El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 113

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Según el vizconde Drambuie, la magia usada con intención de dañar era magia oscura, mientras que la magia empleada para proteger era magia blanca.

La marquesa Macallan, sin embargo, no estaba de acuerdo. Había argumentado que esas distinciones eran irrelevantes, simples juegos de palabras usados por el Templo; que lo único importante era el resultado deseado y que, a veces, era necesario tomar decisiones difíciles.

Carl Lindbergh no había estado de acuerdo con ella.

No solo le parecía difusa la línea entre la magia blanca y la magia oscura, sino que además dudaba en usar magia ofensiva.

Y su vacilación nacía de su propia habilidad.

Cada fórmula que utilizaba funcionaba a la perfección, exactamente como él pretendía.

—¿No es eso lo que llaman un protagonista demasiado poderoso?

Lulu, que insistía en beber bebidas heladas incluso en pleno invierno, mordisqueó un cubo de hielo mientras hablaba.

Su hermano, el protagonista definitivo demasiado poderoso…

Era un sueño hecho realidad.

Carl Lindbergh, sin embargo, frunció el ceño, claramente disgustado.

No le gustaba que lo llamaran demasiado poderoso.

—Sé lo que significa, pero ¿no es esto un poco excesivo?

Cada fórmula que tocaba era como una llave maestra, capaz de abrir cualquier posibilidad mágica que deseara.

Había empezado a ponerse nervioso cada vez que tomaba una piedra mágica.

—¿Qué tiene de excesivo? ¿Ser bueno con la magia? ¿Cuál es el problema? No es una mala habilidad. Algunas personas transmigran a novelas que ni siquiera han leído y se vuelven expertas de la noche a la mañana. Comparado con ellas…

—Eso es ficción. Esto es la realidad.

Lulu, tomando una gran cucharada de crema de vainilla de su bizcocho de Earl Grey, soltó una risita.

—Permíteme corregirte, oppa. Esta es una realidad ficticia y una ficción realista.

Carl Lindbergh se pasó una mano por el cabello, que ya le había crecido lo suficiente como para cubrirle la frente y rozarle las pestañas.

Marco, quien siempre se lo recortaba, se había unido recientemente al Cuerpo de Caballeros como aprendiz, y Carl no se había molestado en buscar a alguien que lo reemplazara.

Su cabello largo también era una señal de su prolongado conflicto interno, un recordatorio de que su tiempo en Heineken, el tiempo que tenía para tomar una decisión, se estaba agotando.

Había prometido hacer lo que fuera necesario para proteger a Leia, a Adrian Heineken y el futuro del Imperio.

Sin embargo, aún no estaba seguro de las consecuencias de sus actos.

A la marquesa Macallan su vacilación le resultaba frustrante.

Él elegía el camino más difícil cuando existían soluciones más sencillas.

Hablaba de minimizar las bajas y de evitar sacrificios innecesarios por el bien mayor, pero ella no entendía su reticencia.

¿Qué sentido tenía el bien mayor si se obtenía a costa de vidas inocentes?

—Quiero controlar el alcance de mi magia, limitar su impacto. Pero tengo miedo. Ni siquiera puedo practicar sin saber cuáles serán las consecuencias. ¿Y si pierdo el control? ¿Y si termino dependiendo de la magia, usándola cada vez que enfrente un problema?

O peor aún…

¿Y si se convertía en una herramienta manipulada por otra persona?

Ese era, a menudo, el destino de quienes tenían poder pero carecían de convicción.

—Eres un cobarde.

—Sí, lo soy.

Lulu suspiró y dejó el tenedor sobre la mesa.

Su pobre hermano.

Todavía perseguido por su pasado.

—Mírate, oppa.

Lo arrastró hasta un gran espejo.

Un hombre hermoso, de piel pálida, y una joven con una sonrisa traviesa aparecieron lado a lado, observándose desde el reflejo.

—¿Y bien?

—He bajado de peso.

Lulu soltó una risa ante su respuesta.

Estaba mirando su propio reflejo, su cabello dorado, sus ojos azules como el océano…

Y lo único que podía decir era que había bajado de peso.

—Este es Carl Lindbergh.

Carl, ajeno al sentido de sus palabras, se limitó a mirar el reflejo de Lulu.

—Carl Lindbergh. Ocupación: príncipe. Rasgo distintivo: Omega.

Lulu tomó su mentón entre las manos, como si estuviera presentando a un actor sobre un escenario.

—Nacido y criado en Lindbergh, abandonó el castillo al desilusionarse de su vida privilegiada. Luego conoció al príncipe heredero de Heineken y se enamoró.

El rostro de Carl Lindbergh se sonrojó.

Sinceramente, su timidez empezaba a ser excesiva.

Ya se habían visto desnudos.

¿Por qué seguía ruborizándose?

—Está preocupado por cometer errores, por no ser lo suficientemente bueno, a pesar de su talento mágico excepcional. Pero sus preocupaciones son infundadas.

Carl se sobresaltó ante aquellas palabras inesperadas.

¿Infundadas?

Lulu caminó alrededor de él, examinándolo de pies a cabeza.

Jeon Woo-young solía hacer eso cuando intentaba animarla.

—Tiene un compañero devoto que lo ama y siempre estará a su lado. Tiene suegros comprensivos que lo adoran y una hermana mayor fuerte y capaz. Hay incontables personas que lo guiarían de vuelta al camino correcto si alguna vez se desviara. Está destinado a un final feliz.

¿De qué estaba hablando?

Carl Lindbergh soltó una risa incómoda.

—He creado una ficha de personaje para ti.

Explicó Lulu.

Un nuevo Carl Lindbergh.

