¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 122

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Tarajiel agitó la mano hacia el portal que mostraba a la madre de Lee Jeong-hoon. Con un silbido, el portal desapareció, dejando únicamente aquel en el que Eddie yacía con el rostro pálido.

La decisión estaba tomada. Ya no había motivos para vacilar.

Sin embargo, Eddie no pudo atravesar de inmediato el portal restante y titubeó durante unos instantes. Un apego pegajoso y persistente, semejante al alquitrán, se aferraba obstinadamente a sus tobillos.

—Sabes, quizá…

Un breve impulso de aferrarse a aquella posibilidad cruzó por su mente, pero Eddie negó con la cabeza al darse cuenta de que estaba pidiendo demasiado.

—No.

—Te preguntas si existe alguna forma de que puedas volver a ver a tu familia, ¿verdad?

Eddie abrió mucho los ojos y se volvió hacia Tarajiel, preguntándose si aquel miembro de la raza demoníaca podía leer la mente.

Sin embargo, Tarajiel contempló su rostro sorprendido con expresión desconcertada.

—Tu expresión es demasiado obvia. Lo gracioso es que pensaras que no me daría cuenta.

—…¿Es posible?

—Bueno…

Tarajiel no le dio una respuesta definitiva, ni afirmativa ni negativa. Su indecisión frustró a Eddie, pero, en realidad, ya había hecho más que suficiente. Tarajiel había hecho demasiado por él.

Así que al menos debía darle las gracias…

Como si eso fuera lo correcto.

Al recordar la sensación del cuchillo atravesándole el estómago, Eddie hizo una mueca de malestar. Tarajiel, que observaba su rostro, soltó una risita.

—Estás debatiéndote entre darme las gracias o no, ¿verdad?

—…

¿De verdad se le notaba tanto lo que pensaba? Había acertado con demasiada precisión.

Aunque sin duda tenía motivos para estar agradecido, Tarajiel también había sido quien provocó todo aquello. En pocas palabras, el resultado había sido bueno porque sus intereses coincidieron, pero, en realidad, Tarajiel se había aprovechado completamente de Eddie.

—No necesitas darme las gracias. Si volvemos a encontrarnos, no será como ahora. La próxima vez te mataré.

Pronunció aquellas palabras con una sonrisa, ya fuera para tranquilizar a Eddie o porque hablaba en serio. Su sonrisa era traviesa, pero el contenido de sus palabras resultaba escalofriante.

Si volvían a encontrarse, sin duda lo mataría. La única razón por la que lo dejaba marchar ahora era que Tarajiel estaba saldando una deuda.

Si fuera así de sencillo, Eddie habría podido quedarse tranquilo. Se dio la vuelta sin darle las gracias.

Ya no vaciló más. Su cuerpo atravesó el portal. Había esperado ser absorbido, pero, en cambio, desapareció como si hubiera cruzado una puerta transparente.

Aunque Eddie no pudo verlo, Tarajiel se despidió agitando la mano con una sonrisa.

Sin embargo, en cuanto Eddie atravesó el portal y desapareció, aquella sonrisa traviesa se tornó gélida, como si la hubieran sumergido en agua helada.

—Ja.

¿Saldar una deuda? Qué ridiculez.

¿Qué lealtad podía poseer un Rey Demonio? No conocía ni la confianza ni la traición. Como no confiaba en nadie, jamás había sido traicionado. Esa era su naturaleza.

Debí matarlo.

Deuda o no, habría sido lo correcto. ¿Por qué había dejado marchar a ese hombre? ¿Desde cuándo le importaba tanto la lealtad?

Tenía que hacer cuanto fuera necesario para ganar.

No debió cometer la estupidez de dejar escapar a quien se convertiría en la razón de vivir del Héroe, en el motivo por el que debía proteger aquel mundo.

Pero, aunque pudiera retroceder en el tiempo, el Rey Demonio no habría sido capaz de matar a Eddie.

¿Qué? ¿Acaso era una broma? «¿Porque si desaparezco, Ketron se derrumbará?».

No, no había pensado en eso.

…Simplemente lo quería.

Solo deseaba aquello que se había convertido en la razón de vivir del Héroe, aquella cosa resplandeciente. No había ningún otro motivo.

Incluso después de haber pasado por el infierno, sigo siendo así de estúpido.

En cualquier caso, en aquel momento había tomado su decisión, igual que Eddie. Había dejado marchar con sus propias manos a quien traería la victoria a la humanidad, así que ahora le correspondía luchar para evitar la derrota.

No tenía intención de caer con facilidad. No pensaba perder.

Pero antes de eso…

—Lilzhir.

—Sí.

Cuando pronunció el nombre de su escriba, el miembro de la raza demoníaca unido a él por los lazos más fuertes, Lilzhir respondió de inmediato y con respeto.

—Tengo una orden para ti.

Lo dijo mientras miraba hacia el lugar donde se encontraba el portal que había desaparecido en cuanto Eddie entró.

Podía concederle un último deseo, ¿no? Después de todo, era su benefactor.

Después de justificar así sus acciones, agitó una mano y borró el espacio que había recreado arbitrariamente a partir de los recuerdos de Eddie.

El parque infantil desapareció en un instante, y poco después el espacio vacío también se deformó y se desvaneció.

Ketron era un hombre roto.

Había terminado de quebrarse al descubrir la traición de sus compañeros, pero aquella no había sido la primera vez.

El recuerdo más antiguo de Ketron era el de unos adultos golpeándolo después de que robara algo de un puesto callejero e intentara escapar.

