El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 72

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—Entonces, ¿qué propones hacer, príncipe?

—…Preferiría ser yo quien fuera al frente. Si al final hay que luchar.

Ante aquella inesperada declaración, Glenn arqueó las cejas con una expresión de interés, mientras los ojos de Adrian se entrecerraban de inmediato.

Carl se frotó un brazo con la mano mientras escogía cuidadosamente sus palabras.

Había servido en el ejército, así que no era completamente ignorante en cuestiones de estrategia.

Había sido sanitario de combate en primera línea y enfrentado la muerte más de una vez, por lo que, si lograba fortalecer un poco más su condición física, no creía ser un talento inútil.

—Lo ideal sería que no hubiera guerra. Pero si llega a ser inevitable… ¿no sería mejor que fuera yo quien estuviera en primera línea en lugar de Adrian?

—¿Tú? ¿Tú, que ni siquiera sabes usar la magia correctamente?

Glenn descartó la idea como un disparate, aunque, en el fondo, esperaba que Carl insistiera un poco más.

Y, efectivamente, Adrian estaba a punto de perder los estribos, pero Carl lo detuvo.

—Creo que Adrian y yo estamos en la misma situación, porque ambos carecemos de experiencia. También pienso que, con un poco de práctica, puedo dominar la magia. Al fin y al cabo, es una habilidad que puede aprenderse con entrenamiento.

—Mmm…

Glenn apoyó la barbilla sobre una mano y le hizo un gesto para que continuara.

—Además, no voy a luchar solo.

Carl apretó los dientes.

Adrian era un vigoroso joven de veintiún años.

El protagonista de este mundo.

Arrastrarlo hasta ese punto ya había sido suficiente para alterar la historia una vez.

Quizá todo aquello había ocurrido precisamente por las acciones de Carl Lindbergh.

Así que debía ser él quien lo resolviera.

No quería que su papel terminara únicamente con su compromiso con Adrian.

No quería seguir siendo un personaje cobarde que evitaba la muerte mientras descargaba toda la responsabilidad sobre Leia y Adrian.

Y había una razón aún más importante…

—Más allá del honor de Lindbergh… no quiero que Adrian resulte herido.

Era eso.

Adrian había sido increíblemente bueno con él todo ese tiempo.

Carl ya no podía imaginar una vida sin Adrian.

Y si era él quien lo enviaba al campo de batalla…

No podría soportarlo.

—Vaya. ¿Así que piensas ir tú a la guerra en lugar de Adrian, con quien acabas de comprometerte?

—No quisiera que llegara a eso. Pero si es necesario, seré yo quien marche al frente.

Carl respondió con absoluta determinación.

Glenn soltó una carcajada satisfecha.

Adrian, por el contrario, fulminó a Carl con la mirada.

¿Estaba diciendo que Adrian debía quedarse quieto mientras veía a Carl salir herido solo porque él no quería que Adrian sufriera daños?

¿Por qué era tan imprudente?

¿De verdad estaba diciendo que ambos tenían la misma falta de experiencia?

¿Que Adrian, quien blandía la espada todos los días, y él, que apenas entrenaba físicamente, estaban al mismo nivel?

—No, Su Majestad.

Belfry se acercó apresuradamente a Glenn.

El príncipe heredero estaba a punto de estallar de furia, y Carl Lindbergh tampoco parecía dispuesto a ceder.

Mientras tanto, Glenn seguía sonriendo.

Nadie era capaz de adivinar qué estaba pensando.

Belfry tenía un mal presentimiento.

Sabía que no era el momento adecuado para intervenir, pero aun así dio un paso al frente.

—Quizá sería mejor encontrar a otra persona que dirigiera las tropas…

—Eso es evidente.

Glenn interrumpió sin miramientos las palabras torpemente formuladas de Belfry.

—¿Qué?

Adrian, Carl, Belfry e incluso Leia lo miraron confundidos.

Como si quisiera aliviar la tensión, Glenn dio unos golpecitos sobre la mesa y se recostó en la silla.

—Ustedes… ¿qué edad creen que tienen?

Aunque ya son adultos, siguen siendo unos inexpertos.

Y en política y en la guerra lo son todavía más.

¿De verdad creen que pondría a Adrian al frente de un ejército?

—¿Eh?

—Pero, Su Majestad, hace un momento dijo que debía encargarse de los enemigos exteriores…

Carl habló completamente desconcertado.

Belfry también tartamudeó.

—Pero… la posición de Su Majestad…

Glenn negó lentamente con la cabeza mientras observaba a los cuatro.

—Niños…

Con aquella forma de llamarlos que utilizaba cuando eran pequeños, todos cerraron la boca al instante.

—Enviarlos ahora a Lindbergh tiene como objetivo sentar las bases para el futuro.

