¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 143

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  4. Capítulo 143
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Después de masticar, desgarrar, saborear y disfrutar con entusiasmo los productos de la tienda de conveniencia, ya se había hecho bastante tarde.

—Ah, siento que me va a estallar el estómago. Estoy demasiado lleno.

Sebastian, cuyo vientre se había abultado ligeramente, se negó a comer más, asegurando que vomitaría si probaba otro bocado. Solo gracias a él consiguieron salir al anochecer; si hubiera podido seguir comiendo, habrían abandonado la tienda de conveniencia mucho más tarde.

Bueno, había comido muchísimo.

Ramen, barras de pescado, gomitas, bocadillos… Al escuchar hablar a Sebastian, parecía que lograría sacarles mucho más provecho que el propio Eddie. Eddie había hecho todo lo posible por ayudarlo a administrar la posada de manera más eficiente, pero quizá se había excedido un poco con su entusiasmo.

—Entonces, ¿no quieres cenar? Pensaba preparar una cena espléndida.

—Aunque sacrificaras una vaca entera, me negaría rotundamente.

—¿Solo una vaca? Si quieres, también podría ser una oveja o un cerdo…

Eddie acababa de salir de la tienda de conveniencia mientras mantenía aquella conversación sin sentido con Sebastian cuando se encontró de inmediato con Danny, que parecía sumamente angustiado.

—¡Su Alteza!

Danny parecía haber estado aguardando con impaciencia frente a la puerta a que Eddie saliera.

Sudaba profusamente y su rostro reflejaba un reproche por haber tardado tanto. Sin embargo, incapaz de expresarlo en voz alta, se limitaba a retorcerse las manos.

Una vez que alguien entraba en la tienda de conveniencia, no podía enterarse de lo que ocurría en el exterior.

Sin importar lo poderosa que fuera la hechicería de Boram, nada podía suceder dentro de la tienda de conveniencia. Ese mismo principio les había salvado la vida, pero, en situaciones como aquella, se convertía en un defecto fatal.

La separación espacial absoluta de la tienda de conveniencia era sin duda algo bueno, pero la imposibilidad de transmitir noticias del exterior a quienes estaban dentro podía terminar jugandoles una mala pasada. Justo como ahora.

—¿Qué ocurre? ¿Qué pasó? ¿Se cayó el cielo?

—¡Ocurrió algo parecido!

Danny alzó la voz de una manera poco habitual en él. Eddie había bromeado al preguntar si se había caído el cielo, pero que hubiera ocurrido algo parecido indicaba que se trataba de un asunto sumamente grave.

—P-primero, venga por aquí, por favor.

Danny condujo apresuradamente a Eddie hacia la ventana.

Preguntándose qué estaría sucediendo, Eddie dirigió la mirada hacia ella, pero ni siquiera necesitó acercarse siguiendo el gesto de Danny.

Como toda la pared era un enorme ventanal transparente, resultaba imposible que no viera lo que Danny intentaba mostrarle.

—…¿Nieve?

Algo caía densamente del cielo. Estaban en pleno invierno, así que no resultaba extraño que nevara, pero los ojos de Eddie se abrieron de par en par. Por reflejo, murmuró que aquello no era nieve.

Y, en efecto, no lo era.

Era ceniza.

Ceniza blanca caía del cielo como una intensa nevada.

—…¡!

—…¡!

Podía oír a la gente gritar algo en el exterior. Por lo poco que alcanzaba a distinguir, sus voces parecían llenas de alegría. Como hipnotizado, Eddie se acercó a la ventana.

Con un crujido, la abrió, y la ceniza semejante a nieve entró en la habitación arrastrada por la brisa fresca.

La ceniza cae del cielo.

—Ah…

Eddie jamás había presenciado aquel fenómeno, pero sabía perfectamente lo que significaba.

Porque ya había sido descrito antes en El Héroe no oculta demasiado su poder.

Había un pasaje que explicaba que, cuando el Héroe Ketron derrotó al Rey Demonio, la ceniza cayó del cielo como una copiosa nevada.

