¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 16
«¿Qué pasa, posadero? ¿Acaso escondes a un amante?»
Esas fueron las primeras palabras que escucharon del vendedor de verduras del mercado en cuanto los vio.
Eddie parpadeó un instante, sin comprender de inmediato a qué se refería.
Solo después cayó en la cuenta de que «posadero» era porque el vendedor lo reconocía como el dueño de la posada, mientras que «amante escondido» hacía referencia a Ketron, de cuya manga Eddie no se había soltado en todo el camino.
Aunque por dentro se sobresaltó, respondió con una sonrisa tranquila.
—Si fuera mi amante, ¿por qué habría de esconderlo? Con lo guapo que es.
—Guapo sí que es, pero ese muchacho tiene un aura de miedo. ¿No será por eso?
—Vamos, claro que no.
Eddie lo negó enseguida.
—Es una persona increíblemente amable.
En efecto, qué protagonista tan íntegro y bondadoso.
Convertido en el tema principal de la conversación mientras permanecía justo al lado de ellos, Ketron los observó con incredulidad. Sin embargo, ninguno de los dos prestó atención a su reacción. Después de todo, ambos sabían que solo era una broma.
Aunque, incluso siendo una broma, tenía algo de verdad.
Uno de los apodos de Irena, la capital del Imperio Reneba, era la Ciudad del Placer. Allí nadie daba importancia a ese tipo de relaciones. Incluso los nobles mantenían amantes masculinos a plena vista, según la ambientación de ese mundo.
De hecho, ¿no había un episodio relacionado con el amante de un noble en la novela original El Héroe que No Sabe Ocultar Muy Bien su Poder?
No se mostraba directamente, pero sí había un capítulo donde el grupo del héroe rescataba a un apuesto plebeyo al que un noble arrogante intentaba llevarse a la fuerza a su castillo simplemente porque le había gustado.
Fue un episodio memorable en el que Augustine, el Santo del Poder Divino, dejó de lado su habitual actitud jovial y se transformó en un auténtico demonio de la justicia para castigar a aquel noble.
En fin.
—¿Podría hacerme un pequeño descuento en el repollo?
—¡Oye! ¡Este repollo de primera ya está regalado a ese precio!
El vendedor rechazó rotundamente la petición.
Pero cuando Eddie se inclinó y le susurró algo al oído, el hombre quedó completamente desarmado.
—Señor, la última vez se llevó dos leches de plátano, ¿verdad?
—…¡¿C-cómo lo supiste?!
—Yo lo sé todo.
En realidad, solo le había pedido discretamente a Gerold que le avisara de cualquiera que se llevara más de dos, pero prefirió mantener el misterio.
El vendedor carraspeó con incomodidad.
—Quería darle una a mi hija y otra a mi hijo…
—Lo entiendo. Uno siempre quiere darles primero las cosas ricas a sus hijos. Así que… ¿qué dice del repollo?
¿Cómo iba a resistirse después de escuchar eso?
El hombre dejó caer los hombros con resignación.
—Está bien… te haré un descuento.
Después de eso, Eddie recorrió el mercado con total libertad.
Una vez superada la dificultad inicial de salir de casa, comenzó a regatear con habilidad y compró todo lo que despertaba su interés.
Como se trataba de un mercado, la mayoría de los alimentos eran baratos, así que incluso con su todavía modesta bolsa de dinero podía permitirse comprar varias cosas.
—¿Eh?
En ese momento, Eddie vio un puesto de golosinas.
En particular, había un grupo de niños reunidos alrededor de un vendedor que preparaba unas esponjosas golosinas ensartadas en palitos, muy parecidas al algodón de azúcar de su mundo.
Como hechizado, Eddie se acercó.
—¡Bienvenido!
—Señor, ¿de qué sabores tiene?
—Mmm… ¡Tenemos casi todos los sabores de fruta!
Pero no conozco bien las frutas de este mundo.
En este lugar coexistían frutas que existían tanto aquí como en su antiguo mundo, otras que existían en la Tierra pero no allí —como los plátanos— y también frutas exclusivas de este mundo, por lo que elegir no era nada sencillo.
Por desgracia, todas las que ofrecían eran frutas que Eddie desconocía.
Al final escogió la golosina amarilla que tenía el aspecto más apetitoso.
—Entonces me llevaré esta. ¿De… tatatiti?
—¡Perfecto! ¡Espere un momento!
Con gran destreza, el vendedor tomó un palillo y comenzó a formar aquella nube esponjosa.
En un abrir y cerrar de ojos, la enorme golosina amarilla terminó siendo más grande que la cara de Eddie.
Después de pagar, regresó junto a Ketron con paso seguro y, sonriendo de oreja a oreja, le tendió el dulce.
—…
Tal vez por un fallo de comunicación, Ketron frunció el ceño, preguntándose por qué le estaba ofreciendo aquello.
Vaya… este también es bastante lento para captar las cosas.
Sin saber que Eddie, el autoproclamado rey de los despistados, lo estaba evaluando de esa manera, Ketron lo miró desconcertado cuando escuchó:
—Cómetelo.
—…¿Por qué habría de hacerlo?
—Ket, a ti te gustan los dulces, ¿no?
Como si le estuviera haciendo un favor, como si fuera lo más natural del mundo, Eddie prácticamente le empujó la golosina contra la cara.
Ketron terminó aceptándola de mala gana.
Mientras Eddie la sostenía parecía algo normal, pero en las enormes manos de Ketron se veía como un juguete para niños.
—No me gustan estas cosas.
Dijo aquello con total seriedad mientras intentaba devolverle el dulce.
