Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 91
Sin embargo, las preocupaciones de Garam se desvanecieron al instante con las siguientes palabras de Sa Muheon.
—…Debió de haberte incomodado. Lo siento.
—¿Eh?
—Esto sigue pasando. Debí haber sido más cuidadoso…
Sa Muheon dijo aquello con una sonrisa apenada. Dio un paso atrás y, con una expresión sinceramente arrepentida, esperó la respuesta de Garam. Durante unos instantes, Garam fue incapaz de decir nada y solo lo miró, desconcertado.
Aquello no había sido culpa de Sa Muheon. Había sido completamente responsabilidad suya por no haber logrado controlarse, y, aun así, Sa Muheon hablaba como si el error hubiera sido suyo. Garam negó ligeramente con la cabeza y, tras vacilar un momento, habló con dificultad.
—…Fue culpa mía, ¿por qué te estás disculpando tú?
—Aun así, el hecho es que terminé tocándote las orejas.
—Eso…
Garam estaba a punto de rebatirlo, pero Sa Muheon echó un vistazo al reloj de su muñeca y dio por terminada la conversación.
—Lo siento, tengo que irme.
—Ah…
—De verdad no me importa, así que, si no te sentiste incómodo, no le des más vueltas.
Antes de que Garam pudiera responder, Sa Muheon ya había dicho lo que quería decir y se dirigía hacia la puerta. Garam levantó la mano por instinto, como si quisiera detenerlo, pero la puerta ya se estaba cerrando.
Su mano extendida cayó lentamente a un lado. Con la cabeza gacha, su rostro se contrajo en una expresión casi llorosa. Debió haberle dicho que realmente no pasaba nada, pero Sa Muheon se había marchado sin esperar su respuesta. Aquello le provocó un leve resentimiento.
Pero, más que eso, estaba frustrado consigo mismo por haber hecho que Sa Muheon mostrara aquella expresión preocupada. Deseó poder desaparecer.
Además, Sa Muheon solo había parecido preocupado y arrepentido por haberle tocado accidentalmente las orejas. No había mostrado ninguna otra emoción.
Eso hizo que Garam se sintiera todavía más desanimado.
Realmente parecía que Sa Muheon no lo veía como nada más que una adorable ardilla joven. Aquella sonrisa ambigua le daba la sensación de que jamás significaría algo más para él.
Tic.
En ese momento, las orejas que aún sobresalían de su cabeza se estremecieron.
Percibió movimiento al otro lado de la puerta.
Aunque Sa Muheon había salido apresuradamente diciendo que tenía que irse, por alguna razón permanecía inmóvil frente a la habitación de Garam antes de dirigirse finalmente hacia la entrada.
Las pequeñas orejas de ardilla, cubiertas de un suave pelaje, captaban su presencia con una sensibilidad extraordinaria.
Pero poco después, el sonido de la puerta principal al abrirse y cerrarse resonó por la casa y, tan naturalmente como habían aparecido, sus orejas desaparecieron.
En un hotel famoso por sus impresionantes vistas nocturnas, un hombre permanecía de pie junto al ventanal de la suite del último piso.
Sin embargo, en lugar de admirar el célebre paisaje, su mirada estaba fija en la palma vacía de su mano.
—…Ja.
Dejó escapar una breve risa y cerró con fuerza la mano que antes mantenía abierta antes de desviar la vista hacia las luces de la ciudad.
Intentó distraerse, pero la suave sensación que había rozado su palma justo antes de salir de casa seguía viva en su memoria.
Incluso acariciar aquel sedoso cabello había sido suficiente para resultar agradable.
Pero la inesperada sensación de aquellas pequeñas orejas cubiertas de un aterciopelado pelaje bajo su mano…
Sa Muheon aún podía sentir el cosquilleo en la palma.
Aquellos ojos ligeramente rasgados que lo miraban desde abajo, completamente ajenos a que sus orejas estaban expuestas.
La forma en que estas se estremecieron apenas al sentir su contacto.
Las mejillas suaves que primero perdieron el color y luego se tiñeron rápidamente de rojo al darse cuenta de su error.
No había sido un instante largo y, aun así, Sa Muheon recordaba cada detalle como si los hubiera grabado a fuego en su memoria.
Como Garam se había quedado completamente paralizado por la sorpresa, Sa Muheon había fingido ser un adulto sereno y responsable, actuando como si nada hubiera ocurrido.
Pero, en realidad…
En aquel instante había sentido una excitación aterradora.
La única razón por la que había logrado ocultar las pupilas alargadas propias de una serpiente era porque era mayor y tenía mucha más experiencia que Garam.
—…Qué idea tan ridícula.
Murmuró para sí mismo antes de soltar una risa burlona.
Decir que había logrado contenerse porque era un adulto resultaba absurdo.
Si realmente fuera un adulto como correspondía, no habría reaccionado de una forma tan vulgar ante un muchacho once años menor que él.
Antes, cuando había tocado las orejas o la cola de Garam, jamás había sentido un deseo tan intenso.
Pero quizá porque ya había aceptado por completo sus sentimientos, la sensación de aquellas suaves orejas lo había excitado mucho más de lo que esperaba.
Le producía una satisfacción indescriptible saber que era la única persona en el mundo que había tocado aquellas orejas y aquella cola de esa manera.
Ni un amante.
Ni siquiera un familiar cercano.
Por suerte, Garam había estado demasiado alterado por su propio descuido como para darse cuenta de lo intensa que había sido la reacción de Sa Muheon.
Solo eso ya era un alivio.
