¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 18
Arthur Fontaine, el héroe que se había convertido en el conde Fontaine tras recibir un título y un castillo, llevaba una semana alojado en el palacio imperial.
Desde su regreso al Imperio, había disfrutado plenamente de las celebraciones como protagonista de un magnífico desfile.
El emperador le otorgó el título de conde y le concedió personalmente una respetable residencia en la capital, junto con un mayordomo y los sirvientes necesarios para un noble recién ascendido.
También le había ofrecido un territorio en el sur si así lo deseaba, pero Arthur lo rechazó cortésmente, pues no tenía intención de abandonar la capital.
Teniendo en cuenta sus logros, nadie se opuso demasiado a semejante trato, que en circunstancias normales habría sido considerado excesivo.
Dentro de la facción nobiliaria hubo algunas quejas acerca de que concederle el título de conde era demasiado, pero estas no tardaron en desaparecer, eclipsadas por su condición de héroe que había salvado el continente.
Sin embargo, Arthur no se alojó en la residencia de la capital que el propio emperador le había concedido.
En su lugar, había permanecido todo ese tiempo en el palacio imperial como invitado de honor.
Aquello habría sido imposible para un noble común, pero él era el héroe que había salvado el continente, así que nadie protestó por el trato especial.
Recostado cómodamente sobre un mullido cojín, Arthur tomó una cereza del plato que había a su lado y se la llevó a la boca.
Después de saborear la fruta durante unos instantes, frunció ligeramente el ceño.
—Mmm, está un poco áspera.
El sirviente principal se adelantó de inmediato.
—Le traeré otras.
—Ja, ja, ja. No hace falta.
Aunque dijo que no era necesario, el gesto despreocupado con el que le tendió el plato de cerezas indicaba claramente que quería que se lo cambiaran.
Era una virtud de los sirvientes captar con rapidez las preferencias de su amo, y en apenas una semana el sirviente principal ya había aprendido bastante bien los gustos de Arthur Fontaine.
Tomó el plato enseguida y abrió la puerta.
Al mismo tiempo, una hermosa mujer de cabello negro y corto entró en la habitación.
El sirviente principal, que ya conocía su rostro, hizo una reverencia respetuosa antes de cerrar la puerta y marcharse. Como si ambos se hubieran pasado el relevo, ella entró y se acercó a Arthur.
Boram Evans.
La hija menor de la familia del vizconde Evans y una de las heroínas que había servido como gran maga en el grupo del héroe.
El emperador también le había ofrecido un título, pero, al igual que Augustine, el Santo del Poder Divino, ella lo rechazó.
Después de todo, sus padres ya poseían varios títulos, así que no había necesidad de que ella, aun siendo la hija menor, ambicionara uno más.
Al verla, Arthur levantó una mano y la saludó con calma.
—¿Ya llegaste?
Boram asintió y se sentó en silencio frente a él.
Poco después, el sirviente principal regresó con un nuevo plato de cerezas.
La mirada de Boram se desvió hacia él.
Cerezas frías se amontonaban sobre una brillante bandeja de oro. Como el plato anterior había sido retirado cuando apenas faltaban algunas, seguramente lo habían cambiado por el gusto o el capricho de Arthur.
Boram suspiró para sus adentros.
Llevaba casi una semana alojado en el palacio imperial sin que nadie se opusiera y, pese a no hacer absolutamente nada, todos lo miraban con respeto.
Aquel hombre de aspecto corriente, de cabello castaño y ojos marrones, que no poseía ni capacidades físicas sobresalientes ni una presencia especialmente imponente, recibía ese trato porque era el héroe que había salvado el mundo.
No.
Porque todos creían que lo era.
Y, sin embargo, aunque alguien tan cercano a ella recibía semejantes privilegios, Boram no podía evitar sentirse incómoda.
Se dirigió al sirviente principal y a los demás criados.
—Déjennos solos un momento, por favor.
Ellos abandonaron la habitación sin demora.
En parte se debía a la buena disciplina de los sirvientes asignados al héroe, pero también a que la petición provenía de Boram, una heroína legendaria que había servido como gran maga y, además, hija de la prestigiosa familia del vizconde Evans.
Cuando el silencio se instaló en la habitación, Boram lanzó con naturalidad un hechizo para impedir que alguien escuchara desde fuera.
Mientras tanto, Arthur comió tranquilamente una de las cerezas que el sirviente acababa de traer.
—Entonces, ¿ya encontraste a Ketron?
Arthur fue directo al punto.
Boram negó con la cabeza.
—Sigo buscándolo.
—¿Eso es todo lo que puedes hacer? Pensé que lo encontrarías enseguida.
—¿Por qué no lo buscas tú mismo?
La respuesta de Boram fue cortante.
Arthur, que poseía una habilidad casi inquietante para notar ese tipo de cosas, sonrió de lado.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan agresiva?
—…
Boram no respondió.
Arthur, sin embargo, se estiró como si ya hubiera comprendido.
—¿Es porque me comprometí con Laila?
