Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 114

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Sentado con la espalda recargada en la silla del comedor, Sa Muheon observaba con interés a Garam, que iba de un lado a otro por la cocina.

Cuando Garam regresó a casa y vio a Sa Muheon, que había llegado antes y lo estaba esperando, le dedicó una sonrisa brillante y radiante. Al ver aquella deslumbrante sonrisa, el corazón de Sa Muheon comenzó a acelerarse. Sin embargo, aquel emotivo reencuentro duró muy poco. En cuanto Garam se dio cuenta de que Sa Muheon aún no había comido adecuadamente, se sobresaltó y, acto seguido, adoptó una expresión decidida mientras declaraba que prepararía algo de comer antes de dirigirse a la cocina.

Sa Muheon lo siguió, aunque no tenía demasiadas expectativas. Desde que Garam se había mudado a esa casa, cocinar había sido, en su mayoría, responsabilidad de Sa Muheon, y los platillos que Garam preparaba solían ser muy sencillos. Aun así, Sa Muheon estaba convencido de que comería con gusto cualquier cosa que Garam pusiera sobre la mesa.

Al final, las cosas no se desviaron demasiado de lo que esperaba. Como Garam no cocinaba con frecuencia, ni siquiera sabía dónde estaban guardadas las cosas que necesitaba. Incluso en ese momento, estaba rebuscando entre los cajones mientras interrumpía la preparación a mitad de camino.

—Ah… ¿dónde estaba eso…?

—La sal está en el segundo frasco del cajón superior.

Sobresaltado, Garam siguió las indicaciones de Sa Muheon, abrió el cajón superior y sacó el frasco de sal. Después se giró lentamente para mirarlo. Con una expresión sutil, observó a Sa Muheon.

—¿Qué pasa?

—…¿Cómo lo supiste?

—Se nota con solo mirar.

Sa Muheon respondió con naturalidad y sonrió. Garam lo miró maravillado, como si acabara de leerle la mente, pero para Sa Muheon aquello no tenía nada de extraordinario.

—Esta era mi cocina desde el principio, así que, obviamente, sé dónde está todo. Además, viendo lo que estás preparando, puedo imaginar más o menos qué ingredientes vas a necesitar.

Lo dijo para disipar el malentendido de Garam, pero, en lugar de tranquilizarlo, este pareció desanimarse todavía más.

—…Creo que de ahora en adelante debería aprender a cocinar.

—¿De repente? ¿Por qué?

—……

Fue una declaración inesperada. Cuando Sa Muheon le preguntó, sinceramente desconcertado, Garam no respondió y simplemente recorrió la cocina con la mirada. Siguiendo la dirección de sus ojos, Sa Muheon también observó alrededor.

Comparada con cómo solía quedar cuando él cocinaba, la cocina estaba claramente más desordenada. Pero aquello no era un gran problema. Si otra persona hubiera dejado su cocina así, probablemente le habría resultado molesto. Sin embargo, quien lo había hecho era Garam.

Además, no era como si lo hubiera hecho a propósito. Como cocinaba muy pocas veces, era natural que no tuviera práctica. Si después le resultaba demasiado complicado recoger todo, siempre podían llamar a alguien para que se encargara. Normalmente, Sa Muheon lo haría él mismo, pero en ese momento no podía usar el brazo con libertad, así que no había otra opción.

—Está bien. Nadie hace las cosas perfectamente desde el principio.

Sa Muheon lo decía de corazón. Además, no existía ninguna regla que obligara a Garam a ser bueno cocinando. Sin ánimo de presumir, él se consideraba bastante hábil en la cocina y, en realidad, ni siquiera deseaba que Garam cocinara para él. Si era posible, prefería ser él quien preparara comidas deliciosas para Garam.

Sin embargo, su sinceridad no pareció consolar demasiado a Garam. Este seguía con la cabeza gacha y las cejas caídas, visiblemente abatido. Fue entonces cuando Sa Muheon comprendió que Garam estaba realmente afectado.

—Siempre podemos salir a comer. Y si no es posible, pedimos comida a domicilio. Si aquí no llega el servicio de entrega, incluso podemos pedirle al jefe Jang que nos traiga algo.

—Pero… no me parece bien pedirle eso a alguien que está descansando.

—¿De verdad?

Garam frunció ligeramente el ceño, como si la sola idea le hiciera sentir culpable. En cambio, Sa Muheon no lo veía como un gran problema. Sin embargo, ya que Garam lo sentía así, no tenía intención de discutir.

Tras permanecer un momento en silencio, Garam dudó un instante antes de volver a hablar.

—Y… también quería cocinar para ti con mis propias manos. Siempre he sido yo quien recibe todo, así que esta vez quería hacer algo por ti….

En cuanto Sa Muheon escuchó esas palabras, sintió que el corazón se le derretía por completo.

Todos los pensamientos que había tenido hasta ese momento desaparecieron. Hacía rato que tenía algo de hambre porque ya había pasado la hora de comer, pero en ese instante incluso se olvidó de ella. Volvió a recostarse en la silla, decidido a esperar pacientemente hasta que Garam terminara de cocinar.

—Está bien. Si eso es lo que quiere mi pequeño, entonces no tengo más remedio. Puedo esperar todo el tiempo que haga falta. No te preocupes por mí, hazlo con calma.

