¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29
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En una ocasión, Ketron había visto un espectáculo de teatro callejero.

Recordaba que había sido en un país cercano al desierto. Arthur se había quejado de que la arena áspera levantada por el viento se acumulaba en el suelo y hacía difícil caminar.

En aquel espectáculo, que habían encontrado por casualidad mientras pasaban por allí, todos los actores, tanto hombres como mujeres, llevaban trajes llamativos y maquillaje cargado.

Mientras hombres y mujeres de gran belleza realizaban acrobacias asombrosas, los transeúntes se detenían para observarlos maravillados. Ketron y sus compañeros también interrumpieron el paso.

Arthur, más interesado en la apariencia de los artistas que en el espectáculo en sí, encabezó al grupo con los ojos brillantes. Como no tenían nada urgente que hacer, los otros tres lo siguieron y acabaron viendo la función bastante cerca del frente.

—Mmm, me gusta el rubio. Augustine, ¿y a ti?

Cuando Arthur señaló a un artista rubio y dijo que era quien le parecía más hermoso, Augustine, que había estado observando el espectáculo en silencio, entrecerró los ojos y eligió a alguien de su gusto, siguiendo su ejemplo.

—Mmm… Si tuviera que elegir, al pelirrojo.

—…Es un hombre.

—Eso parece.

Augustine era del tipo al que no le importaba si alguien era hombre o mujer, siempre que su apariencia coincidiera con sus gustos, y todos en el grupo lo sabían.

Quizá por eso parecía llevarse bien con Arthur, aunque en ocasiones ambos hablaran de cosas completamente distintas sin darse cuenta.

Esta vez, Arthur se volvió hacia Boram y preguntó:

—Boram, ¿y tú?

La respuesta de Boram tampoco cumplió con sus expectativas.

—Todos parecen simples, pero cada uno está manipulando maná. Me sorprende que puedan utilizarlo de esa manera.

—…

Arthur puso una expresión vacía al ver que todos le daban respuestas distintas de las que esperaba y, al final, se volvió hacia Ketron.

—Oye, Ketron. Tú…

Sin embargo, al ver que Ketron contemplaba aquel espectáculo deslumbrante con una mirada genuinamente indiferente, ni siquiera terminó la pregunta y negó con la cabeza.

—Ah, ¿para qué me molesto en preguntar?

—¿Por qué? Ketron también podría tener preferencias. Pronto cumplirá veinte años, ¿no?

—¿Crees que de repente se interesará en el romance solo porque va a cumplir veinte? ¿No es demasiado improbable?

—Mmm…

Después de mirar a Ketron con curiosidad durante un momento, Augustine soltó una risa burlona.

—No puedo negarlo.

—No creo que Ketron se interese en el romance ni siquiera cuando cumpla treinta.

—Ketron, ¿eres asexual?

El tema de conversación no le resultaba especialmente agradable, sobre todo porque Augustine sabía perfectamente que simplemente no sentía interés por los demás.

Molesto por las risas de sus compañeros, Ketron se levantó de su asiento a mitad del espectáculo.

—¿Qué? ¿Adónde vas?

Ketron se marchó sin responder a la pregunta de Augustine.

Como el único punto de encuentro que tenían era la posada que habían pagado por adelantado, Augustine no intentó detenerlo, pensando que acabaría regresando de todos modos.

¿Qué importaba si los demás eran hermosos o feos?

No le interesaban.

Dejándose llevar por sus pasos, Ketron entró solo en un callejón.

No tenía ningún objetivo en particular. Simplemente había menos gente en esa dirección.

Casualmente, se trataba de una calle comercial, donde los vendedores instalaban sus puestos y llamaban a los clientes.

En circunstancias normales habría estado abarrotada, pero, por desgracia, debido al espectáculo de la compañía, todos los compradores se habían reunido allí y habían dejado aquella zona desierta.

Los vendedores se animaron al descubrir a un posible cliente nuevo, pero cuando repararon en Ketron —su apariencia oscura, su intensa aura intimidante y la enorme espada que llevaba a la espalda—, se encogieron sin atreverse siquiera a llamarlo.

Mientras Ketron avanzaba tranquilamente por un camino en el que cualquier otra persona habría sido detenida al menos diez veces, divisó a alguien regateando con un vendedor de verduras.

Aunque solo podía verle la espalda, el brillante cabello plateado del hombre llamaba poderosamente la atención.

—Señor, si me hace un pequeño descuento, ¡la próxima vez le traeré un poco más de leche!

La alegre voz estaba llena de confianza, como si tuviera la certeza de que el otro no se negaría.

Tal como sugería aquella seguridad, el vendedor respondió con tono derrotado, como si levantara las manos y los pies en señal de rendición.

—¡Ah, me rindo! Está bien, llévatelo a ese precio.

Al parecer, había conseguido comprar las verduras al precio que deseaba, porque el hombre soltó una risa alegre.

—Ja, ja.

Lo correcto habría sido seguir de largo sin prestar atención, pero al escuchar aquella risa clara, Ketron sintió que sus pasos se detenían involuntariamente.

El hombre, que estaba colocando las verduras dentro de una canasta, se dio la vuelta con una sonrisa.

Unos hermosos ojos violetas se encontraron con los de Ketron.

En ese instante, sintió que el corazón se le hundía.

…¿Qué es esto?

El cabello rubio plateado, de aspecto suave, ondeaba con el viento, y cualquiera habría descrito aquellos brillantes ojos púrpura como joyas.

