El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 105

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Aunque las velas ya casi se habían consumido y proyectaban largas sombras por toda la habitación, Adrian podía distinguir con claridad el rubor que teñía las mejillas de Carl Lindbergh.

—Me… me gusta tu rostro. Tu voz. Nunca imaginé… estar con otro hombre. Pero, curiosamente… cuando estoy contigo… eso deja de importar. Cuando me abrazas… me siento seguro. Desde que te conocí no me he sentido solo ni una sola vez. Ni siquiera cuando estás lejos.

Una oleada de felicidad inundó a Adrian.

Sabía que Carl Lindbergh se preocupaba por él.

No podía haber pasado por alto aquellas señales: los besos vacilantes, las caricias delicadas, la forma en que Carl buscaba refugio entre sus brazos.

Pero también había percibido cierta…

Vacilación.

Una pequeña distancia.

¿Sentía Carl Lindbergh lo mismo que él?

Nunca había estado completamente seguro.

Pero ahora…

Carl Lindbergh, inquieto entre sus brazos, le estaba confesando su amor.

—Bueno… la verdad es que… una vez dudé de ti.

—¿Dudaste de mí? ¿Cómo?

La alegría de Adrian se desvaneció de inmediato.

Su sonrisa desapareció.

—Cuando Belfry se convirtió de repente en un Omega… pensé que… quizá tú habías tenido algo que ver.

La paciencia de Adrian llegó a su límite.

Carl cerró los ojos con fuerza, preparándose para lo que vendría.

Un torrente de feromonas, tan intenso que casi resultaba sofocante, envolvió la habitación.

Jamás se había sentido intimidado por las feromonas de Adrian.

Pero ahora…

La culpa y la ansiedad magnificaban por completo aquella presión.

—¿Qué quieres decir con eso?

Carl se encogió de inmediato.

Casi parecía estar inclinándose ante él con las manos juntas.

—Lo siento. Pensé que… para que un Beta se convirtiera en Omega… tenía que… acostarse con alguien. Y no pude imaginar a nadie más aparte de ti. Además, en la novela… tú y Belfry…

Carl Lindbergh fue empujado sobre la cama.

No fue un movimiento brusco.

Su cabeza apenas rozó el brazo de Adrian.

Pero aquel brazo era tan duro como una barra de acero envuelta en cuero.

El dolor hizo que las lágrimas afloraran de inmediato a sus ojos.

—Repítelo.

La voz de Adrian descendió peligrosamente.

—¿Quién se acostó con quién?

—¿Vas a enfadarte? Entonces… mejor no lo digo.

Carl negó con la cabeza mientras se secaba las lágrimas.

No quería enfrentarse a la ira de Adrian.

—Dímelo. ¿Por qué Belfry Hendrick se convertiría en Omega por mi culpa?

Atrapado bajo el cuerpo inmóvil de Adrian, con todos los músculos tensos, Carl dejó escapar un pequeño gemido.

Jamás imaginó que el físico de Adrian pudiera llegar a intimidarlo de esa manera.

—¡No lo sabía! Además… estaba… celoso. Nunca antes había sentido celos. No podía pensar con claridad.

Su expresión era completamente miserable.

El rostro arrugado por la culpa.

—Acabas de confesar que me amas… ¿y ahora me apartas de tu lado?

—Lo siento, Adrian. De verdad lo siento.

Sin dejar de inmovilizarlo con las piernas, Adrian se cubrió el rostro con ambas manos.

—…¿Yo… no era suficiente?

—¡No! ¡No es eso!

Alarmado por la desesperación en su voz, Carl sujetó sus muñecas.

—En la novela… tú y Belfry… estaban juntos. Yo… tenía miedo de que… estuviera ocurriendo otra vez.

Empujó con fuerza las piernas de Adrian intentando incorporarse.

Necesitaba besarlo.

Ahora mismo.

Antes de arrepentirse.

❖ ❖ ❖

—Adrian, mírame.

Adrian seguía completamente enfadado.

Ni siquiera los suaves besos de Carl Lindbergh, su método habitual para calmarlo, parecían surtir efecto.

Durante un instante, Carl lamentó haber dicho aquellas palabras.

Luego volvió a reunir valor.

Había dudado de Adrian.

Y estaba decidido a no volver a hacerlo jamás.

—Solo pensaba en ti.

Sus labios temblaban ligeramente.

Adrian, completamente rodeado por el abrazo de Carl mientras este le acariciaba lentamente la espalda, sintió un impulso casi irresistible de llorar.

—Nunca volveré a dudar de ti. No fue porque tú no fueras suficiente… fue porque yo era un ignorante. No volveré a cometer ese error.

—No tienes idea de todo lo que Belfry Hendrick ha tenido que soportar solo por ser mi hermano de leche. Todos esos rumores… todos esos susurros… Y aun así tú estabas dispuesto a entregarme a él. ¿Sabes cuánto me dolió eso?

