¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 142
—Haaah…
Después de soltar un profundo suspiro, Sebastian finalmente consiguió pronunciar aquellas palabras.
—Lo extraño.
Hacía meses que no veía su rostro; sentía que, si aquello continuaba, podría llegar a olvidarlo.
Eddie, que observaba en silencio a Sebastian mientras limpiaba diligentemente la máquina del punto de venta con una toallita húmeda, también suspiró con empatía.
—Yo también.
Ambos guardaron silencio durante un rato.
En aquel espacio silencioso solo resonaba el tenue zumbido del refrigerador. Sebastian pensó que ya había pasado suficiente tiempo y que probablemente aquello sería todo por ese día, así que estaba a punto de beber el último trago que le quedaba cuando Eddie habló.
—Ahora que lo pienso, Sebastian…
—Sí, ¿qué pasa ahora?
Sebastian, cuyo rostro reflejaba abiertamente lo fastidiosas que le resultaban las preguntas relacionadas con Gerold, se llevó la botella a los labios. Sin embargo, Eddie lanzó un ataque sorpresa contra él.
—¿Hasta dónde han llegado Gerold y tú?
Sebastian soltó una exclamación ahogada. Por suerte, todavía no había bebido nada, así que no lo escupió, pero su rostro se tiñó de un rojo intenso.
Se volvió hacia Eddie con una expresión ligeramente enfadada.
—Eddie, ¿qué eres, Ebon? ¿Vas a seguir tendiéndome emboscadas como un asesino?
—Eh, bueno, no fue mi intención…
¿Acaso las personas cercanas no se hacían esa clase de preguntas? Se conocían lo suficiente. Eddie ladeó la cabeza.
—Además, si fueras Ebon, habrías atacado incluso antes de pensar en hacerlo por sorpresa.
—¡Eso no es lo importante ahora!
—Lo siento. No tienes que contármelo si te incomoda.
Eddie respondió de una manera que consideraba madura, ofreciéndole la amable consideración de no tener que hablar si se sentía incómodo.
Sin embargo, Sebastian no parecía estar de humor para esa clase de respuestas maduras.
Sonrojado y desconcertado, apretó los dientes antes de abrir la boca.
—…¿No sabes que la insonorización de la posada no era precisamente buena?
—¿Eh?
—Lo oí todo aquella vez. Estuvieron despiertos toda la noche.
Durante unos instantes, Eddie parpadeó sin comprender a qué se refería. Sin embargo, pronto se dio cuenta de qué momento estaba hablando Sebastian y su rostro se tiñó de un rojo oscuro.
—¿Qué…? Espera, ¿oíste todo?
—¡Por supuesto! Cuando comenzaron, los sorprendí, ¿recuerdas? Y después no dejaron de oírse esos sonidos durante toda la noche. ¿Cómo no iba a darme cuenta?
—No…
—«Se siente bien», «Ya no puede salir nada más»… ¡Lo escuché todo con mis propios oídos!
Sebastian parecía creer que ambos habían llegado hasta el final aquel día, pero se trataba de un completo malentendido.
Ese día solo habían estado… frotándose el uno contra el otro…
Al llegar a ese punto de sus pensamientos, el rostro de Eddie ardió con intensidad.
Eddie, que no esperaba recibir un contraataque, tartamudeó, incapaz de explicarlo o aclarar el malentendido. Al ver la inexplicable sonrisa triunfal que Sebastian lucía mientras contemplaba su expresión alterada, no pudo evitar soltar lo que pensaba.
Las palabras que le habían subido hasta la garganta salieron disparadas de su boca.
—Tú… ¿eres quien la mete?
—¿Qué…?
Sebastian se quedó a mitad de la frase al comprender por sí mismo el significado de aquellas palabras. Su rostro se puso tan rojo como el de Eddie.
¿Este hombre hablaba en serio?
—¡No, pero qué estás diciendo! Eddie, ¿de verdad estás loco?
A partir de aquel momento comenzó una discusión infantil.
—¿Cómo que quién la mete? Es Ketron, ¿verdad? ¡Lo sabía!
—¿Qué? ¡¿Y tú qué?!
—¡Tampoco sería sorprendente que Gerold estuviera arriba!
—¡¿Qué quieres decir con eso?!
Aquel intercambio infantil continuó durante un buen rato, hasta que finalmente comprendieron que allí no habría ningún ganador, sino únicamente dos perdedores. Agotados, ambos se desplomaron en sus asientos.
