Maestro del Debuff - Capítulo 1302
—…!
Siegfried quedó conmocionado cuando aquellas palabras completamente inesperadas salieron de la boca de Carell.
—¿Qué acabas de decir?
Carell esbozó una sonrisa burlona.
—¿Oh? Supongo que acerté, a juzgar por lo alterado que estás.
—¿Quién eres? ¿Y qué le hiciste a Carell? —preguntó Siegfried con voz seria.
—Así que realmente eres discípulo del Gran Maestro Deus —dijo Carell con despreocupación, claramente divertido.
—¿Gran Maestro?
—¿No lo sabías? —Carell arqueó una ceja, como si aquello le resultara gracioso. Luego se encogió de hombros—. Fue hace unos cuatrocientos cincuenta años. Debo admitir que fue una era bastante interesante. En aquel entonces había siete Grandes Maestros activos, y Deus era uno de ellos.
—¿Eh? Hasta donde sé, eran…
—Siete.
—¿Por qué solo siete?
—Porque yo no soy alguien a quien deban incluir en el mismo grupo que ellos. Así que sí, siete es correcto.
—…?
—Deus era un tipo bastante divertido, aunque desafortunado. De haber nacido en otra era, sin duda habría estado en la cima del mundo. Sin embargo, en aquella época no escaseaba el talento, y había innumerables guerreros más fuertes que él. Tenía motivos de sobra para lamentar la mala suerte de haber nacido en ese tiempo.
Para sorpresa de Siegfried, Carell… no, la entidad que lo poseía, comenzó a hablar sobre el pasado de Deus.
—Deus se dedicó a entrenar durante casi medio siglo, pero al final no consiguió derrotar a nadie. Luego, en algún momento, desapareció y se esfumó por completo del mundo.
—Ah… —Siegfried dejó escapar un leve jadeo al darse cuenta de que aquella historia coincidía con lo que sabía.
—Pero sus últimas palabras fueron bastante graciosas. Afirmó que obtendría el poder de la invencibilidad y regresaría. ¿No te parece ridículo que alguien que no había logrado superar a otros durante décadas asegurara que adquiriría el poder de la invencibilidad?
»Si simplemente hubiera renunciado y abandonado sus ambiciones, habría podido disfrutar en paz del resto de su vida.
—¿C-Cómo sabes todo eso?
A esas alturas, Siegfried no podía evitar preguntarse quién, o qué, se había apoderado del cuerpo de Carell. Hasta donde él sabía, no quedaba nadie con vida que conociera el pasado de Deus con tanto detalle.
Todo aquello había ocurrido hacía cuatrocientos cincuenta años, así que, si alguien de esa época seguía vivo, no podía ser humano.
‘¿Será posible que este tipo sea…?’
Ahora que lo pensaba, Siegfried tenía la sensación de que aquella entidad podía ser uno de los Grandes Maestros a los que Deus no había logrado superar.
Carell respondió:
—Yo soy… aquel que sirve al Creador.
—…!
—Soy quien preserva las doctrinas de la orden monoteísta que existe desde los albores de la creación. El papa, líder de todo el clero al servicio del Creador.
—¿El… papa?
—Bueno, la gente de hace cuatrocientos cincuenta años me llamaba el Rey Iluminado.
¡Ding!
Una notificación apareció frente a los ojos de Siegfried.
[Alerta: ¡Se ha activado la misión «El Arrepentimiento del Maestro»!]
La ventana de la misión apareció ante él.
[El Arrepentimiento del Maestro]
[Tipo: Misión]
[Detalles: Encuentra y aplasta a los siete sucesores de quienes eran conocidos como los ocho más fuertes del continente hace quinientos años.]
[Progreso: 85,71 % (6/7)]
[Descendiente del Dios del Trueno Vajra 1/1] ✓
[Descendiente del Santo de la Espada Murcièlago 1/1] ✓
[Descendiente del Gran Sabio Sieghart 1/1] ✓
[Descendiente del Maestro de la Sangre Berserk 1/1] ✓
[Descendiente del Rey Iluminado Maugris 0/1]
[Descendiente de la Flecha Divina Windforce 1/1] ✓
[Descendiente del Rey Supremo Braum 1/1] ✓
Tal como Siegfried sospechaba, quien poseía a Carell no era otro que el objetivo final de la misión El Arrepentimiento del Maestro: el descendiente del Rey Iluminado Maugris.