[Al principio, la gente se quedó perpleja, como era natural. Sin embargo, en cuanto alguien comprendió que se trataba del fenómeno que indicaba la disipación de la Energía Demoníaca, lo opuesto a la lluvia negra, los rostros hasta entonces desconcertados se llenaron de júbilo…]

Era el símbolo de que el Héroe finalmente había derrotado al Rey Demonio.

—¡Viva! ¡Viva!

—¡Por fin!

—¡Viva el Héroe!

Y, tal como había ocurrido entonces, podía escuchar los vítores de la gente en el exterior.

Eddie contempló el cielo con la mirada perdida y después extendió una mano. La ceniza que se acumuló sobre su palma era completamente diferente a la nieve. No estaba fría ni se derretía con el calor corporal.

Era ceniza. El rastro dejado por la disipación de la Energía Demoníaca. Representaba la victoria del Héroe y, al mismo tiempo… la derrota de Tarajiel.

—Su Alteza…

Danny llamó cautelosamente a Eddie desde su lado, pero este apenas reaccionó.

—…

Había ganado.

Ketron había ganado.

Sin embargo, aunque evidentemente debería sentirse feliz, Eddie no lograba alegrarse por completo.

Las preocupaciones que había intentado reprimir porque lo volvían loco cada vez que pensaba en ellas lo invadieron de pronto.

Por fortuna, nada indicaba que las personas hubieran perdido la memoria, como sucedió en la obra original.

«Probablemente no caerá dos veces en el mismo truco. No es un hombre tan fácil de engañar».

Ketron había dicho algo parecido antes de partir. La magia que borraba la existencia no volvería a funcionar.

«No deseo que nadie me olvide, así que, aunque funcionara, no la utilizaría».

Había pronunciado esas palabras mientras miraba directamente a Eddie.

Por supuesto, Eddie pensaba igual. Tampoco quería olvidar a Ketron ni el pasado que compartían, así que había asentido. Sin embargo, en realidad, aquellas palabras solo lo habían puesto más nervioso.

Ketron había afirmado que ahora era más fuerte que antes.

Pero también había dicho que el Rey Demonio resucitado se habría vuelto más poderoso.

Cuando alguien supera el umbral de la muerte, se encuentra con uno de dos resultados: una herida fatal que le impide volver a luchar como antes o un crecimiento.

En el caso de Ketron, había sido lo segundo.

El problema era que el Rey Demonio también había regresado de la muerte.

Eddie ni siquiera podía imaginar la derrota de Ketron, pero, de vez en cuando, una pequeña inquietud le arañaba dolorosamente el corazón. Una inquietud que intentaba olvidar.

Sin embargo, al final, Ketron había salido victorioso. Eso debería bastar para hacerlo feliz.

¿Qué tan gravemente herido estaría esta vez?

Aquella preocupación lo asaltó de repente, impidiéndole alegrarse de corazón.

Durante la primera batalla había regresado a la capital apenas capaz de mantenerse en pie, con una herida terrible que parecía haberle desgarrado el costado. Y esta vez…

De pronto, Eddie miró a un lado y vio que Sebastian contemplaba la ceniza gris que se arremolinaba con una expresión similar a la suya. Resultaba evidente en quién estaba pensando.

—Estará bien.

Aunque él mismo se encontraba angustiado, Eddie consoló a Sebastian, que parecía preocupado.

Por supuesto, también se lo decía a sí mismo.

Ketron estaría bien.

No servía de nada pensar en desgracias. Eddie apartó sus pensamientos a la fuerza.

—Mi hermano estará muy ocupado. Parecía inquieto porque últimamente no tenía trabajo, así que supongo que es algo bueno.

—Paki-nim, ¿no está feliz?

Danny preguntó con desconcierto. Eddie esbozó una sonrisa amarga.

—Sí, estoy feliz. Muy feliz.

Pero me preocupa que esté herido.

Sin añadir esas palabras, Eddie cerró la ventana en silencio. El interior, nuevamente aislado del exterior, recuperó la calma, y Eddie se presionó el entrecejo con cansancio.

Lamentaba que los separara tanta distancia y no poder comprobar si Ketron estaba bien o si había sufrido heridas graves.