—Eddie, por tu forma de hablar pareces una persona normal. ¿De verdad eres un príncipe?
Sebastian parecía genuinamente sorprendido de que su jefe, con quien acababa de discutir de aquella manera, fuera un príncipe.
Bueno, ¿quién no lo estaría? Hasta al propio Eddie le resultaba extraño ser un príncipe. Era una duda perfectamente válida. Por supuesto, si Gerold o Ebon lo hubieran oído, lo habrían fulminado con la mirada.
—Eh, bueno… Sí.
—¿Qué clase de respuesta ambigua es esa?
—Es verdad que no tengo mucho de príncipe.
En realidad, jamás había vivido como tal. Su identidad había quedado al descubierto a causa de un atentado y, si el Emperador, que se había vuelto extremadamente sensible respecto a la seguridad de Eddie, no lo hubiera llamado al Palacio Imperial, probablemente habría pasado el resto de su vida sin saber siquiera lo que significaba ser un príncipe.
Lee Jeong-hoon, un joven surcoreano común del siglo XXI, no era una persona con un fuerte sentido de autoridad. Tampoco había nacido en una familia de esa clase. Incluso darle una orden a alguien mediante un simple gesto le resultaba incómodo.
—¿Qué eres exactamente, Eddie? Sinceramente, ni este lugar ni el hecho de que seas un príncipe terminan de parecerme reales. Cuando descubrí que tú, el amigo con quien conversaba todos los días, de repente pertenecías a la realeza, pensé que el mundo me estaba gastando una broma.
Sebastian refunfuñó como si fuera algo que llevaba mucho tiempo preguntándose.
Quizá en circunstancias normales no habría sido capaz de preguntárselo, pero, dada la situación actual, al encontrarse a solas en un lugar donde nadie podía escucharlos, parecía considerar que era un buen momento para mantener una conversación secreta.
Aunque Sebastian no lo había hecho con esa intención, en cuanto escuchó la pregunta, Eddie recordó la conversación privada que había mantenido con Laila unos días atrás.
«¿Quién eres exactamente?».
Debió de ser justo después de decirle: «Me disculpo por invitarlo a un lugar tan humilde». Como si hubiera estado aguardando el momento oportuno, le lanzó aquella pregunta a Eddie.
Al provenir de la Santa, conocida por su amabilidad y consideración, la pregunta resultó completamente inesperada. Eddie no supo cómo reaccionar y su mirada comenzó a vagar de un lado a otro.
No se trataba de una pregunta sobre la posición de Eddie, sino de algo mucho más fundamental.
«¿A qué se refiere…?».
Como era la Santa y escuchaba directamente la voz de Dios, Eddie sabía que sus palabras no carecían por completo de fundamento. Sin embargo, lo único que podía hacer era fingir ignorancia.
Al ver su actitud, Laila pareció comprender que no tenía intención de explicárselo y soltó un pequeño suspiro.
También aquel día Eddie había conversado largamente con ella, igual que ahora lo hacía con Sebastian.
«Dios dijo que no existen palabras capaces de definirlo».
«Sé que fue una impertinencia por mi parte, pero le pregunté a Dios si usted era realmente la persona que lo amaba».
«Por si acaso era una mala persona. Lo hice porque estaba preocupada».
«…Fue una preocupación innecesaria».
«En otro tiempo lo llevé en mi corazón… pero sé que ese lugar a su lado no me pertenece».
«Por favor, cuide bien de él».
Ella había estado comprometida con un Héroe falso sin reconocer al verdadero Héroe que se encontraba justo a su lado. ¿Cuánto dolor habría sentido después de recuperar sus recuerdos?
Sin embargo, como era capaz de sonreír con entereza frente a la persona a la que amaba el hombre que ella quería, Eddie no creyó que necesitara preocuparse por ella.
Aunque la pregunta de Sebastian era ligeramente diferente a la de Laila, ambas tenían un trasfondo similar. En esencia, los dos le preguntaban lo mismo: «¿Quién eres exactamente?».
—Yo soy…
Aunque comenzó a hablar sin saber con claridad adónde quería llegar, Eddie no supo qué decir.
¿Yo soy? Yo soy…
—Solo una persona común.
Al final, eso fue lo único que pudo responder. En realidad, era una persona común.
Para bien o para mal, no era más que alguien corriente que había sido arrastrado hasta aquel mundo.
—No. Soy una persona afortunada.
