El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 136

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La decisión de viajar en carruaje se debía en un setenta por ciento al tierno deseo de Adrian de mostrarle a Carl los cambios que había experimentado el Reino de Lindbergh, y en un treinta por ciento a su intención oculta de colmarlo de afecto sin tener que preocuparse por miradas indiscretas.

Tomar su suave mano y, de paso, robarle un beso de esos tiernos labios. O quizá hablar sobre temas como la vida pasada de Carl Lindbergh o el futuro que compartirían juntos.

Sin embargo, debido a la inesperada aparición de un intruso, el sueño de Adrian se hizo añicos.

—Desde aquí hasta aquí se extiende el archipiélago de Humphrey. Es famoso por su clima seco, sus cielos despejados y un desierto que se encuentra con el mar.

—Guau.

El gran duque Balvenie, sentado con las piernas cruzadas en el espacioso carruaje, desplegó un mapa.

—La comida suele ser bastante picante y de sabor intenso, lo cual podría considerarse un inconveniente, pero el paisaje lo compensa con creces.

Los ojos de Carl Lindbergh resplandecieron.

Ya no quedaba ni rastro de la incomodidad que había sentido cuando Balvenie, después de atravesar el círculo mágico, les había pedido de repente que lo llevaran.

—¡A mí me gusta la comida picante!

—¿De verdad? Entonces te recomiendo un estofado de carne de cabra preparado con muchas especias.

—¡Un estofado!

Balvenie contempló con cariño la coronilla de Carl Lindbergh mientras este parloteaba emocionado, diciendo que ya se le hacía agua la boca.

Completamente absorto en los relatos de aventuras del gran duque Balvenie, que abarcaban todo el continente y en ocasiones incluso lo habían llevado a cruzar los mares en barco, Carl se comportó por un momento como si hubiera olvidado la existencia de Adrian.

Adrian cruzó los brazos e intentó calmar la irritación que hervía en su interior.

—¿Adónde más? ¿A qué otros lugares ha ido?

—Veamos… Ah, sí. Escuché que te gustan los platillos preparados con arroz, así que este lugar de la región central, llamado Geolli, es bastante famoso por su arroz.

Balvenie, que se había percatado del evidente descontento de Adrian, ni siquiera lo miró.

El ceño del hombre permanecía fruncido desde que Balvenie había subido al carruaje, pero, como su pareja se estaba divirtiendo tanto, no podía pronunciar una sola palabra y se limitaba a sufrir en silencio.

Balvenie ocultó una sonrisa burlona tras una tos.

Por lo general, el gran duque apenas se interesaba por alguien que no fuera el duque Hendrick, pero molestar amablemente a su sobrino era una clase diferente de diversión.

Cuando dirigió la mirada hacia la mano que señalaba el granero central, por donde fluía un enorme río, Carl Lindbergh dejó escapar una exclamación al descubrir allí un nombre conocido.

—¿Geo-Geolli?

—Sí, el nombre es peculiar, pero dicen que el licor elaborado con arroz es muy famoso. Le añaden levadura al arroz glutinoso y…

Se llamaba «makgeolli».

No era algo del todo inesperado, pero Carl puso una expresión extraña, estupefacto ante el hecho de que realmente existiera.

—Daebak[1].

¿Así era como terminarían apareciendo también el kimchi y el soju?

Sería increíble, pero no quería hacerse ilusiones.

Ante el daebak que se le había escapado sin querer, Adrian y Balvenie preguntaron al unísono:

—¿Mmm?

—No es nada. Ah, por casualidad, ¿no lo exportan? Me encantaría probarlo.

—¿Quieres que consiga unas cuantas botellas para ti?

—¡Eso sería absolutamente maravilloso!

—No se lo permita, tío.

Adrian le hizo una severa advertencia a Carl, quien, pese a no tener buena tolerancia al alcohol, siempre se emocionaba con solo escucharlo mencionar.

Carl estaba a punto de preguntarle por qué, pero enseguida se desanimó. Ahora que lo pensaba, tenía antecedentes. Antecedentes por haber estado a punto de ahogarse en una cuba de alcohol.

Al ver su expresión abatida, Balvenie chasqueó la lengua y le dijo a Adrian:

—Puedes dejar que lo pruebe mientras esté a tu lado.

Adrian suspiró. No era que quisiera prohibirle el alcohol por completo, pero incluso ahora, el simple hecho de pensarlo traía de vuelta los vívidos recuerdos de aquella bañera llena de vino y de la sensación de que el corazón se le desplomaba.

—Mmm, de verdad solo lo probaré. Tengo curiosidad. El «makgeolli», recién preparado con arroz… ¿No te parece fascinante?

—Tiene que aprender a beber, ¿sabes? Si sigues impidiéndoselo, más adelante acabará emborrachándose con una sola copa de champaña.

Adrian se llevó una mano a la frente y alternó la mirada entre Carl Lindbergh, que juntaba las manos y lo observaba con los ojos llorosos, y Balvenie, quien además lo regañaba diciéndole que sería un desastre si se emborrachaba con las bebidas servidas como cortesía en los actos oficiales.