Sin embargo, a diferencia de los demás descendientes, él no era un sucesor.
Era el propio Rey Iluminado Maugris.
Maugris había vivido durante la asombrosa cantidad de cuatrocientos cincuenta años sin morir, al igual que Deus.
—¿Cómo sigues vivo? Aunque de alguna forma puedas prolongar tu esperanza de vida, existe un límite para los mortales.
—Esperanza de vida… —murmuró Maugris. Luego soltó una risa y preguntó—: ¿De verdad crees que algo así se aplica a mí, el papa de la Iglesia del Monoteísmo?
—…?
—Oh, necio. Yo existo desde los propios albores de la creación. He vivido durante un lapso que los simples mortales jamás podrían medir.
—…!
—La carne es finita, pero el espíritu es infinito. Yo soy la doctrina viviente del clero que sirve al Creador. ¿Por qué habría de sucumbir ante las limitaciones del cuerpo de un mortal?
Resultó que Maugris era el nuevo Ejecutor del Destino y se asemejaba más a un inmortal que a un humano. Era un ser cuya existencia era tan larga como la del Arcángel Supremo Miguel.
—Eres tan necio como tu maestro —se burló Maugris.
Siegfried frunció el ceño y gruñó:
—¿Qué acabas de decir?
—Deus no conocía su lugar. Vivió una existencia lamentable intentando obtener algo que jamás podría pertenecerle. Y al final, debió de morir de manera miserable y solitaria en algún rincón profundo de las montañas, después de soportar toda clase de penurias.
—¿Y qué?
—Tú eres igual. Igual que Deus.
—¿Qué quieres decir?
—Al igual que tu maestro, tú también luchas por algo que jamás podrás conseguir. El destino de este mundo no puede detenerse. Todo ya ha sido predestinado. ¿Cómo podría un simple mortal impedir el descenso del Creador de todas las cosas?
Siegfried soltó una risita.
—No me importa nada de lo que acabas de decir, pero no me gusta que ridiculices a mi maestro.
—¿Te molesta que haya insultado a tu maestro? —preguntó Maugris.
—¡Pfft! Claro que no —respondió Siegfried con desdén. Luego sonrió con suficiencia—. Verás, mi maestro sí obtuvo el poder de la invencibilidad.
Maugris miró a Siegfried con lástima.
—Por tu bien, me gustaría creerlo, pero eso es sencillamente imposible.
»¿De verdad piensas que un simple mortal como Deus pudo alcanzar el poder de la invencibilidad? Niño necio… Tu maestro ciertamente brilló en su época, pero jamás fue alguien capaz de obtener semejante poder.
—¿Ah, sí? ¿De verdad lo crees?
—Lamento decepcionarte, pero te engañó.
—Vas a arrepentirte de esas palabras, amigo —dijo Siegfried con una sonrisa arrogante.
Maugris arqueó una ceja.
—¿Arrepentirme? ¿Crees que alguna vez me arrepentiría de…?
Siegfried lo interrumpió.
—Oh, definitivamente vas a arrepentirte.
¡Woooong!
Deus descendió.
Tras sentir la aparición del Rey Iluminado Maugris, Deus descendió sobre las antiguas ruinas de los Illuminati, ubicadas en la Cordillera Torio.
—¡Maestro!
Siegfried corrió hacia Deus en cuanto apareció.
—Ese tipo es…
—¿Crees que vine hasta aquí sin saberlo? —respondió Deus con severidad. Luego dejó escapar una leve sonrisa—. Algo en ese bastardo ya me parecía extraño incluso en aquellos días. Y verlo todavía vivo, arrastrándose por ahí, significa que realmente era una especie de espectro.
—Eso creo, maestro.
