó la carretilla hacia la ciudad.
Compró varios cientos de huevos.
Después de que Ye Li los recubriera con la mezcla de aserrín y los sellara dentro de las vasijas, Jiang Dahe se llevó varias de ellas a casa.
Una vez terminado aquello, tomó un hacha y subió a la montaña para cortar árboles y construir el cobertizo de Ye Li.
Por otro lado, Bao Beiyuan pasaba las mañanas recorriendo distintos lugares para vender el té con leche y las tardes buscando un patio para alquilar.
También estaba ocupadísimo.
Las perspectivas del mochi de arroz con leche de soja eran bastante buenas.
Todos los que lo probaban lo elogiaban.
Por eso Bao Beiyuan se volvió más atrevido y decidió alquilar un pequeño patio para él solo.
Así no tendría que preocuparse constantemente de que algún compañero de vivienda descubriera la receta.
Ya había hecho sus propios cálculos.
Si conseguía una ganancia diaria de cien wen, al mes serían unos tres taeles de plata.
Si lograba mantener el alquiler del patio por debajo de dos taeles, el tael restante sería suficiente para mantenerse.
Y para obtener cien wen de ganancia al día…
Solo necesitaba vender cuarenta y cuatro medidas de mochi de arroz con leche de soja.
Eso después de separar los diez wen correspondientes a Ye Li.
¿Cuarenta y cuatro medidas eran demasiadas?
¡No!
En apenas aquellos pocos días, el mochi de arroz con leche de soja ya tenía clientes que regresaban a comprar otra vez.
Por eso estaba decidido a alquilar un pequeño patio independiente.
El problema era que encontrar uno adecuado no resultaba fácil.
O estaban demasiado alejados…
O el alquiler era demasiado alto.
Cada vez que encontraba uno más o menos aceptable, llevaba a Jiang Ji para que lo ayudara a evaluarlo.
Nunca había alquilado una vivienda ni vivido por su cuenta y temía que alguien se aprovechara de su inexperiencia.
Como aquello era un asunto importante, Jiang Ji aprovechó varias veces el final de las clases vespertinas para acompañarlo.
Por eso, su regreso a casa fue aplazándose una y otra vez.
Cuando Bao Beiyuan finalmente eligió un patio, ya faltaban muy pocos días para las vacaciones de la escuela.
Después tuvo que mudarse y comprar expresamente algunos alimentos para agradecer al maestro Han y a los compañeros con quienes había compartido dormitorio.
Naturalmente, Jiang Ji estuvo presente para ayudarlo en momentos como esos.
Así, cuando Bao Beiyuan finalmente se instaló en su nuevo hogar y compró el molino de piedra y todos los utensilios necesarios para preparar las bebidas…
La escuela también comenzó sus vacaciones.
Jiang Ji estaba impaciente por regresar a casa.
Nada más sonar la campana que anunciaba el final de las clases, guardó sus libros a toda velocidad.
Corrió hasta el dormitorio, tomó el equipaje que había dejado preparado desde aquella misma mañana y salió rápidamente de la escuela.
Los días de verano eran largos.
Jiang Ji avanzó tan deprisa como pudo, trotando durante buena parte del camino.
Cuando por fin apareció ante sus ojos aquel pequeño patio tan familiar, el sol todavía no se había puesto.
Dejó escapar un largo suspiro.
Sus pasos disminuyeron de velocidad.
Levantó una mano para secarse el sudor de la frente y el rostro.
Y con pasos ligeros y alegres, caminó hacia su hogar.