Además, la ceniza que se arremolinaba parecía los restos de Tarajiel, y cuanto más la contemplaba, más decaía su ánimo. No debería sentirse así.

Después de todo, Tarajiel era el enemigo. Si hubiera derrotado a Ketron, se habría producido el peor desenlace posible y todo habría terminado en ruinas. Sin embargo, quizá porque Tarajiel lo había salvado cuando se encontraba al borde de la muerte, una sensación amarga se superponía a su alegría y preocupación.

Qué emociones tan contradictorias y egoístas.

Eddie tampoco era un santo.

«Casi me dan ganas de probarlo por mí mismo».

De repente, recordó las palabras que había pronunciado la persona que lo obligó a tomar una «decisión» mientras contemplaba el mundo de Lee Jeong-hoon, recreado a partir de los recuerdos que le había arrebatado.

Había dicho que quería visitar alguna vez el mundo de Lee Jeong-hoon.

—…

Tú, que incluso regresaste de tu propia muerte, tal vez…

Aunque algunos pudieran considerarlo patético, en aquel momento Eddie deseó algo que nadie más se atrevería a desear.

Solo por un instante. Un brevísimo instante.

Y después lo olvidó.

Quien ocupaba la mente de Eddie ya no era el Rey Demonio, sino otra persona.

Como era natural, todo el mundo se sumió en un ambiente festivo.

Como si alguien hubiera apagado una luz y después volviera a encenderla, la atmósfera sombría de las calles se transformó por completo en una celebración, como si hubiera regresado una Navidad perdida. Por supuesto, la Navidad no existía en aquel mundo.

El Emperador y el marqués Rivalt estaban tan ocupados que ni siquiera disponían de tiempo para comer juntos o compartir un simple refrigerio.

Eddie, que ahora pasaba más tiempo solo, decidió recluirse en su habitación después del día en que llovió ceniza como si fuera una copiosa nevada.

Si dependiera de él, habría querido salir personalmente al encuentro de las fuerzas de subyugación que regresaban, pero hacerlo se había vuelto difícil desde que recuperó su posición de príncipe.

Un solo Danny no era ni remotamente suficiente para que Eddie recorriera una distancia tan larga. El viaje requeriría que una enorme comitiva se movilizara con él.

El joven del siglo XXI que consideraba una virtud vivir sin ocasionarles molestias a los demás no podía obligarse a incomodar a la gente del Palacio Imperial, que ya corría frenéticamente de un lado a otro. Como tampoco encontraba la forma de calmar su inquietud, permaneció encerrado en su habitación.

Salvo por las ocasiones en que hablaba con Sebastian sobre nuevos platillos para la Posada de Eddie, se quedaba allí leyendo libros.

También había dejado de aprender esgrima y hechicería, disciplinas que antes estudiaba ocasionalmente.

Después de todo, todos sus maestros le habían transmitido con dolorosas indirectas que Eddie carecía por completo de talento.

Este cuerpo claramente había sido bendecido solo con puntos de apariencia, pensó Eddie con abatimiento.

Por fortuna, los informes posteriores indicaban que las fuerzas de subyugación estaban regresando a toda prisa. Aferrándose a aquellas noticias, Eddie aguardó pacientemente a su amo como un perro que espera el regreso de su dueño.

¿Cuándo llegaría? ¿Hasta dónde habría avanzado ya? Tardaría un mes, ¿verdad? Entonces aún era demasiado pronto.

Habían transcurrido alrededor de quince días desde que cayó la ceniza. Eddie calculaba a diario el tiempo transcurrido y el que aún faltaba para entretenerse cuando…

—…

Permanecía tendido tranquilamente sobre la cama, con los ojos cerrados mientras intentaba dormir. Como durante el día no había hecho nada que consumiera sus energías, a menudo le costaba conciliar el sueño por la noche. Sin embargo, aquella vez se durmió en cuanto cerró los ojos, como si estuviera particularmente somnoliento.

Era de madrugada.

La puerta de la habitación de Eddie se abrió en silencio y un intruso entró lentamente.

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