¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 32
En resumen, eso significaba que Gerold era el mentor con el que Sebastian tendría que llevarse bien y permanecer todo el tiempo.
Pero, a diferencia del amable Eddie, Gerold desprendía un aura fría e inaccesible. Y, por lo que parecía, su personalidad era exactamente igual.
Sebastian tenía muchos amigos, pero podía asegurar con total confianza que ninguno era del tipo de Gerold.
¿Por qué, de todas las personas posibles, tenía que tocarle alguien que parecía haber levantado un muro infranqueable contra palabras como amabilidad o sociabilidad?
Sin embargo, como empleado nuevo sin derecho a elegir a su supervisor, Sebastian obligó a sus labios temblorosos a formar una sonrisa.
—Espero aprender mucho de usted.
Gerold apenas inclinó la cabeza, sin dedicarle una sola palabra cordial.
Estoy en problemas. En serios problemas…
Sebastian se lamentó por dentro, procurando que nada de eso se reflejara en su rostro.
—Bien, Ket y yo iremos al mercado.
Como si su trabajo hubiera terminado con las presentaciones, Eddie tomó naturalmente a Ketron del brazo y salió enseguida.
De repente, Sebastian se quedó a solas con Gerold.
El silencio era tan opresivo que le costaba respirar.
Los fríos ojos azules de Gerold lo recorrieron de arriba abajo antes de hacerle un breve gesto.
—Sígueme.
Sebastian sintió que lo conducían directamente al matadero.
Pero, unos instantes después, sacudió la cabeza con fuerza para despejar aquellos pensamientos.
Aunque su supervisor no pareciera precisamente sociable, al fin y al cabo solo era trabajo en una posada. No podía ser tan difícil. Además, siendo su primer día, existía la posibilidad de que empezaran con tareas sencillas.
No había nada que temer.
Nada en absoluto.
Con esa determinación, Sebastian entró en la cocina lleno de confianza…
…solo para encontrarse con una montaña de coles apiladas hasta cubrir toda una pared.
Unos días después.
Sebastian estaba en el patio trasero de la Posada de Eddie.
A su lado se acumulaban montones de coles cortadas en cuartos mientras sostenía un cuchillo con expresión resuelta.
Tac.
Golpe.
Y continuó retirando los troncos de las coles.
Desde que había comenzado a trabajar en la posada, las tareas que le asignaban eran increíblemente simples.
Poner coles en sal.
Cortarlas en cuartos.
Quitarles el tronco.
Vivía por las coles.
Trabajaba para las coles.
Respiraba coles.
Coles.
Coles.
Más coles.
Había llegado al punto de sentirse mareado con solo ver una.
El orgullo que había sentido por haber sido el único elegido entre tantos aspirantes desapareció por completo frente a aquella interminable montaña de coles.
No dejaba de preguntarse qué demonios estarían preparando para necesitar semejante cantidad.
—¿Eso? Siempre hacemos lo mismo. En invierno preparamos una gran cantidad y luego la comemos durante todo el año.
El dueño de la posada, Eddie, respondió a su pregunta con una sonrisa.
—¿Y qué es exactamente?
—Probablemente no lo conozcas… Ya lo descubrirás cuando esté listo.
Aquella posada ya tenía demasiadas cosas sospechosas.
Al final, Sebastian siguió quitando troncos de coles con expresión apagada, sin saber cuándo terminaría todo aquello.
Claro que, siendo sinceros, el trabajo no era difícil.
Tampoco podía ponerse a discutir con su empleador solo porque no entendiera por qué le asignaban esas tareas.
Además, Eddie era un jefe generoso.
Cada día les asignaba una cantidad razonable de trabajo y, una vez terminaban, no le importaba si Sebastian descansaba o se iba a divertirse.
La habitación que le había proporcionado era amplia y limpia.
Y tampoco ponía límites a la cantidad de comida que podía comer.
El problema…
Era que la comida era demasiado deliciosa.
Todos los platos del menú eran exquisitos.
