El veterinario número uno del Imperio - Capítulo 119

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  4. Capítulo 119 - Día 119 del registro del doctor Pei
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En la habitación 203 del piso superior.

Hexi se rascó la cabeza.

—Ya que hay tantos lugares sospechosos, ¿por qué no nos separamos para investigarlos? Después podemos compartir la información a través de nuestras computadoras ópticas. Así evitaremos recorrer los mismos sitios en vano.

Pei Zhou asintió de inmediato.

—¡Buena idea!

Sin embargo, el doctor Qi no dijo nada. Levantó la mano y pulsó uno de los círculos rojos del mapa. Inmediatamente apareció la información correspondiente a aquel lugar.

Se acomodó las gafas.

—«Es un crimen perturbar los sueños primaverales de alguien: dormitorio del general insectoide».

—¿Mm? ¿Qué significa eso? —Hexi se quedó perplejo.

Pei Zhou preguntó:

—¿Será una pista?

Un destello de interés cruzó los ojos del doctor Qi.

—Eso parece.

Osmond reaccionó con rapidez y abrió la pista correspondiente al segundo lugar.

—«Zona prohibida para hombres heterosexuales: tocador de la Reina Insectoide».

—¡Ja, ja, ja! ¿Qué demonios es esto? —Hexi soltó una carcajada, mostrando sus dos colmillos—. ¿Todas las pistas son así de absurdas?

Todos se divirtieron y comenzaron a recopilar las pistas de cada ubicación.

—«Si en primavera yo no canto primero, ¿qué insecto se atreverá a alzar la voz?: KTV del insecto centinela».

—«Una mantis intentando detener un carro: gimnasio de los insectoides».

—«¡¿Quién dijo que sin compás no se puede dibujar un círculo perfecto?!: cámara del tesoro de los insectoides».

—…

—Estas pistas no parecen aportar ninguna información realmente útil… —Osmond miró al doctor Qi—. ¿Tienes alguna idea?

El doctor Qi reflexionó unos instantes antes de responder:

—El tiempo no nos permite actuar todos juntos, pero tampoco es conveniente separarnos por completo. Será mejor formar parejas.

Hexi preguntó extrañado:

—¿Por qué no podemos investigar cada uno por nuestra cuenta?

El doctor Qi señaló el equipo protector que llevaba puesto.

—Si la misión no implicara ningún peligro, ¿para qué nos habría dado esto el equipo del programa? Si vamos de dos en dos, al menos podremos ayudarnos mutuamente.

Hexi comprendió de inmediato.

—Tiene sentido. Entonces, ¿contactamos con Hape y Raymond?

Pei Zhou miró a Osmond.

Este envió un mensaje a Hape y Raymond.

Osmond: «¿Cómo están las cosas por ahí? Ya lograron escapar, ¿verdad?».

Raymond: «【Mirada de reojo a la izquierda】 【Mirada de reojo a la izquierda】».

Osmond: «Vengan rápido a la habitación 203. Estamos organizando los equipos».

Hape: «【Mirada de reojo a la derecha】 【Mirada de reojo a la derecha】».

Osmond:

—…

Las expresiones de Pei Zhou y Hexi se volvieron gradualmente extrañas.

—¿Qué les pasa?

Osmond frunció el ceño, como si estuviera esforzándose por encontrar las palabras adecuadas para describir a sus dos compañeros de armas.

El doctor Qi soltó una risita y cerró tranquilamente la ventana del chat.

—Nada. Probablemente todavía no se han despertado del todo.

Luego se volvió hacia Hexi.

—Entonces salgamos primero nosotros. Hexi, ¿quieres formar equipo conmigo?

Hexi miró instintivamente a Osmond.

Sin embargo, apenas se mencionó la división en parejas, Osmond ya había colocado una mano sobre el hombro de Pei Zhou, como si estuviera proclamando su propiedad. Cuando Pei Zhou volvió la cabeza para mirarlo, Osmond incluso aprovechó para guiñarle un ojo seductor. Todo su cuerpo desprendía un descarado aire de coquetería capaz de cegar a cualquiera.

Hexi apretó los dientes.

—Está bien.

En aquel momento, un pensamiento cruzó involuntariamente por su cabeza.

¿Aquel zorro coqueto, completamente inmerso en una especie de época de apareamiento, era realmente su ídolo, el general Osmond?