—Hazte a un lado un momento, discípulo mío.
—¡Sí, maestro!
Siegfried se apartó tal como se le ordenó para que Deus pudiera saldar personalmente aquella deuda.
Deus había permanecido en este mundo y había retrasado su ascensión a la divinidad precisamente por ese motivo. Lamentaba no haber logrado derrotar a las siete personas que dominaron su era, y Maugris era una de ellas.
Siegfried comprendía el arrepentimiento de Deus mejor que nadie. Aunque él había aplastado a los descendientes utilizando los poderes que Deus le había otorgado, el verdadero propietario de aquellas habilidades todavía no había saboreado la victoria.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo Deus mientras caminaba hacia el Rey Iluminado.
Cuando avanzó, ocurrió algo sorprendente.
Con cada paso, la apariencia de Deus comenzó a cambiar poco a poco. Pronto adoptó la forma de un apuesto joven de cabello negro azabache, con una expresión arrogante y un toque de picardía.
Deus lucía exactamente como su versión joven, aquella que Siegfried había visto antes.
Maugris pareció algo sorprendido, y su reacción era comprensible.
El Rey Iluminado no era una entidad a la que pudiera considerarse humana, y por eso era capaz de poseer una longevidad tan antinatural.
Sin embargo, Deus era diferente.
Aunque fuera un Gran Maestro y su esperanza de vida superara con creces la de una persona común, se suponía que sobrevivir más de cuatrocientos años era imposible incluso para él.
Y no solo había sobrevivido todo ese tiempo, sino que todavía conservaba la misma apariencia juvenil que en su mejor momento.
Lo extraño habría sido que Maugris no se sorprendiera.
—¿Cómo te atreves a hablar de mi pasado e insultarme delante de mi discípulo? —dijo Deus con una sonrisa mientras hacía crujir los nudillos.
Maugris hizo una mueca.
—¿Cómo es posible que sigas vivo?
—Porque obtuve el poder de la invencibilidad —respondió Deus, encogiéndose de hombros.
—Tonterías —replicó Maugris, sin creer una sola palabra.
—Piensa lo que quieras.
—El poder de la invencibilidad que afirmas haber alcanzado es la capacidad de derrotar a cualquiera, sin importar quién sea. Es un poder con el que alguien como tú ni siquiera podría soñar…
Deus lo interrumpió.
—Hay muchas cosas que puedo tolerar, Maugris.
¡Swoosh!
Desapareció y reapareció justo frente a él.
—Pero no toleraré que me insultes delante de mi discípulo.
—…!
—Si no me crees, entonces déjame mostrarte el poder de la invencibilidad.
¡¡Baaam!!
El puño de Deus impactó en el rostro de Maugris.
—¡Guhk!
La cabeza de Maugris se echó hacia atrás y la sangre salió disparada de su boca.
—Recuerdo habértelo dicho con claridad —dijo Deus mientras sujetaba al Rey Iluminado por el cuello de la ropa.
—Ugh…
—Que alcanzaría el poder de la invencibilidad.
—¿Cómo… alguien como tú…?
—Observa con atención.
El Deus que estaba frente a Siegfried no era el mismo NPC oculto de nivel 999 que le había enseñado.
Ahora mismo, no era un maestro.
Era un artista marcial.
Armado con el mismo espíritu que poseía en su plenitud, estaba preparado para derrotar por fin al enemigo al que no había logrado vencer en el pasado.
—Maldito espectro —dijo Deus con una sonrisa mientras estrellaba la cabeza del Rey Iluminado contra el suelo.
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!
—¡Gah! ¡Guhk! ¡Argkk!
Maugris también era un Gran Maestro, y su capacidad de combate había quedado demostrada cuando derrotó sin esfuerzo a Shakiro.
Aun así, incluso el Rey Iluminado no era más que un saco de boxeo frente a Deus.
Deus ni siquiera estaba luchando en serio. Si de verdad hubiera liberado todo su poder, Maugris habría sido aniquilado con aquel primer puñetazo.
En otras palabras, aquello no era una batalla.
