El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 103
Carl Lindbergh respiró hondo.
Las velas estaban encendidas y los pétalos de rosa esparcidos por toda la habitación. Había preparado el ambiente a la perfección.
Marco inclinó la cabeza, confundido.
—¿Y todo esto para qué es?
Mientras hablaba, impedía que Elizabeth se comiera los pétalos de rosa.
Carl simplemente sonrió.
Carl Lindbergh iba a renacer dentro de esta novela.
No como Jeon Woo-young fingiendo ser el amable Carl Lindbergh para sobrevivir, sino como el verdadero Carl Lindbergh, portando el alma de Jeon Woo-young.
Y todo comenzaría revelándole la verdad al hombre que amaba, Adrian Heineken, buscando su comprensión.
Después…
Aceptándose a sí mismo como un Omega.
Las clases intensivas de Leia Lindbergh sobre los Omegas le habían sido útiles en muchos aspectos, pero, al fin y al cabo, sus explicaciones provenían de alguien que había nacido en este mundo.
Por eso había cosas que Carl comprendía con la cabeza, pero que todavía no lograba aceptar con el corazón.
Claro que últimamente también había estado recibiendo un bombardeo constante de información por parte de Lulu.
Aunque aquello tampoco había servido demasiado, porque estaba completamente influenciado por los gustos personales de su hermana.
El Omegaverse que describía Lulu era mucho más aterrador de lo que él había imaginado.
La mirada de Carl se perdió ligeramente.
Primero se sorprendió al descubrir que este mundo, que él siempre había considerado una simple creación de un autor, ya era un escenario muy popular dentro del género Boys’ Love.
Y cuando llegó a la parte sobre la impronta…
Con todas aquellas aterradoras configuraciones del pasado, como la marca y el nudo, Carl Lindbergh estuvo a punto de perder el conocimiento.
Así que…
El miedo instintivo que sintió al ver… aquello de Adrian…
No había sido una exageración.
Sinceramente…
Aunque su cuerpo se humedeciera por voluntad propia, durante un breve instante se le pasó por la cabeza la idea de continuar con un amor platónico, casi como un amor ágape.
Las mejillas de Carl Lindbergh se tiñeron de rojo.
Negó con la cabeza y comenzó a rascar nerviosamente el apoyabrazos del sofá.
En realidad…
Eso era mentira.
La identidad que aún permanecía arraigada en su mente seguía empujándolo a apartarse de esas expectativas, atrapado entre la esperanza y el miedo.
Carl se sentía atraído por Adrian.
Tanto física como emocionalmente.
Y si Adrian llegaba a comprender eso…
Sentía que, de ahora en adelante, podrían superar todo juntos.
Habían pasado unos diez minutos desde que Marco fue a buscar a Adrian.
Si no había ocurrido ningún imprevisto, debería llegar en cualquier momento.
A lo lejos alcanzó a escuchar el sonido de soldados marchando en formación.
Debía de venir ya.
Como siempre.
Cuando se trataba de Carl, Adrian jamás hacía concesiones.
Los labios de Carl Lindbergh estaban completamente secos.
Si Adrian me cree…
Tendrían que conquistar el noir, el romance…
Y cualquier otro género que el destino decidiera poner frente a ellos.
❖ ❖ ❖
Marco lamentaba que sus piernas siguieran siendo demasiado cortas para seguir el paso del príncipe heredero.
Necesitaba avisarle al príncipe de que Su Alteza el príncipe heredero estaba por llegar, pero este apareció desde atrás y lo adelantó rápidamente.
—¿Tiene ruedas en los pies o qué?
Mientras jadeaba y sudaba intentando alcanzarlo, alguien lo sujetó del brazo.
—Oye, ¿adónde vas?
Era Lulu.
Marco frunció el ceño.
Últimamente aquella chica se comportaba con demasiada confianza.
—Voy a buscar a Su Alteza. ¿Por qué?
—Oye, hoy no vayas.
Lulu observó la espalda cada vez más lejana del príncipe heredero y sonrió con picardía.
—¿Te volviste loca? Entonces ¿quién va a atenderlos?
La habitación ya era un desastre.
Cuando el príncipe y el príncipe heredero terminaran, tendría que retirar primero las velas, que eran un peligro.
