¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 159

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  4. Capítulo 159 - Historia adicional 7
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Por supuesto, el impacto psicológico que recibió Lorenz fue mucho mayor.

Aun en medio de aquella situación, con el cuerpo desnudo y terso de la persona de quien se había enamorado a primera vista desplegado ante sus ojos, Lorenz sintió una oleada de excitación que le recorrió el cuerpo hasta las puntas del cabello. El cuerpo del príncipe imperial no tenía una sola parte delicada ni frágil; sin importar quién lo mirara, era indudablemente el cuerpo de un hombre.

Aunque era consciente de haberse enamorado de un hombre, la noción de que él mismo era un hombre al que le gustaban los hombres aún resultaba difusa en su mente. Aquella visión lo obligó a enfrentarse de golpe con la realidad.

Los ojos de Lorenz recorrieron por instinto el cuerpo de la persona de quien se había enamorado. La piel blanca, cubierta de marcas aquí y allá y humedecida por el sudor; la espalda de músculos bien definidos; las grandes manos que apretaban la suave carne de sus nalgas…

Una vertiginosa oleada de desprecio hacia sí mismo lo invadió. Lorenz cerró los ojos con fuerza antes de volver a abrirlos.

…No debo mirar. Es una falta de respeto y no obtendré nada bueno de esto.

Con ese pensamiento, trató de devolver de inmediato el campo de visión del anillo hacia su propia habitación.

Lo habría conseguido, de no ser por las palabras que salieron de la boca del príncipe Pakirius.

—Ket, ¿quieres que lo haga con la boca?

Lorenz olvidó moverse y se quedó petrificado.

Aunque sabía que el comportamiento que contemplaba no representaba todo lo que aquella persona era y que mostrarse sincero ante el amante no constituía ningún defecto, se estremeció inconscientemente. El príncipe que Lorenz conocía siempre había sido una persona considerada y afectuosa.

—¿Con la boca?

El hombre llamado Ket observó en silencio al príncipe y repitió la pregunta. Parecía estar preguntándole: «¿Por qué harías eso?».

—Sí.

—No hace falta.

—¿No hace falta? Pero todavía no estás satisfecho.

Mientras decía aquello, el príncipe Pakirius depositó repetidos besos en la mejilla del hombre. Era un gesto que irradiaba afecto incluso visto desde lejos.

—Siento que podría romperme si seguimos haciéndolo… Así que lo haré con la boca, ¿de acuerdo?

—De verdad, no hace falta.

Después de que el hombre se negara varias veces, la expresión del príncipe se deformó.

—¡No vuelvas a masturbarte a escondidas! ¡Y esto tampoco cuenta como esforzarme demasiado!

El príncipe Pakirius se irritó. Al descargar la mano contra los gruesos músculos pectorales del hombre, estos rebotaron con firmeza y apartaron su palma.

Al parecer, el amante del príncipe era reincidente y ya lo habían sorprendido varias veces satisfaciendo sus deseos a solas, supuestamente para evitar exigirle demasiado a su pareja.

—Eddie…

El hombre pronunció el nombre del príncipe con tono lastimero, pero este tampoco cedió.

—No. Aunque me mires de esa manera tan adorable, no voy a permitir lo que no debo permitir. No quiero ser el causante de que mi amante viva sexualmente frustrado.

—Ah…

Desde la perspectiva de Lorenz, resultaba imposible comprender qué parte de aquello podía considerarse «mirarlo de manera adorable». Sin embargo, al parecer, así se veía ante los ojos del príncipe, quien se mantuvo firme.

Cuando el hombre vaciló y dejó escapar un pequeño suspiro, el príncipe pareció interpretarlo como una señal de que había cedido hasta cierto punto y sonrió alegremente.

—Ven, siéntate aquí.

Palmeó un par de veces el espacio de la cama a su lado y se bajó del cuerpo del hombre.

—Uf…

Cuando sus pies tocaron el suelo, hizo una ligera mueca de dolor, pero aun así no dejó de palmear la cama.

El miembro de la familia imperial que siempre sonreía con dulzura, cortés pero de algún modo distante y noble, había desaparecido. En su lugar se encontraba un joven encantador, capaz de sonreír de manera seductora para su amante.

Además, era una persona decidida que sabía cómo seducir a su propia pareja. Aunque él no fuera el destinatario de aquel afecto, el corazón de Lorenz latió con violencia.

—…

El hombre, quien había permanecido mirando en silencio el lugar que el príncipe había indicado, se sentó lentamente al borde de la cama. Entonces el príncipe se arrodilló frente a él.

—Tienes que separar más las piernas.

El príncipe bajó la voz hasta convertirla en un susurro. Para Lorenz, un virgen completamente ignorante, aquellas palabras resultaban demasiado estimulantes, pese a no estar dirigidas a él.

Finalmente, el hombre silencioso separó aún más las piernas. El príncipe apoyó las manos sobre sus firmes muslos y dejó escapar un suspiro.

—Siempre es tan grande. Me sorprende ser yo quien recibe todo esto.

—…Eddie.

—¿Mmm? Ah, ¿por qué ya está creciendo si todavía no he hecho nada?

Al escuchar aquello, Lorenz, quien se esforzaba conscientemente por no mirar, dirigió la vista hacia el centro y abrió los ojos de par en par.

Espera, ¿eso no es una verga de caballo?

