Manual de supervivencia de un joven Omega interestelar - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - Preludio de la subasta
Nave Yaoguang · Dormitorio del capitán
—Mariscal, ¿de verdad piensa infiltrarse en secreto en Estrella Oscura? —preguntó el vicecapitán Tang Liyu con el ceño fruncido.
—No voy a infiltrarme. Voy a entrar por la puerta grande.
Li Yao hizo girar el costoso y deslumbrante anillo que llevaba en el dedo. Después acomodó con elegancia el cuello alto de su túnica, completamente incrustado de piedras preciosas, y alzó su terso mentón, dejando al descubierto la sensual nuez de su garganta.
Su cabello plateado, fluido como el agua, estaba impecablemente peinado. Dos adornos de estilo clásico engastados con diamantes sujetaban el cabello a ambos lados de la cabeza y combinaban a la perfección con sus pendientes de platino.
Tang Liyu sintió que aquel «nuevo rico» cubierto de joyas de pies a cabeza estaba a punto de dejarlo ciego.
El mariscal había abandonado su habitual y rigurosa indumentaria militar para ponerse la túnica blanca de los nobles de la Alianza del Tigre Blanco. Cubierto de oro y jade, irradiaba constantemente un aura de «vengan a robarme» propia de alguien obscenamente rico.
Era imposible mirarlo directamente.
Siete días atrás habían llegado al territorio estelar del Mar Oscuro.
La Yaoguang permanecía oculta en un cinturón de asteroides mientras los equipos de reconocimiento investigaban los movimientos de los piratas interestelares. Las fuerzas de la nave militar se habían desplegado silenciosamente y, con una sola orden del mariscal, podrían iniciar el ataque.
Sin embargo, aquella misma mañana, un informante había enviado noticias.
La casa de subastas de Estrella Oscura iba a subastar una misteriosa y costosísima mercancía.
Incluso Gong Yue, el siempre escurridizo jefe de los piratas, aparecería personalmente para encontrarle un buen dueño a aquella «mercancía».
Era una oportunidad excepcional.
Naturalmente, el mariscal no estaba dispuesto a dejarla escapar.
Por eso había tomado aquella decisión: se haría pasar por un noble de la Alianza del Tigre Blanco y asistiría a la subasta de Estrella Oscura. Aprovecharía la oportunidad para eliminar a Gong Yue, acabar definitivamente con los piratas interestelares y devolverle la paz al universo.
Los piratas interestelares llevaban siglos sembrando el caos.
Las cuatro grandes naciones habían sufrido enormemente por su culpa. Cada año, naves espaciales eran asaltadas y las pérdidas resultaban descomunales.
Se habían enviado innumerables fuerzas expedicionarias contra ellos, pero los resultados nunca habían sido satisfactorios.
El motivo era que el territorio estelar del Mar Oscuro, donde se ocultaban los piratas, se encontraba en un sistema remoto. Era una región sin desarrollar por completo y fuera de la jurisdicción de cualquier gobierno. Ni siquiera existían mapas estelares fiables, por lo que las fuerzas expedicionarias eran incapaces de localizar con precisión la guarida de los piratas y a menudo regresaban con las manos vacías.
Un mes y medio atrás, el tercer príncipe había escoltado decenas de toneladas de minerales desde el sistema R98 de regreso al Imperio Xuanwu.
Durante el trayecto fueron atacados por piratas interestelares.
Más de diez mil tripulantes y mineros perdieron la vida. Incluso el tercer príncipe y su escolta personal murieron heroicamente.
Cuando la noticia llegó al Imperio Xuanwu, Su Majestad el emperador montó en cólera.
El tercer príncipe era su hijo más querido y apenas tenía veinticinco años.
Aquel viaje debía servirle para adquirir experiencia.
Nadie había imaginado que partiría para no regresar jamás, sin siquiera dejar restos que recuperar.
Sumido en el dolor, el emperador juró exterminar a los piratas interestelares.
El mariscal y el tercer príncipe habían sido amigos.
Cuando Li Yao recibió la terrible noticia, no dudó en ofrecerse voluntario para dirigir el ejército contra los piratas.
Así había comenzado aquella expedición.
Tang Liyu confiaba plenamente en que el mariscal tenía fuerza suficiente para derrotar al jefe de los piratas.