Con las comisuras de los ojos bien definidas, unos labios hechos para sonreír y rasgos armoniosos, la palabra «apuesto» le quedaba mejor que «bonito».

Sin embargo, al contemplar el rostro del hombre en ese momento, Ketron pensó que era hermoso.

…Tendré que corregir lo que pensé antes.

Por alguna razón, aquel rostro había despertado su interés.

Cuando sus miradas se cruzaron, el hombre abrió mucho los ojos y se acercó con una sonrisa que, de algún modo, parecía darle la bienvenida.

Aunque Ketron, que había adquirido fama involuntariamente, no solía disfrutar que la gente se le acercara, fue incapaz de moverse mientras el hombre avanzaba hasta quedar frente a él.

O quizá eligió no moverse.

Mientras la confusión invadía su mente, el hombre alargó una mano hacia él.

La mano levantada con naturalidad acarició suavemente el cabello de Ketron.

Aunque estaba seguro de que nadie había hecho algo así con él antes, aquella sensación extrañamente familiar lo mantuvo completamente inmóvil.

Un pensamiento peculiar cruzó por su mente: si se movía, aquel contacto podía desaparecer.

—Ket.

Al pronunciar aquel apodo, la mano del hombre descendió con naturalidad desde su cabello hasta acariciarle la mejilla.

Mientras el pulgar extendido con dulzura rozaba la piel bajo su ojo, dijo:

—Ya es hora de despertar.

Con aquellas palabras, Ketron despertó del sueño.

Era el día en que debía ir al mercado con Eddie.

Tenía que levantarse temprano, pero su cuerpo simplemente no se movía.

Durante un largo rato permaneció mirando el techo con expresión vacía, mientras escuchaba el pacífico canto de los pájaros en el exterior.

«¿Qué estás haciendo?»

—…

La Espada Sagrada preguntó con curiosidad, pues Ketron, a diferencia de lo habitual, no se levantaba a pesar de tener los ojos abiertos.

Pero Ketron era incapaz de mover un solo músculo.

Se había dado cuenta tardíamente de que algo se sentía extraño en la parte inferior de su cuerpo.

Su mirada descendió lentamente.

Sobre la manta se distinguía claramente un bulto.

Se suponía que aquello era un fenómeno natural que ocurría cada mañana, pero…

—…?

¿Qué era esa sensación?

Por alguna razón, se sentía diferente de lo habitual.

Con ese pensamiento, Ketron incorporó la parte superior del cuerpo, pero se quedó inmóvil y sobresaltado al percibir la sensación de abajo.

Por alguna razón, estaba húmedo.

…¿Húmedo?

Incluso al pensarlo, su expresión se volvió horrorizada debido al mal presentimiento que lo invadió, y apartó la manta.

—¿Por qué de repente quieres repollo?

El vendedor de verduras le hizo aquella pregunta a Eddie, quien a esas alturas ya se había convertido en cliente habitual de su puesto.

Eddie, que estaba colocando en su canasta los pocos repollos y lechugas disponibles, levantó la mirada.

Probablemente el vendedor preguntaba para qué pensaba utilizarlos, pues el repollo era una de las verduras menos populares en el Imperio Reneba.

—Mmm, digamos que es para una entrevista.

—¿Una entrevista? Ah, ¿te refieres al nuevo empleado que estás buscando para la posada?

—Sí.

Eddie respondió con una sonrisa.

El vendedor de verduras lo miró con una expresión que preguntaba claramente por qué demonios necesitaría repollo para una entrevista, pero Eddie decidió no explicárselo.

Contarlo de antemano arruinaría la diversión.

Después de todo, incluso el gran mercado de la capital funcionaba, en esencia, como un negocio de barrio, y cualquier pequeño incidente ocurrido en los alrededores acababa extendiéndose en forma de rumor.

Cuando terminara la entrevista de la Posada de Eddie, seguramente también circularían rumores sobre su contenido.

Rumores sobre una entrevista extraña.

Eddie se colgó la canasta al hombro, pero Ketron, que estaba de pie a su lado, se la quitó inmediatamente.

Gracias a Ketron, quien ahora se ofrecía voluntariamente a cargar las cosas de Eddie como si fuera su asistente personal, Eddie nunca tenía que llevar su propio equipaje cuando iban juntos al mercado.

Después de contemplarlo con satisfacción, Eddie habló de pronto, como si acabara de recordar algo.

—Ah, cierto, Ket. Tú también serás entrevistador. ¡Tendrás que poner calificaciones!

—…¿Por qué yo?

—Bueno, eres un empleado veterano, ¿no?

¿Desde cuándo Ketron se había convertido en empleado de la Posada de Eddie?

Ketron parpadeó ante la forma en que, sin saber cómo, había terminado convertido en uno de los trabajadores de la posada, pero extrañamente aquello no le desagradó.

No comprendía por qué debía ser entrevistador ni para qué necesitaban repollo durante una entrevista, pero Eddie hacía cosas incomprensibles con frecuencia, así que se limitó a aceptar.

Mientras contaba las monedas de plata que debía entregarle al vendedor, Eddie preguntó con naturalidad:

—Por cierto, Ket.

—Sí.

—¿Por qué llegaste tarde esta mañana?

—…

Aunque en la pregunta no había ningún tono de reproche, Ketron cerró la boca con fuerza.

Habían acordado ir al mercado temprano esa mañana, pero, de manera inusual, él había llegado tarde.

Abrió y cerró la boca varias veces, incapaz de encontrar las palabras adecuadas, y vaciló antes de responder en voz baja:

—Estaba… lavando ropa.

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