¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 83

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Después de mucho tiempo, el Emperador volvió a organizar una competencia de caza.

Gracias a eso, los círculos sociales, que últimamente habían permanecido tranquilos, se llenaron de actividad, sin importar si pertenecían a la facción del Emperador o a la facción noble.

Durante diez años, todos los festivales y banquetes habían sido suspendidos debido a la guerra contra el Rey Demonio, por lo que aquella década había sido una época en la que la alta sociedad permaneció prácticamente congelada.

Después de que el Héroe derrotara al Rey Demonio, todos comenzaron a organizar banquetes con cautela, poco a poco.

Y, a partir de cierto momento, empezaron a celebrarlos casi todos los días, como caballos salvajes liberados de sus riendas.

Aquella euforia terminó apaciguándose porque el Emperador ordenó moderar los excesos, argumentando que todavía no se había alcanzado una paz absoluta.

Además, se difundió la noticia de que incluso el conde Almeida había sido asesinado y cerca de diez nobles de la facción noble habían sido purgados.

A esas alturas, cualquiera que no fuera un completo idiota sabía quién estaba llevando a cabo aquella purga.

Sin embargo, el marqués Rodrigo, líder de la facción noble, seguía ileso.

Pero, como el conde Almeida había sido el noveno, todos los nobles estaban encogidos de miedo, temiendo que la décima cabeza en rodar fuera la suya.

Aunque los últimos diez años habían sido relativamente tranquilos debido a la amenaza del Rey Demonio, todos estaban redescubriendo que las luchas políticas eran así por naturaleza.

Por eso, la mayoría de los nobles participó en la competencia de caza organizada por el Emperador, sin importar a qué facción pertenecieran.

Temían convertirse en el siguiente objetivo de la purga si hacían algo que desagradara al soberano.

La familia del marqués Evans también ocupaba uno de los espacios del coto de caza.

—¡Nuestra hermanita me dio un pañuelo, así que voy a ganar la competencia!

—¿Creíste que eras el único que recibió uno? ¡La victoria será mía!

Los dos hermanos de la familia del marqués Evans presumían los pañuelos que les había entregado su hermana menor, Boram, mientras competían sutilmente entre sí.

Sin embargo, junto con la familia del marqués Rivalt, los Evans eran una de las dos familias más famosas del Imperio Reneva por su dominio de la hechicería.

Naturalmente, los hijos del marqués no poseían ningún talento para las actividades físicas, así que todos sabían que era imposible que ganaran.

Aun así, delante de Boram, que les había dado los pañuelos, ambos presumieron que obtendrían el primer lugar.

Boram sabía que eran tan malos cazando que atrapar aunque fuera un animal pequeño ya podía considerarse un milagro.

Pero no dijo nada.

—¡¿De qué están hablando?! ¡Esta vez ganaré yo!

Boram observó cómo su padre, el marqués Evans, también gritaba aquello y cómo los tres se dirigían con gran confianza hacia la competencia de caza.

En cuanto todos se marcharon, la expresión de Boram se volvió impasible, como si jamás hubiera sonreído.

A su madre, la marquesa Evans, y a sus cuñadas no les agradaban demasiado ese tipo de eventos, así que ni siquiera habían asistido.

Por eso Boram era la única que podía entregar pañuelos y había tenido que encargarse de su padre y sus hermanos.

Pero la persona a la que realmente quería darle uno era otra.

Boram miró hacia el exterior de la tienda.

Algunas jóvenes nobles participaban directamente en la cacería, pero la mayoría se había reunido en grupos de tres o cinco y organizaba pequeñas reuniones de té en un sector del coto.

Era pleno invierno.

Sin embargo, gracias a la hechicería a gran escala que el marqués Rivalt, confidente del Emperador, había desplegado sobre todo el terreno, el ambiente era bastante agradable, como si nadie sintiera el frío.

Tanto la familia Rivalt como la Evans eran famosas por su hechicería.

Pero, mientras los Evans estaban más especializados en el combate, los Rivalt parecían sobresalir en prácticamente todos los campos.

Era imposible decir cuál de las dos familias era superior.

