Manual de supervivencia de un joven Omega interestelar - Capítulo 12

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Desde que se convirtió en militar de reserva especializado en mechas, Lin Xin había adoptado la convicción de no rendirse ni retroceder jamás.

Incluso en las peores circunstancias, debía conservar el temple de un soldado y luchar con todas sus fuerzas hasta el último instante de su vida.

Por eso, cuando descubrió que estaba en Estrella Oscura y que pronto sería subastado como mercancía, su primera reacción no fue sentir miedo, sino buscar por todos los medios una oportunidad para escapar.

Mientras existiera la más mínima esperanza, lo apostaría todo.

Su cuerpo había recibido entrenamiento profesional y podía resistir más de una decena de sustancias prohibidas. Cuando acababa de despertar, era cierto que apenas tenía fuerzas en las extremidades, pero después de beber agua y consumir la pasta nutritiva, había recuperado un poco de sensibilidad.

Utilizar los recursos disponibles para crear una falsa impresión y engañar al enemigo era una materia obligatoria para los militares de reserva.

Lin Xin había obtenido una calificación de A+.

Por eso, fingir de manera convincente que estaba al borde de la muerte era pan comido para él.

Y, tal como esperaba, la otra parte había caído en la trampa.

En cuanto le quitaron el grillete del cuello y una parte de su poder mental quedó liberada, Lin Xin redujo inmediatamente a la mujer.

—¡Ah… ah…!

La cadena le apretaba con fuerza la garganta.

La mujer se asfixiaba y, cuanto más forcejeaba, más difícil le resultaba respirar. El miedo a la muerte se apoderó de ella.

Jamás habría imaginado que, después de sobrevivir a innumerables combates, terminaría dejándose engañar por la belleza de aquel muchacho. Un instante de compasión había bastado para que su propia presa se volviera contra ella.

Lin Xin tenía la frente cubierta de sudor.

Su cuerpo seguía extremadamente débil y aquel movimiento había consumido prácticamente todas sus fuerzas.

Solo gracias a su feroz determinación conseguía mantener la cadena tensada alrededor de su cuello.

—Cof… ah… maldito… mocoso…

El rostro de la mujer estaba amoratado. Pateaba desesperadamente, intentando alcanzar al joven que tenía detrás.

—Aunque… me mates… tampoco podrás escapar… de Estrella Oscura…

Lin Xin permaneció impasible.

—Esto no es Estrella Oscura.

Estrella Oscura estaba separada de la Tierra por dos sistemas estelares.

Incluso la nave espacial más rápida necesitaría un mes para llegar hasta allí.

¿Cómo podían haberlo transportado a Estrella Oscura en apenas diez días?

La mujer sacó la lengua. Sus ojos empezaron a ponerse en blanco y cada vez le costaba más inhalar que exhalar. Sus fuerzas para resistirse disminuían poco a poco.

Al escuchar al joven, consiguió decir entre jadeos:

—No… seas ingenuo… Esto es… Estrella Oscura… Ah… ja… Tenemos… un agujero de gusano… exclusivo para saltos… Je… diez días… sobran… Mocoso… suéltame…

¿Un agujero de gusano?

¡Los contrabandistas y los piratas interestelares poseían un agujero de gusano para saltos que las cuatro grandes naciones desconocían!

¡Con razón podían actuar con semejante impunidad!

La mirada de Lin Xin se volvió gélida.

Aumentó la fuerza.

El rostro de la mujer se tornó ceniciento.

Se arrepentía demasiado tarde.

Si pudiera volver atrás, jamás se habría preocupado por si aquel mocoso vivía o moría, y mucho menos habría bajado la guardia solo por querer contemplar su belleza.

Justo cuando estaba a punto de resignarse a su destino, sintió que la fuerza de las manos del joven disminuía.

Una pequeña bocanada de oxígeno entró por su nariz.

¿La cadena que le rodeaba el cuello estaba temblando?

El rostro de la mujer se iluminó.

Aprovechó aquella oportunidad excepcional y forcejeó con todas sus fuerzas.

El joven que estaba detrás de ella se desplomó sobre la cama como si ya no tuviera huesos.

—¡Cof, cof, cof…!

Al volver a respirar aire fresco, la mujer mostró la expresión de alguien que acababa de escapar de la muerte.

Se alejó de la cama y se apoyó en una silla mientras fulminaba con la mirada al joven acurrucado sobre el colchón.

Si no fuera una valiosa mercancía para la subasta, ya le habría dado una patada.

¡Maldita sea!

Había estado a punto de caer por una estupidez.

Si los demás se enteraban, quién sabía cuánto se burlarían de ella.

Después de recuperar el aliento, se tocó el cuello dolorido y volvió a acercarse a la cama con cautela.

—¿Eh? ¿Con el estado en el que estás todavía quieres escapar? ¡Sigue soñando!

Cruzó los brazos y se burló fríamente de él.

El joven respiraba con rapidez.

Tenía el rostro sonrojado, los ojos cerrados y el cuerpo completamente empapado en sudor.

La fina gasa que llevaba se había vuelto semitransparente al adherirse a su piel, dejando entrever las impecables líneas de su figura.