Pero entrar personalmente en Estrella Oscura, conocida como una «guarida de lujo y despilfarro», seguía pareciéndole demasiado arriesgado.
Intentó contenerse, pero finalmente volvió a aconsejarlo:
—Mariscal, ¿por qué no lo piensa un poco más?
Li Yao se examinó frente al espejo.
Tras asegurarse de que su disfraz no tenía ningún defecto, cubrió su apuesto y distinguido rostro con una máscara ornamentada, dejando visibles únicamente sus resplandecientes ojos dorados.
—¿Pensarlo? —dijo—. Los antiguos decían que, si uno no entra en la guarida del tigre, no puede capturar a sus cachorros. Mientras Gong Yue muera, los piratas se quedarán sin líder y el espacio interestelar podrá disfrutar de al menos un siglo de tranquilidad.
Tang Liyu se quedó pensativo.
No tuvo más remedio que admitir que el mariscal tenía razón.
Desde que Gong Yue se había convertido en jefe de los piratas veinte años atrás, estos se habían vuelto cada vez más desenfrenados.
En el pasado todavía actuaban con cautela y solo asaltaban naves aisladas en las zonas exteriores de los territorios estelares de las cuatro grandes naciones.
Ahora eran cada vez más audaces.
Cruzaban las fronteras con frecuencia y causaban enormes problemas a las cuatro naciones.
Gong Yue sabía perfectamente que figuraba en las listas de criminales buscados de las cuatro grandes naciones, por lo que llevaba años manteniendo su paradero en secreto.
¡Y aquel día, por primera vez, iba a presentarse personalmente en una subasta por una simple «mercancía»!
—¿Y si es una trampa? —Tang Liyu seguía preocupado.
La expedición del Imperio Xuanwu era confidencial, pero nadie podía garantizar que la información no se hubiera filtrado y hubiera alertado al enemigo.
—Llevaré conmigo a mi guardia personal.
Li Yao tomó una capa dorada oscura que colgaba del perchero y se la echó sobre los hombros con un movimiento elegante.
Se puso la capucha, ocultando el cabello plateado que brillaba como la luz de la luna, y salió del dormitorio.
Tang Liyu se masajeó las sienes y lo siguió.
Li Yao se reunió con diez miembros de su guardia personal, disfrazados de sirvientes.
Después de darles unas breves instrucciones, abordaron una pequeña nave alojada en el interior de la Yaoguang.
La nave abandonó el cinturón de asteroides.
Su destino era Estrella Oscura.
La conciencia de Lin Xin emergió lentamente de la oscuridad.
Sus sentidos comenzaron a recuperarse.
Movió los dedos.
Sintió algo suave y sedoso y, por instinto, cerró la mano, aferrándose a una parte de la colcha de seda.
Su cuerpo se estremeció.
Recuperó completamente la conciencia y abrió los ojos de golpe.
El rostro de una mujer madura, de facciones llamativas y maquillaje intenso, apareció frente a él.
—Oh, ¿ya despertó el hermanito? —preguntó ella, arqueando una ceja mientras abría los labios pintados de rojo intenso.
Lin Xin se encogió e intentó retroceder.
Pero descubrió que sus extremidades no tenían fuerza.
Todo su cuerpo estaba blando e incapaz de responder.
Su poder mental, además, estaba completamente restringido. Había desaparecido sin dejar rastro.
Clinc, clinc…
Sonaron cadenas metálicas.
Lin Xin descubrió con sorpresa que llevaba grilletes en el cuello, las muñecas y los tobillos.
Incluso le habían cambiado la ropa.
Ahora vestía una fina prenda blanca de gasa con aberturas. Sus brazos y piernas estaban descubiertos y sentía una corriente fría sobre la espalda.
Para alguien acostumbrado a llevar un uniforme militar escolar, aquella ropa que cubría menos de lo que mostraba resultaba extremadamente incómoda.
El joven frunció sus delicadas cejas.
Vestido de aquella forma provocativa y tendido débilmente sobre las sábanas, ofrecía una imagen que despertaba inevitablemente compasión.
La mujer retrocedió un paso.
Se sentó en una silla junto a la cama, cruzó las piernas y apoyó el mentón sobre una mano mientras lo contemplaba con interés.
Aquella mirada descarada era imposible de ignorar.