Por un momento, apareció en la mente de Adrian una imagen de Carl Lindbergh en su vida pasada.

En aquel entonces tenía el cabello negro y los ojos negros. También había dicho que su apariencia era común. No tengo idea de qué significa tener una apariencia común, pero seguramente habría sido adorable a su manera.

—Quiero compartirlo contigo. ¿Mmm? Bebámoslo juntos.

Cuando Carl alzó la mirada hacia él de aquella manera, una vena se marcó en el antebrazo de Adrian.

Un gorrión de Java, blanco y regordete, encuentra un barril de roble lleno de alcohol. Después, borracho, se tambalea a su antojo mientras deja escapar toda su soledad, y quizá alguien, al encontrar adorable aquella imagen, habría llevado a su hijo en el vientre. El amable y solitario Carl Lindbergh se habría convertido en un buen padre que habría hecho todo lo posible por su familia.

Ah, esto es irritante.

La realidad no era más que la de un hombre desgastado por la vida, inclinando en soledad una copa, pero Adrian, que no tenía forma de saberlo, estaba completamente carcomido por los celos.

—Ya veremos cómo te comportas.

Molesto por sus propias y disparatadas fantasías, Adrian respondió con hosquedad.

Mientras Carl contemplaba desconcertado el repentino cambio de humor de Adrian, Balvenie soltó una sonora carcajada.

«Dicen que puedes engañar al linaje, pero no a tu género secundario».

Ese maldito instinto que te hacía dejarte arrastrar por los celos decenas de veces al día después de encontrar pareja terminaba consumiéndote.

Balvenie esperaba que aquellos dos, que pronto se convertirían en su familia, construyeran recuerdos más comunes en lugar de verse siempre envueltos en incidentes y accidentes. Cosas como derribar todos los muros de sus corazones compartiendo experiencias, sin importar lo pequeñas que fueran.

Un príncipe heredero y un príncipe. Considerando sus posiciones, la mera palabra «común» resultaba absurda, pero aun así…

—Carl Lindbergh, Adrian Heineken. Después de que la emperatriz dé a luz, Su Majestad el emperador ha decidido concederles oficialmente un periodo sabático.

Carl, que estaba acariciando el dorso de la mano de Adrian, abrió mucho los ojos.

—¿Un periodo sabático?

—Sí.

Mientras los observaba inclinar la cabeza, Balvenie se acarició la barbilla.

—Su Majestad el emperador todavía está fuerte y saludable, y Su Majestad la emperatriz se reincorporará pronto, así que desea que ustedes dos pasen tiempo de calidad juntos antes de que comiencen tus lecciones formales como princesa heredera.

—Tiempo de calidad —murmuró Adrian.

Era cierto. Por culpa de diversas personas, no habían tenido demasiado tiempo para estar juntos como era debido.

Al contemplar el cambio instantáneo en la expresión de Adrian, Balvenie dobló cuidadosamente el mapa y se lo entregó a Carl.

—Viajar amplía los horizontes y enriquece el corazón. Aunque no puedan ir muy lejos, intenten visitar los países vecinos.

Viajar. Ante aquella palabra que le hacía cosquillas en el corazón, el rostro de Carl se iluminó de alegría.

El Jeon Woo-young del pasado era pobre y no disponía de tiempo libre. Cada vez que salía lo hacía por Jae-young y, aun después de convertirse en Carl Lindbergh, no había podido abandonar el palacio imperial ni el castillo por diversas razones. Por lo tanto, aquel sería, en la práctica, su primer viaje.

Ah, el breve trayecto que había emprendido para terminar con Adrian no podía contarse como un viaje.

«No fue particularmente agradable y, si acaso, solo conservo malos recuerdos».

Adrian apretó la mano de Carl.

También era la primera vez que salía del palacio imperial por un motivo que no estuviera relacionado con el trabajo. Y nada menos que junto a la persona que más amaba.

Carl Lindbergh le dedicó a Adrian una sonrisa tímida.

Adrian, que había besado aquel rostro radiante sin darse cuenta, también sonrió mientras se tocaba la comisura de los labios.

Justo entonces, el gran duque dio unos ligeros golpecitos en el techo del carruaje. El cochero redujo gradualmente la velocidad hasta detenerse por completo.

El carruaje ya había llegado al camino principal que conducía desde la capital real hasta el castillo.

Balvenie descendió del vehículo, montó a caballo y adoptó una expresión solemne.

—Es poco común tener la oportunidad de viajar sin necesitar un pretexto. Así que aprovéchenla bien.

Con una sonrisa traviesa, Balvenie espoleó su caballo y partió al galope.

Adrian pensó que su tío, que no compartía ni una sola gota de sangre con su padre, se parecía a él en ciertos aspectos.

—¡Guau!

—¡Su Alteza! ¡Su Alteza!

Más allá de la barandilla del carruaje descubierto, los habitantes de Lindbergh coreaban el nombre de Carl Lindbergh.

