La Esposa del Joven General es el Señor Suertudo - Capítulo 108
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- Capítulo 108 - No es un sueño
—Hoy escuché dos buenas noticias. Seguro que en la cena me como otro cuenco de arroz y tengo más ganas de estudiar. Vamos a comer y luego volvemos corriendo a estudiar —Gao Ziqi parecía haber olvidado el dolor de estudiar y regresó rebosante de energía.
—De acuerdo. Castañita, vamos juntos al comedor —Liu Xingye le echó un brazo por los hombros a Gao Ziqi mientras hablaba.
—Paso. Tengo algo que hacer. Nos vemos luego —dijo Yu Jinli mientras guardaba su mochila.
—Está bien, pero acuérdate de volver temprano esta noche —Liu Xingye no le preguntó más; al fin y al cabo, cada quien tenía sus asuntos.
Los estudiantes se fueron al comedor a cenar, mientras que Yu Jinli, con su mochilita a la espalda, se dirigió al dormitorio de Jiang Mosheng. Sabía que, cuando no daba clase, él solía quedarse allí.
Tenía una copia del horario de Jiang Mosheng, así que cuando quería verlo, siempre sabía si estaba dando clase o descansando. Ahora, todas sus clases habían terminado, así que Yu Jinli no podía esperar para ir a verlo.
Jiang Mosheng le había dado acceso a su dormitorio, de modo que no necesitaba abrirle la puerta: Yu Jinli podía entrar y salir cuando quisiera.
—Ah Sheng, hoy tuvimos profesores nuevos —apenas entró al dormitorio, soltó la noticia a toda prisa, deseando compartir su alegría. No se dio cuenta de que había más gente. Al ver dos rostros conocidos en la sala, lo que estaba a punto de decir se le quedó atragantado.
En cuanto Jiang Mosheng oyó su voz, toda su aura se suavizó de inmediato, lo que dejó atónitos a los jóvenes sentados frente a él.
Se giraron hacia Yu Jinli con interés en la mirada. Conocían a Jiang Mosheng desde hacía mucho, y en sus recuerdos él siempre llevaba cara de póker. Hacía falta una gran fuerza de voluntad para sentarse cerca de él, pues de lo contrario uno difícilmente resistía el aire gélido que emanaba. Pero en ese instante, el frío a su alrededor se esfumó por completo, como si hubiera llegado la primavera. Era increíble.
—Señor An, señor Xiao —saludó Yu Jinli con dulzura.
Los que estaban en la sala del dormitorio de Jiang Mosheng no eran otros que An Yizhe y Xiao Weilin, los nuevos profesores que, unas horas antes, habían dado clase a la Clase F.
Yu Jinli no esperaba verlos allí, así que se mostró un poco cohibido.
—¿Ya terminaron las clases? —Jiang Mosheng avanzó y tomó la mochila de Yu Jinli con una sonrisa apenas perceptible, colocándose de manera sutil para interponerse entre él y An Yizhe y Xiao Weilin.
—Sí. Ah Sheng, gracias —Yu Jinli abrió los brazos y le dio un gran abrazo para expresar su gratitud. Luego miró de reojo a los dos profesores y susurró—: Mis compañeros están muy contentos, y los nuevos profesores son geniales.
—Mientras tú estés feliz —Jiang Mosheng le acarició la cabeza con cariño—. Conmigo aquí, no tienes de qué preocuparte.
An Yizhe y Xiao Weilin habían venido con la intención de sacar chismes de Jiang Mosheng, pero se toparon de frente con una exhibición pública de cariño.
Ellos también eran amigos de infancia de Jiang Mosheng; solo que él, como mutante, se fue al frente a proteger a la Federación, y ellos, como forjadores de cartas, se quedaron en la retaguardia.
Al principio se sorprendieron cuando Jiang Mosheng les pidió venir como profesores, pero después se entusiasmaron.
Jiang Mosheng nunca les pedía nada. Incluso cuando estuvo al borde de la muerte, no les pidió ayuda para la Familia Jiang; y ahora, de repente, les pedía que vinieran. Era sencillamente increíble.
Con su agudo sexto sentido, An Yizhe intuyó que había algo detrás de todo esto; de otro modo, Jiang Mosheng —que jamás pedía favores— no lo habría hecho. Aunque estaba en el ejército, no es que estuviera en plena guerra, así que podía venir como instructor a tiempo parcial. Además, ¿cómo iba a rechazar una oportunidad tan rara de enterarse de sus cosas? De paso arrastró a Xiao Weilin. ¡Las alegrías se comparten con los buenos amigos! Y por lo visto había hecho bien en venir: el chisme le había caído del cielo.
—Ah Sheng, ¿de dónde conoces al señor Yu de mi clase? No vayas a intimidar a este chico tan adorable —dijo An Yizhe con una sonrisita, enfatizando “mi clase” con picardía en los ojos.
—Señor An, Ah Sheng no me va a intimidar —se apuró a explicar Yu Jinli por Jiang Mosheng.
—Ni caso —Jiang Mosheng le tomó la mano a Yu Jinli, lo llevó hasta un sofá individual y lo sentó. Luego se volvió hacia An Yizhe y Xiao Weilin con el rostro helado. Aunque no dijo palabra, era evidente que quería que se marcharan.
