El veterinario número uno del Imperio - Capítulo 74
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- Capítulo 74 - Día setenta y cuatro del registro del doctor Pei
—¿Eh? ¿Quieres traer a casa al cachorro de tu tía?
Al escuchar de repente semejante petición de su hijo, el matrimonio de mariscales consideró aquello bastante extraño.
Ares, como padre, miró a Osmond con evidente sospecha.
—¿Y por qué te acordaste de él? Antes intentamos varias veces traer al cachorro de tu tía para ayudar a cuidarlo, y tú siempre te oponías.
Olivia dejó el plato de frutas que tenía en las manos y contempló a su hijo con curiosidad.
—¿No decías siempre que ese pequeñajo era demasiado travieso?
Osmond permanecía sentado con las piernas cruzadas, mirando la televisión holográfica como si nada.
—En realidad no pasa nada. Últimamente estoy herido y tampoco tengo que ir al ejército. Estar en casa sin hacer nada es aburrido, así que podría cuidar de un cachorro para entretenerme un poco.
Ares dijo con voz grave:
—Si estás herido, entonces deberías descansar bien…
Pero antes de que pudiera terminar, Olivia dirigió sus estrechos ojos de zorro hacia su hijo.
—Pues yo no me lo creo.
Se inclinó hacia Osmond.
Sus ojos de zorro, prácticamente idénticos a los de su hijo, brillaron ligeramente.
—Zorrito, no olvides quién te dio a luz. ¿De verdad crees que esas pequeñas artimañas tuyas pueden engañarme? Habla. ¿Qué estás tramando?
Incluso bajo la mirada inquisitiva de su madre, Osmond permaneció completamente tranquilo.
—Están pensando demasiado. Solo lo mencioné. Si no quieren, déjenlo. Así también me ahorro la molestia.
No estaba diciendo la verdad.
Hum.
Un destello astuto pasó por los ojos de Olivia.
Se recostó lentamente sobre el suave sofá y comenzó a examinar con elegancia sus uñas rosadas.
—Está bien. Entonces disfruta de tu tranquilidad. Yo iré a hablar con el ayudante Robert para preguntarle qué cosas tan misteriosas estuvieron haciendo ustedes dos en el planeta Warren…
Al verla abrir su cerebro óptico y estar a punto de contactar con Robert, Osmond finalmente perdió la calma.
—¡Espera, espera, espera! ¡No le preguntes!
Sus padres lo miraron al mismo tiempo.
Osmond mostró una expresión llena de resignación.
Respiró profundamente.
—Bien. Hablaré.
Así que comenzó desde el momento en que quedó gravemente herido en el campo de batalla, atravesó un canal espacial inestable, terminó varado en el remoto planeta Warren y fue rescatado por el veterinario Pei…
Hasta llegar a los acontecimientos más recientes: cómo había recuperado su identidad humana y se había acercado de nuevo al doctor Pei, pero ahora necesitaba un pequeño zorro que pudiera sustituir a «Mengmeng».
Osmond les contó absolutamente todo, desde los asuntos importantes hasta los detalles más insignificantes.
Cuando terminaron de escuchar, las expresiones del matrimonio de mariscales eran indescriptibles.
Especialmente la mirada de Olivia hacia Osmond.
Era exactamente como si estuviera contemplando a un idiota.
Estaba tan enfadada que su pecho subía y bajaba con fuerza. Se llevó una mano perfectamente cuidada a la frente y sintió que hasta le dolía el hígado.
—Ay, Dios mío… ¿cómo pude dar a luz a semejante imbécil? ¡Ni siquiera sabes cortejar a una esposa sin convertirlo en una tragedia! ¡Has dejado por los suelos el orgullo de los hombres bestia de la tribu zorro!
Al llegar al punto máximo de su indignación, empujó a su esposo y frunció las delicadas cejas.
—¡Todo es culpa de los genes de ustedes, los tigres! ¡Tú eras exactamente igual cuando eras joven! ¡Un cabeza hueca que se lanzaba de frente contra todo!
Ares no estaba dispuesto a aceptar aquella culpa.
Su rostro se oscureció.
—Los hombres bestia tigre siempre hemos sido directos, valientes y decididos. Si nos gusta alguien, vamos y lo cortejamos. ¿Quién necesita tantos dramas? Este hijo tonto claramente heredó los genes de ustedes, los zorros: narcisista, presumido y exageradamente delicado.
Olivia aspiró bruscamente.
Su voz encantadora subió de golpe varias octavas.
—¡Tonterías! ¡Nuestra tribu zorro es la más inteligente! ¡Jamás dejaríamos que un estúpido lobo casi nos robara a la esposa delante de nuestras propias narices!
Ares percibió que la situación estaba volviéndose peligrosa.
Temiendo enfurecer de verdad a su esposa, se apresuró a dirigir nuevamente la responsabilidad hacia Osmond.
