El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 137

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En lugar de instalarse en el abarrotado edificio principal, Carl y Adrian deshicieron su equipaje en el anexo y decidieron esperar a Leia y Belfry en el soleado jardín.

Ni siquiera podían sentirse decepcionados, pues Leia y Belfry eran en ese momento las personas más ocupadas de todo el castillo.

En aquel lugar que, aunque de menores dimensiones, era sorprendentemente parecido al jardín del palacio imperial de Heineken, Adrian recordó el día en que le había pedido abruptamente a Carl Lindbergh que llevara a su hijo en el vientre.

—¿Lo recuerdas? Cuando te pedí que tuvieras a mi hijo, derramaste el té sobre tus pantalones.

Carl estalló en carcajadas.

¿Cómo podría olvidarlo?

—Solo de pensarlo todavía me mareo. Estaba completamente convencido de que ibas a pedirme la mano de mi hermana.

Ahora podía reírse de ello, pero en aquel momento la conmoción había sido inmensa.

Jamás había imaginado que pudiera existir una novela ambientada en un mundo semejante.

Los ojos de Adrian estaban llenos de picardía.

—¿Qué dijiste entonces? «Ni siquiera han salido juntos todavía, ¿no te parece demasiado?». Ahora puedo decirlo, pero me miraste como si fuera un completo sinvergüenza.

Adrian fingió estar agraviado y se llevó una mano al pecho, diciendo que Carl lo había mirado con los ojos muy abiertos, como si lo reprendiera: «¿Cómo te atreves a intentar arrebatarme de esa manera a mi inocente hermana?».

—Incluso entonces, lo único en lo que podía pensar era en llevarme bien contigo.

Carl le pellizcó la mejilla.

Adrian apoyó la mejilla contra aquella palma y la besó. Después tomó su mano y la sostuvo con firmeza sobre la mesa.

—No podía evitarlo. Mi hermana solo tenía veintiún años. Sé que, cuando se trata de un príncipe heredero, el noviazgo y el matrimonio no son tan sencillos como para los plebeyos, pero no quería obligarla a aceptar un matrimonio político como si la estuvieran vendiendo.

Además, su hermana había desarrollado aversión hacia las personas después de verse atrapada entre los corruptos nobles de Lindbergh, incluido su propio padre.

—Aun así, esperaba que, con solo juntarlos, de alguna manera terminaran enamorándose.

Porque creía que tú eras quien podría hacerla feliz.

Carl sonrió con timidez mientras recorría suavemente con las yemas de los dedos los callos de la palma de Adrian, endurecidos por empuñar la espada.

—¿Todavía sueñas con abrir una panadería?

Carl arqueó una ceja ante la pregunta burlona de Adrian.

—Ya no pienso en abandonar a la familia imperial, pero estaría bien abrir una panadería dentro del palacio como pasatiempo.

Los ojos de Carl estaban llenos de ilusión mientras hablaba de querer un lugar donde los caballeros y los sirvientes pudieran entrar y salir, sentarse a tomar café y comer pan, y quizá incluso recaudar dinero para cubrir los ingredientes y hacer donaciones.

—Mmm, el primer emperador consorte de la historia del Imperio horneando pan. No suena nada mal.

Los caballeros que escuchaban a escondidas la dulce conversación de ambos desde cierta distancia aguzaron el oído.

—No estoy diciendo que definitivamente quiera hacerlo, solo que «vale la pena intentarlo».

Cuando Carl le pidió que no se lo tomara tan en serio, Adrian negó con la cabeza.

—No, es una muy buena idea. Para empezar, en el palacio no existen instalaciones de descanso separadas para los sirvientes. Tienen que descansar por su cuenta en sus lugares de trabajo o regresar a sus habitaciones.

Con el paso de las generaciones, el palacio imperial se había vuelto más accesible, pero el trato hacia los sirvientes seguía anclado en el pasado, explicó Adrian.

—Por muy tolerante que sea Su Majestad Glenn, no creo que le agrade demasiado una opinión tan pequeñoburguesa… No, tan propia de un plebeyo.

—No le gusta que los miembros de la familia imperial adopten actitudes propias de los plebeyos, pero escuchará con gusto una propuesta concebida para el bienestar de los plebeyos.

Cuando Adrian le dijo que se daría por satisfecho con que Carl encontrara un pasatiempo del cual pudiera disfrutar dentro del palacio, este depositó un ligero beso en su mejilla.

—¿Ya te sientes mejor?

—Llevo un buen rato de buen humor.

Adrian le ofreció la otra mejilla mientras preguntaba, pero Carl no lo complació esta vez.

Lo había besado impulsivamente por afecto, solo para cobrar conciencia de cuanto los rodeaba un instante después.

Un Alfa y un Omega. Una pareja compatible.

Un compañero con quien podía avanzar al mismo ritmo y contemplar una misma dirección, aunque no fueran completamente iguales.

Para Carl Lindbergh, que había llegado a aceptarlo como el compañero de su vida, sus sentimientos habían sido claros ayer, lo eran hoy y continuarían siéndolo mañana.

—¿Puedo preguntarte algo más?