—¿Para qué crees que el príncipe llamó al príncipe heredero después de cenar, a estas horas? ¿Todavía no lo entiendes?
El rostro de Marco se puso completamente rojo.
—Dijo que tenía algo importante que contarle hoy. Solo iban a hablar.
Lulu chasqueó la lengua.
—Hoy en día las conversaciones llevan a otras cosas. Así funcionan las relaciones.
El rostro de Marco perdió todo el color.
—Pero… Su Alteza todavía no está en celo…
La verdad era que resultaba bastante curioso oír a alguien decir la palabra celo con tanta inocencia.
Aunque, claro…
En este mundo era un término completamente cotidiano.
Lulu soltó una risita.
—¿Y quién dijo que hace falta estar en celo? Los recién casados son capaces de voltear la mesa incluso en medio de la comida.
—Pero… ni siquiera están casados…
—Están comprometidos y viven juntos.
En opinión de Marco, dormir en habitaciones separadas dentro de un edificio con decenas de habitaciones no contaba exactamente como vivir juntos.
Pero Lulu no le permitió discutir.
Al ver a Marco con las orejas y la cola completamente caídas, se preguntó si aquella no sería, en realidad, una novela harem protagonizada por Carl Lindbergh.
No era un perro guardián protegiendo a su amo.
¿Por qué estaba tan tenso?
Era un asistente perfecto para su hermano.
Pero le preocupaba que terminara enamorándose de él.
El rostro de Carl Lindbergh ya era un problema de por sí.
Pero la manera obsesiva en que su hermano cuidaba de todos los que lo rodeaban era un problema aún mayor.
Lo mismo ocurría con Belfry Hendrick.
Lulu dejó escapar un exagerado suspiro.
Había estado apoyando con entusiasmo a su personaje favorito y al segundo de sus favoritos para que acabaran juntos.
Pero su favorito se enamoró del villano.
Y el segundo también terminó enamorándose del villano…
…que resultó ser su propio hermano.
Era una situación realmente complicada.
Lulu había sido la primera en darse cuenta de los sentimientos de Belfry por Carl.
Quizá incluso antes que el propio Belfry.
Cuando oyó que Belfry, un Omega recién diferenciado, murmuraba que estaba enamorado, inmediatamente se puso en alerta.
Todavía ni siquiera había comenzado su romance con el príncipe heredero.
Era imposible que ya estuviera enamorado de otra persona.
Permaneciendo cerca de la habitación de Belfry, Lulu aprovechó para preguntarle a Janis, con quien se cruzó por casualidad, si Belfry había pronunciado el nombre de Adrian Heineken.
Janis negó con la cabeza.
Aliviada, Lulu se dio la vuelta para marcharse.
Entonces escuchó un sollozo ahogado.
«…Su Alteza…»
Provenía del interior de la habitación, cuya puerta estaba apenas entreabierta.
Janis cerró la puerta con toda tranquilidad, se llevó un dedo a los labios y luego inclinó la cabeza.
Lulu, que sin darse cuenta acababa de hacer una promesa silenciosa, abandonó el salón mientras una idea comenzaba a tomar forma en su mente.
Había notado las discretas miradas que Belfry dirigía a Carl Lindbergh desde que el príncipe llegó al Palacio Imperial de Heineken.
«Primero fue vigilancia. Luego curiosidad. Después otra vez vigilancia… negación… ¿y finalmente aceptación?»
Recordó también cómo Belfry reaccionaba de forma exagerada cada vez que ella hacía algún comentario aparentemente inocente delante del príncipe.
Marco seguía inquieto, mirando constantemente hacia la habitación del príncipe.
—Dicen que duele muchísimo si… si lo haces… antes del rut…
Murmuró casi entre lágrimas.
—¿Eso también te lo enseñaron las doncellas?
¿Qué demonios le estaban enseñando esas mujeres a este chico?
—¡Es verdad! Duele… muchísimo…
—El amor siempre duele.
Como ya no tenía ganas de responderle seriamente, Lulu contestó de manera despreocupada.
—De verdad no quiero que el príncipe salga lastimado…
—El príncipe heredero será amable. No te preocupes. ¿Dónde está tu perro?
Lulu sujetó la muñeca de Marco.