Al oír aquellas palabras, la expresión de Garam se iluminó un poco. Mientras lo observaba, Sa Muheon pensó una vez más que Garam era realmente fácil de leer. Le resultaba imposible ocultar por completo lo que sentía, y eso dejaba claro que seguía siendo joven. Pero precisamente por eso le parecía todavía más adorable.

Al final, pasó bastante tiempo antes de que la comida estuviera lista. Los platillos servidos sobre la mesa delataban claramente la falta de experiencia de Garam, pero eso era algo que a Sa Muheon no le importaba en absoluto.

—Gracias por la comida.

—Perdón por haber tardado tanto… La próxima vez quizá sea mejor pedir comida.

Para Sa Muheon, la comida era más que satisfactoria, pero Garam no parecía pensar lo mismo. Aunque él le había repetido varias veces que no importaba cuánto tardara, Garam seguía disculpándose por lo tarde que habían terminado de comer.

—De verdad está bien. Está delicioso. Comamos.

—…Está bien.

Aunque seguía viéndose un poco desanimado, Garam comenzó a comer. Mientras conversaban sobre cosas sin importancia durante la comida, su estado de ánimo fue mejorando poco a poco. Cuando terminaron de comer, ya había recuperado por completo el buen humor.

Desde que supo que Sa Muheon podía recibir el alta, Garam había declarado que lo cuidaría muy bien.

Era una idea admirable, por supuesto, pero, siendo sincero, Sa Muheon no había esperado demasiado. Aunque se había sometido a una cirugía en el hombro, no era como si estuviera completamente incapacitado. Mientras soportara algunas incomodidades, pensaba que su vida diaria no sería demasiado difícil.

Además, Garam había crecido siendo tratado con tanto cuidado que difícilmente estaría acostumbrado a cuidar de otra persona. Aun así, Sa Muheon no podía rechazar a un Garam tan decidido a atenderlo y, en realidad, se sentía profundamente agradecido por aquella intención.

Tal como había imaginado, los cuidados de Garam eran más torpes que otra cosa. Sin embargo, en lugar de resultarle incómodos, le parecían adorables, así que decidió simplemente disfrutar de ese tiempo que pasaban a solas.

Aunque el médico le había permitido salir del hospital, también le había advertido que todavía tardaría bastante en recuperarse por completo. Sin embargo, el cuerpo de Sa Muheon sanaba mucho más rápido de lo esperado.

No era extraño. Estaba comiendo mejor que de costumbre, dedicándose únicamente a descansar y sin hacer absolutamente nada más, así que no había motivo para que la recuperación se retrasara. Gracias a eso, cuando llegó el día de su primera revisión ambulatoria, se encontraba mucho mejor de lo que había previsto y pudo prepararse para salir de casa.

—Mmm… vamos con esta.

—¿Esta?

—Sí.

Al escuchar la respuesta, Garam levantó una de las dos camisas que sostenía entre las manos. Tras confirmar la elección, volvió a colgar la otra en el armario. Luego se giró hacia Sa Muheon y tragó saliva.

Su rostro estaba lleno de una tensión evidente mientras se acercaba con las manos ligeramente temblorosas, sosteniendo la camisa.

Sa Muheon lo observó desde arriba con una expresión imposible de descifrar.

Esforzándose por no mirar demasiado el torso desnudo de Sa Muheon, recién salido de la ducha, Garam desabotonó cuidadosamente la camisa.

La recuperación de Sa Muheon avanzaba a una velocidad casi increíble. Pero precisamente por eso, Garam siempre se aseguraba de que no hiciera ningún esfuerzo innecesario.

Ese día tocaba la revisión médica, así que Garam había decidido ayudarlo a vestirse antes de salir.

Debió darse cuenta en el mismo momento en que vio aquella extraña expresión en el rostro de Sa Muheon cuando, lleno de confianza, se ofreció a ayudarlo a ponerse la ropa. Si hubiera sabido que tendría que enfrentarse a él prácticamente desnudo, quizá lo habría pensado dos veces.

Pero ya era demasiado tarde.

Decidido a terminar cuanto antes, Garam se concentró en la tarea y movió las manos.

Situado detrás de él, levantó cuidadosamente la camisa, procurando no forzar el brazo lesionado mientras lo ayudaba a ponérsela. Volvió a tragar saliva y dio lentamente la vuelta hasta colocarse frente a él.

No era la primera vez que veía el cuerpo de Sa Muheon. Sin embargo, por alguna razón, verlo de pie, tan relajado, con la camisa apenas apoyada sobre los hombros y aún sin abotonar, le hacía imposible sostenerle la mirada.

Garam vaciló, incapaz de acercarse del todo. Permaneció torpemente a una corta distancia, bajando ligeramente la cabeza.

—¿Qué estás haciendo?

Como Garam seguía inmóvil, Sa Muheon habló en voz baja.

Por alguna razón, su voz sonaba más grave de lo habitual.

Tratando de que no se notaran sus nervios, Garam dio un paso lento hacia él.

Respiró hondo una vez, apretó el puño con fuerza durante un instante y luego lo relajó, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón.

Después levantó lentamente las manos.

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