Porque había tenido la fortuna de caer en aquel mundo y conocer a Ketron. Aunque morir había sido una desgracia, encontrarse con Ketron inmediatamente después de llegar allí había sido una suerte.
Ya fuera reencarnación o transmigración, ¿qué tan fácil era obtener un cuerpo saludable, una buena apariencia y una posición extraordinaria?
Quizá todos llevaran el corazón de un príncipe en su interior, pero, en la realidad, eran plebeyos. Si tenía que elegir, Eddie se encontraba entre los afortunados.
—Sinceramente, si hablamos de la persona con más suerte, ¿no eres tú?
Además, allí había otra persona afortunada. Sebastian, que había estado escuchando las palabras de Eddie, lo miró desconcertado.
—¿Yo?
—Sí. Cuando llegaste aquí por primera vez e hiciste la prueba, elegiste los ingredientes siguiendo únicamente tu instinto.
—Ah, bueno, sí hice eso.
Cuando les pidieron que eligieran los ingredientes para preparar kimchi, Sebastian había sido quien seleccionó desde el principio todas las respuestas correctas sin vacilar, a diferencia de los demás, que dudaron.
—Aunque no sabía que aquello sería el comienzo del Infierno del Kimchi.
—Ah, ya veo.
Eddie soltó una risita. Habían pasado meses, pero aún conservaba aquel recuerdo con claridad.
En ese entonces, lo único que deseaba sinceramente era administrar bien la posada y ganarse la vida sin grandes preocupaciones.
Ignoraba su verdadera identidad y también la voluntad de la historia de aquel mundo. Había vivido tranquilamente sin saber cuándo podría estallar la bomba que llevaba consigo.
Pero el tiempo había pasado, habían ocurrido muchas cosas y ahora era un príncipe. Los días en que nadie conocía la identidad de Eddie y aquellos en los que no sabían quién era Ketron habían quedado atrás. Rememorarlos no cambiaría nada.
Eddie disipó rápidamente los tenues y melancólicos recuerdos que empezaban a florecer en su interior.
En lugar de añorar el pasado, decidió hacer planes para el futuro.
—Sebastian.
—Sí.
—Quiero que te hagas cargo de la posada. ¿Qué opinas?
Como era de esperar, Sebastian abrió mucho los ojos al escuchar hablar de un futuro sobre el que nadie le había consultado.
—…¿Qué?
—Sinceramente, ahora me resultará difícil trabajar directamente como posadero.
Por mucho que Eddie reconstruyera la posada y realizara una gran reapertura de la Posada de Eddie versión dos, no podría trabajar como lo había hecho en el pasado.
Eddie era un príncipe y Ketron, el Héroe. Cuando regresaran, Gerold y Ebon también alcanzarían una enorme fama como miembros del grupo del Héroe, de modo que tampoco podrían trabajar como antes.
Por lo tanto, Sebastian era el único que realmente podía encargarse de la posada.
—Tú serás el dueño de facto.
—Bueno, no soy idiota, así que puedo hacerme una idea del motivo, pero aun así es demasiado repentino.
—Así es la vida. Las oportunidades siempre aparecen de repente.
—Hablas como si ya hubieras vivido toda una vida.
Aunque refunfuñó, Sebastian no parecía disgustado con la propuesta.
Probablemente también tenía sus propias inquietudes. ¿Cómo imaginaba su futuro junto a Gerold? Eddie simplemente había añadido una nueva posibilidad a todas aquellas preocupaciones.
—Entonces, ¿qué hará Eddie?
—¿Yo? Seré el dueño nominal.
¿Y el proveedor de la tienda de conveniencia?
Eddie se rascó la nuca. De cualquier manera, una parte fundamental de la identidad de la Posada de Eddie eran los productos de aquella tienda. Los Fideos de Pollo Picante seguirían siendo el platillo principal.
Simplemente dejaría de estar al frente del negocio, así que el papel de dueño nominal le sentaba bien.
¿Qué es un dueño nominal?
Al ver la expresión desconcertada de Sebastian, Eddie dejó escapar una risita.
—Ya descansaste suficiente, ¿verdad?
Eddie se levantó de la silla y estiró los hombros entumecidos. Todavía no habían revisado ni una fracción de los productos de la tienda de conveniencia.
—Pensemos en ideas para el negocio. Y hagamos algunas degustaciones, señor dueño.
Aquello sería el preludio de una sesión de tortura gastronómica disfrazada de lluvia de ideas para el negocio, pero Sebastian, quien aún no lo sabía, se limitó a mirarlo desconcertado.