La mujer se cubrió la nariz.

¡Mierda!

Si ella fuera Alfa, probablemente acabaría aprovechándose de la mercancía que debía custodiar.

Sacudió la cabeza y golpeó con la punta de la bota el borde de la cama.

—¡Deja de fingir que estás muerto! ¡No volveré a caer en tu trampa!

El joven pareció no escucharla.

De sus labios escapó un débil gemido.

La mujer se quedó inmóvil.

—¡Bang!

La puerta de la habitación se abrió violentamente.

El barbudo entró llevando una máscara aislante.

—¿Qué está pasando? —preguntó con voz amortiguada—. ¿Este chico está en celo?

Las limpias y delicadas feromonas de orquídea escapaban de la habitación y se extendían por todas partes.

—¿Qué? ¿En celo? —La mujer se quedó atónita.

¡Así que el mocoso no estaba fingiendo esta vez!

¡Realmente se sentía mal!

¿Porque había entrado en celo?

En el palco supremo de la casa de subastas, tres hombres enmascarados se encontraban sentados en diferentes lugares, bebiendo té con elegancia mientras contemplaban la proyección holográfica de la subasta.

Desde allí podían observar todas las actitudes y reacciones de los poderosos de las distintas naciones interestelares.

—Ya casi llegamos a la pieza final. El verdadero espectáculo está a punto de comenzar —dijo emocionado el joven Alfa que llevaba una máscara de zorro.

—También debemos agradecerle al señor Huang que nos haya traído una mercancía única en su especie —dijo el joven sentado en el centro.

Vestía una capa negra y una máscara inspirada en el maquillaje de la ópera ocultaba por completo su verdadero rostro.

—No es nada. El jefe es demasiado amable —respondió el señor Huang, con una lujosa máscara sobre el rostro y una leve sonrisa en los labios.

Como intermediario, había invertido cuatro millones y vendido la mercancía por ciento cincuenta millones.

Era un negocio extraordinariamente satisfactorio.

El hombre de la máscara de zorro refunfuñó:

—Al principio solo pedías setenta millones. ¡En cuestión de días el precio aumentó a más del doble!

El señor Huang entrelazó las manos y suspiró.

—Para capturar a esta presa perdí a dos subordinados.

—¿De verdad? —El hombre de la máscara de zorro parecía escéptico.

Había visto la «mercancía».

Tendido tranquilamente en la cápsula nutritiva, el muchacho parecía dócil y adorable, como una bella durmiente que despertaba compasión.

No parecía en absoluto alguien tan peligroso.

—Si el segundo jefe no me cree, puedo enviarle un video —dijo el señor Huang.

Tocó ligeramente su identificador.

Poco después, el hombre de la máscara de zorro recibió el archivo.

—¿Por qué no lo ampliamos y lo vemos juntos? —propuso el jefe.

—Claro, hermano mayor.

El hombre de la máscara de zorro manipuló los controles y una pantalla virtual de veinte pulgadas apareció en el aire.

En el estrecho callejón, un joven esbelto con una gorra de béisbol permanecía tan frío como el hielo.

Uno contra seis.

Sin el menor miedo.

En un abrir y cerrar de ojos derribó a dos Alfas.

Sus ataques eran despiadados, mortales, limpios y precisos.

—Eh… esa capacidad de combate… da miedo —murmuró el hombre de la máscara de zorro.

Con razón el señor Huang había aumentado el precio.

Si el francotirador no hubiera aparecido después, probablemente los seis Alfas habrían terminado muertos allí.

La mirada del jefe se volvió profunda.

Observó fijamente al joven derribado por el rifle tranquilizante.

Al verlo guardar silencio, el hombre de la máscara de zorro preguntó:

—Hermano mayor, ¿qué pasa?

El señor Huang también lo miró mientras sus dedos golpeaban suavemente el reposabrazos de la silla.

Aquel jefe de los piratas era meticuloso y de temperamento impredecible.

Había que actuar con extrema cautela al tratar con él. El menor error podía costarle a alguien la cabeza.

Después de veinte años colaborando, el señor Huang había llegado a comprender aproximadamente su carácter.

Cuando observaba a alguien con semejante concentración, significaba que esa persona había despertado su interés.

Y, efectivamente, el jefe dejó escapar una risa que provocaba escalofríos.

—Empieza a darme pena vender a esta cosita.

El hombre de la máscara de zorro se quedó perplejo.

—Hermano mayor, ¿por qué no venderlo? ¡Te garantizo que los ricachones que han venido hoy vaciarán sus cuentas por él!

¡Eran veinte mil millones de monedas interestelares prácticamente asegurados!

No.

¡Quizá incluso más de veinte mil millones!

Hacía mucho tiempo que no veía a aquellos ricachones entrar en una guerra de pujas por una sola pieza.

El jefe sonrió sin responder.

Levantó su taza de té y bebió lentamente.

El señor Huang bajó los ojos.

El joven deslumbrante que aparecía en el video resultaría atractivo para cualquier Alfa poderoso.

No solo el jefe.

Incluso él había estado a punto de dejarse cautivar.