Era una paliza.
Una que se estaba llevando a cabo únicamente para saldar un antiguo rencor.
—Tú eras… el que… más odiaba… hijo de puta.
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!
—¡G-Ghraaaaaak!
Deus pisoteó repetidamente las joyas familiares de Maugris, provocando que gritara de absoluto sufrimiento.
Era imposible expresar con palabras lo insoportable que resultaba el dolor de ser pisoteado una y otra vez justo en aquella zona.
—E-Esto es demasiado incluso para mí. No creo que pueda seguir mirando… —dijo Siegfried mientras apartaba la cabeza.
—Kyuuu… Hamchi tampoco puede ver esto… —añadió Hamchi, incapaz de continuar observando.
Por alguna razón desconocida, Hamchi parecía sentir una profunda empatía por Maugris, a juzgar por cómo se sujetaba su propia entrepierna mientras temblaba.
—…
Mientras tanto, los compañeros de Siegfried retrocedieron en silencio, sin hacer el menor ruido.
‘E-Esto es aterrador…’
‘Podríamos ser los siguientes si nos vemos arrastrados por esa locura.’
‘Tengo que alejarme. Lo más lejos posible…’
El aura de Deus era tan violenta y abrumadora que creían que incluso un simple roce podía matarlos en el acto.
—Duele, ¿verdad? ¿Qué te parece eso, bastardo? ¡Keke!
—¡Ghraaaak!
—¡Aquí mismo fue donde me golpeaste hace cuatrocientos cuarenta y siete años!
—¡Gaaak!
—¡Todavía me duele cada vez que llueve!
—¡A-Aaagh! ¡Y-Yo no recuerdo haberte golpeado en…!
—¡Ja! ¡Qué conveniente debe de ser olvidar después de golpear a alguien! Bien. ¡Entonces prueba un poco de tu propia medicina!
—¡E-Espera!
—¡Voy a darte una paliza que no olvidarás ni en siglos!
—¡Aaaaagh!
Era evidente para todos que Deus pretendía saldar su rencor de una vez por todas. Continuaba golpeando a Maugris sin descanso, controlando cuidadosamente su fuerza para que ninguno de los golpes resultara mortal.
Aquella era su forma de infligir el máximo dolor mientras se aseguraba de que su víctima no muriera.
‘El maestro realmente le guardaba un rencor infernal…’
Siegfried sabía que Deus lamentaba no haber podido vengarse de aquellos que lo habían pisoteado, pero aun así no pudo evitar estremecerse ante la brutalidad de su venganza.
Ni siquiera en sus sueños más descabellados habría imaginado que una persona pudiera recibir una paliza semejante.
Siegfried se consideraba un experto en golpear a quienes se metían con él, pero incluso él tuvo que admitir que todavía le quedaba un largo camino por recorrer después de contemplar el trabajo de Deus.
Así de despiadado era.
Después de aproximadamente una hora de golpes inmisericordes, Deus sujetó al Rey Iluminado por el cuello de la ropa y preguntó:
—Me preguntaste si realmente había alcanzado el poder de la invencibilidad, ¿verdad?
Todo lo que Maugris logró emitir como respuesta fue un gemido.
—Ughh…
Deus mostró una sonrisa que helaba la sangre.
—Tengo el poder de matarte.
Con esas palabras, el alma de Maugris abandonó el cuerpo de Carell antes de dispersarse en fragmentos.
Aniquilación total.
Deus había descompuesto un alma.
Sin embargo, lo que ocurrió a continuación desafió por completo las leyes del mundo.
—Y también puedo traerte de vuelta —dijo Deus.
Los fragmentos dispersos del alma de Maugris se reunieron de nuevo y regresaron al cuerpo de Carell antes de que el eco de las palabras de Deus terminara de desvanecerse.
Deus no solo había destruido el alma de Maugris.
También la había reconstruido.
Siegfried igualmente poseía el poder de destruir un alma, pero reconstruir una era algo sencillamente imposible para él.
En otras palabras, lo que Deus acababa de hacer no era otra cosa que un milagro.