—¿No es para resolver el problema, sino para preparar el futuro? —preguntó Adrian.

Glenn negó con la cabeza.

—Es ambas cosas. Resolver el problema y, al mismo tiempo, utilizar esa experiencia como un escalón para crecer.

Entonces miró a Leia Lindbergh.

Ella permanecía inmóvil desde hacía rato.

—Leia Lindbergh. Debes aprender a utilizar tu posición como futura gobernante de un país. Lo mismo vale para Adrian. Deben pensar en qué es lo mejor para su nación, reflexionar sobre lo que realmente necesita su pueblo y juzgar a todos con imparcialidad. Pero ¿de cuánto sirve el conocimiento adquirido únicamente en los libros?

Después dirigió la mirada hacia Carl Lindbergh.

—Sabes que tu compromiso con Adrian es el camino para convertirte en la futura emperatriz de este imperio, ¿verdad? Aún tienes muchísimo que aprender. En Lindbergh deberás estudiar poco a poco la magia y las fórmulas mágicas con buenos maestros. Eso beneficiará tanto a Heineken como a Lindbergh. Además, ayuda a Leia para que llegue el día en que Lindbergh ya no necesite depender de Heineken. No tienes el valor de dejar toda la carga sobre ella y desentenderte de Lindbergh. Pues bien, esta es tu oportunidad.

Carl se mordió el labio.

La capacidad de Glenn para comprenderlo daba miedo.

—Y Belfry Hendrick. Deja Heineken y adquiere nuevas experiencias. Tú también eres una flor de invernadero, igual que los hijos de la familia imperial. Con una experiencia limitada, tu visión inevitablemente será estrecha. Si el señor al que sirves tiene una perspectiva reducida, entonces sus súbditos deben tener una visión más amplia.

Al igual que Adrian, Glenn había nacido en una época de paz y prácticamente nunca había abandonado el palacio imperial.

Habían sido el conde Bourbon, el duque Hendrick y su hermano menor, el gran duque Balvenie, quienes ampliaron sus horizontes.

Glenn enfatizó que eso era precisamente lo que significaba ocupar una posición como la suya.

—Y, por último, Adrian Heineken. Lo mismo vale para ti. Amplía tus conocimientos y tu experiencia como príncipe heredero y construye un nuevo país. Aprende también cómo proteger a tu compañero. Eso no significa que debas correr riesgos innecesarios. Observa cómo Carl Lindbergh crece y superen juntos las dificultades.

Solo entonces Adrian comprendió las verdaderas intenciones de su padre.

Glenn juntó las manos con una palmada.

Con un tono algo más serio, el emperador trató de tranquilizar a aquellos jóvenes.

—Habrá muchas personas talentosas ayudándolos. Todos ellos tienen experiencia y son personas dignas de confianza. Si encuentran alguna dificultad, acudan a mí de inmediato. Este padre estará aquí, esperando verlos traer el cambio.

Glenn miró especialmente a Carl Lindbergh antes de añadir:

—Y no vuelvas a decir que has recibido ayuda de Heineken o cosas por el estilo. Todo tu futuro está aquí. He hecho una excelente inversión.

—…Muchas gracias.

Leia inclinó la cabeza.

Carl hizo lo mismo.

Carl pensó que Glenn era el emperador más extraño del mundo.

Y, al mismo tiempo…

Lo respetaba profundamente.

Leia sentía exactamente lo mismo.

Un emperador que no necesitaba imponer su autoridad.

Su sola presencia bastaba para transmitir poder.

Ella quería convertirse en una gobernante como él.

Belfry se preguntó si el duque Hendrick conocía aquella faceta del emperador.

Y Adrian, con el corazón lleno de ilusión, tomó la mano de Carl.

Crecer juntos.

Para Adrian, aquella era la imagen más hermosa que podía imaginar.

—¿De qué sirven tantos talentos? Siguen siendo unos polluelos que apenas pían delante de los adultos. ¿En qué estaban pensando al querer ponerse por delante de veteranos con tanta experiencia?

Glenn se rascó la punta de la nariz y, de repente, se puso de pie.

—Ah, tengo que ir a ver a mi pequeña reina. A partir de mañana estaré muy ocupado, así que aprovechen el resto del día para descansar.

Qué hombre tan extraño… y tan genial.

Carl murmuró para sí.

De hecho, por un momento comenzó a preguntarse si el verdadero protagonista de aquella novela era Adrian…

O Glenn Heineken.

Era demasiado increíble.

Y mientras observaba a Adrian, que seguía sujetando su mano, no pudo evitar preguntarse qué clase de emperador llegaría a ser en el futuro.

Aquella tarde fue como el preludio de una tormenta.

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