El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 142

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Aunque solo había permanecido allí poco más de medio año, el castillo de Lindbergh había puesto por completo de cabeza la vida de Carl Lindbergh.

Carl caminaba lentamente por sus pasillos acompañado de Elizabeth.

Mientras todos, excepto Leia Lindbergh, se encontraban ocupados, divididos entre quienes regresarían y quienes permanecerían allí, el único que no tenía nada que hacer era Carl Lindbergh.

En apariencia, era para que recuperara tanto su fuerza física como su poder mágico, pero también se debía a que Adrian, Leia e incluso el Gran Duque se habían aliado para restringir sus movimientos.

Carl soltó un gemido mientras se palmeaba la espalda y masajeaba la parte posterior de las rodillas. Por fin había comprendido que las bruscas acciones de Adrian Heineken durante la noche anterior habían sido una estrategia de alto nivel para impedir que fuera a cualquier parte.

Adrian había estado muy disgustado con Carl, quien se empeñaba en corretear de un lado a otro, siguiendo a Leia o arrebatándoles las tareas a los sirvientes.

—¿De verdad era necesario llegar tan lejos? ¿Qué haré si después de esto ya no puedo usar la parte inferior de mi cuerpo? ¿Verdad, Elizabeth?

Quién habría imaginado que alguna vez me preocuparía por morir de agotamiento durante el sexo.

—¡Guau!

Ante las quejas de Carl Lindbergh, Elizabeth le lamió el dorso de la mano.

Fuuuush.

Fue entonces cuando los árboles del jardín, podados hasta resultar casi irreconocibles, filtraron el viento que levantó el flequillo de Carl y despejó su frente.

Después de una época tan ajetreada y caótica, por fin sentía que estaba disfrutando de unas verdaderas vacaciones.

—Todo está muy ordenado. Parece reflejar a la perfección la personalidad de mi hermana.

—¡Guau!

El castillo de Lindbergh, luminoso y claro en su conjunto, con apenas los adornos necesarios para preservar la dignidad de un principado, resplandecía bajo la luz primaveral como un espejo que reflejaba a Leia Lindbergh.

Carl no lograba recordar cómo era el castillo cuando vivía allí.

Probablemente se debía a que nunca había tenido la tranquilidad necesaria para admirar su interior o pasear por el jardín.

—A veces desearía que todos los recuerdos del Carl Lindbergh original estuvieran dentro de este cuerpo.

Carl, que avanzaba con cautela apoyando un brazo sobre el lomo de Elizabeth, encontró por fin un banco adecuado y se sentó.

Quizá porque se estaba acostumbrando a medida que aumentaba la frecuencia, ya no caía en un sueño profundo ni desperdiciaba todo el día siguiente como antes. Aun así, seguía siendo abrumador recibir toda la pasión de Adrian.

—Auu, auu…

Elizabeth, que tenía el tamaño de un lobo salvaje, gimoteó como un cachorro recién nacido y frotó el hocico contra el pecho de Carl Lindbergh.

Carl abrazó con fuerza la cabeza del animal.

Su pelaje, bien alimentado y limpio, era brillante y desprendía un olor agradable.

—¿Cómo fue tu infancia? ¿Qué tan profundas fueron exactamente las heridas que Carl Lindbergh le provocó a su hermana? Siempre me pregunto cosas así.

Si todos los acontecimientos del pasado se habían convertido en agua imposible de recoger y se habían evaporado, ¿con qué podría volver a llenarse aquella copa vacía?

Carl, que había estado mirando el cielo sumido en pensamientos inútiles, sonrió con sorna al sentir una lengua áspera sobre la barbilla.

—Los seres humanos somos realmente problemáticos. Basta con un momento de ocio para que nos pongamos sentimentales.

Elizabeth inclinó la cabeza.

—Pero ¿sabes qué me vuelve loco de alegría?

Que, además de ti, ahora hay más personas con quienes puedo hablar sobre el Jeon Woo-young del pasado o el Carl Lindbergh del presente.

Como era una bestia, Elizabeth no comprendía con exactitud las palabras humanas, pero percibió por instinto que su amo estaba genuinamente feliz y comenzó a dar vueltas en el mismo lugar mientras agitaba la cola.

—Gracias por ser mi bosque de bambú mientras viví aquí.

Carl tomó las patas delanteras de Elizabeth y las estrechó entre sus manos.

Mi buena perrita. Te trataré bien hasta el día en que mueras.

Los días en que ocultaba todo en lo más profundo de su interior, temeroso de que alguien lo descubriera, habían desaparecido por completo.

Adrian no solo aceptaba todo lo que formaba parte de Carl, sino que también le permitía vivir como una persona bastante decente. Carl quería compartir su vida con Adrian y devolverle un poco de todo aquello cada día.

Para conseguirlo, Carl Lindbergh tenía que aprender a amarse a sí mismo y a entregar su afecto de la manera que su pareja deseaba recibirlo.

Poco a poco.

Y pensar en el hijo que algún día llegaría hacía que el corazón le hormigueara de expectación.

