¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 46
A la mañana siguiente, Eddie volvió a comportarse con total naturalidad con Ketron, como si la incomodidad del día anterior jamás hubiera existido. Había recuperado por completo su actitud de siempre.
Como Ketron tampoco había mostrado ninguna reacción especial, Eddie terminó concluyendo, con cautela, que todo había sido producto de su propia exageración e imaginación.
Seguramente solo había sido una de esas jugarretas de la noche.
—Guau…
Eddie miró por la ventana de la posada y sintió una extraña sensación de déjà vu.
Quizá porque la posada estaba en plena calle principal, desde la ventana podía ver que, en la mañana del torneo, las calles de Sandern rebosaban de gente.
Una enorme marea humana, muy parecida a la multitud que había llenado las calles durante el desfile del Héroe, el día en que conoció a Ketron.
A lo lejos apenas se alcanzaba a distinguir el Coliseo, cuya apariencia era prácticamente idéntica al de Roma. Comprender que aquel Coliseo estaba realmente en funcionamiento —no como una atracción turística ni como una reliquia histórica desgastada por el tiempo— y que allí se celebraría un torneo de espadachines hizo que el corazón le latiera con fuerza.
La emoción y la expectativa, que llevaba tiempo sin sentir, volvieron a llenar todo su cuerpo.
Este mundo de fantasía era lo mejor.
Con una sonrisa radiante, Eddie pensó por primera vez en mucho tiempo que haber transmigrado a este mundo también podía ser algo realmente divertido.
—¡Ket! ¡Vamos, salgamos de una vez!
Lo apremió con entusiasmo, y Ketron, que ya estaba listo para salir, simplemente asintió.
¿Eh?
Por una vez, Ketron llevaba la Espada Sagrada colgada a la espalda.
Eddie estuvo a punto de preguntarle el motivo, pero decidió guardar silencio.
Después de todo, ¿no sería extraño preguntarle a un espadachín por qué llevaba una espada?
Desde luego, tenía toda la apariencia de alguien que iba a participar en el torneo.
Pero Ketron no se había inscrito, el plazo de inscripción ya había terminado y, en teoría, solo iba a acompañarlo a ver los combates.
Probablemente no significaba nada.
Eddie apartó aquel pensamiento con despreocupación.
Cuando ambos bajaron al primer piso de la posada, vieron que aún quedaban varios huéspedes conversando en pequeños grupos antes de dirigirse al Coliseo.
Algunos dejaron de hablar en cuanto los vieron, juntaron las cabezas y comenzaron a cuchichear.
—¿Esos son?
—Sí. Son los únicos con ese cabello plateado brillante y esa enorme melena negra. Ayer Peter entró a lavarse y entonces…
—Bueno, sí que hacen buena pareja, pero hacer semejantes cosas en un lugar público… ¡Qué descaro!
Ketron, que había captado enseguida la referencia al «cabello plateado brillante», dirigió la mirada hacia ellos de inmediato.
Sin embargo, volvió a apartarla cuando sintió una mano tomar la suya con absoluta naturalidad.
Naturalmente, solo había una persona capaz de hacer eso.
Eddie.
No parecía siquiera consciente de que le estaba sujetando la mano. Mientras mantenía la mano de Ketron entre las suyas, con la otra manipulaba un objeto plano y cuadrado que Ketron no lograba identificar.
Cuando sus miradas se encontraron, Eddie abrió ligeramente los ojos y luego sus bonitos ojos color lavanda se curvaron en una sonrisa.
—¿Eh? ¿Qué pasa?
Mientras hablaba, seguía sujetando con firmeza la mano de Ketron.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Ketron bajó la vista hacia sus manos entrelazadas y luego volvió a levantar la cabeza con total calma.
—Nada. No es nada.
Dijo eso mientras, discretamente, apretaba un poco la mano de Eddie.
Los hombres que habían estado cuchicheando los observaron y comenzaron a asentir entre ellos.
—Lo sabía.
—Sí, sí. Definitivamente son ellos.
Pero Ketron ya no prestó atención a sus palabras.
Ese tipo de cosas carecían de importancia.
Mientras tanto, Eddie agitaba con fuerza una bolsa térmica.
Cuando era pequeño, estaban de moda esas bolsas térmicas que se endurecían y calentaban al presionar un pequeño disco metálico en su interior. Sin embargo, las que había ahora eran distintas: unas bolsitas llenas de pequeños gránulos parecidos a arena que generaban calor simplemente agitándolas.
Cuando sintió que comenzaba a calentarse, pasó suavemente la bolsa por la palma de Ketron, haciéndole cosquillas.
Ketron se estremeció involuntariamente y lo miró.
Eddie le tendió la bolsa.
—La mano.
Ketron obedeció dócilmente, extendiendo la mano como un cachorro bien educado.
Eddie depositó la bolsa térmica sobre su palma y luego sacó otra para él, comenzando a agitarla con energía.
—¿Qué es esto?
—¿Eh? Ah, una bolsa térmica. Es como un calentador de manos portátil.
La había sacado la noche anterior, cuando regresó de la tienda de conveniencia con la cena.
Aquella tienda era exactamente igual a la que había en el sótano de su posada.
La única diferencia era que esta estaba situada en el segundo piso en lugar del sótano.