En cualquier caso, una hechicería como aquella estaba fuera del alcance de los Evans.

—Simon, tus habilidades con este tipo de hechicería siguen siendo excepcionales.

Su padre, el marqués Evans, incluso se lo dijo al marqués Rivalt, confidente del Emperador, que pasaba casualmente por allí.

Sonó al mismo tiempo como un elogio y un insulto.

Pero, teniendo en cuenta que el marqués Evans era extremadamente tacaño con los halagos, sin duda se trataba de un cumplido.

El confidente del Emperador, mucho más joven que él, le dio las gracias cortésmente con una sonrisa amable.

—Ahora que lo pienso, ¿no era también muy talentoso tu hermano en este campo?

La sonrisa del marqués Rivalt desapareció por un instante ante la pregunta adicional del marqués Evans.

Pero enseguida volvió a sonreír.

—Tengo un hermano bastante incompetente.

—No recuerdo haberlo visto últimamente.

—De todos modos, no es alguien que disfrute demasiado de las actividades al aire libre. Se encuentra fuera por asuntos de trabajo…

—¿Es así? Hablé con él en una ocasión y coincidimos bastante en algunos temas relacionados con artefactos. Dile que me gustaría invitarlo cuando regrese.

¿Qué clase de persona sería el hermano del marqués Rivalt?

Boram estaba sentada dentro de la tienda, pensando distraídamente en eso, cuando alguien entró sin anunciarse.

Era Arthur.

—¿Qué haces aquí?

Boram, que permanecía ensimismada, se sobresaltó y miró a su alrededor.

Arthur había entrado solo en la tienda de la familia Evans, sin ningún acompañante.

Él, en cambio, se veía completamente tranquilo.

Contempló divertido la expresión horrorizada de Boram.

—¿Por qué te sorprendes tanto? Nadie pensará que es extraño que el Héroe venga a recibir un pañuelo de una antigua compañera.

Dicho eso, se sentó junto a Boram como si aquella fuera su propia tienda.

Su rostro, que parecía extrañamente agotado, sugería que últimamente no había dormido mucho.

Boram lo observó con sentimientos contradictorios y suspiró.

—A veces pareces olvidar que tienes prometida.

—Esa prometida ni siquiera participó en el evento de hoy.

Arthur soltó una risa burlona.

Aunque se trataba de una actividad organizada por la familia imperial, la relación entre el palacio y el templo nunca había sido buena.

El templo se negó a participar, argumentando que no podía tomar parte en una competencia basada en matar animales.

Naturalmente, la santa Laila tampoco asistió.

Claro que esa era su postura como santa.

Como prometida del conde Fontaine, podría haber participado.

Pero no lo hizo.

Gracias a eso, no había nadie que le atara un pañuelo a Arthur.

En realidad, el pañuelo no era más que un símbolo.

Sin embargo, entre los nobles existía desde hacía mucho la tradición de recibir uno de un familiar, un amigo o un amante que les deseara buena suerte.

Boram se levantó sin decir nada, tomó el pañuelo extra que había preparado por si acaso y lo ató alrededor de la muñeca de Arthur.

—Incluso sin esto eres bueno cazando y pescando, ¿no? Eras el mejor cuando viajábamos juntos.

—Por supuesto. Si participo en serio, el primer lugar está asegurado.

En realidad, Arthur era el mejor cazando y pescando de los tres hombres.

Augustine tendía a evitar matar directamente, salvo cuando se trataba de demonios.

Y Ketron prefería destrozar rápidamente a su presa antes que cazarla con cuidado controlando su fuerza.

Arthur observó el pañuelo que Boram acababa de atarle y abrió la boca.

—Boram, ¿qué pasa con la Espada Sagrada?

Últimamente, Arthur no dejaba de preguntarle si podía fabricar una espada parecida a la Espada Sagrada.

Pero, por muy talentosa que fuera Boram como hechicera, no podía asegurar que fuera posible.

Quizá podría hacer que se pareciera utilizando hechicería e imbuirla de divinidad para que resultara convincente.

Pero una falsificación terminaría siendo descubierta tarde o temprano.