Incluso aquellos alimentos desconocidos que Sebastian jamás había visto antes le parecían raros solo la primera vez; después terminaba sirviéndose enormes porciones con entusiasmo.
Nunca se había considerado una persona especialmente glotona.
Pero desde que había llegado allí comprendió lo que significaba tener verdadero apetito.
La única decepción era que jamás lograba acostumbrarse al plato estrella de la posada:
Los Fire Chicken Noodles.
—¡¡¡Aaagh!!!
La primera vez que los probó vació cajas enteras de agua y terminó con el estómago revuelto durante todo el día.
Cuando dijo que aquel plato definitivamente no era para él, al día siguiente Eddie apareció con nuevas variantes.
—¡No, el problema son los Fire Chicken Noodles en sí!
Sebastian gritó desesperado.
Pero Eddie, sonriendo como siempre, insistió en ofrecérselos.
Es un auténtico demonio…
Con expresión resignada, Sebastian terminó probando la versión menos picante, la de queso y la de crema.
Y, para darle un pequeño giro a la historia…
Acabó enamorándose por completo de los Fire Chicken Noodles con crema, convirtiéndose en un fiel admirador.
Por supuesto, la extrañeza de la Posada de Eddie no se limitaba únicamente a su comida.
…
Mientras retiraba mecánicamente los troncos de las coles, Sebastian lanzó una mirada hacia una esquina del patio.
Allí estaba aquel hombre estirando.
¿Ketron, era?
Durante los días que llevaba adaptándose a la posada, ese joven —demasiado joven para llamarlo simplemente un empleado— apenas había cruzado unas cuantas palabras con él.
No era que Sebastian careciera de habilidades sociales.
Era simplemente que la otra parte hablaba demasiado poco.
De hecho, el único momento en que ese hombre abría la boca era cuando Eddie le dirigía la palabra.
Ketron sostenía una espada gigantesca.
Sin embargo, por alguna razón incomprensible, toda la hoja estaba envuelta en tela.
La primera vez que Sebastian lo vio entrenando, se burló para sus adentros.
Pensó que aquel muchacho solo quería parecer impresionante envolviendo su espada con tela y que, probablemente, ni siquiera sería capaz de blandir un arma tan enorme.
Pero esa idea desapareció por completo en el instante en que vio a Ketron mover aquella gigantesca espada como si fuera una simple rama.
Sebastian incluso llegó a pensar que quizá la espada era mucho más ligera de lo que parecía.
Sin embargo, cada vez que Ketron la apoyaba un momento en el suelo, la tierra del patio quedaba profundamente hundida.
Definitivamente, no era ligera.
Desde aquel día, Sebastian dejó de considerar infantiles las acciones de ese hombre y aceptó la realidad en silencio.
A pesar de que el invierno estaba acercándose, Ketron entrenaba con el torso desnudo.
No parecía sentir el frío.
Quizá porque mantenía el cuerpo en constante movimiento.
No… con esos músculos, probablemente ni siquiera sabe lo que es pasar frío. ¿Cuánto habrá tenido que entrenar para desarrollar un físico así?
Sin darse cuenta, Sebastian dejó de cortar coles mientras observaba la rutina de estiramientos de Ketron.
Después levantó discretamente su propio brazo y flexionó el bíceps.
Tenía algo de músculo…
Pero todavía era blando y temblaba ligeramente, delatando la falta de entrenamiento.
Maldita sea… si me lo propusiera…
Mientras murmuraba eso para sí mismo, Eddie apareció en el patio.
Hoy también está brillando…
Sebastian contempló distraído aquella figura resplandeciente, a la que seguía sin acostumbrarse pese a verla todos los días.
Entonces observó cómo Eddie se acercaba con total naturalidad a Ketron.
El gesto con el que apartó el cabello empapado de sudor de su frente rebosaba ternura.
—Ket, estás esforzándote mucho.
Con una sonrisa, le ofreció una bebida cuadrada de aspecto sospechoso.
Sebastian la reconoció.
¿Leche de soya sabor chocolate?