Quería criar a un niño al que no le faltara nada, un niño adorable y de corazón fuerte.

Para que la sombra de Jeon Woo-young, si todavía quedaba algo de ella, no llegara a cubrirlo.

Carl Lindbergh cambiaría y maduraría.

Un niño. Ahora que lo pienso, a veces sigo olvidándolo.

Carl Lindbergh susurró al oído de Elizabeth:

—Los hombres dan a luz por… ya sabes, por ahí. Todavía me preocupa qué pasará si se desgarra. ¿Tú sabes algo?

—¡Guau!

Al ver su expresión radiante, resultaba evidente que Elizabeth tampoco tenía la menor idea de cómo daba a luz un hombre.

—La cabeza de un bebé tiene que ser más grande que este puño. Vaya, maldición. ¿Qué voy a hacer?

Carl Lindbergh cerró el puño y después, mientras se palmeaba las nalgas, que todavía palpitaban a causa de una sensación extraña, se mordió el labio con fuerza.

—…Tendré que preguntárselo al duque.

Fuera mujer u hombre, dar a luz era un acontecimiento que ponía en riesgo la vida. En lugar de temblar a solas por el miedo, sería mejor pedirle consejo a alguien que ya lo había experimentado tres veces.

—¡Su Alteza!

Mientras tanto, Marco corrió hasta Carl Lindbergh, quien apretaba el puño tratando de fortalecer su determinación.

El muchacho, convertido en un aprendiz de bajo rango de la orden de caballería y más ocupado que nadie, estaba pálido cuando sujetó a Carl de la manga.

—¡Creo que debe partir de inmediato!

—¿Qué sucede?

Presa de un miedo repentino, Carl también palideció.

—¡S-Su Majestad la Emperatriz ha entrado en trabajo de parto!

—¿Qué?

¿No faltaba todavía una semana?

No, ella había dicho que, durante el último mes, nunca se sabía qué podía suceder de un día para otro.

¿Por qué demonios se encontraban Adrian Heineken y él en Lindbergh justo en ese momento?

Si algo llegara a sucederle a Su Majestad la Emperatriz…

Carl Lindbergh quedó paralizado mientras un trauma terrible lo asaltaba junto con la imagen de su madre, que cruzó fugazmente por su mente.

—¡Mis piernas, mis piernas!

Carl se golpeó los muslos con fuerza.

Justo entonces, Elizabeth soltó un prolongado aullido.

—¡Auuuu!

Con Carl sobre el lomo, echó a correr hacia Adrian Heineken.

Carl se olvidó del dolor de espalda y del ardor en las nalgas. Mientras el caballo de Adrian galopaba frenéticamente hacia el Imperio, Carl Lindbergh rezaba con fervor a los dioses.

La emperatriz ya tenía cincuenta años. Un segundo parto también supondría para ella una carga considerable.

El pequeño Jaeyoung, cuyo cuerpo dentro de la incubadora era más corto que un antebrazo; su madre, cuya hemorragia no se detenía.

Sus mejillas, que adelgazaban cada día cuando él iba a visitarla con Jaeyoung, quien apenas comenzaba a caminar, aferrado a su mano.

Su piel reseca y sus ojos hundidos, que no podía olvidar por más que quisiera, aparecían sin cesar ante él. Carl Lindbergh ni siquiera podía cerrar los ojos mientras mantenía las manos entrelazadas.

—Todo estará bien. Su Majestad la Emperatriz es una mujer valiente. Dará a luz sin ninguna dificultad.

Adrian apoyó la barbilla sobre la coronilla de Carl mientras murmuraba aquellas palabras.

Carl, con la barbilla temblorosa, apenas consiguió asentir.

Aunque decía eso, lo cierto era que Adrian estaba igual de nervioso.

En realidad, ninguno de los dos tenía necesidad de estar presente durante el parto de la emperatriz. Sin embargo, Carl Lindbergh había insistido tanto que habían terminado corriendo hasta allí. Durante el trayecto, no obstante, Adrian comprendió por primera vez que estaba a punto de presenciar algo que no podía controlar.

—Así es, todo estará bien. No es su primer parto. Dará a luz rápidamente y saldrá enseguida.

Carl Lindbergh lo repetía como si fuera un mantra.

Su Majestad la Emperatriz y mi madre son diferentes.

Son personas diferentes.

La naturaleza de su sufrimiento también es distinta a la de mi madre, cuyo estado empeoró debido a la pobreza.

Al lado del mejor equipo médico y de su amado esposo… En un lugar protegido por su hijo fuerte y afectuoso, tendrá un parto sin complicaciones.

Carl Lindbergh, que murmuraba sin cesar con las manos entrelazadas como si estuviera rezando, volvió en sí cuando ya se encontraban cerca de la sala de partos.

—Su Majestad Glenn se encuentra dentro de la sala de partos.

El duque, incapaz de ocultar su ansiedad, recibió a los dos en el mismo lugar donde la emperatriz había dado a luz a Adrian Heineken.

—El trabajo de parto se ha prolongado, así que todos están muy nerviosos.

—¿Por qué está tardando tanto?