Adrian, que llevaba un rato sonriendo de oreja a oreja, preguntó mientras jugueteaba con la mano de Carl.

—¿Qué cosa?

Después de escuchar aquella historia de Carl Lindbergh que parecía una confesión, Adrian se había llenado de preguntas como un niño que acababa de aprender a hablar.

—¿Qué se siente tener que aceptar a un hombre teniendo tú también el cuerpo de uno?

Ante aquella pregunta inesperada, Carl dejó de reír y se quedó paralizado.

—De repente sentí curiosidad, porque antes nunca habías considerado a alguien de tu mismo sexo como posible pareja romántica.

La voz susurrante, como si temiera que alguien pudiera escucharlo, transmitía más ansiedad que curiosidad. ¿Cómo había llegado Carl Lindbergh a aceptar a Adrian?

No era que dudara de su amor. Se trataba de una pregunta más fundamental: si sus instintos habían deseado amar a una mujer. Incluso después de que ambos se marcaran, aquella inseguridad volvía a surgir.

Sin pensarlo, Carl Lindbergh dirigió la mirada hacia la entrepierna de Adrian.

Su Alfa era perfecto desde cualquier ángulo, pero sabía demasiado bien que su verdadera magnificencia se ocultaba bajo la ropa. Por eso, él mismo se había preguntado cómo había conseguido aceptarlo sin oponer ninguna resistencia.

—Al principio… Bueno, como mi cuerpo se había convertido en el de un Omega, pensé que eran esos instintos los que te deseaban, pero…

Carl titubeó mientras intentaba organizar las palabras que revoloteaban por su mente.

—¿Pero?

Adrian volvió a preguntar, cada vez más impaciente.

Carl Lindbergh sonrió. Luego recorrió lentamente a Adrian de arriba abajo con la mirada y apretó con fuerza su mano.

—Ahora que lo pienso, creo que me enamoré un poco de ti desde el principio.

¿Qué había visto en él?

Un evidente signo de interrogación apareció en los ojos de Adrian.

—Porque eras muy amable. Aunque nuestra relación era un intercambio para que ambos consiguiéramos algo que deseábamos, conversabas conmigo, me mirabas a los ojos y jamás desestimaste ninguna de mis opiniones.

Nunca había recibido una clase de afecto semejante en toda mi vida.

Una bestia grande y feroz que solo era dócil con él.

¿Cómo no iba a amarlo?

Influido por las feromonas que emanaban de Carl Lindbergh, cargadas con sus intensas emociones, Adrian se frotó el rabillo del ojo.

—Y además…

Carl Lindbergh miró rápidamente a su alrededor y acercó los labios al oído de Adrian.

—Hacerlo contigo… se siente realmente bien. A veces duele, pero la mayor parte del tiempo es jodidamente increíble.

Al escuchar aquel susurro, Adrian cerró los ojos con fuerza.

Esa noche, Carl Lindbergh se retorcería y gritaría de placer.

—Aaaaaaaargh.

Belfry se sujetó la cabeza.

Qué suerte tan podrida. La diosa tenía una personalidad terrible.

¿Por qué Belfry siempre tenía que presenciar de frente sus demostraciones de afecto?

«El pecado de encender el corazón del príncipe heredero y luego huir»[1].

Recordar aquella frase le revolvía el estómago como si hubiera comido cien cucharadas de mantequilla.

—¿Qué haces? ¿No vas a acercarte?

Leia Lindbergh, que venía detrás de él, sujetó a Belfry por el hombro.

Sobresaltado, Belfry hizo un puchero mientras observaba a las dos personas a lo lejos, quienes, después de estar conversando tomadas de la mano, se habían ruborizado al mismo tiempo.

—No quiero interrumpirlos en este momento.

—Mira esta piel de gallina —dijo Belfry mientras se subía la manga.

—Ah.

Leia contuvo el impulso de morder el blanco antebrazo de Belfry y dirigió una mirada penetrante hacia los inocentes tortolitos.

—¡Espere, princesa!

Antes de que Belfry pudiera detenerla, Leia Lindbergh avanzó con paso decidido hacia los dos.

—Carl Lindbergh.

—Ah, hermana.

Leia Lindbergh cruzó los brazos y se dejó caer en el asiento situado frente a ellos.

—Ha pasado mucho tiempo, hermana. Has tenido que soportar muchas dificultades, ¿verdad?

Carl alzó la voz para recibirla con entusiasmo, pero, cuando los ojos de Leia relampaguearon en lugar de corresponder a su saludo, rio con torpeza y se rascó la cabeza.

—T-Te cortaste el cabello. Te queda bien.

—Gracias. Pero ¿no hay algo que deberías decir antes de eso?

Carl, que tenía la conciencia intranquila, murmuró:

—Lo siento.

—¿Tengo que preocuparme por el paradero de mi hermanito adulto? ¿De alguien que está a punto de ocupar una posición a la que otros ni siquiera se atreverían a acercarse?

Ante las palabras de Leia, Carl agachó profundamente la cabeza.

—Lamento sinceramente haberte preocupado.