Él mismo había recibido una hacía poco mientras paseaba por allí.
Era increíblemente deliciosa, con un sabor completamente distinto al de la leche de plátano.
Aunque los tres habitantes de aquella posada eran igual de sospechosos…
…el dueño era, sin duda, el más extraño de todos.
¿De dónde demonios saca todas esas cosas Eddie?
Siempre las traía desde el sótano.
Una vez, Sebastian fingió haberse perdido para bajar a echar un vistazo.
Lo único que encontró fue una puerta que, hiciera lo que hiciera, no se abría.
Mientras seguía quitando troncos de coles de manera mecánica, vio cómo Eddie colocaba un popote en la bebida y lo introducía en la boca de Ketron.
Luego apartó con cuidado el flequillo empapado de sudor de su frente.
Después acarició suavemente sus mejillas.
Y Ketron…
Simplemente aceptaba todas aquellas atenciones mientras bebía obedientemente su leche de soya.
Aquel enorme hombre que hacía apenas unos minutos blandía ferozmente una espada gigantesca se había vuelto de repente completamente dócil, disfrutando con satisfacción de aquellas muestras de cariño.
Vaya, vaya…
Sebastian no pudo evitar comentarlo para sus adentros.
Mirándolo bien…
No cabía ninguna duda de que ese hombre llamado Ketron era el amante secreto del dueño de la posada.
No.
Llamarlo «secreto» era incluso ridículo.
Aquello era una relación completamente evidente.
Bueno, con el aspecto de Eddie y todo lo demás, seguramente habría alguna historia detrás.
Tal vez le resultaba difícil vivir abiertamente con un amante masculino, así que ambos habían huido para abrir aquella posada y vivir juntos en paz.
Está clarísimo.
Clarísimo.
De otro modo, no había explicación para unas muestras de afecto tan evidentes.
—Señor Eddie.
En ese momento apareció Gerold detrás de Eddie.
Después de los últimos días soportando el entrenamiento de Gerold, Sebastian enderezó automáticamente la espalda.
—He preparado todo lo que me pidió.
—¿Ah, sí? Gracias. Vamos a verlo.
Con una sonrisa radiante, Eddie dejó bien acomodada la leche de soya en las manos de Ketron, le dio una palmadita en la mejilla y entró en la posada.
Pero Sebastian lo vio.
Durante ese brevísimo instante…
Las miradas de Ketron y Gerold chocaron con intensidad.
Gerold definitivamente no soportaba a Ketron.
—Sebastian, ¿todavía no terminas?
—¿Eh? ¿Qué?
Sebastian dio un respingo al escuchar la repentina pregunta de Gerold.
Sin darse cuenta, aquellos brillantes ojos azules estaban ahora clavados en él.
Aunque sus manos no habían dejado de trabajar…
Debido a que estaba distraído, la montaña de coles seguía siendo enorme.
—Ah… todavía no.
Soltó una risa incómoda.
Pero Gerold simplemente lo observó en silencio, sin reaccionar en absoluto, y luego se dio la vuelta para entrar nuevamente en la posada.
Uf… qué susto.
Al verse expuesto de improviso a aquella penetrante mirada, Sebastian suspiró aliviado por dentro.
Claro que lo entendía.
Las palabras de Gerold no significaban «¿Acaso no estás trabajando?».
Simplemente preguntaba con total sinceridad:
«¿Todavía no has terminado?»
A pesar de aquella expresión y ese tono que podían malinterpretarse con facilidad, Gerold no parecía tenerle ninguna antipatía especial.
Claro…
Eso tampoco significaba que le tuviera algún aprecio.
Es exactamente mi tipo… pero… ay…
Lo único que Sebastian tenía claro era que Gerold no parecía sentir especial afecto por nadie que no fuera Eddie.
Con aquella deprimente conclusión en mente, continuó quitando troncos de las coles.
Que su habilidad para hacerlo hubiera alcanzado ya un nivel casi profesional no era precisamente algo de lo que pudiera sentirse orgulloso.