¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 156
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- Capítulo 156 - Historia adicional 4
Sin embargo, Julian no podía echarle un balde de agua fría a Lorenz, quien estaba feliz por haber conseguido finalmente una oportunidad, así que optó por guardar silencio. En momentos como aquel, detestaba ser su amigo de la infancia. Si hubiera podido hacer lo que quisiera, le habría dado un golpe en la espalda a Lorenz y habría regresado de inmediato a Montar, sin importar el banquete.
Pero Julian terminó manteniendo la boca cerrada e ignoró deliberadamente el escalofrío que recorrió su mente.
—Deberíamos comer algo delicioso para celebrarlo. ¡Posadero!
Lorenz, de muy buen humor por haber conseguido su primera oportunidad importante desde que llegó a la capital, levantó la mano y llamó al dueño de la posada. Como no podía permitirse los precios de la capital, solo había estado comiendo una o dos veces al día, pero parecía encontrarse realmente de buen humor. Al oírlo, el joven dueño de la posada, quien se movía de un lado a otro muy atareado, se acercó a ellos.
—¡Tráiganos los dos platillos más populares de este lugar!
Lorenz ordenó con audacia. Sin embargo, el posadero frunció ligeramente el ceño al escucharlo.
—¿Los más populares? ¿Habla en serio?
Lorenz lo miró con perplejidad. El posadero era alto y tenía una expresión un tanto pesimista, pero no parecía la clase de persona que trataría mal a sus clientes deliberadamente.
—Por supuesto. ¿Por qué habría de mentir?
—Ah, no es eso… Bueno, está bien. Entendido.
El posadero, quien parecía estar a punto de explicarle algo, se encogió de hombros. Su actitud parecía decir: «Usted lo pidió, así que no es problema mío». Julian también se mostró desconcertado, pero pronto comprendió el motivo cuando llegó la comida.
Lorenz, quien no toleraba demasiado bien el picante, arrugó la nariz. Julian hizo una mueca de desagrado ante el aroma terriblemente picante que le llegó a la nariz, mientras Lorenz alzaba la mirada hacia el posadero con el rostro algo aturdido.
—¿Qué… es esto?
El posadero lo miró como si no comprendiera cuál era el problema.
—Pidió los platillos más populares.
—¿Esto?
«Esto» era un platillo de fideos cubiertos con una salsa roja. Los fideos húmedos y brillantes parecían bastante deliciosos, pero el aroma era tan picante que su sabor resultaba irrelevante.
—Aunque no lo parezca, es el platillo insignia de nuestra posada.
El posadero no parecía estar bromeando. Al parecer, realmente era un platillo muy popular.
Señaló el menú colgado en la pared. La ilustración de aquella comida aparecía en la parte superior, demostrando que lo de «platillo insignia» no eran palabras vacías, y se veía exactamente igual a lo que tenían delante Lorenz y Julian.
—¿Fideos de pollo picante?
Lorenz leyó en voz alta el nombre del platillo.
—Sí.
El hombre asintió y sonrió, alzando las comisuras de los labios.
—Son fideos de pollo picante.
Por alguna razón, aquella sonrisa parecía un tanto malvada.
El día del banquete del vizconde Armand de Laurent, Lorenz, quien había estado matando el tiempo jugando a las cartas hasta el almuerzo debido a que el evento se celebraría por la noche, comenzó a apremiar a Julian para que se preparara a la perfección desde las primeras horas de la tarde.
—No vayas a devorar la comida como un provinciano.
Lorenz se lo advirtió mientras vestía, sin dejar escapar el menor detalle, las prendas más lujosas que había traído de la residencia de los Montar. Por supuesto, Julian no tenía intención de devorar la comida como un provinciano. Estaba demasiado nervioso incluso para llevársela a la boca y, además, sentía aversión por los alimentos desconocidos.
Julian recordó lo que habían comido la noche anterior y se estremeció.
—Todavía tengo acidez.
—Yo también.
Eran las secuelas de los fideos de pollo picante. Después de comer aquel platillo, los dos se habían pasado dos días incendiando la taza del retrete y hasta llegaron a preguntarse seriamente si el posadero había intentado asesinarlos.
La conclusión fue que no podía ser así.
Aquella comida había logrado que Lorenz, quien hasta entonces caminaba por la capital con los hombros erguidos y afirmaba que triunfaría sin falta, dijera por primera vez: «La capital da demasiado miedo». Y, aun así, realmente era el platillo insignia de aquella famosa posada de la zona.
Habían elegido el establecimiento únicamente porque era barato y limpio, pero resultó ser un lugar bastante conocido en los alrededores. Al parecer, se debía a que ofrecía muchos platillos peculiares.
«Aunque también es famosa por otra razón».