Lin Xin soportó la incomodidad, recuperó la calma y comenzó a evaluar rápidamente su situación.
Se encontraba en un dormitorio lujosamente decorado.
La lámpara de cristal suspendida del techo evidentemente valía una fortuna.
Debajo de él había una cama de princesa de tonos rosados, rodeada de cortinas de gasa que daban a la habitación una atmósfera de ensueño juvenil.
Su identificador ya no estaba en la muñeca.
En su lugar tenía unos grilletes fabricados con un material especial.
No solo restringían sus movimientos.
También reprimían su poder mental.
Quienes lo habían capturado parecían temer tanto su fuerza que incluso habían recurrido a medicamentos inhibidores.
Aparte de mover los ojos, Lin Xin apenas podía girar el cuerpo.
¿Habían hecho todo aquello únicamente para mantenerlo prisionero?
—Bueno, ¿ya terminaste de observar? —preguntó la mujer, aburrida de que el joven la ignorara—. De verdad eres diferente. Cuando un chico normal descubre que lo han secuestrado, ¿no debería gritar y armar un escándalo?
Lin Xin dejó de inspeccionar la habitación y la miró con indiferencia.
Recordaba a aquella mujer.
Era cómplice de los Alfas que lo habían capturado.
También era subordinada del señor Huang.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz ronca.
Llevaba demasiado tiempo sin beber y la sequedad de su garganta lo hizo toser.
La mujer chasqueó los dedos.
Se levantó, le sirvió agua y, de manera considerada, introdujo una pajilla en el vaso antes de acercársela a los labios.
Lin Xin no se movió.
—¿Qué pasa? ¿Temes que le haya puesto algo? —preguntó ella—. Eres demasiado precavido para ser un niño.
Las pestañas de Lin Xin temblaron ligeramente.
Finalmente abrió la boca, tomó la pajilla entre los labios y bebió lentamente.
Cuando calmó la sed, soltó la pajilla.
No bebió ni una gota más.
La mujer agitó el medio vaso restante, lo dejó sobre la mesa y siguió observándolo.
—¿Tienes hambre? —preguntó con suavidad.
Lin Xin no respondió.
Permaneció tendido en silencio.
La mujer tampoco quiso prolongar el misterio.
Sacó de su anillo espacial una porción de pasta nutritiva de alta calidad.
—Después de dormir diez días en una cápsula nutritiva, ya deberías tener hambre.
¿Diez días?
Lin Xin bajó los ojos.
Diez días eran suficientes para llevarlo prácticamente a cualquier lugar.
Quizá ya ni siquiera se encontraba en la Tierra.
El joven estaba demasiado tranquilo.
No parecía un prisionero.
Le daban agua y bebía.
Le daban pasta nutritiva y comía.
Parecía un pequeño animal inofensivo, completamente distinto de la feroz figura que había combatido en aquel callejón.
¡Era demasiado dócil!
A la mujer le picaron las manos de ganas de acariciarle la cabeza.
Sin embargo, recordó que era una costosa mercancía destinada a una subasta y se contuvo a regañadientes.
Después de terminar la pasta nutritiva, el estómago de Lin Xin se sintió mucho mejor.
Cerró lentamente los ojos para conservar fuerzas.
Estaba tan tranquilo que la mujer empezaba a preguntarse si aquello era realmente un hotel y ella una empleada encargada de atenderlo.
La comisura de sus labios se contrajo.
Extendió un dedo y pinchó el brazo blanco del joven.
Lin Xin abrió los párpados.
Sus ojos negros como la tinta se clavaron directamente en ella.
Al verse observada por aquellos ojos brillantes como estrellas, la mujer quedó momentáneamente desconcertada.
Sin darse cuenta, sintió cierta compasión por él y decidió resolver sus dudas.
—Estamos en Estrella Oscura.
Tal como esperaba, el rostro del joven mostró sorpresa.
—Felicidades. Serás la pieza final de la subasta de esta noche. Innumerables poderosos de todo el espacio interestelar se volverán locos por ti.
La calma exterior de Lin Xin finalmente se resquebrajó.
En su rostro apareció el miedo propio de un joven de su edad enfrentado a semejante peligro.
¡Estrella Oscura!
Cuando había ingresado en la escuela primaria afiliada a la Academia Militar Donghua, los instructores les habían dedicado toda una clase a aquel lugar.