Carl Lindbergh formuló la pregunta mientras miraba con ojos desenfocados la puerta de la sala de partos, firmemente cerrada.

—Las causas son tan variadas que resulta difícil señalar una en particular, pero suponemos que probablemente se deba a que no tiene fuerza suficiente para pujar.

—¡Aaaaargh!

Ante el grito que surgió repentinamente detrás de la puerta, los hombros de Carl Lindbergh se tensaron.

Incluso en la moderna República de Corea donde había vivido Carl Lindbergh, un lugar que había alcanzado la cúspide de la tecnología médica, las madres podían debilitarse con facilidad.

Muchos bebés eran trasladados a la unidad de cuidados intensivos apenas nacían.

Aunque tanto el bebé como la madre estuvieran a salvo, el niño tenía que luchar y vencer a decenas, cientos de virus antes de convertirse en adulto.

Esa era una ley inmutable de la naturaleza.

Ningún ser humano nacía ni crecía por sí solo.

—¡Aaaaaah!

Otro fuerte grito se escuchó desde el interior.

Los murmullos del equipo médico quedaron ahogados por los alaridos de la emperatriz.

Carl cerró los ojos con fuerza.

Su Majestad la Emperatriz.

La persona que le había dado un lugar donde sentirse seguro y que lo había acogido con ternura. Si algo les sucedía a ella o al bebé, volvería a sentirse pequeño.

—M-Mamá.

Al escuchar la débil palabra que escapó de sus labios, Adrian, quien no había apartado la mirada de la puerta, se sobresaltó y se volvió hacia él.

—Mamá…

Carl sollozaba. Lloraba como un niño mientras repetía: «Mamá, mamá».

—Carl, shhh. Todo estará bien.

Adrian sabía demasiado bien a quién veía Carl a través de la emperatriz, por lo que lo único que pudo hacer fue estrecharlo entre sus brazos.

En un instante, el espacio de unos diez pyeong donde aguardaban pareció volverse húmedo.

Era natural que nadie aparte de Adrian pudiera comprender el dolor de Carl Lindbergh. Sin embargo, sus emociones indescriptibles fluían como feromonas y hacían que a todos les doliera el corazón.

El duque Hendrick colocó una mano sobre la espalda de los dos jóvenes.

Dar a luz era una experiencia extraña que traía consigo tanto alegría como tristeza.

Era algo nuevo cada vez, incluso para quien ya lo había experimentado varias veces. ¿Cuánto más intenso no sería para los hijos que aguardaban afuera?

—Tanto el feto como la madre han estado saludables todo este tiempo. Así que no se preocupen demasiado.

El duque comentó que Belfry también había nacido después de hacerlo sufrir bastante y condujo a los dos hasta un sofá para que se sentaran.

Carl Lindbergh, con el rostro empapado, sostuvo con fuerza la mano de Adrian.

—Cuando di a luz a Belfry… En serio, vi el mismísimo infierno. La vista me centelleaba y hasta el cielo se volvió amarillo[1], pero el bebé se negaba a salir.

El rostro de Carl y el de Adrian también se volvieron amarillos[2].

Desde el interior llegaban a intervalos regulares sonidos de dolor, pero el duque sonreía con serenidad.

—No intento ponerlos nerviosos. Lo que quiero decir es que se trata de algo natural. Sentí que el mundo se ponía de cabeza dos veces y perdí toda sensibilidad de la cintura para abajo. Ya ni siquiera sabía qué parte me dolía. Justo cuando comenzaba a preguntarme por qué demonios tenía que soportar aquel sufrimiento y a resentirme con la diosa, el bebé salió de repente. Pero, por extraño que parezca, en cuanto sostienes ese cuerpecito suave y blandito, el mundo recupera sus colores.

De hecho, se había teñido de colores bastante deslumbrantes. El duque recordó aquel día como si se tratara de un sueño.

—«Ah, sufrí tanto por este niño». Entonces comencé a admirarme a mí mismo y, en la misma medida en que el bebé se volvió precioso para mí, llegué a amar aún más al Gran Duque.

El duque soltó una risita y añadió que aquel día al Gran Duque se le había caído una cantidad de cabello así de grande.

Carl Lindbergh se secó los ojos con la manga.

Adrian todavía estaba pálido.

—Su Majestad la Emperatriz es una persona más fuerte que yo. No perderá contra un dolor semejante. Así que ustedes dos también deben recibir con valentía a su hermano menor.

El duque les dio unas palmadas en los hombros para animarlos.

—¡Buaaaaaaa!

Justo entonces, el vigoroso llanto de un bebé resonó desde el interior.

Carl y Adrian se miraron y dejaron escapar un profundo suspiro.

Poco después, un médico salió con una amplia sonrisa y anunció que tanto la emperatriz como el bebé se encontraban sanos.

—Parece que quería hacernos pasar un mal rato mientras obligaba a sus hermanos mayores a esperar.

Solo entonces todos los presentes pudieron reír con verdadero alivio.

  1. Alude al color del cielo durante el crepúsculo.
  2. Expresión que indica miedo o conmoción.
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