A An Yizhe se le contrajo la comisura de los labios. Llevaba años acostumbrado a la cara de póker de Jiang Mosheng y no le habría molestado… de no ser porque acababa de verlo mirar a Yu Jinli de otra manera. Siempre había creído que Jiang Mosheng había nacido sin expresiones y que trataba igual a todo el mundo. Solo ahora entendía que su inexpresividad se debía a que aún no había conocido a quien pudiera arrancarle una sonrisa.
Había que admitir que el destino era caprichoso. ¿Quién habría imaginado que el distante dios de la guerra, de rostro imperturbable, terminaría enamorado de un dulce y algo ingenuo muchacho?
Si An Yizhe se fuera obedientemente, entonces no sería An Yizhe.
Una oportunidad de chisme así no se desperdicia. ¿La dignidad? ¿Se come?
—Señor Yu, ¿cómo conoció a este gran bloque de hielo? —preguntó con interés.
Como buen estudiante, Yu Jinli respondía a todas las preguntas de sus profesores, aunque sonaran raras. Tenía la impresión de que los alumnos que no escuchaban a sus maestros no eran buenos estudiantes.
—Fui a su casa y allí lo conocí. Ah Sheng no es un bloque de hielo; es muy bueno —contestó dócilmente. Pero que llamaran “bloque de hielo” a Ah Sheng no le pareció una buena descripción, y se incomodó un poco.
—¿A su casa? ¿Entonces ya conoció a sus padres? —la curiosidad de An Yizhe creció.
—Claro —respondió Yu Jinli, extrañado por la pregunta.
La respuesta lo dejó boquiabierto. Había notado la química entre Jiang Mosheng y Yu Jinli, pero no esperaba que su relación hubiera avanzado tan rápido. Jiang Mosheng había llevado a Yu Jinli a conocer a sus padres. ¿Seguía siendo el mismo Jiang Mosheng emocionalmente parco de siempre?
—Bien hecho, hermano. Te moviste rápido —An Yizhe le guiñó un ojo a Jiang Mosheng.
Jiang Mosheng ni se tomó la molestia de responderle. Se volvió hacia Yu Jinli y le preguntó con ternura:
—¿Qué quieres cenar?
—¡Costillas agridulces! —A Yu Jinli se le iluminaron los ojos al hablar de comida.
En realidad quería más un pollo estofado con castañas, que no comía desde hacía mucho. Pero, por desgracia, en este mundo aún no había encontrado nada parecido a las castañas.
Cada vez que pensaba en lo ricas que eran, se desanimaba.
Las castañas eran tan deliciosas… ¿por qué no existían en este mundo? ¿Significaba que ya no podría comerlas?
La comida favorita de Yu Jinli eran las castañas; de lo contrario, no se habría puesto ese nombre, lo cual mostraba hasta qué punto le gustaban. Lamentablemente, desde que estaba aquí, no había vuelto a probar esas dulces y suaves castañas.
Había recorrido casi todos los supermercados de alimentos naturales en la Estrella Capital y encontró muchos ingredientes familiares que una vez existieron en la Tierra, pero ninguna castaña.
—De acuerdo —Jiang Mosheng accedía sin condiciones a cualquier petición de Yu Jinli. Incluso si él quisiera carne de dragón de nieve, buscaría la manera de conseguírsela.
Al ver que era imposible echar a An Yizhe, dejó de perder el aliento y se dirigió a la cocina para preparar la cena.
Era la primera vez que An Yizhe veía cocinar a Jiang Mosheng. Volvió a quedarse pasmado.
—Weilin, pellízcame. ¿Estoy soñando? Acabo de ver a Ah Sheng ir a la cocina —dijo, sin poder creerlo, mirando hacia allí mientras se dirigía a Xiao Weilin.
Xiao Weilin sonrió levemente sin decir nada y, con sus delgados dedos blancos, le soltó un pellizco sin piedad en el brazo.
Al segundo, un grito resonó. Por suerte, el dormitorio estaba insonorizado; de lo contrario, los profesores de al lado habrían pensado que se cometía un asesinato.
An Yizhe se sujetó el brazo, ya morado. Sus ojos, en forma de flor de durazno, se cubrieron de una ligera bruma, dándole un aire delicado.
—Weilin, eres despiadado —se quejó, haciendo una mueca de dolor.
Xiao Weilin se encogió de hombros, muy inocente.
—Tú me pediste que te pellizcara.
—Pero no hacía falta que me pellizcaras tan fuerte. Se me puso morado —refunfuñó An Yizhe al ver la marca.
—¿Cómo ibas a saber que no estabas soñando si no te pellizcaba fuerte? Ahora ya sabes con certeza que no lo estás —repuso con calma Xiao Weilin.
Al mirar al sonriente profesor Xiao y luego al profesor An haciendo muecas, Yu Jinli no pudo evitar estremecerse.
Aunque el profesor Xiao parecía amable, con una sonrisa como brisa primaveral que causaba buena impresión, en ese momento su sexto sentido de pez koi le dijo que era más peligroso que el profesor An, siempre holgazán y dado a gastar bromas.
La intuición de una bestia espiritual nunca fallaba.
Así que Yu Jinli, que había pensado en ir a buscar un dispositivo terapéutico para el profesor An, se quedó obedientemente en el sofá, como si no se hubiera enterado de nada.
—Weilin, lo hiciste a propósito —An Yizhe no era tonto. Llevaban años siendo amigos y lo conocía bien. Aunque… no recordaba haberlo ofendido hoy, ¿o sí?