Los brazos de Adrian se cerraron con tanta fuerza alrededor de Carl que el abrazo casi llegó a doler.

Ese hombre…

Tenía el poder de destruirlo por completo.

—Lo siento. Perdóname.

Carl Lindbergh terminó sentado a horcajadas sobre Adrian, rodeando su cuello con ambos brazos.

Depositó un beso sobre su ceño fruncido.

Le susurró palabras de amor.

De consuelo.

Poco a poco, la presión opresiva de las feromonas de Adrian fue disipándose.

En su lugar apareció otra clase de tensión.

Una emoción completamente distinta.

Carl rozó suavemente los labios de Adrian con los dientes.

Seguía enfadado.

No abría la boca.

Pero…

¿Por qué aquello lo hacía sentir tan feliz?

Era una sensación familiar.

Ese extraño cosquilleo.

Aquella emoción que siempre recorría su cuerpo cuando Adrian, con su forma directa y torpe de demostrar afecto, le hacía saber cuánto lo amaba.

Este hombre me ama.

No me abandonará.

Nunca permitirá que vuelva a estar solo.

Esa certeza llenó su pecho de tranquilidad.

Incluso en medio del caos que los rodeaba.

Era una sensación parecida…

A la satisfacción de una conquista.

Carl Lindbergh llegó incluso a pensar, absurdamente, que no le importaría aunque Adrian lo estrangulara en ese mismo instante.

Volvió a besarlo.

Después recorrió lentamente el contorno de su rostro con los dedos.

Su mano descendió poco a poco.

Bajo las yemas de sus dedos sintió la suave tela de la camisa de Adrian.

Como siempre, los primeros botones estaban desabrochados.

El cuello, firme y tenso, quedaba completamente expuesto.

Se le hizo agua la boca.

Bajó la cabeza.

Depositó un beso sobre su garganta.

Sus movimientos resultaban sorprendentemente hábiles.

Los ojos de Adrian, normalmente tan expresivos, parecían ahora lejanos.

Pero la mano que sujetaba la camisa de Carl se cerró con fuerza.

Carl desabrochó otro botón.

Sus dedos recorrieron lentamente el pecho de Adrian.

Deteniéndose allí unos instantes.

Entonces Adrian le sujetó la mano.

Y volvió a empujarlo sobre la cama.

Ahora había una luz claramente depredadora en sus ojos.

Los muslos de Carl comenzaron a hormiguear.

Su cuerpo ansiaba el contacto de Adrian.

Su piel deseaba sentirlo.

Quería a Adrian.

Intenso.

Exigente.

Pero, en lugar de abalanzarse sobre él como hacía normalmente, Adrian simplemente lo mantuvo inmovilizado mientras separaba ligeramente los labios.

—Si de verdad lo lamentas… prométeme una cosa.

—Te prometo lo que quieras.

Lo que fuera.

Ese era el amor que Adrian siempre le había mostrado.

Tan generoso.

Tan incondicional.

Tan imposible de resistir.

La respiración de Adrian se entrecortó al descubrir el deseo reflejado en los ojos de Carl.

Estaba perdiendo el control.

Tenía que decirlo antes de dejarse llevar por completo.

—No vuelvas a pensar nunca más en esa novela. Y jamás… jamás… vuelvas a intentar emparejarme con Belfry ni con nadie más.

Era la promesa que necesitaba.

La única capaz de tranquilizarlo.

—Te lo prometo.

Carl asintió.

Y levantó el meñique.

En lugar de enlazarlo con el suyo, Adrian entrelazó todos sus dedos con los de Carl y volvió a atraerlo hacia él.

Sus cuerpos quedaron completamente pegados.

Aspiró profundamente el aroma de Carl.

El deseo.

La posesividad.

Todo se mezcló en su interior.

Quería devorarlo.

Pero se contuvo mordiendo el interior de su mejilla.

—Y tú tampoco puedes estar con nadie más. Ni siquiera se te ocurra imaginarlo.

Gruñó antes de apoderarse de sus labios en un beso intenso mientras Carl asentía.

Aquel beso era completamente distinto.

Más profundo.

Más exigente.

Devoró sus labios.

Sus lenguas se entrelazaron sin dejar espacio alguno entre ambos.

Adrian abrió de un tirón la camisa de Carl Lindbergh.

Sus dedos recorrieron la piel que quedaba al descubierto mientras una sonrisa triunfante aparecía en su rostro.

Cada vez que Carl desviaba la mirada, recibía un beso.

Cada intento de apartarse era respondido con un pequeño mordisco en la mejilla.

Las densas y embriagadoras feromonas de Adrian llenaban la habitación.

Las de Carl Lindbergh, por su parte, encendían un fuego en el interior de Adrian.