Si Garam hubiera percibido aunque fuera una mínima parte del hambre que Sa Muheon había sentido en aquel momento, se habría asustado y jamás volvería a acercarse a él.
Si hubiera estado solo, habría pasado horas saboreando aquel recuerdo y recreando una y otra vez esa sensación en su mente.
Pero tenía una cita.
Por eso se vio obligado a hacer un esfuerzo por borrar aquellos pensamientos.
Y aquello no le agradaba en absoluto.
Finalmente, Sa Muheon aflojó el puño y volvió a mirar la palma de su mano.
Estaba decidido a conquistar el corazón de Garam.
Y, al mismo tiempo, no tenía la menor duda de que lo conseguiría.
No porque subestimara a Garam.
Sino porque sabía que nadie en este mundo podía desearlo con una obsesión mayor que la suya.
Era la confianza de una serpiente que jamás había fracasado en una cacería.
Algunos seguían llamándolo incompleto.
Pero Sa Muheon siempre había sido superior a quienes lo despreciaban.
Por eso, para él, el fracaso ni siquiera era una posibilidad.
Mientras seguía contemplando la palma vacía de su mano, nuevos pensamientos acudieron a su mente.
La imagen de aquellas adorables orejas temblando era maravillosa.
Pero, casi al mismo tiempo, también recordó las lisas orejas humanas de Garam.
Como la mayoría de los cambiaformas, Garam seguramente era especialmente sensible alrededor de las orejas.
Hoy había estado demasiado alterado para reaccionar.
Pero si llegaba el día, en un futuro cercano, en que Sa Muheon acariciara deliberadamente esas orejas con dedos persistentes…
¿Cómo reaccionaría Garam?
Y si presionara sus labios contra aquellas delicadas orejas humanas…
¿Le gustaría?
¿O se resistiría?
Con solo imaginarlo, un agradable escalofrío recorrió todo su cuerpo.
Sin embargo, aquellas fantasías indulgentes no duraron mucho.
Unos breves golpes sonaron en la puerta y esta se abrió.
Molesto por la interrupción, Sa Muheon se dio la vuelta con una expresión endurecida.
—¿Y esa cara?
—…Olvídalo.
—Si el que me llamó primero pone esa expresión de pocos amigos, entonces tenemos un problema.
El recién llegado entró en la habitación y se dejó caer con naturalidad en el sofá. Con un movimiento familiar, se sirvió una copa de la botella que descansaba sobre la mesa. Apoyó un brazo en el respaldo del sofá y habló con tono relajado.
—Dijiste que estabas ocupado. ¿Entonces por qué de repente querías verme?
—Tengo algo que preguntarte.
—¿El gran Sa Muheon quería verme porque tiene algo que preguntarme?
Eun Suhyeok, que estaba recostado con un brazo sobre el respaldo del sofá, se incorporó de inmediato con una expresión llena de curiosidad.
Parecía no prestarle la menor atención al semblante rígido y tenso de Sa Muheon, lo que hizo que este suspirara antes de acercarse.
—La última vez que te vi parecías a punto de morir. Supongo que ya resolviste todo.
—Si todavía no estuviera resuelto, ¿crees que tendría tiempo para estar aquí? Ya estaría tirado en una cama de hospital al borde de la muerte.
Cuando Sa Muheon tomó asiento frente a él, Eun Suhyeok también le sirvió una copa.
Sa Muheon la aceptó, vaciló un instante y la bebió de un solo trago.
Al verlo, Eun Suhyeok soltó una risa y vació también su propia copa.
—Entonces, ¿qué pasa?
—…
Sa Muheon no respondió de inmediato.
En silencio volvió a llenar su vaso hasta el borde.
Solo después de vaciarlo una vez más abrió lentamente la boca.
—…Oye, ¿cuántos años dijiste que le llevabas a tu pareja?
—¿Qué?
Eun Suhyeok, que esperaba su respuesta, frunció el ceño ante aquella pregunta tan repentina.
—¿Por qué preguntas eso? No me digas que…
—No tengo el más mínimo interés en tu pareja, así que deja de sacar conclusiones raras y contesta.
Su voz dejaba entrever una ligera irritación.
Aunque Eun Suhyeok seguía mirándolo con desconfianza, respondió sin oponer resistencia.
—Nos llevamos siete años. Ya te lo dije la otra vez, pero en ese momento no te importó. ¿Por qué lo preguntas ahora de repente?
—…Siete años.
—No vayas a empezar con sermones sobre lo descarado que soy ni nada por el estilo.
—…
Sa Muheon no respondió. Apretó los labios con fuerza.
Incluso después de otro trago de alcohol, no le pareció suficiente y extendió la mano para servirse de nuevo.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Eun Suhyeok lo detuvo.
—¿Qué demonios te pasa? ¿Por qué estás así?
—…Ja.
Eun Suhyeok lo observó con el ceño fruncido y, de repente, pareció darse cuenta de algo.
Su expresión cambió rápidamente, como si acabara de encajar la última pieza de un rompecabezas.
Entonces, con el rostro lleno de incredulidad, señaló a Sa Muheon con un dedo.
—Tú… No me digas que…
—Baja la mano.
—¿Me estás diciendo que… te enamoraste de alguien?
Pese a la amenazante advertencia, Eun Suhyeok no mostró el menor rastro de miedo.
Al contrario, la expresión de asombro desapareció de inmediato y fue sustituida por una sonrisa traviesa mientras contemplaba a Sa Muheon.
Sa Muheon soltó un largo suspiro.
Y simplemente cerró los ojos.