—En resumen, todo es culpa de este hijo inútil. ¡Hasta para cortejar a una esposa necesita preocupar a sus padres!
Y como todavía seguía irritado, levantó el pie y le dio un par de patadas a Osmond.
La postura y el movimiento eran prácticamente idénticos a los de Osmond cuando pateaba al ayudante Robert.
Osmond sabía que estaba en falta.
Se encogió un poco y soportó los golpes.
—Entonces, ¿van a ayudarme o no a traer al cachorro de mi tía? De todos nuestros familiares, es el que más se parece a mí cuando era pequeño.
—¿Cómo no vamos a ayudarte? —Olivia puso los ojos en blanco—. Por muy idiota que seas, sigues siendo mi hijo.
Mientras abría su cerebro óptico para enviarle un mensaje a su hermana, murmuró:
—Menos mal que hoy sentí que algo no cuadraba y te obligué a decir la verdad. Este tipo de mentira no es tan fácil de mantener.
—También tendremos que ponernos de acuerdo con tu tía. Si alguien se equivoca y deja escapar algo, y la verdad se difunde… estarás acabado.
Osmond:
—…
—Y tú.
Olivia levantó uno de sus finos dedos y le dio un toque en la frente.
—Has pasado toda tu vida metido en el ejército y nunca tuviste una relación. No voy a seguir criticándote por las estupideces que ya hiciste. Pero recuerda esto: enamorarse no es hacer la guerra. No sirve de nada depender únicamente de estrategias. También tienes que permitir que la otra persona vea tu sinceridad.
Su expresión se volvió seria.
—Y cuando estás cortejando a alguien, esta clase de mentira no podrá mantenerse demasiado tiempo. Lo mejor sería que le confesaras todo voluntariamente antes de que el doctor Pei descubra la verdad. De esa manera, aunque se enfade, quizá lo haga un poco menos.
Ares estuvo completamente de acuerdo con las palabras de su esposa.
Con su profunda voz concluyó:
—Esto es una guerra relámpago. ¡O triunfas o te quedas soltero!
…
Así, después de que la tía de Osmond escuchara toda la historia de boca de Olivia, rio tanto que casi no podía mantenerse erguida.
En el acto declaró que estaría encantada de dejar que Osmond cuidara de su cachorro durante una temporada.
—Ya está llegando a la edad de reproducirse. ¡También debería practicar cuidando cachorros!
Y así, un auténtico cachorro zorro, su verdadero primo, fue empaquetado y enviado directamente a casa de Osmond.
…
Cuando se abrió la puerta, Osmond vio frente a ella a un pequeño zorro blanco sentado obedientemente con una mochilita a la espalda.
Fue como encontrar un salvavidas.
¡Una luz de esperanza apareció inmediatamente en sus ojos!
El pequeño zorro levantó la cabeza para mirarlo.
—¡Wuwa!
Su voz era dulce y lechosa.
Parpadeó con sus ojos azules como cristal y ladeó ligeramente la cabeza.
Era absurdamente adorable.
—Perfecto, perfecto… —Osmond se emocionó—. Este pequeñajo conserva completamente el encanto que yo tenía de pequeño.
Olivia lo apartó con disgusto.
Luego se agachó elegantemente y tomó en brazos a su sobrino.
—Ven aquí, pequeño~. ¡Deja que tu tía te abrace! ¡Ay, qué adorable!
El cachorro movió su trasero peludo hasta encontrar una postura cómoda en los brazos de Olivia y entrecerró satisfecho los ojos.
—¡Wuwa, wuwaa!
Olivia escuchó aquella vocecita infantil y miró de reojo a Osmond con una sonrisa ambigua.
—Mira qué adorable es tu primo. Tú nunca fuiste tan fácil de querer.
Osmond:
—…
…
Desde el momento en que llegó a casa de Osmond, el pequeño zorro pareció haber entrado en el paraíso.
Se sentó en medio del sofá de cuero, estiró cómodamente sus dos patas traseras y abrazó un pequeño biberón entre las delanteras.
—Glu, glu, glu…
Se bebió un enorme trago.
A su izquierda, la madre de Osmond le daba fruta.
A su derecha, el padre de Osmond sostenía un cepillo y le arreglaba el pelaje.
Al parecer, al llegar a cierta edad, los mayores desarrollaban un cariño especial por los cachorros.
Entre los dos estaban consintiendo al zorrito hasta el extremo.
Osmond, en cambio, se acarició la barbilla y comenzó a examinarlo de arriba abajo.
—Las marcas de pelo alrededor de los párpados son un poco diferentes. Tendremos que teñirlas.
—El pelaje de la cola necesita recortarse para que se vea más esponjoso…
—Y, por supuesto, queda la parte más importante…
Osmond pareció pensar en algo.
No dijo nada.
Un extraño destello pasó por sus ojos de zorro.
—Mengmeng, ¿qué te parece si te hago un tratamiento de belleza y después te invito a una gran comida de ave dragón asada?