—¿Mi perro?
Marco la miró completamente desconcertado.
—Sí. Ese enorme y aterrador que solo es dócil con su dueño.
Lulu seguía guardándole rencor a Elizabeth.
—No es mi perro. Es el perro del príncipe.
—Tsk. Ya te dije que dejaras de decir eso.
Belfry seguía encerrado en su habitación.
Leia Lindbergh todavía estaba recorriendo los territorios.
Mientras todos estaban ocupados, Lulu sabía exactamente adónde llevar a Marco y a Elizabeth.
Su hermano estaba a punto de hacer una confesión enorme.
Y, probablemente, después ocurrirían… otras cosas.
Pero el tiempo apremiaba.
Y Parman seguía siendo una amenaza.
Necesitaba confirmar una sospecha.
—Está paseando por el jardín.
Lulu sacó a Marco al exterior.
—Hace tiempo que quería preguntarte algo… ¿Por qué dejan que ese perro ande solo por todas partes?
—Elizabeth tiene muchísima energía. Le encanta ir a lugares donde nosotros no podemos seguirla. Se sube a los árboles, a los acantilados… o simplemente sale corriendo muy, muy lejos…
Lulu asintió.
A pesar de la hora, el jardín estaba completamente iluminado.
Los restos del monstruo seguían allí.
La hierba y los insectos de los alrededores se habían disuelto, pero las toxinas ya se habían disipado.
Conteniendo las náuseas, Lulu acompañó a Marco mientras buscaban a Elizabeth.
Aunque Lindbergh era un reino caído, su castillo seguía siendo enorme, aunque más pequeño que el de Heineken.
Además del edificio principal, había tres edificios anexos, varios jardines y patios interiores, un laberinto y un bosque privado de la familia real.
Les tomó bastante tiempo encontrar a Elizabeth.
—¿Qué estás haciendo?
—Voy a bajar al subsuelo.
Marco se detuvo sobresaltado.
—¿Por qué?
—Creo que Parman pudo haber escondido algo dentro de este castillo.
—¿¡Qué!? ¡T-Tenemos que evacuar de inmediato!
—No creo que represente un peligro inmediato. Los caballeros de Heineken estuvieron apostados aquí todo el tiempo que la reina permaneció confinada. Nadie habría podido pasar junto a ellos. Pero… el cuerpo del rey ha desaparecido. Eso sí me preocupa.
Los restos del monstruo serían examinados una vez que terminaran de neutralizar los venenos.
Los especialistas descubrirían cómo la reina se había convertido en un monstruo.
Pero Lulu necesitaba averiguar qué otras trampas había preparado Parman.
—Si pueden alterar las feromonas, también pueden manipular la magia, porque ambas están estrechamente relacionadas. La reina y el rey debieron de estar expuestos a algo. Y no era posible traerlo desde Parman cada vez. Así que tiene que estar escondido aquí… probablemente bajo tierra.
Si aquella sustancia desconocida funcionaba como la radiación y resultaba peligrosa al superar cierto nivel de exposición…
Carl Lindbergh también podía correr peligro.
Marco se quedó completamente inmóvil.
Su rostro perdió todo el color.
Lulu tiró de su brazo.
Pero él permaneció allí, inmóvil, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Es culpa mía.
Él mismo había entregado el veneno con sus propias manos.
Debió haberlo tirado.
Si el príncipe terminaba convirtiéndose en un monstruo igual que la reina…
Jamás podría perdonárselo.
Lulu le tomó la mano.
—Entonces haz algo para solucionarlo. Tú eres Beta y, comparado con los demás, corres mucho menos riesgo. Yo también. Y además tenemos a Elizabeth. Los tres podemos investigar sin peligro.
Marco se secó las lágrimas.
Su expresión recuperó la firmeza.
—De acuerdo.
—Vamos. Como los confidentes más cercanos del príncipe.
Lulu sonrió al ver que la determinación regresaba a los ojos de Marco.
Era una sonrisa bastante adorable.
—¿Desde cuándo tú eres el confidente más cercano del príncipe? Ese soy yo. Solo puede haber uno.
La sonrisa de Lulu se torció ligeramente cuando Marco la fulminó con la mirada mientras hacía aquella declaración tan posesiva.