¿Dónde estaba aquel héroe de guerra apuesto y elegante, reservado, discreto y profundo que aparecía en televisión?

¿Se lo habían comido los insectoides?

La enorme diferencia entre su ideal y la realidad hizo que Hexi se frotara la cara. Hasta le dolían los dientes y, de repente, había perdido incluso las ganas de causar problemas.

El doctor Qi señaló el mapa.

—El punto número uno está muy cerca de la prisión. Hape y Raymond seguramente irán allí. Entonces Hexi y yo investigaremos los puntos del dos al nueve.

Pei Zhou asintió.

—Entonces nosotros iremos del diez al dieciocho.

…

—¡Llegamos! ¡Es aquí!

Raymond levantó la cabeza para comprobar el número que había sobre el marco de la puerta y sonrió.

—Tuvimos suerte. El punto número uno está muy cerca de la prisión donde nos encerraron. Seguro que somos los primeros en llegar.

—Entonces, ¿qué estamos esperando? ¡Abre la puerta!

Hape abrió impacientemente la puerta.

Y de inmediato quedó atónito ante lo que apareció frente a él.

El techo, el suelo y las paredes estaban formados completamente por brillantes superficies plateadas semejantes a espejos. La luz que reflejaban era tan deslumbrante que ambos tuvieron que parpadear constantemente para evitar que se les llenaran los ojos de lágrimas.

—¿Esto es un laberinto?

Ambos giraron ligeramente la cabeza y se protegieron los ojos con las manos.

Solo entonces descubrieron que, justo delante de ellos, había una enorme esfera dorada perfectamente redonda.

—¿Y para qué demonios sirve esto? —Hape golpeó la esfera con los nudillos.

Se escuchó un sonido grave y sólido.

Raymond arqueó una ceja.

—¿Es maciza?

Hape la examinó con curiosidad.

—Parece que sí. Aunque no sé de qué material está hecha.

Raymond se frotó la barbilla.

—Algún tipo de metal, supongo.

—Qué más da. —Hape se puso las manos en la cintura—. ¿Y ahora qué hacemos?

—¿Qué tal si empujamos esta esfera mientras buscamos la salida? —Raymond se levantó y palmeó la gran bola dorada—. Tal vez sea un objeto importante.

—¡Vamos!

Así, los dos comenzaron a avanzar por el laberinto empujando la esfera.

Había que admitir que el lugar era enorme. Además, debido a los reflejos de todos aquellos espejos, permanecer demasiado tiempo en su interior resultaba bastante incómodo.

Y, evidentemente, ni Hape ni Raymond eran precisamente orcos especializados en resolver problemas utilizando la cabeza.

Como eran incapaces de calcular la ruta más corta hasta la salida, simplemente aprovecharon su extraordinaria resistencia física para correr como locos por todo el laberinto mientras empujaban la esfera.

—¡Ja, ja…!

Después de nada menos que quince minutos, sus ojos se iluminaron.

Finalmente llegaron, ligeramente jadeantes, hasta una salida marcada con una pequeña bandera.

Junto al asta había una depresión circular poco profunda.

—¡Lo sabía! ¡Este lugar es para poner la esfera!

Una expresión satisfecha apareció en el rostro de Raymond.

—Menos mal que fui lo bastante inteligente como para traer conmigo la esfera metálica de la entrada.

—¡Exacto!

Hape se secó el sudor, lleno también de entusiasmo.

Sin esperar instrucciones de Raymond, empujó rápidamente la esfera hasta colocarla dentro de la depresión.

—¡Clac, clac, clac, clac…!

Tal como esperaban, se escuchó el sonido de un mecanismo activándose.

La esfera metálica giró dos veces.

Entonces, una plataforma circular emergió lentamente del suelo.

Sobre ella reposaba perfectamente colocado un cofre del tesoro.

Estaba revestido de satén rojo, adornado con oro y jade tallado. Bajo el resplandor de las luces circundantes, parecía tan lujoso que resultaba imposible apartar la mirada.

Hape y Raymond contuvieron la respiración durante un instante.

Al segundo siguiente, Hape comenzó a sonreír de oreja a oreja.

—¡Ja, ja, ja! ¿Eso era todo? ¡Esta misión no tiene ninguna dificultad! ¡Ha sido demasiado fácil…!

Raymond también sonrió satisfecho.