Un nuevo Jeon Woo-young.

Sus ojos, todavía teñidos de tristeza, se suavizaron mientras tomaba su mano con delicadeza.

Aquellas manos, antes llenas de callos y cicatrices, ahora eran suaves e impecables.

—Jeon Woo-young, aquel que sacrificó su juventud, trabajando sin descanso para mantener a su hermana menor; aquel que no tenía nada, ni dinero ni apoyo… está durmiendo profundamente. Ya no volverá.

Le dio un ligero toque cerca del ombligo.

Si Marco o Belfry hubieran visto eso, habrían entrado corriendo, listos para defender el honor del príncipe.

—Jae-young…

—Oppa, ahora lo entiendo. Siempre fuiste tan cuidadoso, tan cauteloso, temiendo convertirte en una carga, temiendo que te juzgaran por ser huérfano.

Jeon Woo-young nunca había tenido el lujo de cometer errores.

Se había obsesionado con evitarlos.

—Pero ya no eres huérfano. Mira a tu alrededor, oppa. Hay muchas personas que se preocupan por ti. Nadie te culparía por usar tu magia, incluso de forma imprudente. Pero si alguna vez pierdes el rumbo, si alguna vez haces mal uso de tu poder, yo te detendré. Y Adrian Heineken, Leia Lindbergh… ellos saben que jamás dañarías a nadie intencionalmente. No te preocupes.

Carl Lindbergh asintió mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos.

Se sentía muy orgulloso de ella, de cuánto había crecido.

—Gracias.

—Si de verdad estás agradecido, entonces prepárame croissants mañana.

—Trato hecho.

Carl Lindbergh, sonriendo, le mostró el mapa que había estado estudiando.

—Este es el carácter “li”, que significa “gobernar”. El punto focal, la intersección de los trazos, se encuentra debajo de Parman. He estado intentando encontrar una manera de interrumpirlo desde la superficie, pero todos estos puntos son ciudades importantes. No puedo arriesgarme a causar víctimas civiles. ¿Tú qué harías? Si pudieras cortar un solo punto, una sola conexión, y hacer que el carácter perdiera sentido…

Lulu apoyó la barbilla sobre una mano y parpadeó pensativa.

Entonces dijo:

—Dijiste que esto significa “gobernar”, ¿no? Yo pensaba que este carácter, 理, significaba “razón” o “lógica”. Como en… el orden natural de las cosas.

❖ ❖ ❖

La tensión entre Carl y Adrian era evidente, como un viento frío soplando entre ambos.

La institutriz de Ayla, al observarlos, se sintió complacida, mientras que Ayla experimentó una ligera inquietud.

Con Leia Lindbergh ausente, Carl Lindbergh era el encargado de recibirla, pero Adrian Heineken, sentado a su lado y emanando disgusto, no parecía nada feliz con la situación.

Normalmente, el ánimo de Adrian giraba en torno a Carl Lindbergh, y su disgusto se calmaba fácilmente con la atención de este.

Pero hoy, incluso Carl parecía distante.

—Bienvenida a Lindbergh, princesa Ayla. Le ruego disculpe el estado actual del castillo. Esperamos que disfrute su estancia, a pesar de las renovaciones en curso.

—Gracias por aceptar mi repentina solicitud, Su Alteza.

La sonrisa cortés de Carl Lindbergh, casi profesional, hizo que la expresión de Adrian se volviera aún más fría.

—Hemos preparado una habitación para usted en el anexo. El edificio principal sigue en renovación. Su equipaje ya ha sido trasladado. Esta doncella la acompañará.

Señaló a una doncella que esperaba detrás de ellos.

Ayla miró a la doncella, vaciló y luego, al captar la mirada de su institutriz, finalmente habló.

—¿Cuándo… regresará la princesa Leia Lindbergh?

Podía sentir la mirada desaprobatoria de su institutriz, pero no se volvió.

—Mi hermana regresará antes de que termine la semana. Entonces ofreceremos un banquete de bienvenida para usted, princesa Ayla.

“Antes de que termine la semana” significaba apenas cuatro días, incluido el fin de semana, así que “pronto” era una respuesta perfectamente aceptable.

Aliviada, Ayla siguió a la doncella.

Adrian, irritado por el tono excesivamente cortés de Carl, apretó los dientes.

Ni siquiera había dedicado una sola mirada a Ayla, y aun así Carl se mostraba lleno de sonrisas y encanto con la princesa.

Era exasperante.

—Espero que disfrute su estancia. Por favor, no dude en pedir cualquier cosa que necesite.

—Gracias por su hospitalidad, Su Alteza.

Ayla y su institutriz salieron del salón.

Momentos después, voces alzadas resonaron desde el interior, y los sirvientes cerraron rápidamente las puertas, amortiguando el sonido.

—Tanto que decían que estaban perdidamente enamorados. Supongo que todo era una exageración.

La doncella, que había oído el comentario susurrado de la institutriz a Ayla, soltó un bufido.

—Cuide su lengua. Este es el castillo de Lindbergh.

Ayla, avergonzada por la grosería de su institutriz, la reprendió.

Casi podía sentir la mirada reprobatoria de la doncella.

—Bueno, parece que nuestra princesa podría tener una oportunidad, después de todo, si ellos ya están…

El reflejo de la doncella en la ventana del pasillo se ensombreció.

—Guarde silencio. Tendremos suerte si no nos mandan a los calabozos.

La posesividad del príncipe heredero, su anhelo por la atención de Carl Lindbergh…

No era más que una pelea de enamorados.

Ayla, sin preocuparse por su relación, solo esperaba que Leia Lindbergh regresara pronto.

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