Osmond abrió los brazos hacia el cachorro con la sonrisa que él consideraba más amable.
No tenía idea de que, en aquel momento, parecía exactamente un traficante de niños.
Por suerte, el cachorro de su tía también era un glotón que no le temía a nada.
En cuanto escuchó que habría ave dragón asada, sus ojos se iluminaron y saltó directamente a los brazos de Osmond.
Olivia parecía comprender perfectamente lo que planeaba su hijo.
Al verlo subir las escaleras con el zorro en brazos, le recordó:
—¡Acuérdate de usar tus fotografías como referencia y dejarlo exactamente igual que tú!
Osmond no respondió.
Simplemente levantó una mano y le hizo un gesto de «OK».
…
Cuando abrió la puerta de su habitación y contempló aquel dormitorio del que había estado separado durante varios años, Osmond se quedó ligeramente inmóvil.
Seguía limpio y luminoso como nuevo.
No había una mota de polvo.
Las sábanas y las fundas habían sido cambiadas y estaban perfectamente ordenadas.
Una corriente cálida llenó su corazón.
Los labios de Osmond se curvaron lentamente.
Dejó al pequeño zorro sobre su enorme cama blanca y recorrió su espaciosa habitación con la actitud de alguien inspeccionando su territorio.
Si nadie lo dijera, probablemente ninguna persona del Imperio creería que aquella era la habitación del general Osmond.
La gente siempre imaginaba que el dormitorio de un general tendría un minimalismo frío y austero, o una decoración rígida y masculina, quizá con alguna colección de antiguas armas raras.
Pero la realidad no podía estar más lejos de eso.
La decoración más abundante en la habitación de Osmond eran…
Fotografías de él mismo.
Había retratos sobre el escritorio.
Sobre la mesita de noche.
Incluso enormes pósteres suyos colgados de las paredes.
Y, por supuesto, la parte que ocupaba más espacio era el vestidor.
Dentro del dormitorio había una puerta corrediza. Al abrirla, aparecían filas perfectamente organizadas de trajes de gala, conjuntos formales, ropa informal, prendas deportivas y uniformes militares.
Modelos de temporada.
Clásicos.
Todo tipo de diseños.
Una pared completa estaba cubierta de zapatos y botas.
Y eso sin contar las corbatas, moños, sombreros, pendientes, relojes, gemelos y perfumes protegidos bajo vitrinas transparentes.
¡Parecían estrellas extendidas por todo el cielo!
Incluso tenía dieciocho batas de baño.
De distintas marcas y estilos.
Y cada una tenía su propia ropa interior y sus respectivas pantuflas a juego.
¡Aquel nivel de exigencia era verdaderamente indignante!
En ese momento, Osmond permaneció largo rato frente al armario, completamente erguido, sosteniéndose la barbilla como un pensador.
Su expresión era tan prudente y solemne como si estuviera enfrentando una grave batalla.
—No. La bata de estampado de leopardo es demasiado provocativa. Es la primera vez que voy a enviarle una foto y no conviene mostrar demasiado.
—Esta otra parece algo anticuada. ¿Me hará parecer demasiado serio?
—Y esa marca es demasiado cara. ¿Parecerá que estoy presumiendo de dinero?
Después de analizarlo durante mucho tiempo, finalmente decidió:
—Bien. Mejor esta blanca. Sencilla y discreta, pero sin perder sensualidad ni buen gusto.
Le tomó diez minutos completos elegir una simple bata blanca, unos bóxeres y unas pantuflas antes de salir del vestidor.
Para entonces, el pequeño zorro ya estaba tumbado sobre la cama con los ojos entrecerrados, claramente adormilado.
Osmond le acarició suavemente la cabeza.
—Duerme un rato. Voy a bañarme y después vendré a jugar contigo.
El cachorro cerró los ojos por completo y se quedó profundamente dormido.
—…
Solo entonces Osmond caminó hacia el baño.
Poco después comenzó a escucharse el sonido del agua.
…
Quince minutos más tarde, Osmond salió con el cabello todavía medio húmedo y las pantuflas arrastrándose suavemente por el suelo.
Respiró profundamente.
Caminó hasta el refrigerador de la habitación, sacó con familiaridad una mascarilla facial negra de carbón y se la pegó sobre el rostro.
Después abrió tranquilamente el cajón de la mesita de noche.
Uno tras otro, sacó:
un secador de cabello,
una máquina para cortar pelo,
un pequeño dron flotante para selfies,
una lámpara de iluminación de trescientos sesenta grados para influencers,
un dispositivo holográfico de embellecimiento,
y crema para teñir el pelaje, un cosmético para hombres bestia que permitía cambiar temporalmente el color del pelo y se eliminaba fácilmente con agua caliente.
Cuando terminó de preparar todo…
Osmond se volvió lentamente.
Sus ojos se fijaron en el pequeño zorro que dormía inocentemente junto a la cabecera.
Entonces extendió hacia él sus garras malignas.