—Con que lo entiendas es suficiente. Aun así, es un alivio que hayas regresado sano y salvo, pero si vuelves a hacerlo…

—Ah, ¿por qué se comporta así, princesa? Hace mucho tiempo que no se veían; debería mostrarse un poco más contenta.

Belfry intervino de repente.

Había corrido para alcanzarlos, se había limitado a saludar a Adrian con una inclinación de cabeza y se sentó con toda naturalidad junto a Leia.

Había seis asientos alrededor de la mesa redonda.

El príncipe heredero y Carl Lindbergh estaban sentados uno junto al otro, mientras Leia ocupaba el lugar frente a Carl. Normalmente, Belfry Hendrick habría permanecido de pie detrás del príncipe heredero y solo se habría sentado cerca si se lo ordenaban.

«¿Mmm?».

Más aún, cuando Belfry reprendió a Leia, ¿acaso ella no relajó abiertamente el ceño?

Las cejas de Adrian se crisparon ante la inusual energía que fluía entre ambos.

—No alcemos la voz en un lugar tan agradable. Oh, Su Alteza. Usted también ha pasado por mucho.

—En absoluto. Merezco que me reprendan mucho más. También lo siento contigo, joven señor.

Mitad arrepentido por haber causado preocupación y mitad agradecido con quienes se habían inquietado por él, Carl inclinó la cabeza. Belfry agitó una mano con despreocupación y le aseguró que no era nada.

—El castillo de Lindbergh también ha cambiado mucho. Todo avanza con tanta rapidez que se nota una gran diferencia incluso después de unos cuantos días.

—¿De verdad? Vaya, cada vez me siento más en deuda con ustedes dos.

Ya lo sabía con solo haberlo contemplado desde lejos, pero Leia fulminó brevemente con la mirada a Carl por sus exagerados elogios antes de volver rápidamente los ojos hacia Belfry.

Adrian pensó: «Ah», y contempló a Leia Lindbergh con una expresión peculiar.

Los cuatro permanecieron allí durante un rato, conversando ociosamente sobre lo que habían estado haciendo.

Las aventuras de Carl Lindbergh no eran un tema muy bien recibido, así que se las saltaron.

Hablaron sobre la situación actual de Lindbergh y sobre qué harían con Mugicha Parman.

Almorzaron tarde en aquel mismo lugar y, para cuando terminaron el postre y el vino dulce, habían transcurrido dos horas.

—¿El gran duque les dijo que viajaran? —preguntó Belfry.

Parecía un comentario bastante frívolo viniendo del gran duque, quien había aparecido de repente y los había seguido hasta Lindbergh, dirigido al príncipe heredero y al futuro emperador consorte.

—¡Dijo que el makgeolli de Geolli es una especialidad!

Cuando Carl lo anunció emocionado, Leia lo reprendió recordándole que ni siquiera toleraba bien el alcohol.

—Tenemos la intención de contemplar únicamente cosas hermosas y comer solo cosas deliciosas —dijo Adrian, rodeando con un brazo a Carl, quien parecía a punto de salir flotando por la emoción.

—Vayan. Para mí parece difícil incluso ahora y estaré todavía más ocupada cuando me convierta en princesa soberana[2], pero esta vida en sí misma me parece un viaje, así que no está mal. Sería aún mejor si alguien me ayudara constantemente desde mi lado.

Ante aquellas palabras, tan cargadas de significado que prácticamente parecían clavar un clavo, la barbilla de Belfry tembló ligeramente.

—¿Quién? ¿Acaso te falta personal? Supongo que el personal de Heineken tendrá que quedarse aquí durante algún tiempo, ¿verdad?

Carl, que de pronto se había vuelto completamente ajeno a las indirectas, se preocupó por Leia y le preguntó a Adrian:

—¿Puedes seguir ayudándola un poco más?

—Si la princesa soberana así lo desea, podríamos destinar aquí permanentemente a algunos de los voluntarios.

Aunque resultaba evidente que Leia se refería a Belfry, Adrian fingió estar tan despistado como Carl.

—Se lo agradecería enormemente. Aunque parece que no podré cobrar ni un centavo en concepto de comisión al gran duque, ya que el Imperio ha endeudado profundamente al Principado.

Leia soltó una risita.

—Tal como pensaba, viniste por los negocios del Gremio Mercantil Balvenie.

Mientras Carl asentía de acuerdo, Adrian dijo:

—Bueno…

Y miró a Belfry.

Leia tenía la barbilla ligeramente levantada, como si intentara percibir el aroma de las feromonas que emanaban del cuerpo de Belfry.

«Después de todo, el gran duque es padre».

Su hijo menor, que se parecía muchísimo al duque que amaba, se había manifestado como Omega, así que probablemente quería asegurarse personalmente de que ningún Alfa cualquiera terminara devorándolo.

—Bueno, si esto sale bien, podría convertirse en una doble celebración que fortalezca todavía más los lazos entre Lindbergh y Heineken.

Adrian lo murmuró, y Carl, que no había alcanzado a escucharlo bien, inclinó la cabeza.

[1] No recuerdo la frase exacta que utilicé anteriormente.

[2] No recuerdo por completo qué término utilicé antes.

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