Eran tiempos de una guerra prolongada en los que todos luchaban por sobrevivir. Las calles estaban repletas de huérfanos y la vida de la gente común era difícil. Durante aquella época, los niños del orfanato, que había dejado de recibir ayuda, rara vez podían comer hasta saciarse.

Para empeorar las cosas, el director del orfanato malversaba constantemente los pocos fondos que quedaban y golpeaba con frecuencia a los niños cuando estaba borracho.

Los niños tenían que valerse por sí mismos y buscar maneras de sobrevivir, en lugar de esperar encontrar comida dentro del orfanato.

Para sobrevivir debían depender de la escasa bondad de los desconocidos que encontraban en la calle o robar comida. Eso era lo único que Ketron podía hacer en aquel entonces.

A veces contemplaba con envidia a los niños que caminaban de la mano de sus padres, aunque también fueran pobres.

Al menos aquellos niños tenían unos brazos que los protegían, a diferencia de él.

Después de semejante infancia, su desarrollo estuvo muy lejos de ser saludable.

Buscando alguna forma de ganar dinero, escapó del orfanato y se unió desde muy joven a un grupo de mercenarios como un humilde chico de los recados. Como era natural, los mercenarios le proporcionaron un mínimo sentido de pertenencia, pero morían con rapidez y tampoco se esforzaban por proteger a un chico de los recados que podía ser reemplazado en cualquier momento.

Incluso entonces tuvo que sobrevivir solo.

Aprendió esgrima observando a otros, aprendió magia gracias a una serie de coincidencias, fue elegido por la Espada Sagrada y, cuando hubo madurado y se acostumbró al título de Héroe, se encontró en la calle con el director del orfanato, quien había oído noticias acerca de él.

Recordaba al anciano diciendo con orgullo que se había enterado de que la Espada Sagrada lo había elegido. ¿Qué había pensado Ketron en ese momento? No lograba recordarlo con claridad.

Lo único seguro era que no había sentido ira ni deseos de vengarse del adulto que lo había golpeado y desatendido durante su infancia, ni tampoco satisfacción al ver que alguien que antes lo había tratado con desprecio ahora cambiaba de actitud.

El niño, quien había comprendido hacía mucho que mostrar ira o tristeza solo conseguiría que pasara más hambre y sufriera todavía más, creció hasta convertirse en un adulto que apenas expresaba sus emociones.

—Esperaba que crecieras y te convirtieras en un adulto capaz de comprender la alegría, la ira, la tristeza y el placer.

Augustine, a quien conoció cuando Ketron ya estaba casi completamente formado, o, mejor dicho, casi completamente roto, había expresado un profundo pesar por aquel hecho.

Cuando descubrió la traición, Ketron creyó que el dolor abrasador, la ira y la tristeza que ardían en su interior como lava serían las emociones más intensas que experimentaría en toda su vida.

Había llegado a la conclusión de que jamás volvería a sentir emociones de semejante magnitud.

Pero se equivocaba.

Cada vez que veía sonreír al hombre de cabello plateado que lo había salvado antes de que aquellas emociones estallaran, Ketron tenía que admitirlo.

Se había equivocado.

Cuando veía el rostro sincero de Eddie, quien confiaba en su rectitud como si fuera un apóstol de la justicia, le remordía una conciencia que ni siquiera sabía que poseía.

Cuando el otro, después de actuar con naturalidad, decía o hacía algo absurdo y gracioso, una sonrisa genuina escapaba de sus labios sin esfuerzo.

Al contemplar aquel rostro que mostraba una expresión de sorpresa con tan solo un beso o una palmada casual en el trasero, temía que Eddie huyera si llegaba a conocer sus deseos.

—¡Tú… eres un descarado…!

Al verlo sonrojarse por algo tan insignificante, incluso después de todo lo que ya habían hecho, Ketron sentía el impulso de comportarse de una forma impropia de él. Como echarse a reír a carcajadas.

En ocasiones, realmente lo hacía.

—Me alegra verte así.

Cada vez que eso sucedía, Eddie le decía aquellas palabras mientras le acariciaba la mejilla.

—Sonríe más.

Si eso deseas.

Ketron quería sonreír más delante de Eddie. Deseaba expresar mejor su afecto. Pero eran cosas que jamás había hecho, por lo que no le resultaban sencillas.

Se limitaba a repetir como un loro aquello que sí podía hacer. Repetía los besos, que eran las únicas acciones que el otro aceptaba, o lo estrechaba entre sus brazos o simplemente permanecía a su lado, observándolo.

Incluso solo con eso, contemplar cómo el otro se sonrojaba y se ponía nervioso le resultaba bastante agradable.

¿Qué voy a hacer? Quiero hacerte tantas cosas indecentes.

Como nunca había deseado a nadie, Ketron no podía afirmar que hasta entonces hubiera sido particularmente avispado en esos asuntos, pero con Eddie era diferente.

Si Eddie supiera lo lascivos que eran sus pensamientos cada día, se quedaría atónito, incluso horrorizado.

Probablemente solo pensaba: «Mi amor es tan inocente, es mi pequeño gatito», y no podía imaginar en absoluto lo que sentía Ketron. Era evidente.

Aun así, Ketron decidió adaptarse al lento ritmo de Eddie.

Eddie sentía algo por él, eso estaba claro, pero, por algún motivo, intentaba mantener las distancias. Ketron reunió toda la paciencia que poseía, hasta la última gota, y decidió esperar. De todos modos, no tenía otra alternativa.

A pesar de ello, creía que algún día Eddie lo aceptaría.

Estaba tan absorto en aquel sueño que tardó en percatarse de que el mundo estaba cambiando.

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