Ante esas palabras, el rostro de Boram se tensó por un instante.
Pero Arthur no pareció darle importancia y se encogió de hombros con indiferencia.
—No te enfades tanto. Sabes que necesito tanto una justificación como a alguien que compense mi falta de legitimidad.
No estaba equivocado.
Incluso ahora había muchos que despreciaban a Arthur por haber ascendido de plebeyo a conde.
Convertirse en el héroe que había salvado no solo al Imperio, sino al continente entero, era una cosa.
Elevar a un plebeyo a la nobleza parecía ser un asunto completamente distinto.
Aunque, en realidad, a Arthur tampoco le importaba demasiado.
Por mucho que protestaran, el pueblo estaba de su lado.
Y el emperador también.
En especial el emperador, que le había mostrado un favoritismo excesivo y le había dicho que solo tenía que hablar si deseaba algo.
Con el respaldo del emperador, ¿cómo no iba a disfrutar de todos aquellos lujos?
Con el apoyo absoluto del emperador, sus legendarias hazañas como héroe y una legitimidad adecuada, se convertiría en el noble perfecto.
Por ejemplo, si se casaba con la santa, amada por todo el mundo.
—Además, había prometido casarme con ella.
Hablando con precisión, había sido ella quien confesó sus sentimientos y le pidió que le propusiera matrimonio.
Por supuesto, esas palabras no se las había dicho a Arthur.
Se las había dicho al héroe de aquel entonces.
A Ketron.
Pero ¿qué importaba?
Ahora el héroe ya no era Ketron, sino Arthur.
Para Arthur no había sido difícil ocupar el espacio vacío que había dejado aquella existencia olvidada.
Las personas llenaban de forma natural los huecos incómodos que flotaban en sus recuerdos con la presencia de Arthur.
Más exactamente, una existencia había sido sustituida por otra.
Durante el proceso se produjeron algunos casos de confusión en los recuerdos, pero no los suficientes como para preocuparse.
El olvido era un arma excelente.
Arthur habló de nuevo al ver que Boram permanecía en silencio.
—Tienes que encontrarlo cuanto antes. Esfuérzate un poco más, por favor.
Boram, que había escuchado en silencio, abrió lentamente la boca.
—Puede que ya esté muerto. Sus heridas eran graves.
Podía estar muerto.
Ketron.
Tal vez era posible.
Cuando todo ocurrió, Ketron estaba gravemente herido. Tenía un costado casi destrozado y su cuerpo había llegado al límite.
En términos generales, lo más razonable sería pensar que había muerto.
Pero Arthur negó con la cabeza.
—Bueno, no creo que muriera por unas heridas así. Tú sabes cómo es Ketron.
—Eso… es cierto.
Boram estuvo de acuerdo sin dudar.
Por alguna razón, Arthur estaba convencido de que Ketron no habría muerto.
Era el tipo de persona que, incluso con un costado desgarrado, heridas mortales y los órganos a punto de salírsele del cuerpo, apretaría los dientes y resistiría hasta alcanzar la victoria.
No habría muerto por unas simples heridas.
Así que, si Ketron había sobrevivido y se había dado cuenta de su traición, solo podían haber ocurrido dos cosas.
O se habría enfurecido y habría ido tras ellos.
O habría quedado herido emocionalmente y se habría derrumbado.
Ketron era fuerte, pero al mismo tiempo seguía siendo joven y tenía una parte inestable, pues no sabía cómo depender de los demás.
Los cuatro habían viajado juntos y arriesgado sus vidas en innumerables aventuras desde antes de que él alcanzara la mayoría de edad.
Por eso Arthur conocía bien a Ketron.
Sabía que, a su manera, se preocupaba por sus compañeros.
Si los perdía a todos de una sola vez…
No, si perdía todo lo que había construido hasta entonces…
Podía derrumbarse por completo.
Por muy resistente que fuera su cuerpo, su mente aún era la de un muchacho.
—Ja, ja. Bueno, puede que sea así.
Pero, en cualquier caso, a Arthur no le importaba.
Ni si estaba muerto.
Ni si se había derrumbado.
—Prefiero tener certezas. No me siento tranquilo así. Solo pensar que podría seguir vivo en alguna parte me da escalofríos.
Arthur se había unido como segundo compañero cuando Ketron apenas comenzaba su aventura, por lo que estaba convencido de conocerlo mejor que nadie.
Era un monstruo.
Solo así podía explicarse que hubiera logrado matar al Rey Demonio con un cuerpo humano.
¿Era siquiera posible algo así?
No podía evitar sentir escalofríos ante una existencia semejante.
—…
Arthur observó cómo Boram cerraba los ojos en silencio.
Al ver desaparecer sus pupilas bajo los párpados, sonrió ampliamente.
—Así que…
Arthur tomó otra cereza y se la llevó a la boca.
El jugo estalló dulcemente entre sus dientes, sin rastro de la aspereza anterior.
Era refrescante.
Igual que su situación actual.
—Sería mejor que desapareciera.
También por el bien de todos.
En su voz no había ni el menor rastro de duda.