Un borracho que vio a los dos tambalearse después de comer los fideos de pollo picante pronunció aquellas misteriosas palabras. Sin embargo, en ese momento el estómago de Lorenz comenzó a enviarle señales de alarma, así que ninguno de los dos llegó a averiguar cuál era la otra razón.
—¿Qué te parece?
Lorenz le mostró a Julian su atuendo perfectamente arreglado.
Pero enseñárselo no significaba que Julian adquiriría de repente buen gusto. En Montar, incluso los nobles vestían como plebeyos. Sabía que Lorenz se veía tan llamativo como un pavo real, pero ignoraba si aquello sería apropiado en la capital.
—Ah, está perfecto.
De todos modos, Julian levantó el pulgar.
Como habían tenido que comprarle a Julian un atuendo barato para asistir al banquete pese a su falta de dinero, los bolsillos de ambos se encontraban todavía más vacíos. No podían permitirse comprar ropa nueva y, puesto que tendrían que usar aquellas prendas de cualquier manera, era mejor elogiarlas siempre que fuera posible.
—Tu elogio carece por completo de sinceridad.
Lorenz refunfuñó, pero conocía bien su situación, así que no siguió insistiendo y se dirigió puntualmente a la mansión del vizconde Armand de Laurent.
Desde el instante mismo en que entraron al banquete, comprendieron por qué el vizconde los había invitado.
—La tradición es algo hermoso, pero no cuando se trata de moda. ¿No se los dije? Les advertí qué clase de ropa usarían si eran invitados.
El vizconde Armand de Laurent se dirigió a los nobles que lo rodeaban mientras les presentaba a Lorenz.
—En el mundo de la moda, la tradición se refiere a prendas destinadas a terminar en un museo. Miren esta gorguera.
Incluso tiró de la gorguera que rodeaba el cuello de Lorenz. El rostro del joven, humillado, enrojeció al instante.
—El vizconde ganó la apuesta.
—Pensé que al menos pasarían por una tienda de ropa de la capital.
—La baronesa Lavienne fue la única que estuvo de acuerdo con el vizconde, ¿verdad?
—Cambió de opinión y apostó por lo contrario al final.
—Qué lástima.
Los nobles que rodeaban a Lorenz y Julian los insultaban sin el menor reparo.
¿Una apuesta?
Julian se quedó sin palabras, pero, en lugar de enfurecerse, apretó los labios. Aunque él, un plebeyo, abriera la boca para defender a Lorenz en aquel lugar, solo conseguiría agravar la situación.
Malditos bastardos. Conque por eso me invitaron incluso a mí, un simple plebeyo, a un banquete que supuestamente era bastante famoso.
Los habían invitado para comprobar qué clase de ropa usarían y burlarse de Lorenz por llevar consigo a un plebeyo como sirviente.
La apuesta no era más que un añadido. Por lo que decían acerca de una estatua de oro, parecía que de Laurent había prometido entregársela a quien ganara la apuesta. Sin embargo, ni siquiera sería necesario hacerlo, pues el propio vizconde había ganado.
En resumen, no era más que el derroche caprichoso de un hombre rico. Lorenz apretó los dientes, arrepentido de haber admirado la invitación al banquete adornada con pan de oro.
Lo más frustrante era que no podía atreverse a abandonar el lugar por mucho que estuviera furioso. Si lo hacía, el asunto realmente se agravaría.
Sin embargo, tampoco resultaba sensato permanecer allí como un mono exhibido en un zoológico. Los dos estaban desconcertados, sin saber qué hacer, mientras los demás nobles los observaban como si disfrutaran del espectáculo.
—¿Joven amo Montar?
En ese momento, alguien les tendió una mano salvadora. Lorenz, quien había estado contemplando el diseño del suelo, alzó de golpe la cabeza al escuchar aquella agradable voz de barítono.
Allí, un hombre semejante al dios de la belleza descendido de los cielos contemplaba a Lorenz con una sonrisa. Detrás de él permanecía un hombre de aspecto frío, cabello negro y ojos azules.
—Así es. No sabía que se encontraba aquí.
—Ah…
Era el príncipe Pakirius.
Se acercó a Lorenz con una actitud amistosa, como si se tratara de un viejo amigo al que no veía desde hacía mucho tiempo.
Los nobles que habían estado insultando abiertamente a Lorenz y Julian adoptaron expresiones incómodas.
No suponía ningún problema burlarse de un joven noble provinciano. Sin embargo, si aquel joven era conocido del príncipe que ocupaba el primer lugar en la línea de sucesión al trono, la situación cambiaba por completo.
—Vaya. ¿Conoce al joven amo Montar, Su Alteza?
—Sí, las circunstancias hicieron que nuestros caminos se cruzaran.
Las palabras del príncipe Pakirius contenían un matiz sutil. Resultaba imposible saber si los dos eran cercanos o apenas simples conocidos.
Ante aquella respuesta ambigua, los nobles parecieron llegar cada uno a su propia conclusión.