Por fortuna, el poder del dinero había vencido al deseo.

Había renunciado a regañadientes al muchacho para permitir que generara todavía más valor en la subasta.

—Oh, ¡ahí viene la pieza final! —exclamó el hombre de la máscara de zorro, mirando la imagen holográfica.

Sobre el enorme escenario, el presentador se encontraba frente a una cortina.

Alzó la voz:

—¡Damas y caballeros, ha llegado el momento más emocionante! ¡La mercancía más costosa en toda la historia de nuestra casa de subastas está a punto de presentarse ante ustedes! ¡Tengan preparados sus dispositivos de puja y disfrutemos juntos de esta fiesta!

¡Bang!

El presentador golpeó con fuerza el martillo.

La cortina situada detrás de él desapareció instantáneamente.

Un enorme y resplandeciente aviario circular de oro apareció sobre el escenario.

Un intenso aroma a orquídea, limpio, puro y profundo, se precipitó hacia el exterior como una marea.

Barrió todo el recinto.

Se extendió sin restricciones.

Los miles de Alfas presentes fueron tomados completamente desprevenidos por aquellas feromonas pertenecientes a un Omega en celo.

—¡Uaaah!

El público pareció estallar como si hubiera detonado una bomba.

El recinto se llenó de gritos.

Algunos Alfas con poco autocontrol perdieron inmediatamente la compostura y liberaron sus propias feromonas sin control.

Otros abandonaron sus asientos y corrieron hacia el escenario, completamente obsesionados.

El personal encargado de mantener el orden se había puesto máscaras aislantes en algún momento.

Avanzaron metódicamente y detuvieron a los Alfas que habían entrado en su periodo de susceptibilidad.

Incluso los invitados de los palcos privados, separados del escenario por gruesas paredes transparentes de cristal, no pudieron evitar percibir las feromonas de orquídea.

Sus expresiones cambiaron drásticamente.

Los ojos se les enrojecieron.

Todos contemplaron sin parpadear la jaula dorada sobre el escenario.

¡Había alguien dentro!

¡Y esa persona era Omega!

Para que todos los compradores pudieran verlo con claridad, una cámara inteligente provista de dos pequeñas alas atravesó los barrotes y entró en la jaula.

El objetivo enfocó el fondo.

En un instante, la imagen de un joven encadenado apareció en la proyección holográfica.

Sobre su esbelto cuerpo llevaba una fina prenda blanca de gasa con aberturas.

Tenía los brazos y las piernas descubiertos.

Su piel era blanca como la nieve.

Los delicados omóplatos sobresalían en su espalda y su estrecha cintura se insinuaba bajo la fina tela.

Como si percibiera las innumerables miradas hambrientas clavadas sobre él, el joven levantó lentamente la cabeza.

Sus facciones parecían haber sido esculpidas cuidadosamente por una divinidad.

El suave cabello negro, que le llegaba hasta los hombros, reflejaba un tenue brillo.

Sus ojos, empañados por los efectos del celo, estaban húmedos y desenfocados, y las comisuras exteriores mostraban un ligero rubor.

Aquella imagen hizo perder la calma a los presentes.

Los Alfas del recinto se volvieron todavía más frenéticos.

Los espectadores sentados en las primeras filas comenzaron a gritarle al presentador que anunciara de una vez el precio inicial.

¡Querían pujar!

Los nobles de los palcos tampoco consiguieron conservar su habitual compostura.

—¡Es un Omega masculino!

—¡Dios! ¡Es precioso! ¡Quiero tenerlo!

—¿Un Omega masculino? ¿Será el que apareció en las noticias interestelares? ¡El de la República del Dragón Azul!

—¡Sabía que las Omega femeninas de alta calidad eran hermosas, pero nunca imaginé que un Omega masculino de alta calidad pudiera ser todavía más bello! ¡Huelan esas puras feromonas de orquídea! ¡Me estoy embriagando!

—¡La subasta de Estrella Oscura realmente merece su reputación!

—¡Oh! Miren esos ojos confundidos. ¿No son encantadores? Ese chico probablemente está asustado. Necesita que lo tranquilice.

—¡Quiero morder su glándula, inyectarle mis feromonas, marcarlo, abrazarlo y convertirlo en mi Omega!

—¡Amigo, no compitas conmigo! ¡Llevo treinta años soltero esperando a una pareja con una compatibilidad del cien por ciento! ¡Siento que es él!

—¡Rápido, comprueba cuánto dinero queda en la cuenta! ¿Tenemos mil millones?

—¿Mil millones? ¡Vale por lo menos dos mil millones!

—¿Dos mil millones? ¡Eso es un robo!

—¡Si no quieres gastar dinero, no participes en la puja!

…

En uno de los palcos privados, un Alfa alto envuelto en una capa oscura se encontraba de pie frente al ventanal de cristal.

Sus penetrantes ojos dorados permanecían fijos en el joven dentro de la jaula.

Cuando distinguió en aquellos ojos negros llenos de lágrimas un rastro de obstinación que le resultaba demasiado familiar, abrió los cinco dedos y apoyó con fuerza la mano contra el cristal.

¿Su pequeño Alfa?

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