El planeta se encontraba en el territorio estelar del Mar Oscuro.
No pertenecía a ninguna nación.
Estaba controlado por una organización misteriosa a la que incluso los piratas interestelares temían.
Tenía sus propias reglas.
Allí podía venderse cualquier cosa.
Y su casa de subastas era particularmente famosa.
Podías comprar cualquier mercancía que desearas.
Incluidas…
Personas.
Los poderosos y magnates de todo el espacio interestelar utilizaban la red oscura para seleccionar a sus presas.
Cuando comenzaba una subasta, viajaban en secreto hasta allí en sus propias naves, entraban completamente disfrazados y gastaban fortunas.
Precisamente porque había gente poderosa respaldando aquel negocio, Estrella Oscura nunca carecía de clientes y se había convertido en uno de los mejores lugares del espacio interestelar para lavar dinero.
Cada vez que sus instructores mencionaban a aquellos poderosos cegados por la codicia, apretaban los dientes de rabia.
Pero poco podían hacer.
Mientras aquellas personas no mostraran públicamente su verdadero rostro, en sus respectivos países seguían aparentando ser ciudadanos respetables.
Sin pruebas contra ellos, no había manera de llevarlos ante la justicia.
Como militares, además de defender el país y proteger a sus ciudadanos, también podían terminar convertidos en una espada en manos de quienes estaban en la cima.
¿Pero quién podía saber si aquellos que ocupaban «la cima» no formaban parte precisamente de esos «poderosos»?
Sus instructores les habían advertido una y otra vez:
Si alguna vez encontraban a una persona o asunto relacionado con Estrella Oscura, debían informar inmediatamente a sus superiores.
Jamás podían bajar la guardia.
Lin Xin se mordió el labio con fuerza.
Un frío penetrante recorrió todo su cuerpo y se estremeció inconscientemente.
¡Él se había convertido en una mercancía de Estrella Oscura!
Sus padres creían haberle encontrado un hombre rico.
No tenían idea de que aquel hombre tenía otras intenciones.
Había utilizado el «matrimonio» como pretexto cuando, en realidad, desde el principio lo había considerado una presa.
Y después de atraparlo…
Simplemente lo había revendido.
El miedo en el rostro del joven complació a la mujer.
Sopló sobre sus uñas perfectamente arregladas y sonrió.
Así estaba mejor.
¡Esa sí era una reacción normal!
Una vez quebrada su defensa, después de todo, no era más que un muchacho ingenuo que nunca había conocido verdaderamente el mundo.
De repente, Lin Xin pareció asfixiarse.
Le costaba respirar.
Abrió mucho la boca e intentó desesperadamente tomar aire.
Sin embargo, por más que lo intentaba, el oxígeno parecía incapaz de llegar a sus pulmones.
La falta de aire hizo que su rostro se enrojeciera.
Todo su cuerpo comenzó a colapsar y las lágrimas brotaron sin control de sus ojos.
—Ah… ah…
De su garganta salieron sonidos roncos.
Su rostro se volvió blanco como el papel, como si pudiera morir en cualquier momento.
La mujer se levantó de un salto, aterrorizada.
—Oye… tú… ¿estás bien?
Se acercó rápidamente para examinarlo.
El joven sufría convulsiones continuas y espuma blanca apareció en su boca.
Alarmada, la mujer lo incorporó apresuradamente.
Mientras le daba palmadas en la espalda, lo urgía:
—¡Respira! ¡Vamos, respira!
¡Esto era malo!
¡Si le ocurría algo a la mercancía de la subasta, ella no podría asumir la responsabilidad!
Los ojos de Lin Xin comenzaron a ponerse en blanco.
Parecía estar a punto de perder el conocimiento.
La mujer frunció el ceño.
Tocó el grillete que rodeaba su cuello y utilizó su huella digital para desbloquearlo.
Clac.
El grillete se desprendió del delicado cuello del joven.
En ese instante, los ojos en blanco de Lin Xin recuperaron repentinamente la normalidad.
Al percibir que una pequeña parte de su poder mental había quedado liberada, no dejó escapar la oportunidad.
Sin la menor vacilación, atrapó el cuello de la mujer con la cadena que unía los grilletes de sus muñecas.