Al ver que Boram permanecía en silencio, Arthur rio como si desde el principio no hubiera esperado demasiado.

—Lo sé. Sé que será difícil, incluso para alguien tan extraordinaria como tú. Solo preguntaba por si acaso.

—Deja de pensar tonterías y retírate.

Boram habló con voz fría.

Últimamente llevaba tiempo insistiendo en que Arthur debía retirarse.

Intentaba convencerlo de que había llegado el momento de dejar atrás el papel de Héroe y dar el siguiente paso como noble y político.

Ya no podía seguir escudándose en sus heridas, por mucho que deseara llevar una vida tranquila.

Aunque todavía era joven, no habría ningún problema si el Héroe, después de haber cumplido su misión, se retiraba antes de tiempo.

Después de todo, ya había derrotado al Rey Demonio.

Boram pensaba que esa clase de vida le quedaba mucho mejor a Arthur.

No aquella torpe imitación de un Héroe.

Arthur se había vuelto histérico y extremadamente sensible después de ver a Ketron en el torneo.

Solo recientemente había empezado a calmarse un poco.

Pensándolo bien, Arthur siempre había sido así, salvo durante las primeras semanas después de convertirse en Héroe.

Ansioso.

Susceptible.

Para empezar, jamás había sido una persona especialmente audaz.

Aunque nunca lo había dicho en voz alta, Boram podía verlo con claridad.

Aquel lugar nunca le había pertenecido a Arthur.

Pero, como todavía seguía buscando la Espada Sagrada, parecía que sus palabras sobre retirarse no habían logrado influir demasiado en él.

Cuando Boram estaba a punto de comenzar con otro sermón, Arthur se levantó rápidamente.

—Ya me voy.

Boram lo fulminó con la mirada.

Siempre había odiado que lo regañaran.

—Ah, cierto. Sobre esto…

Arthur, que ya estaba saliendo de la tienda, levantó de repente la muñeca donde llevaba atado el pañuelo.

—Aunque Laila hubiera venido, lo habría recibido de ti.

Después agitó la muñeca y salió apresuradamente.

—…Ha.

Solo cuando Arthur desapareció, Boram soltó el aire que llevaba conteniendo.

Sonó como un suspiro.

No digas tonterías.

Si Laila hubiera estado allí, Arthur habría aceptado su pañuelo para acallar los rumores sobre su mala relación que comenzaban a circular discretamente.

Por eso, aquellas palabras solo podían interpretarse como un intento de consolar a Boram, ya que hablaban de algo que jamás habría ocurrido.

Aun así, no pudo evitar reírse de sí misma por haberse ilusionado al escucharlas.

Idiota.

Estúpida.

La hija menor de la familia del marqués Evans, a quien toda su vida habían llamado genio, no tuvo más remedio que admitir que últimamente se había convertido en una completa idiota.

En el interior de la tienda, que había quedado repentinamente en silencio después de la partida de Arthur, Boram se dejó caer en su asiento.

Arthur, ¿estás satisfecho siendo el Héroe?

O…

¿Te arrepientes?

No tenía el valor de preguntárselo.

Y tampoco llegaba ninguna respuesta.

Pero Boram respondió a aquella pregunta sin contestación.

Yo sí me arrepiento.

También me arrepiento de amarte.

De no poder desprenderme de estos sentimientos persistentes, aun sabiendo que nunca seré tu prioridad.

Y de haber traicionado a ese muchacho inocente.

Incluso ahora, cada vez que estaba a punto de olvidarlo, seguía soñando con Ketron.

Con Ketron mirándola en silencio.

Ante aquella mirada pesada, desprovista de resentimiento, odio o cualquier emoción intensa, Boram siempre despertaba sintiendo que la conciencia que creía haber abandonado se precipitaba hasta el fondo de la tierra.

Con el que probablemente era ya el enésimo suspiro desde aquel día, Boram dirigió la mirada hacia el bosque donde se desarrollaba la competencia.

En ese preciso momento, un ave que alzaba el vuelo fue alcanzada por la flecha de alguien y cayó al suelo.

Por alguna razón, el corazón de Boram se hundió al contemplar aquella escena.

No sabía por qué.

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