Pero Eddie no tenía ninguna intención de aceptarlo.
Al contrario, abrió mucho los ojos, como si acabara de escuchar la mayor tontería del mundo.
—Ket, deja de fingir cuando eres un fanático de los dulces. ¿Te da vergüenza admitirlo?
—No, de verdad…
—Está bien, está bien. A los adultos también pueden gustarles los dulces.
Eddie lo observó con una mirada llena de cariño, como si quisiera decirle que no tenía nada de qué avergonzarse, y acto seguido le acarició suavemente la cabeza.
Ketron se quedó completamente petrificado.
No solo era problemático que Eddie actuara como si supiera todo sobre él; además, jamás se acostumbraría a que alguien le revolviera el cabello de aquella manera.
Y menos aún mientras sostenía una golosina esponjosa en un palo que nunca había probado en toda su vida.
—¡Mamá! ¡Cómprame una de esas también!
Escuchó a un niño señalar con insistencia el dulce que llevaba en la mano.
Ketron comprendió que solo tenía dos opciones.
O tiraba aquella cosa…
O se la comía cuanto antes.
Eligió la segunda.
Prácticamente inhaló el dulce de un solo bocado, mientras Eddie lo contemplaba con una expresión de absoluta satisfacción.
—…
Ketron sintió que realmente lo estaban tratando como a un niño.
Y no era solo una impresión.
A su lado había un hombre que lo trataba de una forma que jamás había experimentado en toda su vida.
Como si de verdad no fuera más que un niño cualquiera.
De pronto, sintió curiosidad por la edad de aquel hombre.
Pensándolo bien, aparte de saber que se llamaba Eddie y que era el dueño de la Posada de Eddie, no sabía prácticamente nada sobre él.
—…Oye.
—¿Mmm?
Ketron dudó un momento antes de preguntarle a Eddie, que ya estaba recorriendo el mercado con la mirada en busca de su siguiente objetivo.
—¿Cuántos años tienes?
—¿Eh?
Eddie giró la cabeza con expresión de sorpresa, como si acabara de escuchar la pregunta más inesperada del mundo.
Era la primera vez que Ketron le hacía una pregunta personal.
Para Eddie, era como si hubiera visto abrirse apenas una rendija en una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.
Tras quedarse unos segundos inmóvil, su rostro se iluminó.
—Veinticuatro.
¿Eh? ¿Cómo sé que tengo veinticuatro años?
Aunque respondió de manera instintiva, la duda apareció enseguida en su cabeza.
En su vida anterior tenía veintiocho años, bastante más que Ketron, que apenas tenía veinte.
Sin embargo, en este mundo, Eddie tenía veinticuatro, a diferencia del antiguo Jung-hoon.
Desde su perspectiva, aquel cuerpo también era joven y lleno de vida…
Pero, como se trataba de un personaje que nunca había aparecido en la obra original, apenas conocía información sobre sí mismo.
El hecho de haber respondido sin pensar significaba que ese dato estaba grabado de forma instintiva en su memoria.
Eddie asintió para sí, satisfecho con esa explicación.
A diferencia de Eddie, Ketron frunció el ceño con evidente disgusto.
—…Apenas nos llevamos unos años. Y aun así me tratas como a un niño.
Eddie inclinó la cabeza al escuchar el murmullo.
—¿Eh? ¿Qué dijiste?
Aunque preguntó porque no lo había oído bien, Ketron no respondió.
En su lugar, tomó silenciosamente todos los paquetes que Eddie llevaba en las manos.
—Yo cargaré con esto.
Como sus brazos ya empezaban a resentirse por el peso, Eddie aceptó sin rechistar.
Qué chico tan amable y considerado.
—¿De verdad? Gracias.
Eddie contuvo por poco el impulso de volver a acariciarle la cabeza.
Incluso para él, hacerlo dos veces en un mismo día sería demasiado.
Con la intención de dejarlo para otra ocasión, logró contenerse.
Aunque Ketron había salido con él en calidad de guardaespaldas, Eddie se alegraba mucho de poder recorrer el mercado a su lado.
Después de todo, ninguno de los dos podía quedarse encerrado en la posada para siempre.
Bueno, ahora que salimos, tampoco era para tanto.
Eddie se felicitó en silencio.
Aunque intentaba convencerse de que no era gran cosa, si volvía a presentarse la oportunidad, dudaba mucho que pudiera salir con tanta tranquilidad sin Ketron.
En otras palabras, la única razón por la que podía mostrarse tan valiente en ese momento era porque el confiable Ketron estaba junto a él.
Se sentía como un herbívoro caminando con un tigre protegiéndole la espalda.
Mientras seguían comprando, los paquetes que Ketron cargaba no dejaban de aumentar.
Al final, incluso con Eddie llevando una parte, ya no les quedaban manos libres.
Justo cuando Eddie empezaba a considerar comprar un carrito para transportar todas sus compras…
De pronto, el ambiente a su alrededor se volvió ruidoso.
—…¿?
Las personas comenzaron a murmurar y una multitud empezó a reunirse en una misma dirección.
Escuchando los comentarios de la gente, Eddie entendió enseguida el motivo.
—¡Escuché que la santa Laila vino al pabellón del hospital para realizar actividades de ayuda!
—¿Crees que, si logramos acercarnos, podremos recibir su bendición?
Al oír aquellas palabras, Eddie se quedó inmóvil sin darse cuenta.
Entonces giró discretamente la vista hacia Ketron.
Ketron, que seguramente había escuchado la conversación con mucha más claridad que él, permanecía completamente inexpresivo.
Era imposible saber qué estaba pensando.