—Oye, compañero, ¿qué crees que habrá dentro…?

Mientras hablaba, comenzó a caminar hacia el cofre.

—No es demasiado grande —analizó Hape con absoluta seguridad—. Quizá contenga una llave. ¡Con ella podremos rescatar al rehén!

Raymond arqueó una ceja sin pronunciarse y extendió la mano hacia el cofre.

—¡Clic!

El cofre se abrió.

Raymond bajó la cabeza.

En aquel instante, su expresión se volvió extremadamente extraña, como si estuviera confundido y furioso al mismo tiempo.

Hape, que observaba desde atrás, perdió la paciencia.

—¡Oye! ¿Qué demonios hay ahí dentro para que lleves tanto tiempo mirando?

Antes de que Raymond pudiera responder, sobre el cofre abierto apareció de repente la proyección de un enorme rostro.

—¿Qué es esto?

Hape se acercó al cofre y olfateó un par de veces. Inmediatamente frunció el ceño.

—¡Joder! ¿Qué demonios es ese olor?

Para entonces, Raymond ya había comprendido que habían jugado con ellos.

Levantó una comisura de los labios y sonrió.

—Una bola de estiércol de escarabajo pelotero. ¿Qué? ¿Huele bien?

El rostro de Hape se deformó.

Las manos con las que sostenía el cofre temblaron como si de pronto no supiera dónde ponerlo.

Una nota que había quedado atrapada bajo el cofre cayó flotando al suelo.

«¡La técnica suprema para dibujar círculos a mano alzada es una reliquia familiar transmitida de generación en generación por los excelentes arquitectos insectoides! Después de este sencillo y comprensible tutorial de laberintos, ¿ya aprendieron?»

—General Cuerno de Hierro de los insectoides.

—¡Que se vaya al demonio! ¿Qué clase de desgraciado sin escrúpulos inventó semejante jugarreta…?

—¡No me detengas! ¡Voy a destrozar al equipo de producción!

—¡Puaj! ¡Puaj, puaj, puaj!

Con expresiones de absoluta mala suerte, Raymond y Hape salieron cabizbajos de la cámara del tesoro.

Por el camino seguían culpándose mutuamente.

—¡Todo fue porque insististe en venir a esta cámara del tesoro!

—¡Joder! ¡Pero tú también estuviste de acuerdo!

—¡Estuve de acuerdo porque tú insististe…!

A Hape le dolía la cabeza de pura rabia.

—¡Está bien, está bien! Tú decides a qué habitación vamos ahora. ¡Pero si volvemos a meternos en problemas, no me culpes!

—Tampoco me atrevería a dejarte decidir otra vez…

Raymond estudió el mapa durante unos instantes.

Entonces, como si hubiera tomado una decisión de enorme importancia, golpeó la pantalla con determinación.

—¡Vamos al tocador de la Reina Insectoide!

—Un rehén tan importante debería estar bajo la vigilancia personal de la Reina. ¡Y esta es la única habitación relacionada directamente con ella!

Hape lo pensó.

—Tiene sentido. ¡Vamos, vamos!

Así, los dos hermanos de desgracias desaparecieron por los pasillos del primer piso de la fortaleza llenos de espíritu combativo.

Lo que ninguno de ellos sabía era que, durante la edición posterior del programa, el equipo de producción añadiría a aquella escena una melancólica melodía de erhu, haciendo que sus figuras alejándose por el corredor parecieran indescriptiblemente desoladas.

…

Mientras tanto, en otro lugar, el doctor Qi y Hexi también habían entrado en una de las habitaciones.

—¡Shh!

El doctor Qi estaba de pie sobre un enorme colchón que cubría todo el suelo de la habitación.

Levantó un dedo frente a los labios y le hizo una brusca señal a Hexi.

Este asintió nerviosamente.

Por el rabillo del ojo miró el medidor de decibelios de la pared.

La aguja osciló ligeramente…

Pero finalmente no superó los cuarenta decibelios.

Hexi dejó escapar silenciosamente el aire que contenía.

Esquivó con cuidado las innumerables campanillas que colgaban por toda la habitación, se inclinó y, sosteniendo un gancho, intentó nuevamente sacar una pequeña caja roja que se encontraba bajo una de las extremidades delanteras del «general insectoide».

Así era.

En medio de aquel colchón desordenado y repleto de objetos, yacía un gigantesco «general insectoide».