Además, aunque la entrada estaba brillantemente iluminada, todas las demás personas pasaban frente a ella como si ni siquiera existiera.
Probablemente, aunque Eddie les indicara dónde estaba la entrada invisible, nadie más podría entrar.
Todavía desconocía el principio que lo hacía posible.
Durante aquel viaje había comprendido una cosa.
La tienda de conveniencia estaba vinculada a Eddie, igual que la existencia de Gerold.
No estaba vinculada a la posada.
La tienda aparecía allí donde estuviera Eddie, no permanecía fija en la posada.
Fuera cual fuese la explicación, Eddie decidió sacar una conclusión muy conveniente: gracias a aquella absurda ventaja del transmigrador, nunca tendría que preocuparse por morirse de hambre.
Y, encantado con ello, llenó hasta el borde su bolsa de almacenamiento espacial.
Incluyendo varias de aquellas bolsas térmicas.
Ketron observó el pequeño calentador con expresión curiosa y, al comprobar que Eddie también tenía uno para él, comenzó a hacerlo rodar tranquilamente entre los dedos.
Habían salido muy temprano de la posada, pero apenas consiguieron llegar al Coliseo justo cuando el torneo estaba a punto de comenzar.
En realidad, la distancia era corta; desde la ventana de la posada incluso podía verse el edificio.
Pero había tantísima gente que avanzar resultaba extremadamente difícil.
El hecho de que el torneo, patrocinado personalmente por el Emperador para el pueblo del Imperio, no requiriera entrada alguna también había contribuido a reunir semejante multitud.
Desde un principio ya habían llegado incontables turistas extranjeros atraídos por la noticia de que el Héroe participaría.
Seguramente, al enterarse de que finalmente no competiría, muchos se habrían llevado una decepción.
Aun así, ya estaban allí y decidieron asistir igualmente al torneo, que era el verdadero motivo de su viaje.
Como consecuencia, la cantidad de personas era tan enorme que Eddie jamás habría conseguido entrar solo al Coliseo.
Si Ketron no hubiera abierto camino entre la multitud con total naturalidad, guiándolo como si estuviera reproduciendo el milagro de Moisés al separar las aguas, Eddie se habría quedado mirando el Coliseo desde lejos, agotado, antes de darse media vuelta sin siquiera intentar entrar.
—Ah… estoy cansado.
Todo parecía estar sucediendo a una velocidad vertiginosa: organizar el viaje, reservar la posada, conseguir un asiento en el Coliseo…
Y, aun así, todo salía perfectamente.
Pero tanta prisa también resultaba agotadora.
Además…
El Coliseo era tan inmenso que los participantes sobre la arena parecían apenas cajitas de fósforos.
Probablemente se debía a que los asientos que habían conseguido equivalían, en términos modernos, a localidades de tercera categoría en un concierto.
Claro que, para conseguir los mejores asientos, habría tenido que hacer fila durante varios días o sentarse en los palcos privados reservados para la nobleza.
Ninguna de esas opciones era posible.
Así que Eddie renunció sin el menor arrepentimiento.
Aun así…
Había algo que hacía que su corazón siguiera latiendo con fuerza.
Aunque había decidido venir por culpa de los comentarios de Sebastian, este viaje —o mejor dicho, esta escapada improvisada— estaba resultando mucho más divertido de lo esperado.
Se arrepentía de haber permanecido encerrado todo ese tiempo en la posada.
Este mundo era muchísimo más maravilloso de lo que había imaginado.
Era demasiado espléndido para limitarse a describirlo como «el mundo de una novela».
Si algún día tenía la oportunidad, quería recorrer aquel misterioso mundo como un auténtico aventurero.
Y, por alguna razón…
En ese sueño, Ketron siempre aparecía naturalmente a su lado.
—¿Qué ocurre?
—Ehhh… nada.
Invadido por una extraña sensación de cariño, Eddie le revolvió el cabello una vez antes de dirigir la vista hacia el gran tablero que había llamado su atención desde hacía rato.
[Lista de participantes]
Mientras bebía un sorbo de la bebida isotónica que había llevado consigo, contempló aquel enorme panel que hacía las veces de pantalla informativa.
En este mundo no existían los paneles LED.
Pero existía la hechicería.
Los hechiceros de alto nivel eran escasos, pero, al tratarse de un torneo organizado por orden del propio Emperador, varios de ellos utilizaban magia para proyectar las letras sobre el tablero.
Eddie recorrió con la vista la larga lista de nombres llamativos, preguntándose si encontraría alguno conocido, cuando alguien se acercó.
—¡Compre una flor!
Era una joven que sostenía una gran cesta repleta de flores.
Eddie la miró, creyendo que las estaba vendiendo, pero la muchacha sonrió alegremente.
—¡Son gratis! ¡Láncelas cuando anuncien al vencedor!
Al Emperador realmente debían gustarle mucho las flores, pensó Eddie.
Durante el desfile del Héroe había cubierto las calles de la capital con pétalos, como si toda la ciudad hubiera quedado teñida de flores.
Claro que también había repartido monedas de plata.
—Muchas gracias.
Eddie, completamente inconsciente del efecto que tenía su rostro sobre los demás, le dedicó una brillante sonrisa.
Los ojos de la joven se abrieron de par en par durante un instante.
Sonrojándose, le entregó otra flor adicional antes de marcharse.