Aunque ninguno de los dos estaba en celo ni en rut…

Ambos habían quedado completamente absorbidos por aquel momento.

—No me importa que vengas de otro mundo. Ni que no seas el verdadero Carl Lindbergh.

Carl sonrió.

Incluso cuando los dientes de Adrian rozaron su cuello y dejaron una marca.

Incluso con los muslos completamente abiertos y el intenso calor acumulándose en su cuerpo.

—Amo al tú que está aquí conmigo. Así que deja de darle tantas vueltas a todo.

Entonces…

Adrian apretó con fuerza los muslos de Carl, dejando la huella de sus dedos.

Después apartó con delicadeza el cabello que caía sobre su frente.

Una gota de sudor descendió lentamente desde la frente de Carl hasta su pecho.

Había sido paciente.

Había contenido sus impulsos.

Pero esa noche…

Ya no pensaba seguir reprimiéndose.

Carl Lindbergh contempló el deseo evidente en Adrian.

La rigidez de su cuerpo.

Y no le pidió que se detuviera.

Adrian observó cómo respiraba agitadamente, cómo su pecho subía y bajaba sin descanso.

—No me estás diciendo que pare… ¿Eso significa… que me dejarás… continuar?

No estaba seguro de ser capaz de detenerse.

Ni siquiera si Carl se lo pedía.

En lugar de responder, Carl Lindbergh se humedeció lentamente los labios.

Tenía la boca completamente seca.

Una intensa oleada de deseo recorría todo su cuerpo.

La ropa.

Las sábanas.

Todo estaba completamente revuelto.

Y, para su propia sorpresa, tenía la certeza de que sería capaz de soportar cualquier cosa…

Mientras fuera Adrian.

Después de todo…

Había sido él quien se había entregado voluntariamente.

El miedo que había sentido horas atrás.

Aquellas peticiones de paciencia y delicadeza.

Todo había desaparecido.

Solo quedaban el amor.

Y una confianza absoluta.

Sintió una conocida tensión en el bajo vientre.

Ya ni siquiera le importaba que Adrian pudiera verlo así.

Con el rostro completamente enrojecido.

Respirando con dificultad.

—Estará… bien. Probablemente.

—¿Probablemente?

Adrian soltó una suave risa mientras mordisqueaba con delicadeza uno de sus pies.

Los dedos de Carl se encogieron involuntariamente.

Levantó una mano temblorosa.

Y acarició el rostro de Adrian.

—Será… agradable.

Adrian ya no vaciló más.

No podía seguir conteniéndose.

Quería grabar para siempre la existencia de Carl Lindbergh en lo más profundo de su corazón.

Quería demostrarle que él, Adrian Heineken, sería la única persona capaz de permanecer siempre a su lado.

—¡Ah…!

Los ojos de Carl Lindbergh se abrieron de par en par.

El dolor…

Superaba con creces todo lo que había imaginado.

Su cuerpo sentía una intensidad completamente desconocida.

Adrian lo abrazó con fuerza.

Su propio cuerpo también temblaba.

Quería romperlo.

Apreciarlo.

Protegerlo.

Consolarlo.

Devorarlo por completo.

Y al mismo tiempo mantenerlo siempre a salvo.

Todos esos sentimientos contradictorios chocaban unos contra otros dentro de su pecho.

Así que se entregó por completo a aquel instante.

Los ojos de Adrian brillaban con una intensidad posesiva.

Los de Carl reflejaban exactamente la misma fuerza.

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

Sus dedos se enredaban en el cabello de Adrian mientras el dolor lo hacía gemir.

Pero no lo odiaba.

Ni un poco.

Al contrario.

Sentía que un enorme vacío dentro de él acababa de llenarse.

Hasta desbordarse.

Soy feliz…

Se siente bien…

Te amo…

Aquellas palabras apenas susurradas fueron absorbidas por los besos de Adrian.

Los dos permanecieron atrapados en la mirada del otro.

Quizá…

Habían quedado cautivados el uno por el otro desde el primer momento.

Con su habitual elegancia completamente deshecha, Adrian volvió a besarlo.

Sorprendentemente…

Fue un beso lleno de ternura.

Muy distinto de toda la pasión que acababan de compartir.

Ocultó tras los labios sus afilados colmillos, que aún brillaban bajo la luz de la luna.

—Ahora… por fin eres completamente mío.

La confesión de Carl Lindbergh los había unido para siempre.

Como un juramento.

Como un hechizo.

Y cuando finalmente despuntó el amanecer, con los aromas de ambos mezclados y sus cuerpos descansando uno junto al otro, Carl Lindbergh, completamente agotado, se quedó profundamente dormido.

Adrian permaneció observándolo en silencio.

Disfrutando de aquella maravillosa sensación de estar completamente cautivado por Carl.

Y esperando, con el corazón lleno de ilusión, todo lo que el futuro aún les tenía preparado.

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