Nadie sabía qué tecnología habían utilizado, pero el nivel de realismo era prácticamente idéntico al de una criatura auténtica.

Sus extremidades delanteras parecían enormes martillos de hierro negro; poseía un caparazón metálico, gigantescos ojos compuestos entrecerrados… Incluso el abdomen subía y bajaba ligeramente con cada respiración, y los pequeños pelos de sus extremidades habían sido reproducidos con un realismo asombroso.

Cuanto más lo miraba Hexi, más sentía que se le erizaba el vello de la espalda.

Con los nervios tensos al máximo, escuchó un ligerísimo sonido metálico.

¡El gancho había atrapado la caja!

¡No te muevas! ¡Tira hacia atrás!

El doctor Qi articuló las palabras sin emitir sonido.

Luego se agachó y, coordinándose con Hexi, lo ayudó a retirar la caja del gancho.

Una vez conseguido, ambos comenzaron a caminar de puntillas sobre el colchón hacia la puerta.

Con cada paso, las latas, bolsas de comida, banderines de peleas de insectos, espigas de cola de zorro y toda clase de pequeños objetos esparcidos sobre el colchón iban apareciendo ante las cámaras, obstaculizando constantemente sus movimientos.

Finalmente estaban a punto de alcanzar la salida cuando uno de los dos cometió un error.

Pisó un cuaderno.

Debajo había un pollo de goma oculto.

—¡AAAH!

El estridente chillido resonó por toda la habitación.

¡Mierda!

¡Se acabó!

Los dos se quedaron rígidos durante un segundo.

Y entonces reaccionaron al mismo tiempo.

—¡SALTA!

Casi pudieron sentir la ráfaga de viento procedente de su espalda.

Antes de que el «general insectoide» despertara, saltara sobre ellos y los golpeara hasta activar sus cápsulas de supervivencia, ambos se lanzaron fuera del colchón y rodaron violentamente hacia la puerta.

—¡Clac!

La puerta se cerró detrás de ellos.

Solo entonces Hexi y el doctor Qi mostraron expresiones de alivio.

—Genial… No tendremos que meternos en las cápsulas de supervivencia.

Aunque las cápsulas los liberarían automáticamente después de cinco minutos, recordar la experiencia anterior —ser «derribados» por el general insectoide y después tener que permanecer encogidos dentro de aquel espacio estrecho y cerrado— todavía les producía escalofríos.

—¡Rápido! Abre la caja del tesoro. ¿Qué hay dentro?

Después de todo el esfuerzo que les había costado superar aquella prueba, Hexi apremió impaciente al doctor Qi.

Se moría de ganas por saber qué maravilloso objeto habían conseguido.

Incluso el doctor Qi parecía algo expectante.

Mientras abría la caja, comentó:

—Considerando la dificultad de esta habitación, debería ser algún objeto bastante útil, ¿no?

Sin embargo, cuando abrió la caja…

Dentro solo había un pequeño tarro de miel.

Y una carta rosa.

Hexi se quedó inmóvil.

Abrió la carta y leyó:

—«Silenciosa es la flauta de la despedida; hasta los insectos del verano guardan silencio por mí. El silencio es la fortaleza de esta noche…».

Parpadeó.

—¿Ya está?

No había más que una docena de líneas.

Incrédulo, Hexi le dio la vuelta a la hoja una y otra vez para comprobar que no hubiera nada más.

En ese momento, el doctor Qi levantó el pequeño tarro de miel.

Debajo cayó otra tira de papel blanco.

Ambos bajaron simultáneamente la mirada.

Sobre ella, con una caligrafía torcida, estaba escrito:

«Estos son el regalo y la carta de amor que un general insectoide en hibernación preparó para el insecto de sus sueños. (¡Dios mío! ¿Quién aprovecharía que un insecto está durmiendo para robarle estas cosas y hacer la buena obra de separar a una pareja?)»

Hexi:

—…

El doctor Qi soltó un suspiro, como si finalmente hubiera comprendido la verdad.

—Lo siento. Aun así, lo subestimé.

Hexi parecía mentalmente devastado.

—¿Subestimaste qué?

El doctor Qi se acomodó las gafas.

Los cristales reflejaron un destello tan afilado como una cuchilla, como si quisiera apuñalar con él mil veces al equipo de producción.

—El nivel de desvergüenza del equipo del programa.

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