El pene, húmedo por lo que hubieran estado haciendo hasta hacía apenas unos instantes, estaba semierecto y palpitaba. Pero aún más problemático era que resultaba enorme, semejante al de un caballo, lo que hizo que Lorenz abriera la boca de par en par.

Como había crecido prácticamente igual que un plebeyo, Lorenz no había tenido un mozo de cuadra ni nada semejante en su hogar, por lo que había cuidado personalmente de sus caballos. En consecuencia, sabía sin pretenderlo qué aspecto tenía el pene de un caballo y cuál era su tamaño.

Recordó haber pensado inútilmente: «El mío tampoco está mal, pero ese es realmente grande». Y el miembro del hombre que contemplaba ahora era lo bastante descomunal como para recordarle al de aquel caballo.

—Qué grande…

El príncipe murmuró aquello, sacó la lengua y lamió la punta de aquel pene semejante al de un caballo. Ese ligero gesto bastó para que el miembro semierecto del hombre se hinchara al instante.

¿Todavía puede crecer más?

Llegados a ese punto, la impresión inicial casi bastaba para insensibilizarlo.

Sin embargo, aquella sensación no duró demasiado. El príncipe sacó la lengua, se metió el pene del hombre en la boca como si chupara un caramelo y comenzó a succionarlo. Movía la lengua con bastante destreza, como si no fuera la primera ni la segunda vez que lo hacía.

Durante un rato, lo único que resonó de manera intermitente en la habitación fueron húmedos sonidos de succión.

Pero aquello tampoco duró mucho. Antes de que el príncipe pudiera abrir la boca lo suficiente para introducir el enorme glande, el hombre lo apartó con suavidad por los hombros.

—Eddie.

—¿Sí?

—Ya puedes detenerte.

Un largo hilo de saliva se extendió desde el enorme glande antes de romperse. El príncipe permaneció en silencio, contemplando al hombre, y después adoptó una expresión malhumorada.

—Te dije que quiero hacerlo. Te gusta esto, ¿verdad?

—Supongo que me gusta cualquier cosa que tú hagas. No es que me guste esto en particular.

El hombre negó vagamente las palabras del príncipe, pero este también era obstinado e insistió.

—Deja que te lo limpie, ¿sí?

—…Supongo que utilizar la boca del príncipe imperial como instrumento de limpieza es un honor que solo yo poseo. Es un honor, pero de verdad no hace falta.

—Probablemente yo también sea el único que le chupa sus partes íntimas al Héroe, ¿no? Si lo vemos de esa manera, también es un honor para mí.

—Eso…

El hombre guardó silencio como si eligiera cuidadosamente sus palabras y finalmente las dejó escapar junto con un suspiro.

—Probablemente seas la única persona que lo haga durante toda la eternidad.

—¿Verdad?

Por algún motivo, el príncipe rio complacido al escuchar aquella respuesta. Mientras intercambiaban esas palabras, el ambiente ardiente se enfrió en la medida adecuada y el hombre aprovechó la oportunidad para sujetar el cuerpo del príncipe y levantarlo.

En un instante, el príncipe volvió a quedar sentado sobre los muslos del hombre. Al comprender que había caído en la trampa de su amante, adoptó una expresión de «me atrapaste», pero el hombre le susurró al oído:

—Detengámonos, bañémonos y vayamos a dormir. Si sigues chupándome, no creo que pueda contenerme.

—No tienes que contenerte.

—Eddie.

El hombre pronunció el nombre del príncipe a modo de advertencia, pero este lo miró directamente a los ojos sin ceder.

—¡Prefiero sentir dolor a que mi amante viva sexualmente frustrado! Es una cuestión de orgullo, ¿sabes? ¿Por qué sigues tratando de contenerte? ¡Te gusto tanto que te pones duro con solo tocarte!

—Entonces mañana estarás demasiado adolorido incluso para caminar. ¿Otra vez estás presumiendo?

—¡Puedes cargarme a todas partes!

—…Ah.

El príncipe se mostraba obstinado y el hombre también. Aquello era claramente un conflicto, si es que podía llamárselo así, pero uno se preguntaba si existiría en el mundo otro conflicto tan dulce como ese. A esas alturas, incluso dejando de lado sus sentimientos personales, Lorenz sentía lástima de sí mismo por no tener pareja.

Aunque ambos parecían enfadados y se mantenían firmes en sus posturas, resultaba evidente que, al final, solo estaban pensando en el bienestar del otro.

Finalmente, el vencedor de aquella discusión que no llegaba a ser una pelea fue el príncipe.

El hombre levantó con rapidez al príncipe que se encontraba sobre él y lo tendió en la cama. Al separar sus piernas con naturalidad, el enorme cuerpo que se deslizó entre ellas adquirió una actitud un poco más brusca, como si ya no pudiera mantener su habitual aura suave y serena. Como si fuera incapaz de ocultar su excitación.

—¿Por qué cada vez eres más…?

Obsceno.

El hombre completó el resto de la frase en voz muy baja. Después atrajo al príncipe entre sus brazos y lo besó en los labios.

El príncipe, quien acababa de darse cuenta de que había derrotado al Héroe de este mundo —alguien que probablemente jamás había perdido contra nadie ni lo haría en el futuro— y sonreía victorioso, abrió mucho los ojos ante aquel beso.

—Ah, pero acabo de chuparte…

El príncipe, quien no había olvidado lo que había tenido en la boca hasta hacía apenas unos instantes, trató de apartar al hombre, sorprendido. Sin embargo, incapaz de vencer su fuerza, terminó sometido a un beso insistente y húmedo.

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