—Deberías saludarlos.

Adrian tomó las manos de Carl, quien no dejaba de intentar ocultar el rostro, y las agitó por él mientras lucía el semblante perfecto de un príncipe heredero y una sonrisa benevolente.

Cuando rodeó deliberadamente con un brazo los hombros de Carl Lindbergh, que saludaba como una marioneta, algunas personas se ruborizaron y otras lanzaron gritos de emoción.

Están en la flor de la vida.

Su Alteza el príncipe heredero del Imperio es apuesto, pero la belleza de Su Alteza el príncipe no se queda atrás.

¡De hecho, los dos resplandecen todavía más cuando están juntos!

Al escuchar con claridad los murmullos de la gente, Carl Lindbergh parpadeó sin saber dónde meterse.

Contemplarlos desde el cielo y avanzar frente a ellos mientras cruzaban miradas eran experiencias completamente distintas. El rostro de Carl cambiaba de color a cada momento, dejando en evidencia lo desconcertado que estaba.

Los hombros de Adrian se estremecieron por la risa al recordar la expresión atónita de Carl cuando el techo del carruaje, que él creía que volvería a ponerse en marcha después de que Balvenie descendiera, se había plegado de repente, dejándolos a ambos expuestos ante la multitud.

—Ah, esto es muy vergonzoso.

—Endereza la espalda y sonríe. Todos te están mirando.

Siguiendo el ejemplo de Adrian, Carl enderezó la espalda y sonrió, mostrando los dientes en una amplia sonrisa.

Las comisuras de sus labios temblaban.

En realidad, ni siquiera sabía si merecía que lo vitorearan de aquella manera.

Era un príncipe que en otro tiempo había estado en el centro de una tiranía que les chupaba la sangre a sus súbditos. Y como ni siquiera había podido resolverlo por su cuenta, había atraído a una potencia extranjera, lo que finalmente había provocado la humillación de que el reino fuera degradado a principado.

Aun así, la gente veneraba a Carl Lindbergh como si fuera un héroe.

Mientras saludaba, Carl Lindbergh terminó cubriéndose el rostro con ambas manos.

—Adrian, ¿p-puedo apoyarme en tu hombro?

—Todo lo que quieras.

Carl se apoyó en el hombro de Adrian para ocultar el rostro enrojecido, pero a ojos de los demás solo parecía estar comportándose con timidez.

Ay, qué adorable.

Su Alteza el príncipe heredero lo sostiene de una manera tan confiable.

La gente lanzó vítores todavía más fuertes y corrió detrás del carruaje.

Indiferente a los asuntos humanos, la naturaleza había recibido la primavera y, gracias a ello, las flores primaverales estaban en plena floración por todas partes.

Las calles, con excepción de la avenida central, seguían en reparación, y aún quedaban aquí y allá casas construidas precariamente con barro y paja. Sin embargo, la capital real de Lindbergh comenzaba a adquirir el aspecto propio de la capital de una nación.

—Carl, mira hacia allá.

Adrian lo llamó mientras le daba unos golpecitos en la cintura.

Cuando levantó la cabeza para mirar, vio a un grupo de niños que había acudido tomado de las manos de varios adultos.

Había muchos huérfanos en Lindbergh.

Esto se debía a que numerosas personas habían sido arrastradas para compensar con trabajo las cuotas de arrendamiento que no habían podido pagar; otras habían confiado sus hijos a familiares antes de partir al exilio y desde entonces se desconocía su destino; y muchas más habían muerto de enfermedades debido a la absurda escasez de suministros y medicamentos.

Los niños imitaron a los adultos y agitaron las manos.

Tenían las mismas expresiones desconcertadas que Carl Lindbergh.

—Todos se han puesto tan regordetes. Qué adorables.

Cuando Adrian levantó una mano hacia ellos, los niños soltaron risitas, armaron un alboroto y se ocultaron entre las piernas de los adultos.

Las esquinas de los ojos de Carl Lindbergh se humedecieron. Aun así, sus labios se curvaron hacia arriba.

Quizá resultara algo impropio que un hombre adulto llorara, pero estaba bien derramar lágrimas de alegría.

Y había alguien acariciándole el hombro.

Él no había hecho nada por sí solo; todo había sido gracias a la ayuda de los demás. Además, había sido Leia Lindbergh quien realmente había terminado cubierta de sangre.

¿Por qué recibía la gente con tanto entusiasmo a Carl Lindbergh?

Mientras Carl se secaba torpemente las lágrimas, con el corazón rebosante, Adrian le susurró:

—Gracias por ser quien abrió las compuertas de la nueva historia de Lindbergh, una historia cuyo comienzo quizá haya sido humilde, pero cuyo final podría llegar a ser grandioso, Carl Lindbergh.

Ah, así que eso era.

El castillo de Lindbergh, que antes se alzaba a lo lejos, se encontraba ahora justo frente a sus ojos.

[1] Expresión coreana que significa «¡guau!» o «¡increíble!».

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